Portada del libro

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    “Soy hijo de un represor”

    Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo - 09-05-2013

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    Luis Alberto Quijano fue bautizado con el mismo nombre de su padre, aunque, dijo, no se parecen en nada. Guardó un secreto durante treinta y seis años, y lo sorprendente es que se haya animado a contarlo: siendo apenas un adolescente fue obligado a acompañar por las noches a los grupos de tareas que salían a patear puertas, secuestrar y matar. También debió convertirse en colaborador de los torturadores y pasar horas destruyendo la documentación que los militares levantaban en los secuestros y que le llevaban al galpón donde él trabajaba. Luis no tenía opción: su papá era Luis Alberto Quijano, uno de los jefes de Inteligencia, proveniente de Gendarmería, conocido por su debilidad por el botín de guerra que levantaban en cada operativo.

     

    “Yo tenía 15 años. En 1976 y parte de 1977 mi padre me obligó a trabajar en el Destacamento de Inteligencia 141 de Córdoba y me hizo participar de hechos que he denunciado ante la Justicia Federal. En cuatro oportunidades me llevó a La Perla, y en otras dos, al Campo de la Ribera. Pude ser testigo de las condiciones en las que se encontraban las personas secuestradas en esos lugares. Mi padre pidió venir a Córdoba desde Buenos Aires. En ese momento nadie quería venir, y entonces lo mandaron y lo asignaron a Ejército, pero pertenecía a Gendarmería. Lo que él quería era trabajar en Inteligencia. El coronel Óscar Bolasini, que era en ese momento el jefe del Destacamento de Inteligencia 141, dijo que tendría dos segundos jefes en el destacamento: Hermes Rodríguez y Luis Alberto Quijano. En poco tiempo mi padre desarrolló una estrecha amistad con los coroneles del destacamento, además de estar a cargo del perímetro de seguridad establecido alrededor del campo La Perla, ya que la seguridad quedó a cargo de Gendarmería”.

     

    Luis asegura que no sabe lo que es dormir en paz ni vivir sin estar en permanente estado de alerta. A los 17 años comenzó a sufrir un estado de paroxismo por todo lo que había visto, hecho y vivido en aquellos años. Se despertaba con convulsiones y ataques de pánico, y aún hoy no logra una noche entera de sueño normal. En diciembre de 2011 juntó valor y se acercó a la Fiscalía Federal de Córdoba a cargo de Graciela López de Filoñuk para contar la historia que lo carcomía desde su adolescencia. En enero de 2012 se sentó con los autores de este libro. A diferencia de su padre, a quien definió como un hombre pequeño y de poco hablar, Luis es un cincuentón robusto y las palabras se atropellan en su boca para contar por qué decidió hacer público su secreto: “Me viene a la memoria una frase que leí hace mucho tiempo: ‘Nadie ejerce tanto poder sobre otro como un padre hacia su hijo’. A partir de los 35 años, mi mentalidad y mi espíritu sufrieron un cambio muy grande. Comencé a rechazar y a repudiar dentro de mí lo que había hecho, es decir, lo que me obligó a hacer mi padre. Yo no tenía ni la posibilidad de decidir: era menor de edad, un adolescente, pero se me hizo actuar como un adulto. En ese contexto familiar y de época, entonces, todo lo que me tocó vivir lo consideraba normal, lamentablemente, aunque rechazaba la idea de matar, de eliminar a otro por sus ideales políticos y aborrecía todo lo que fuera en contra de la humanidad. Si preguntan por qué hablo recién ahora: soy hijo de un represor, entonces, ¿me habrían creído? Mis orígenes estaban en una familia cuya cabeza pasó de ser un héroe a convertirse en un asesino, un bandido, un criminal acusado de la comisión de múltiples delitos. Me da mucha vergüenza decirlo, pero mi padre traía a casa mucho dinero y objetos de valor que robaba de las casas de los secuestrados”.

     

    Los recuerdos de Quijano relacionados con la situación política y la postura de su padre al respecto son de cuando tenía 15 años e iba a hacer deportes al gimnasio provincial de la ciudad de Córdoba. Allí conoció a un chico brasileño que se hacía llamar Kent, y se lo comentó a su madre. “Era muy buen tipo, muy espiritual. Un día llegó mi padre y ofuscado me dijo: Mirá esta foto, este es Kent, es del ERP. ¿Te das cuenta de que sos un pelotudo, de que te van a secuestrar? ¡Te hacés amigo de un tipo del ERP! Y a partir de entonces me llevó cada día a trabajar al Destacamento 141”. Allí fue asignado a manejar una máquina de picar papel para destruir documentación (títulos universitarios, pasaportes, libretas de estudiantes, cédulas de identidad), libros y panfletos requisados en las casas de los que secuestraban. “Estaban en un galpón donde yo trabajaba… y eran toneladas de papel. A mi padre lo hirieron en 1976, pero mientras él estaba convaleciente yo seguía yendo al destacamento. Yo colaboré desde 1975 hasta 1977. En 1977 a mi padre lo condecoró Menéndez y recuerdo que en ese acto dijo: Los delincuentes están presos, muertos o desaparecidos. El diploma de honor que le entregaron estaba firmado por Jorge Rafael Videla”.

     

    En esos años Quijano no solo se limitó al manejo de la picadora de papel. “En varias oportunidades me hicieron participar de los operativos: a veces, me dejaban con el auto en marcha con una escopeta, de custodio. Incluso cuando encontraron la imprenta clandestina de barrio Güemes, me hicieron bajar y vi cómo mi padre descubría que moviendo una alacena o biblioteca estaba la puerta de entrada adonde estaban las máquinas de imprimir. También me llevaron cuando secuestraron a un chico de 16 años de La Cañada, sé que después lo llevaron a La Perla. Yo no podía elegir. No tenía opción. El contexto familiar en el que me formaron hizo que creciera odiando y que formara una personalidad siempre en constante alerta. Yo me crié en el seno de una familia nazi, de ultraderecha. Estuve preparado como un soldado a los 14 años, edad desde la que se me obligó a portar armas; iba armado siempre en los vehículos en que se desplazaba mi familia; iba armado mientras mi padre me llevaba a trabajar al destacamento; permanecía armado dentro de mi casa mientras mi padre participaba en los operativos... En mi vida, el uso de armas era tan normal como la vida misma y, lamentablemente, la idea de la muerte o de quitarle la vida a otro también era normal en aquella época. Nos decían que el enemigo subversivo era algo que acechaba siempre y que podía matarnos… entonces, nosotros también estábamos preparados para matarlo. Tanta era la preparación que me impartieron que puedo afirmar que a los 14 o 15 años manejaba mucho mejor un arma que cualquier soldado conscripto. Pero algo pasaba en mí que se contraponía al contexto familiar y a todas las vivencias que experimenté en aquella época... era muy extraño, pero sentía simpatía por la Unión Soviética y admiración por el Che Guevara. A escondidas, me llevaba del destacamento libros que debía destruir como parte de mi trabajo, impresos bajo el patrocinio de la Unión Soviética, los leía y crecía en mí la admiración por ese gran país ‘enemigo de nuestra cultura occidental y cristiana’, según escuchaba en mi casa. También textos del Che Guevara; libros de matemática, de geometría… Por mi simpatía con la Unión Soviética, años después, pese a toda la reticencia y oposición de mi familia, comencé un curso de idioma ruso. Es más, me casé con una bielorrusa. Mi familia siempre me consideró un loco. Es más, hace ya varios años, cuando vi a mi padre por última vez y le dije todo lo que él había hecho, me dijo que me tomarían por loco. Y mi madre, que me declararían insano. Pero yo puedo afirmar que mi padre robaba desde dinero hasta joyas, y hasta no hace mucho tiempo había en mi casa paterna dos fuentes de plata producto de los operativos”.

     

    Los recuerdos de Quijano son precisos, e incluyen nombres, apodos y apellidos: “Cuando el Sordo Acosta se quebró una pierna, salía con el yeso y un bastón porque no se quería perder los operativos. Tenía también mucho trato con el Negrito Pereyra, hijo de la Tía Pereyra, del D2; también con ese chico que mataron en un enfrentamiento que se llamaba Daniel Righetti, un civil adscripto, de unos 22 años, que estudiaba arquitectura. Lo conocí a Héctor Vergez, también. Mi padre tenía mucha afinidad con él y con Acosta. También lo he visto a Manzanelli; a Palito Romero lo vi en dos o tres oportunidades. Recuerdo a Texas, Elpidio Rosario Tejeda, un hombre preparado en la Escuela de las Américas que murió en un enfrentamiento, y me acuerdo cómo lloraba desesperado el Chubi López en su velatorio”.

     

    Luis Alberto Quijano reafirmó que, si bien su padre pasaba inadvertido, “mató a mucha gente y tenía más poder del que aparentaba”.

     

     

     

    Este texto pertenece al libro La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración, recién publicado en Argentina por la editorial Aguilar. Se puede adquirir en e-book. La editorial pone a disposición de los lectores las primeras páginas del material.

     

     

     

    Ana Mariani y Alejo Gómez Jacobo son periodistas. Mariani trabajó en Barcelona para las editoriales Seix Barral y Gustavo Gili y en Córdoba (Argentina) durante 26 años en el diario La Voz del Interior. Es coautora de la publicación multimedia El horror está enterrado en San Vicente. Gómez Jacobo también trabajó en La Voz del Interior y ahora en el diario Día a Día. Colaboró en la investigación del libro El reino de los Juárez, de Sergio Carreras

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