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    Saint-Exupéry, el reportero olvidado de la Guerra Civil Española

    Montse Morata - 28-07-2016

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    “Los va a escuchar”, le habían asegurado. “Cuando estemos en primera línea preguntaremos al enemigo que está al otro lado del valle... A veces hablan...”. En el silencio de aquella noche de abril de 1937 Antoine de Saint-Exupéry acompañaba a una patrulla formada por un teniente, un sargento y tres milicianos republicanos por los alrededores del frente de Madrid con la misión de descender hasta un estrecho valle que los separaba del adversario para saber si el enemigo se encontraba ahí disimulando. La patrulla, a la que se había sumado un comisario, avanzó a través de los campos hasta llegar a un murillo de piedra que les llegaba a la altura del pecho. En aquel puesto de vigía dormitaba un centinela entumecido. “Sí, aquí, algunas veces, ellos responden... Otras veces son ellos los que nos llaman... Otras veces no responden. Depende de cómo estén de humor”, les confesó. “Así son también los dioses”, pensaba Saint-Exupéry, que acababa de encenderse un cigarrillo, tras lo que unas manos rápidas sobre sus hombros lo obligaron a agacharse. No tardaron en silbar cinco o seis balas, demasiado altas, no eran “más que un recordatorio de la corrección: no se enciende un cigarrillo delante del enemigo”. Entonces se les unieron tres o cuatro hombres que velaban resguardados en los alrededores. Uno de ellos se levantó y, formando un altavoz con sus manos, gritó con fuerza: “¡An... to... ni... o!”. El eco resonaba en el valle. “Agáchate”, se apresuraron a recomendarle al reportero, “algunas veces, cuando los llamamos, comienzan a disparar...”. Esta vez no hubo disparos, pero tampoco respuesta, sin embargo, aquellos hombres tampoco podían jurar que nada hubiesen escuchado, la noche entera cantaba “como una concha”, relataba el aviador. Así que volvieron a intentarlo: “¡Eh! ¡Antonio... o!... ¿Estás...?”. Los segundos pasaron y gritaron de nuevo hasta que se escuchó una voz lejana, una frase que se había perdido por el camino con un mensaje indescifrable. “Tienen sed de nuestras palabras, como nosotros tenemos de las suyas. Pero nada sabemos de nuestra sed, salvo que se manifieste, evidente, en esa misma escucha”, reflexionaba Saint-Exupéry. En ese instante los mismos que tan sólo unos minutos antes habían disparado al vuelo a un cigarrillo les lanzaron, a pleno pulmón, un “maternal consejo”: “Callaos... Acostaos... Es hora de dormir”. Y el mismo miliciano que había conseguido hacer hablar a Antonio volvió  a gritar, como si lanzara hacia lo desconocido una pasarela que uniera las dos orillas del mundo, para formular la pregunta fundamental: “¡Antonio! ¿Tú por qué ideal luchas?”, tras lo que excusó su pudor ante el invitado diciéndole por lo bajo que era “una pregunta irónica”. La respuesta llegaría de inmediato desde el otro lado como una confidencia seccionada por el viaje, “como una inscripción roída por los siglos”: “... ¡España!”. “...Tú?”, se escucharía después. “... ¡Por el pan de nuestros hermanos!”. Pero lo más asombroso para el reportero se produjo cuando, desde ambos frentes, se despidieron con un: “... ¡Buenas noches, amigo!”. Entonces el escritor pensará que “bajo la apariencia de palabras diversas, aquellos dos bandos se habían gritado las mismas verdades... Pero una comunión tan alta no excluye morir juntos”.

     

    Aquella experiencia en la Guerra Civil Española, que había quedado en la memoria de Saint-Exupéry, así como en las anotaciones de sus Carnets, esas libretas de piel que siempre llevaba consigo, la relatará un año y medio después de regresar de Madrid, en la serie de artículos que publicó a principios de octubre de 1938, sólo unos días después de la firma de los Acuerdos de Múnich, en el diario Paris-Soir bajo el título de ‘¿La Paz o la guerra?’. En estos artículos el escritor mostraba su inquietud por la tensión bélica creciente en Europa, pero tampoco rechazaba la guerra en caso de ser necesaria para preservar la paz. Sin embargo, sostenía que antes de elegir había que conocer al hombre de la guerra, sus verdaderas motivaciones profundas, que él había descubierto en la contienda española.

     

    El autor, que había nacido con el siglo, en 1900, había llegado al periodismo a los 32 años, después de perder su trabajo como piloto en el que había pasado los mejores años de su vida y que lo había convertido en uno de los pioneros del aire, aquellos héroes de la gesta de su tiempo. Para entonces se había casado con la salvadoreña Consuelo Suncín, viuda del escritor y periodista guatemalteco Enrique Gómez Carillo. Instalados en París, los derechos de autor que Saint-Exupéry cobraba por las dos novelas que hasta entonces había publicado, Correo Sur y Vuelo de noche (por la que había ganado el Premio Femina), no eran suficientes para costear el elevado tren de vida que el atormentado matrimonio llevaba, envuelto en una montaña rusa de frecuentes desencuentros, reconciliaciones e infidelidades por ambas partes. Perseguidos por los acreedores, con permanentes cambios de domicilio, el autor se refería a aquel tiempo como la “época azul” por el color de las notificaciones que no dejaban de llegarle de abogados y alguaciles. Tuvieron que vender hasta los muebles de su casa y llegaron a cortarles el agua y la luz por impago. Fue entonces cuando Saint-Exupéry comprendió que había llegado el momento de aceptar el consejo de sus amigos y empezar a escribir para los periódicos, que por entonces pagaban bien las firmas de prestigio como la suya.

     

    Lo hizo sin vocación, pensaba que tanto el periodismo como los guiones de cine que también escribía de forma alimenticia eran “vampiros” de la literatura. Sin embargo, el periodismo le permitió conocer algunos de los escenarios más importantes de su tiempo, como la Unión Soviética de Stalin y la Guerra Civil Española, que le dejó una huella reconocible en su obra y su pensamiento. A través de la reescritura de sus trabajos periodísticos también configuró la obra literaria que lo consagró en vida como escritor, que no fue su famoso El Principito[1], cuyo éxito no llegó a conocer, sino Tierra de los hombres.

     

    Entre 1932 y 1938 Saint-Exupéry colaboró con algunos de los principales diarios franceses de su tiempo, como Paris-Soir y L’Intransigeant, así como con el semanario político y literario Marianne, fundado por Gaston Gallimard, y con otras publicaciones especializadas. Desempeñó este trabajo buscando fórmulas propias, como en el resto de su obra, lo que hace que su aportación resulte tan singular, y sin traicionar su modo de entender la escritura, en su caso como consecuencia de la propia acción. “No hay que aprender a escribir sino a ver. La escritura es una consecuencia”, le decía ya con 23 años a su amiga Renée de Saussine. Y este mismo principio lo aplicó al periodismo, que nace de su propia experiencia. “Reportajes vividos” les llamaba él a las crónicas que escribió para la prensa de la época, entre las que se encuentran las que publicó tras estar en dos ocasiones en la Guerra Civil Española, de cuyo comienzo se cumplen ahora 80 años.

     

    Lo que sucedía entonces en España despertó de inmediato un interés mundial y los grandes periódicos del momento enviaron a sus mejores reporteros como testigos de una guerra en la que las ideologías enfrentadas acabarían por dividir el mundo. Por España pasaron estrellas del periodismo y la literatura como Ernest Hemingway, John Dos Passos, George Orwell, Gerda Taro, Martha Gellhorn, André Malraux o Robert Capa, todos ellos ampliamente recordados en la mitología literaria de la contienda que, sin embargo, extraña y curiosamente, con frecuencia se ha olvidado de Saint-Exupéry. Quizá porque el aviador mantuvo un punto de vista neutral en lo ideológico, nunca en lo humano. Interesado en conocer las verdaderas razones del hombre para ir a la guerra, aquellas que, camufladas bajo el discurso ideológico, no disponían de un lenguaje con el que revelarse, sus impresiones aparecen impregnadas de humanismo y poesía aportando una visión única del conflicto, vigente y universal por las reflexiones que realiza.

     

     

    La “frontera invisible” de la guerra

     

    Nada más estallar la contienda el diario L’Intransigeant le propuso acudir a España. El escritor aceptó y el 10 de agosto de 1936 partió hacia Cataluña pilotando el avión privado del vespertino. Dos días después aparecía la primera de las cinco crónicas que publicó bajo el título de ‘España ensangrentada’. En aquellos textos en un primer momento busca la “frontera invisible” de una guerra fraticida a la que se acerca con los ojos de un explorador curioso, pero no la encuentra. Lo hará tras sentarse en la terraza de un café de Barcelona y observar cómo los anarquistas se llevaban a un hombre acusado de fascista al que iban a fusilar. “En la guerra civil la frontera es invisible y pasa por el corazón del hombre”. Evocará también la atmósfera que se vivía en las calles de Barcelona, una ciudad que le parecía un fortín en el que se fusilaba más de lo que se combatía. “Esos hombres no van al asalto con la ebriedad de la conquista, sino que luchan sordamente contra un contagio. Y en el campo contrario, sin duda, es igual”, pensaba el escritor, y decía que “una nueva fe es como la peste. Ataca desde el interior”.

     

    En su intento por comprender a los anarquistas cometerá la imprudencia de acudir una noche a la estación de trenes mientras se estaba realizando un cargamento secreto de mercancías. La oscuridad favorecía su indiscreción, pero fue descubierto por un grupo de milicianos a los que su corbata les pareció una prenda sospechosa en aquel contexto. Confundido con un espía, y sin que sus conocimientos de español le sirvieran para explicarse ante aquellos que, a punta de cañón, le pedían que se identificara en catalán, fue conducido hasta un sótano en el que lo tuvieron retenido sin saber qué sería de su suerte. Hasta que cayó en la cuenta de que no tenía cigarrillos y le pidió a uno de sus carceleros, que estaba fumando, que le pasara uno mediante un gesto con el que esbozó media sonrisa. Aquel hombre lo miró por primera vez a los ojos, se pasó lentamente la mano sobre la frente y, con una maravillosa timidez, acabó devolviéndole la sonrisa y dándole el cigarrillo. “Fue como la salida del sol. El milagro no provocó el desenlace del drama; lo borró, con total sencillez, como la luz a la sombra”. Aquella sonrisa que en apariencia nada había cambiado lo había transformado todo en sustancia.

     

    Tras pasar por Barcelona el escritor se trasladó al frente de Lérida, donde se introdujo en la guerra junto a un grupo de socialistas franceses que trataban de interceder para liberar a varios prisioneros, entre ellos un clérigo al que estuvieron buscando por varios pueblos que cambiaban de bando de la noche a la mañana, como si la frontera de la guerra esta vez fuese “una puerta abierta”. Finalmente consiguieron dar con él y evitar que lo fusilaran, una historia que le permitió a Saint-Exupéry indagar en las contradicciones de aquellos anarquistas que fusilaban, decía, como se tala. Aquellos campesinos bonachones de ojos claros que a ellos los recibían, como extranjeros, con una cortesía grave también eran capaces, desde una extraña condición de “criminales”, de fusilar a los curas, a los sacristanes y hasta a sus criadas.

     

    Saint-Exupéry regresó a París impresionado por lo que había presenciado en Cataluña y se encontrará su país dividido ante la decisión que había tomado el primer ministro francés, el socialista Léon Blum, de seguir a Inglaterra y no intervenir en España. Al aviador esta postura lo exaspera, pero no por motivos ideológicos sino porque pensaba que Blum había optado por el camino más fácil y creía que nada era más corrupto que la facilidad.

     

     

    En el emblemático Hotel Florida

     

    En abril de 1937 Saint-Exupéry tuvo ocasión de regresar a la Guerra Civil Española, esta vez enviado a Madrid por el diario Paris-Soir, el vespertino más vendido de su tiempo, que le ofreció unas condiciones inauditas para la época: 80.000 francos (unos equivaldrían a más de 272.000 euros) a cambio de una serie de diez reportajes, aunque el aviador en un primer momento sólo escribió tres y semanas después de su regreso.

     

    El 11 de abril partía hacia España pilotando de nuevo el avión privado del periódico. Primero se dirigió a Valencia para solicitar los permisos que le permitieran visitar el frente, ya que lo que le interesaba no era visitar una ciudad que estaba siendo bombardeada para luego irse a dormir tranquilamente a la cama de su hotel. Tampoco quería entrevistar a generales sino que lo que buscaba era conocer a los hombres que se dejaban la piel en la aquella guerra.

     

    En Madrid se encontró una ciudad que estaba siendo duramente asediada por las tropas franquistas instaladas en el cerro de Garabitas. En un primer momento se instaló en el Hotel Florida de la Plaza de Callao, al que solían llegar los corresponsales extranjeros que enviaban sus crónicas desde el cercano edificio de la Telefónica, en la Gran Vía, donde se encontraba la Oficina de Prensa Extranjera dirigida por Arturo Barea. En el Florida coincidirá con algunos de los más grandes reporteros del momento y con ellos vivirá la recordada noche del 22 de abril de 1937, cuando el proyectil de un obús que impactó junto al hotel provocó que todos los huéspedes salieran apresurados de sus habitaciones. En el vestíbulo, entre la polvareda y los cascotes, coincidirán varios de aquellos reporteros en una pintoresca escena: John Dos Passos apareció con un batín de cuadros escoceses; a Saint-Exupéry se le vio repartiendo pomelos a las damas desde lo alto de la escalera ataviado con una bata de color azul satén y Martha Gellhorn fue descubierta saliendo de la habitación de Hemingway, dejando al descubierto una relación amorosa hasta entonces secreta.

     

    El aviador no encontró lo que buscaba de la guerra en aquel ambiente y ni siquiera dejó testimonio alguno de su paso por el Hotel Florida, lo que en ocasiones ha hecho dudar de que realmente estuviera allí. Un dato que, sin embargo, ha quedado confirmado al descubrirse recientemente en el Archivo de Salamanca el carné de prensa del reportero, perdido desde el final de la guerra, y en el que se indicaba este hotel como su dirección en Madrid, según informaba el pasado 3 de julio el diario ABC.

     

    De los días que pasó en el centro de la ciudad Saint-Exupéry escribirá una sola crónica en la que dejó constancia de la crueldad de los bombardeos que presenció en Madrid, cuestionando cualquier justificación para esa guerra. “He visto a las amas de casa destripadas; he visto a los niños desfigurados, he visto a esa vieja vendedora ambulante limpiar con una bayeta los restos de ese cerebro que habían salpicado sus tesoros...”. “¿Un papel moral?”, se preguntaba. “¡Pero si un bombardeo se vuelve contra su objetivo! Con cada golpe de cañón algo se refuerza en Madrid. Así la indiferencia que oscilaba se determina. Pesa mucho un niño muerto cuando es tuyo. Un bombardeo me parece que no dispersa nada: unifica. El horror hace apretar los puños y todos nos reunimos bajo el mismo horror”.

     

    Ante aquel permanente asedio la ciudad se le aparecía como un navío sobre las aguas negras de la noche, como un rostro blanco y duro, de virgen que, con los ojos cerrados, recibe uno a uno los golpes sin responder. Con frecuencia recurría a la imagen poética como semilla de pensamiento, como ese lenguaje mediante el que mostrar lo inexpresado, esa realidad que se oculta a simple vista. “El golpe resuena sobre el yunque: un herrero gigante forja Madrid”.

     

    Saint-Exupéry conseguirá abandonar el Florida y salir de la ciudad gracias a su amigo el periodista Henri Jeanson, enviado especial del periódico Le Canard enchainé. Jeanson conocía a líder de la Federación Anarquista Ibérica, Buenaventura Durruti, que organizaba el traslado de los periodistas al frente a bordo de un Rolls Royce conducido por un chófer que llevó a los dos reporteros franceses hasta las trincheras de Carabanchel. Jeanson se verá allí sorprendido por la exaltación que manifestaba su compañero, que no dudaba en participar en algunos de los juegos con los que aquellos milicianos probaban su valor. Como una especie de ruleta rusa con palos de dinamita encendidos que habían inventado los anarquistas. Pero lo que en verdad había impresionado a Saint-Exupéry era el coraje de aquellos hombres que habían aceptado la muerte y le indignaba la miseria del pueblo español a la vez que sospechaba que aquel desastre llevaría a su perdición.

     

     

    “Sargento, ¿tú por qué aceptas morir?”

     

    Durante aquellos días el aviador convivirá con los milicianos y presenciará los ataques que se sucedían en el frente preguntándose sobre qué es lo que imantaba a aquellos hombres para permanecer en ese lugar. Entre ellos encontrará un ambiente de camaradería y fraternidad que le recordará al que vivió entre los compañeros de la Aeropostal, aquellos pioneros del aire que arriesgaban la piel por un tesoro más sagrado que sus propias vidas: el correo que entonces transportaban, una causa que transcendía a su propia individualidad. Junto a aquellos milicianos hallará “los mismos dones, los mismos riesgos, la misma ayuda mutua” y hasta una imagen elevada del hombre, así que los anarquistas llegarán a extrañarse de que no compartiera sus planteamientos ideológicos, ante lo que el escritor pensará que “no tenía nada que responderles que pudieran comprender. Porque vivían de sentimientos” y desde ellos no tenía nada que objetar. Sin embargo, no creía que desde la embriaguez del sentimiento pudiera dirigirse el advenimiento del hombre. “El espíritu debe dominar el punto de vista del sentimiento. Es muy sencillo, aceptas esto cuando castigas a tu hijo”.

     

    Entre aquellos milicianos conocerá al “sargento R...”, del que no llegaría a dar su nombre, entre otras cosas porque desconfiaba de este tipo de datos que consideraba insustanciales, pero cuya historia le causó tal impresión que se referirá a él no sólo en varias de sus crónicas y artículos sino también después en Tierra de los hombres.

    “Sargento, ¿tú por qué aceptas morir?·, era la pregunta fundamental que se hacía sobre aquel hombre, pero sabía que era imposible formularla sin herir un pudor que se ignoraba a sí mismo, sin ser respondida con grandes palabras que ocultarían, más que mostrar, las verdaderas razones, aquellas que carecían de un lenguaje para expresarse. Así que optó por hacerle pequeñas preguntas que parecieran insignificantes hasta descubrir que aquel hombre había sido un contable de Barcelona ajeno completamente a la política y que se había decidido a ir al frente después de sufrir una extraña transformación. Según se iban marchando sus compañeros poco a poco sus ocupaciones, sus placeres y sus anhelos le fueron resultando cada vez más pobres. Hasta que llegó la noticia de que uno de ellos había caído en el frente de Málaga, lo que provocó no un deseo de venganza sino “un golpe de viento marino”. Fue entonces cuando otro compañero lo miró una mañana y le dijo: “¿Vamos nosotros? –Vamos nosotros. Y vosotros vinisteis”. Mientras escuchaba aquella sencilla historia Saint-Exupéry recordaba la llamada salvaje que sienten los patos de las granjas cuando ven pasar a otras aves en la época de las migraciones. Entonces ellos también se convierten por un minuto en patos migratorios a los que “se les desarrollan las extensiones continentales, el gusto por los vientos de alta mar y la geografía de los océanos”. “Hay viajes que los pájaros migratorios emprenden con viento contrario sobre el océano. El mar se les hace demasiado largo para su vuelo, no saben si conseguirán alcanzar la otra orilla. Pero en sus pequeñas cabezas están las imágenes del sol y de la cálida arena sosteniendo su vuelo”.

     

    En las trincheras de Carabanchel Saint-Exupéry asistirá al despertar del “sargento R...” en la mañana que debía emprender un ataque que lo condenaba a una muerte segura. El reportero, que había decidido vivir junto a los milicianos aquella avanzadilla que no tenía la menor posibilidad de triunfar, compartirá con ellos la noche de espera en las trincheras. Durante aquella vigilia angustiosa, mientras los milicianos seguían con su juego de ajedrez mientras durase la partida, el aviador reconocerá su miedo ante una muerte a la que no encontraba sentido y que evocará, como era frecuente en él, a través de un objeto que adquiere el carácter de símbolo de la historia que relata, en este caso un viejo despertador que atronaba sobre una repisa. Cuando aquel despertador marcase la hora prevista, aquellos hombres se estirarían, se abrocharían sus cinturones, cargarían su revólver, los borrachos volverían a estar ebrios, dirían alguna cosa sin importancia y se lanzarían a las estrellas. Finalmente aquel ataque fue anulado en el último momento y Saint-Exupéry observará cómo aquellos hombres, lejos de alegrarse, se lamentaban de aquella decisión que les devolvía la vida. Pero aquella noche de espera, aquel despertar del “sargento R...” en la mañana que todo estaba dispuesto para su muerte, el reportero había podido comprender, desde su propia experiencia, las profundas motivaciones por las que estaban dispuestos a morir aquellos hombres en el campo de batalla. Unas razones que, a su modo de ver, tenían menos que ver con la cuestión ideológica que con la fraternidad que los unía en torno a una causa con más valor que sus propias vidas. “El equipo completo ha vuelto de las tinieblas y el capitán rompe el pan blanco, ese pan de España, tan prieto, tan alimentado de trigo, para que cada uno de sus camaradas, con la mano tendida, reciba un pedazo embalsamado, gordo como un puño, que se va a transformar en vida”. El pan también funciona en este caso como símbolo, con evocaciones bíblicas, del tipo de hambre que en verdad sentían aquellos hombres. Como el “sargento R...”, en aquellas trincheras los milicianos habían descubierto a alguien que desconocían por completo, que ya no podrían olvidar, y que eran ellos mismos. “Quien ya no está ligado a los bienes perecederos, el que acepta morir por todos los hombres, quien regresa a un no sé qué universal, ése ha abierto sus alas”. Decía que entonces es cuando se libera de su ganga al gran señor que se abrigaba dentro: el hombre. Ese hombre que vive igual en el músico que compone que en el físico que hace progresar el conocimiento, así como en todos aquellos “que construyen las rutas que nos liberan”. “Ahora bien puedes correr el riesgo de morir. ¿Qué vas a perder? Si fuiste feliz en Barcelona, no vas a estropear ahora tu dicha. Has ascendido a esa altitud en la que todos los amores no tienen más que una común medida. Si tú sufrías, si estabas solo, si ese cuerpo no tenía donde refugiarse, ahora te recibe el amor”.

     

    En la Guerra Civil Española Saint-Exupéry comprenderá que había que dar un sentido a la vida de los hombres para alejarlos de las causas engañosas. Un sentido que no pasaba por la razón lógica, con su tendencia a dividir, sino por el espíritu. “En Europa hay doscientos millones de hombres que no conocen el sentido de sí mismos y que querrían nacer. La industria los ha arrancado del lenguaje de sus linajes campesinos y los ha encerrado en esos ghettos enormes que parecen cocheras, repletas de trenes de vagones negros. En el fondo de las ciudades obreras ellos querrían despertar”, decía en los artículos que publicó en octubre de 1938 en el diario Paris-Soir. En aquellos textos el autor reflexionaba sobre la tensión del momento en Europa, que se debatía entre la paz y la guerra tras las anexiones de Hitler, y recordaba sus experiencias en España. “El año pasado visitaba el frente de Madrid y me parecía que el contacto con las realidades de la guerra era más fértil que los libros. Me parecía que sólo del hombre de la guerra era posible sacar enseñanzas sobre la guerra. Pero para encontrar lo que hay en él de universal es preciso olvidarse de los bandos y no discutir en absoluto de ideologías”, de esos lenguajes que, pensaba, obligaban a los hombres a contradecirse. Ponía el ejemplo de Franco, que decía bombardear en nombre de los valores cristianos mientras los cristianos asistían, sin poder comprender, a una carnicería de mujeres y niños. “Olvidad esas divisiones que, una vez admitidas, conllevan todo un Corán de verdades inquebrantables y el fanatismo asociado a ellas”. Creía que sólo dando un sentido a la vida de los hombres éstos podrían alejarse de la embriaguez del sentimiento que los llevaba a desfigurarse en dominios de una patria, una religión o unas ideas. “Se pueden desterrar los ídolos de madera y resucitar los antiguos mitos que, mejor o peor, probaron su eficacia (...). Se puede embriagar a los alemanes con la idea de ser alemanes y compatriotas de Beethoven. Podemos hincharlos hasta el sombrero. Y eso, sin duda, es más fácil que extraer de la cala a un Beethoven. Pero tales ídolos son ídolos carnívoros”.

     

    Lo que Saint-Exupéry había presenciado en España supuso, de algún modo, el despertar de su conciencia política, ya que había comprobado lo que las ideologías podían llegar a hacer con los hombres, así que a partir de entonces se interesó por saber lo que estaba ocurriendo en Europa presintiendo que la contienda española sería un preludio del cataclismo mundial que se avecinaba. Pero no llegó a tomar partido por ninguna de las corrientes políticas en pugna de su época. Defendía la grandeza del hombre como especie, como aventura colectiva, mientras que pensaba que las luchas políticas tendían por su misma naturaleza a rebajarlo. Lo que le interesaba de cada régimen político era si fundaba al hombre y no el régimen político en sí. Su verdadero compromiso, que ejerció desde la propia acción de la que nacía su palabra, con frecuencia fue tan incomprendido como la libertad de su pensamiento. Tampoco faltarán los intentos de uno y otro lado de apropiárselo, pagando algunos peajes por ello. Como cuando la dictadura franquista le negó el visado para cruzar por España hacia Portugal, rumbo a su exilio en Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial. Aquella decisión se debió no sólo al contenido de sus crónicas y artículos sobre la Guerra Civil Española sino también a que, como había llegado a España pilotando el avión privado de los periódicos que lo enviaron, los franquistas sostendrán más tarde que había ayudado a los republicanos escoltando para ellos aviones franceses.

     

     

    Falseado a través de ‘El Principito’

     

    Con el tiempo Saint-Exupéry será criticado por no haber tomado partido político y me pregunto si también olvidado por ello. No sólo en el caso de la Guerra Civil Española sino también como combatiente aliado de la Segunda Guerra Mundial, en la que se comprometió hasta dejarse la vida luchando contra el nazismo. Lo hizo oponiéndose a los planes del general Charles de Gaulle, al que se negó a apoyar porque desconfiaba de sus intenciones, lo veía como a un dictador en potencia, una especie de general a lo Franco que, lejos de liberar Francia, aspiraba a hipotecar el futuro político del país haciéndose con el poder. Aquella postura le costó ser calumniado durante los últimos años de su vida y en ocasiones acusado de colaboracionista a pesar de que su libro Piloto de guerra fue prohibido en la Francia ocupada y leído clandestinamente entre la Resistencia, además de contribuir a que la opinión pública norteamericana fuese favorable a la intervención de Estados Unidos en la guerra, a lo que también se oponía De Gaulle. Y también le costará ser falseado tras su muerte a través de El Principito, un libro erróneamente considerado una lectura juvenil. Como sostiene el escritor Pedro Sorela, los seguidores del general, ante la imposibilidad de borrar el recuerdo del escritor más leído del siglo XX, secuestraron su fama reduciéndola a la de un autor juvenil.

     

    Más de siete décadas después de su misteriosa desaparición, el 31 de julio de 1944, a bordo de un avión aliado durante una misión de reconocimiento fotográfico, sigue resultando extraño el caso de un escritor que, a pesar a ser el autor de uno de los libros más vendidos y traducidos de todos los tiempos, continúa secuestrado bajo las etiquetas levantadas por el dogmatismo al que se enfrentó, tan vigente como su propio mensaje, con el que se convirtió en un visionario de nuestro tiempo. Un tiempo de hormiguero, del robot y de la propaganda, decía, en el que el Hombre sería condenado al uso que se hacía de él. Un tiempo en el que seguimos preguntándonos sobre un tipo de hambre cuyo verdadero lenguaje desconocemos.

     

     

     

     

    Montse Morata (Madrid, 1976) es periodista, investigadora-doctora y profesora colaboradora en la Universidad Complutense de Madrid. En su tesis doctoral estudió la obra periodística de Antoine de Saint-Exupéry, para lo que se trasladó durante un año a París. Fruto de esta investigación acaba de publicar Aviones de papel, biografía del escritor francés, que resultó finalista del Premio de Biografías y Memorias 2016 de la editorial Stella Maris. Como periodista ha trabajado en la agencia Europa Press, así como en prensa y televisión. También es autora de artículos académicos y de poemas recogidos en diversas antologías. En Twitter: @Vuelodealbatros

     


    [1] Por su título original, Le Petit Prince, la traducción más correcta sería El Pequeño Príncipe, ya que el diminutivo en francés no existe, en lugar de El Principito, tomada de una primera edición de la obra en castellano en Argentina. Una traducción que, según ha señalado el escritor Pedro Sorela, no se corresponde con el espíritu del libro y que contribuye a la falsa creencia de que se trata de un libro juvenil.

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