Fotograma de la película "El evangelio según San Mateo" (1964), de Pier Paolo Pasolini

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    Sobre ateísmo, sobre religiosidad, sobre Cristo

    Amador Palacios - 09-06-2016

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    La poesía es lo opuesto del espíritu religioso. ¿Por qué?
    Porque la religión es una respuesta.
    En cambio, la poesía es una pregunta y, como tal,
    está en las antípodas del poder.
     

                                           Adonis

     

     

    Ser ateo no necesariamente es negar la existencia de Dios. Afirmación que sí se encuadraría, por un lado, en un activo anticlericalismo, considerando, por otro lado, que quizá Dios pueda existir, pero que en todo caso es un misterio; misterio referido a su ser, su sentir, su forma, su estructura. Un misterio que, quieran o no, también asumen en el fondo aquellos que han acogido a Dios dentro de las religiones a través de esos dudosos textos por los cuales ellos sostienen que se “revela” la palabra de Dios.

     

    Con cierta sorna escribe Jean Paul Sartre en Las palabras que el ateo es un señor combativo, que siempre hostiga polemizando contra la identidad de Dios, manteniendo con él híspidos problemas, pero que a la vez se muestra como un perfecto individuo religioso. De esos problemas, obviamente, o sólo en apariencia, carecen los creyentes. Creyentes que a veces, con muy pocas dudas y una actitud imperativa y desafiante, resuelven su ruptura con la divinidad. Es el caso de la madre de Jeanne Rucar, la mujer de Luis Buñuel, quien, muy ferviente católica, según relata Ian Gibson en la última biografía del genial cineasta aragonés, después de conocer la muerte de su hijo en la Gran Guerra, víctima de los gases tóxicos de las trincheras, comprendió que un Dios que dejaba morir así a los jóvenes no podía existir. Y, sin pensárselo dos veces, arrojó al fuego de la chimenea las cruces, las imágenes religiosas y las biblias con las que había convivido durante toda su vida.  

     

    El filósofo Emil Cioran escribe que el ateo, aunque dice no creer en Dios, en realidad cree en Él, cree en él (destruyamos esa mayúscula, propone Cioran) como los creyentes, pues en su negación apunta a alguien. El admirable escritor portugués Miguel Torga cae, digamos, en la misma contradicción: “Dios. La pesadilla de mis días. Tuve siempre el coraje de negarlo, pero nunca la fuerza de olvidarlo”. Y a la postre, como Cioran insiste, la idea de Dios es muy voluble, porque si se Le idolatra (y en esta hipótesis el pronombre ha de ir en mayúscula) es Ser; si se le repudia (aquí en minúscula), Nada.

     

    En todo caso, lo más honesto sería no actuar yendo contra la contaminada identidad de Dios, sino dejar el afán absurdo de indagar en su condición, que será siempre incognoscible. Si Dios es un fluido beneficioso al que el hombre, inevitable e inconscientemente, se adhiere, permitamos dejar correr, pasivamente, ese fluido en nuestro interior, mas sin la fábula impostada y legendaria a la que hemos sido a la fuerza acostumbrados. Y aceptemos, con Fernando Pessoa, que en realidad un malévolo “pensar en Dios es desobedecer a Dios”.

     

    Porque el problema no radica en Dios, si puede existir o no, si es bondadoso o cruel, si se interesa por lo humano o no, sino en el hombre. Existe un todo que quizá podamos asociar a Dios, que es la Naturaleza, sin conciencia, sin pensamiento, sino sólo leyes. El hombre forma parte de la Naturaleza, pero con su conciencia, con su pensamiento, con su continuo quebrantamiento de las leyes, es el gran error de la Naturaleza. Volvamos a Cioran, quien compendia una síntesis del hombre en una ingeniosa descripción: “Un gorila que perdió sus pelos y los reemplazó por ideales, un gorila con guantes, forjador de dioses, agravando sus muecas y adorando al cielo”.

     

    Nuestra civilización cuenta con el mensaje valioso de Cristo, pero cuenta también con la tremenda deformación de ese mensaje y el depravado uso del mismo por parte de las iglesias cristianas, confrontando el genuino mensaje cristiano con la confesión de esas iglesias propulsada a través de aquél en un abierto enfrentamiento entre creencia abierta (comprensiva) y rígida (dogmática) religión. Retornemos a Cioran, quien encuentra la causa de la intransigencia de las religiones monoteístas en la ausencia de un sano paganismo, donde el fervor se repartía. Cuando ese fervor, deduce Cioran, se aglutina en un solo dios, “se concentra y exaspera, y acaba por convertirse en agresividad, en fe. El filósofo, con desenfado, concluye afirmando que el paganismo es diletante mientras que el cristianismo es bilioso.

     

    Joseph Beuys, un artista alemán creador del concepto del arte ampliado, por el cual todo hombre es un artista, es decir, está dotado de la plena capacidad artística, defiende a Cristo de tal modo que llega a declarar que “al ser humano no le queda otra posibilidad que adoptar el papel de Cristo”, explicando a través de esta declaración el carácter dinámico que toda su obra conlleva. En conversación con Elisabeth Pfister dentro de una iglesia de Frankfurt con motivo de una exposición sobre el tema de la imagen del ser humano y la imagen de Cristo, Beuys responde tajantemente: “soy un gran enemigo de todas las Iglesias, del cristianismo convertido en confesión”, porque “ya sabemos adónde nos han conducido: a los mismos resultados que la estructura de partidos, el poder del estado y del dinero”. Más adelante, opina que se debería adoptar el planteamiento de defender a Cristo proclamando “que todas las ideas sociales resultan inconcebibles sin la esencia de Cristo”, para acabar lamentablemente reconociendo que “el cristianismo se ha desarrollado justo donde no se habla nada de Cristo, y en las iglesias, donde tanto se habla de él, es donde ha quedado rezagado y falsificado”. Beuys, adherido a los principios del cristianismo originario, no el institucionalizado sino el auténtico que no se ha llevado nunca a la práctica, insiste: “No hay más que una posibilidad: realizar la cristiandad. Empezar de una vez a hacerla. De alguna manera. Que no ha habido nunca cristiandad…”. Y su lucidez es llevada al máximo cuando declara, despreciando los textos revelados y defendiendo a la Naturaleza o el conjunto de los elementos que forman lo creado, que “no es posible percibir a Dios de forma directa: como mucho, la percepción puede ser indirecta a través de las cosas creadas”.

     

    Cristo, incluso para los que, como vamos viendo, desdeñan las religiones, está investido de una gran relevancia, no tanto por constituirse en capital figura histórica sino por iniciar una revolución de pensamiento como hasta entonces no se había dado, alcanzando con ello a gran parte de la humanidad, incluso penetrando en las civilizaciones a priori ajenas a Cristo. Si hubieran pervivido en exclusiva los dioses que han marcado el monoteísmo, sin más, dominando desde altos puntos pero indiferentes en relación al hombre, poderosos dioses como Yhavé, Alá, el Padre (mismo dios con distintas caretas), su elocuencia se hubiese desvanecido, desprovista ya de un mensaje que verdaderamente interesase. Esto hubiese pasado si no se hubiese dado la gran revolución que encarnó Cristo.

     

    Si queremos indagar en la vida y trascendencia de Jesús, pretendiendo hallar un análisis consecuente y no prendido ineficazmente en una única o facilona y engañosa lectura de los textos bíblicos, poca cosa encontraremos que nos sirva para fijar adecuada e independientemente la figura de Cristo, descubriendo con verosimilitud sus exactas pretensiones. Ciertos libros escritos por importantes literatos en torno a Jesucristo, como los de Mauriac o Papini, carecen de interés introspectivo, pudiéndose apreciar verdaderamente en ello un atractivo estilo, como corresponde al de estos escritores. Del sentimiento de Mauriac me fío más, pero, por el contrario, pienso que la fervorosa conversión al catolicismo, desde su ateísmo o escepticismo “secular”, de Giovanni Papini, tuvo mucho de pose y puede ser que algo de comercio. Otra cosa es novelar bajo el pretexto de Jesucristo, como lo hace Robert Graves en Rey Jesús, una novela en la que no faltan tintes polémicos. Los Evangelios Apócrifos no nos aportan gran cosa en la cuestión de esclarecer el auténtico mensaje emitido por Cristo, ya que no dejan de ser textos propagandísticos que se escribieron en siglos ya muy posteriores a la frescura de los testimonios iniciales y, por tanto, más válidos, caso de los Evangelios canónicos.

     

    Una obra que cala en una encomiable profundidad es la Vida de Jesús, del filósofo racionalista francés Ernest Renán. La obra, tildada en su tiempo ya no sólo de heterodoxa sino de insultante y blasfema, está excelentemente argumentada. Renán nos transporta cómodamente a la época de los acontecimientos comunicando cómo Jesús podía predicar tranquilamente en Galilea, pues el poder romano no ponía trabas en su actividad, como en la de ninguno de los innumerables predicadores que recorrían la zona; en esos meses, Cristo estaba tranquilo, era afable, tenía sentido del humor, se divertía con sus amigos y paisanos, alegremente asistía a bodas. Pero sus visitas a Jerusalén lo intranquilizaban cada vez más. Allí se encontraba con el auténtico obstáculo, el clero judaico. Radicalizando su mensaje llegó a la conclusión que para perpetuarse y no pasar inadvertido tenía que morir a manos de esa cerrada clase levítica, la que por otra parte defendía con pleno derecho su estatuto, desdeñando a ese intruso nazareno. En el proceso de su muerte, Cristo se porta como el falso mártir de ahora, el yihadista islámico, aunque sin ejercer el terrorismo, siempre pacíficamente.

     

    La importancia del mensaje de Cristo, que siempre ha de perdurar con vigencia, es despreciar el ornato sacerdotal, el derroche, en gasto y altura, de los edificios que son los templos, la hipocresía de las creencias dogmáticas, expresando que para cumplir con Dios sólo basta sentirlo limpia y sinceramente. El jesuita Friedhelm Mennekes escribe refiriéndose al sentimiento que Joseph Beuys manifestaba por Cristo: “La fuerza de la permanencia de Cristo es el tenerle como portador de un claro mensaje antieclesial, teniendo el hombre a Dios en su interior, en su corazón”.

     

    Renán admiró a Cristo sobremanera, seguramente sin considerarlo Dios. En su biografía de Jesús justifica con rigor ciertos fenómenos de las que podríamos llamar modas de su tiempo, como la importancia dada, entre tantos predicadores, a la propia resurrección del predicador, lo que suponía un portentoso y triunfal dato espiritualista. El filósofo y visionario Rufolf Steiner, esgrimiendo un recurso inconsistente, explica la aparente resurrección de Cristo diciendo que como hubo un terremoto cuando murió, tan fuerte que hizo rodar la piedra del sepulcro donde lo enterraron, la tierra de la tumba se abrió y se tragó el cuerpo. Más seriamente diserta Steiner sobre la superioridad de Cristo, contradiciendo la tesis igualitaria en la existencia de religiones que defendía Madame Blavatsky. El biógrafo de Steiner, Gary Lachman, destaca su irrenunciable convencimiento: “El advenimiento y la encarnación de Cristo, insistía [Steiner], eran el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad”.

     

    La verdad es que la Iglesia Católica, huera espiritualmente pero una gran organización, poderosísima, como decía Antonio Machado; la Iglesia Católica, con esas cursis casullas y recargados atuendos con puntillas que luce su clase sacerdotal, y esa liturgia trasnochada, y ese arte y esa música propagados con tan pedestre calidad, parece más rendir honor a la tribu de Caifás que al mensaje tan despojado y genuino de Cristo. Espero que se me respete que en la secuencia de mi muerte, en los instantes en que mi cuerpo esté todavía al aire, no haya a mi alrededor signos religiosos ni curas que usurpen e hipotequen mi cadáver. Sin embargo no tendría inconveniente, si se puede hablar así, en que a partir del momento en que me entierren o incineren, recen por mí las oraciones que se tenga a bien.        

     

     

     

     

    Amador Palacios (Albacete, 1954) es poeta, ensayista y traductor. Como traductor ha puesto en español la poesía de Cesário Verde, Camilo Pesanha, Lêdo Ivo y Vinicius de Moraes, entre otros poetas portugueses y brasileños. Estudioso del movimiento vanguardista el Postismo, es biógrafo de Ángel Crespo y Gabino-Alejandro Carriedo. En la actualidad ultima una biografía del poeta Dionisio Cañas. Crítico y columnista del suplemento ‘Artes & Letras’ del diario ABC en su edición castellano-manchega, en la que Alfonso González-Calero publicó esta reseña de La flor del humo. Es miembro del consejo asesor de la Fundación Carlos Edmundo de Ory y académico de la Real Academia Conquense de Artes y Letras. En FronteraD ha publicado Autobiografía apócrifa de Gabino-Alejandro Carriedo. Dentro de la poesía comprometida.

     

     

     

     

    Bibliografía

     

    Cioran, E. M. Adiós a la filosofía y otros textos. Prólogo, traducción y selección de Fernando Savater. Madrid, Alianza, 1988.

    Crépon, Pierre (ed.). Los evangelios apócrifos. Traducción de M. García Viñó. Madrid, Edaf, 2005.

    Gibson, Ian. Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal. 1900-1938. Barcelona, Punto de Lectura, 2015.

    Lachman, Gary. Rudolf Steiner. Introducción a su vida y a su obra. Traducción de Bárbara Mingo. Gerona, Atalanta, 2012.

    Machado, Antonio. Los complementarios. Edición de Manuel Alvar. Madrid, Cátedra, 1980

    Mennekes, Friedhelm. Joseph Beuys: Pensar Cristo. Traducción de Juan José Priego Borrego. Barcelona, Herder, 1997.

    Pessoa, Fernando. El regreso de los dioses. Traducción del portugués y del inglés, organización, introducción y notas de Ángel Crespo. Barcfelona, Seix Barral, 1986.

    Renán, Ernest. Vida de Jesús. Traducción de Antonio Padilla. Barcelona, Dima Ediciones, 1967.

    Sartre, Jean-Paul. Las palabras. Traducción De Manuel Lamana. Buenos Aires, Losada, 1977 (12ª ed.).

    Torga, Miguel. Diario (4 vols.). Alfragide, D. Quixote, 2010 (5ª ed.).

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