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    La ‘Shoá’ y la actualidad: De la judeofobia al antisionismo

    José Sánchez Tortosa - 21-05-2015

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    El pasado 7 de enero 12 personas fueron asesinadas en la sede del semanario satírico francés Charlie Hebdo en París. La prensa occidental, las autoridades políticas más relevantes y masas de ciudadanos por toda Europa se manifestaron haciendo pública su repulsa por lo que se entendió como un ataque a la libertad de expresión. Dos días más tarde, cuatro judíos fueron raptados y asesinados en un supermercado de comida kosher de Porte de Vincennes, al este de París. Los nombres de las víctimas de este atentado son Yohan Cohen, Philippe Braham, Yoab Hattab y François-Michel Saada. Fueron enterrados en Jerusalén, junto a los tres niños y el profesor asesinados en una escuela judía de Toulouse en el año 2012.

     

    El pasado 14 de febrero, en Copenhague, se produjo un atentado contra los participantes en un coloquio sobre la libertad de expresión en homenaje a la revista satírica francesa. El autor del tiroteo mató a un cineasta danés. Durante la madrugada de ese domingo, 15 de febrero, se cometió el asesinato de un miembro de la comunidad judía local frente a la mayor sinagoga de la ciudad.

     

    El patrón del atentado de París se repitió en Copenhague. Del castigo por la blasfemia de representar al profeta al castigo por la blasfemia de ser judío.

     

    A los familiarizados con la historia de la judeofobia contemporánea no les habrán sorprendido estos ataques. A los judíos asesinados no se les podía acusar, ni siquiera en la lógica fanática de los yihadistas, del pecado de blasfemia, más que de la blasfemia de existir. No habían dibujado caricaturas del profeta. Ser judío resultó motivo suficiente para convertirse en objetivo. Y éste es uno de los rasgos distintivos de la judeofobia. El odio al judío no necesita de actos concretos. El odio al judío es odio al ser judío[1]. De hecho, acaso quepa preguntarnos si el atentado de París contra individuos judíos hubiera tenido la misma repercusión en el caso de que no hubiera sido precedido por el ataque a la redacción de la revista Charlie Hebdo. El atentado en Toulouse del 2012 nos da la clave para ensayar una respuesta al respecto.

     

    La realidad es que a día de hoy los judíos de Francia emigran a Israel por la creciente judeofobia europea y, en particular, francesa. Entre 2000 y 2009, 13.315 emigraron a Israel. El año pasado fueron 6.128[2]. Los judíos procedentes de Francia alcanzan una cuarta parte de los 26.500 inmigrantes. Las migraciones a Israel han alcanzado el registro más alto de los últimos 10 años, con Francia a la cabeza[3].

     

    Antes de 1948 esta posibilidad no existía. Antes de 1948 no había un Estado judío. Para los supervivientes de la Shoá se abría la posibilidad de volver a sus países de origen, en los que el antisemitismo seguía existiendo y que apenas podían reconocer como hogar después de lo sucedido y por cuestiones tan materiales y concretas como la pérdida de las viviendas, trabajos, relaciones sociales. La otra posibilidad era encontrar un nuevo destino en otro país, pero el problema era básicamente el mismo. La tercera opción no estaba abierta, a pesar de lo cual fue la única viable para muchos, lo que, en gran medida contribuyó a que se hiciera realidad. Esta última alternativa era el retorno a Palestina.

     

    El sueño ilustrado del cosmopolitismo, de la superación de las fronteras con vistas a la emancipación del género humano, encarnado singularmente en el judaísmo, pueblo sin Estado a lo largo de la Historia, despertó, sin embargo, en el exterminio de esos ciudadanos que (lo sintieran así o no) pertenecían a una tradición no estatalizada, cosmopolita, transversal a las naciones realmente existentes:

     

    “En un mundo completa y exhaustivamente dividido en dominios nacionales no quedaba espacio para el internacionalismo y cada trozo de tierra sin dueño era una invitación permanente a la agresión. El mundo atestado de naciones y de naciones Estado abominó del vacío no nacional. Los judíos estaban en ese vacío. Más aún, eran ese vacío”.[4]

     

    La ingenuidad idealista de superación de las fronteras sucumbió frente al auge de los nacionalismos. Y ahí, la víctima fue prioritariamente, el judaísmo de la diáspora, ese cosmopolitismo involuntario. Entendemos que no es abusivo ni mera especulación estéril plantear, desde un enfoque filosófico materialista, la hipótesis de que el idealismo ilustrado contribuyó a recubrir una serie de políticas sociales, jurídicas y económicas que fueron dejando al judío desposeído de las garantías que los Estados nacionales pueden ofrecer. El judío acaso podía encarnar el ideal del cosmopolita, pero en la mucho menos amable materialidad histórica la ausencia de un Estado para ellos explica en gran medida su destino en la Segunda Guerra Mundial[5]. De hecho, la propia ilustración judía, la Haskalá, cuyo principal impulsor fue Moisés Mendelssohn (1729-1786), orientó al judaísmo ilustrado, culto y secularizado a la asimilación, a su integración en los mismos Estados que los persiguieron y exterminaron o no movieron un dedo por impedirlo.

     

    El 14 de mayo de 1948 se funda ese Estado para los judíos. Un Estado necesariamente laico, que es cristalización política del sionismo nacido a finales del siglo XIX como secularización del mesianismo religioso, al no ser reconocido como tal por quienes aguardan la llegada del Mesías para la constitución del Estado judaico. El sionismo no es sólo una respuesta a la judeofobia. Es la mutación en práctica política de una esperanza teológica. El sionismo, así como el hebreo como lengua de uso común y no solo de culto, es anterior a la constitución del Estado de Israel, es anterior a la Shoá, es anterior al nacionalsocialismo alemán.

     

    Pero Israel no supone sólo la defensa de los judíos frente a la culta Europa del siglo XX que persiguió y, en parte, exterminó (defensa que llegó demasiado tarde para muchos de esos judíos). Israel es también una llamada de atención a la memoria de los europeos. Y constituye, además, uno de los pocos diques de contención frente al yihadismo, una especie de reserva material (militar) de Occidente.

     

    Sin embargo, en función del análisis estrictamente materialista (no moralista ni teleológico) que proponemos, la legitimidad del Estado de Israel no procede de la Shoá sino de la legitimidad que cualquier Estado puede invocar. Recordando la inapelable fórmula espinosiana, “tantum iuris habet, quantum potentia valet”[6]. El derecho es codificación regulada del poder. Ese poder que le faltó al judaísmo europeo durante la Segunda Guerra mundial es el poder de un Estado.

     

    El antisionismo es la forma que la judeofobia adopta en la actualidad. El odio al judío, constructo teológico o metafísico que, sin embargo, se proyecta sobre individuos reales, ha sido reemplazado por el odio a Israel. La crítica razonada a las políticas concretas que el Estado de Israel adopte en cada caso no puede ser considerada muestra de antisionismo. Sin embargo, la condena sistemática del Estado de Israel haga lo que haga y en relación con acciones que no se denuncian en otros Estados, el sesgado tratamiento mediático de la realidad de Israel, cuando, por ejemplo, se invierte el orden lógico de la secuencia causa-efecto o se oculta la primera para que el efecto aparezca como causa, así como la tergiversación, manipulación u ocultación de la verdadera historia de Oriente Medio en general y de Israel en particular, son pruebas de antisionismo y, en el fondo, de judeofobia. El antisionismo es el único movimiento que exige la desaparición de un Estado. Igual que el judío es perseguido por el judeófobo por el mero hecho de existir, a Israel se le cuestiona su mera existencia. En ningún otro conflicto entre grupos, etnias, naciones o regiones se produce esta expresión de odio que pide la destrucción de un único país, con todos sus habitantes, y la de ningún otro. Igual que el judeófobo odia al judío por serlo y busca, después, argumentos para la justificación de su odio, el antisionista odia a Israel por ser el país judío y busca, después, argumentos para la justificación de su odio. Debido a que no responde más que al odio enfocado hacia el país judío, el antisionismo no se deduce de una tendencia ideológica específica, sino que es transversal a todo el espectro ideológico actual y obedece a la tendencia perezosa de enjuiciar en lugar de estudiar. Así, de modo sintomático, recurre a los tópicos judeófobos clásicos que en cada caso mejor se adapten a sus prejuicios y dogmas: desde el asesinato de Cristo, hasta la conspiración mundial para dominar o destruir el mundo, ya sea extendiendo el bolchevismo, ya sea apropiándose de las grandes fortunas internacionales y de los grupos de poder. La acusación de Deicidio se ha actualizado con el recurso a la acusación de genocidio. De asesinos de Dios (ese suicidio en teología rigurosa), a asesinos de la Humanidad. Y todo ello a pesar de que los judíos han sido el grupo social más perseguido y exterminado de la Historia. De este modo, el antisionismo presenta una gran capacidad para adaptarse a cualesquiera exigencias ideológicas: desde unas posiciones se acusará a los judíos de comunistas; desde otras, de capitalistas. Desde unas, de fanáticos; desde otras, de ateos. Desde cualquier enfoque se encontrará un pretexto para odiar a Israel, pues siempre habrá un judío en algún puesto de poder por medio del cual culpar al judaísmo mundial en pleno, y a Israel, como su cristalización política, de lo que, en todo caso, es responsabilidad parcial o compartida de unos individuos.

     

     

     

     

    Este texto se presentó en la última sesión El estudio del Holocausto judío como hecho histórico de CTIF MADRID-SUR, febrero de 2015.

     

     

     

     

    José Sánchez Tortosa se hizo doctor en Filosofía con la tesis titulada El formalismo pedagógico. Es escritor y profesor de Filosofía en secundaria. Ha escrito artículos para El Catoblepas, textos sobre educación y filosofía para el diario El Mundo y distintas revistas especializadas. Es autor del libro de ensayo El profesor en la trinchera (Esfera de los Libros) y del poemario Ajuste de cuentas (Vitruvio). Coautor del reportaje sobre los campos de exterminio nazis Viaje al Holocausto y de la recientemente publicada Guía didáctica de la Shoá, es responsable de los blogs josesancheztortosa.com y El Jardín de Epicuro en Periodista Digital y del proyecto filosófico-didáctico proyectotelemaco.com. En FronteraD ha publicado Historia y propaganda. Ante la Leyenda Negra: ¿análisis o pereza?

     

     

     


    Notas


     

    [1]    En el transcurso del caso Dreyfus (1894), las crónicas cuentan cómo señoras de buena posición llegaban a afirmar que desearían que Dreyfus fuera inocente para que así sufriera más.

     

    [2]    Eli Cohen, ‘Los judíos de Francia, en peligro’, Revista Elmedio, 12 de enero de 2015.

     

    [3]    ‘Immigration to Israel hits 10-years high with record French influx’, The Times of Israel, 31 de diciembre de 2014.

     

    [4]    Z. Bauman, p. 76.

     

    [5]    Aly, p. 31; Z. Bauman, p. 57-58; Mosterín, pp. 274 y ss.

     

    [6]    Espinosa, Tractatus Politicus, II, 8.

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    El artículo filosofa, ingnorando la violencia de estado que Israel sigue ejerciendo sobre los territorios ocupados. Es falsa la premisa de que el odio a la violencia Israelí conlleve el deseo de que el país desaparezca... en muchos casos se desea que pare la violencia y deje a los palestinos vivir en paz, compartiendo con ellos los recursos (como el agua palestina) que israel quiere solo para si. No es por nada que el filósofo judio Noam Chomsky compara la acritud de israel al Nazismo alemán... y las condenas unanimes a la violencia istalelí por los países occidentales no llevan consigo ningún deseo de que que desaparezca. En mucho casos no es un odio a los judios, sino a la violencia gratuita en interesada para obtener prevendas, creando millones de exiliados, pobreza y muerte.

    ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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