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No sonrías tanto, chica el blog de Jasmín Donoso


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01 Febrero 2012

¡Oh, no, reconocimiento médico de empresa!

 

¡Qué día! ¡Qué sufrimiento! ¡Qué mal lo paso! Menos mal que es sólo una vez al año. Pero es que me tiro las semana antes sin dormir, comiendo cosas verdes, con el mono por no poder acercarme a un bar. Y no sé si funciona. Prefiero pensar que sí. Llega la carta. A todos por igual. Tal día, a las ocho de la mañana. La citación. Como un juicio en el que sabes que tienen suficientes pruebas en contra tuya para meterte a la sombra dos eternidades y un día. Ahí está el sobre, junto a una probeta y un frasco de plástico. Vengan en ayunas, con el tubo lleno con el primer orín del día. Sí, sí, dicen orín, que ya te recuerda a olor a casa de viejo moribundo. Me lo avisan dos semanas antes y ya empiezo a hacer cálculos.

 

Sé que tendré síndrome de abstinencia, de Estocolmo y otros tanto que sufro en silencio porque no conozco sus nombres. Análisis de sangre. Recién levantada, tras salvar la gincana de tener que mear en el frasquito –ay, qué fácil lo tienen algunos-, y debes poner el brazo a un enfermero novato al que le tiemblan las manos. No sé dónde se contratan estas cosas, pero siempre me parece que me toca el becario del veterinario. No le encuentro la vena, señora, me dicen los chavales. Que ya me jode, ya, que no me encuentren la vena, pero además cuando me tienen rendida hasta las trancas, con el brazo desnudo y el alma temblorosa, que me llamen señora me produce escalofríos en los empastes. Tranquilo, hijo, tranquilo, le digo. Que cosas peores me han pasado a estas horas, aunque, no te voy a mentir, nunca recién levantada. Al final, dos pinchazos después, pincha en vena, de lado, a la huida, como Curro Romero cuando ya no era Curro Romero, y mi sangre brota. Y ahí ya saco el pantone y empiezo a hacer cábalas. ¿Esto es rojo? ¿Magenta? ¿Burdeos? ¿Qué significará ese brillo? ¿Berenjena? ¿Por qué sale tan lenta? Y asocio entonces lo que veo con sustancias, excesos y restos de noches pasadas intentando hallar la ecuación que me diga, por adelantado, qué pondrá en los resultados. Igual después, prueba de oídos, vista, tacto. Con algún médico hubiera dejado que me calibrase el gusto también, pero no entraba en el precio.

 

Y otra vez las sospechas cuando un resultado no sale. ¿Estaré perdiendo oído? Tal vez por eso aguanto a algunos contando ciertas cosas a las tantas. ¿Habré perdido vista? Tal vez por eso aguanto a algunos contando otras ciertas cosas, que nunca lo son, a las tantas. Y, por último, el examen oral, que también suena mejor de lo que resulta. Interrogatorio en primer grado, con el bolígrafo de la verdad apuntando todo y afirmaciones con la cabeza del médico, hundido en sus papeles, que me intriga y acojona a partes iguales. Electrocardiograma, presión arterial, dureza de abdomen, dolores de ovarios. Todo con la cabeza imaginando ya el resultado final de la prueba: suspenso rotundo y sin haber podido copiar.

 

Después de ver a mis compañeros de oficina a nadie le pediría que me cambiase el pis. Prefiero mi orín de dopada a que me salga el colesterol normal pero el retraso mental alto. ¿Fuma?, te pregunta de repente el galeno. Y en ese momento, cuando estoy a punto –las acciones repetidas tantas veces se convierten en gestos naturales- de alargar la mano para coger un cigarrillo del paquete que me ofrece, me doy cuenta de que no se refiere a eso, de que no existe tal paquete y de que me tengo que contener. Bueno, respondo, los fines de semana, a veces. Pero poco, dos o tres cigarrillos, como mucho. ¿Y bebe? En ocasiones especiales nada más. Una copa de cava y me subo a las mesas. Ya ve, doctor. Entonces entiendo que tampoco consume drogas, ¿verdad? Uy, por favor, faltaría más, no sé ni qué aspecto tienen. Repite entonces el médico veinte o treinta ajá, ajá, ajá mientras sube y baja la cabeza. Y cuando me dice: ya se puede usted marchar, si vemos algo raro en los análisis la llamaremos, me convierto en la mujer más feliz del mundo. Luego solo me queda esperar el dictamen final para comprobar que el cerebro es el único órgano capaz de mentir. Y rezar, claro, para que una copia de mi informe no vaya directamente a la mesa del director de recursos humanos.

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