Hun Sen en los años 80

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    Pim pam pum: Hun Sen gobierna en Camboya

    Joaquín Campos - 25-08-2016

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    Sí, es posible que un mismo mandatario lleve 31 años aferrado al cargo de primer ministro de un país, en esta caso Camboya, donde supuestamente se organizan cada lustro elecciones democráticas y por tanto limpias, algo que buena parte de su pueblo y numerosos organismos internacionales ponen en constante duda. Aunque al final, los que de verdad pueden –esencialmente los de fuera: naciones, oenegés, periodistas y empresarios opulentos en lo económico– sigan sin mover un solo músculo aprovechándose, directa o indirectamente, de este desierto del desorden donde, pagando bajo la mesa, uno accede al ático con vistas del que nunca quiere bajar. En Camboya la mano de obra sigue siendo muy barata, con sueldos que pueden caer hasta una mensualidad por debajo de los cien dólares, sin seguridad social ni nada parecido.

     

    Porque Hun Sen tomó el mando del país, carcomido durante esos años ochenta del pasado siglo –curiosamente en España fueron los de nuestra movida cuando la verdadera movida estuvo aquí– con poco más de tres décadas de vida y no por haber sido un niño prodigio, sino porque con esa edad es cuando se asoció a Vietnam con la idea de que le auparan al poder viendo cómo se extinguían sus, en esos años, queridos Jemeres Rojos, que en la antigua Kampuchea Democrática no eran más que una mayoría de adolescentes de entre 12 y 16 años los cuales conformaban una buena parte de la sanguinaria y retorcida tropa que dirigía Pol Pot donde Hun Sen, cómo no, llegó a ostentar buen cargo. Luego éste desertó, vendiéndose a su vecino y no pocas veces odiado Vietnam, que le llevó en volandas hasta Phnom Penh donde, derrocado Pol Pot, el probablemente mayor dirigente asesino de la historia documentada de este mundo –bajo su mandato fue aniquilada el 30% de su población y torturada más de la mitad–, Hun Sen tomó unas riendas que no quiere soltar de ninguna forma. Y aunque a decir verdad anda muy lejos de las inhumanas maneras de su predecesor en el cargo, no por ello podríamos decir que bajo su dirección Camboya sea un ejemplo de humanidad.

     

    Domingo 10 de julio de 2016, nueve menos cuarto de la mañana. Kem Ley, de 46 años, fundador de Partido de las Raíces Democráticas y persona tremendamente crítica con el gobierno de Hun Sen, es abatido a tiros en una gasolinera de la capital del país mientras esperaba su café. La policía camboyana, un extraño estamento al que no se le ve por las calles cuando más se les necesita –el incremento de la inseguridad es palpable, por ende el turismo de calidad ha caído en picado–, salvo si son Hun Sen o alguno de sus ministros los que circulan por sus descuidadas vías, asegura que ya tienen al asesino: un jovenzuelo, campesino, semianalfabeto, que comentó en su declaración policial que Kem Ley le debía 3.000 dólares. La divisa norteamericana se utiliza en Camboya con tanta normalidad que hasta sus cajeros automáticos expenden billetes varios con la caras de Hamilton y Lincoln, entre otros. El único acusado ha cambiado su versión en media docena de veces. Medios críticos con Hun Sen y la oposición piensan que el modus operandi ha sido el habitual: buscan a un paupérrimo que a cambio de dinero, o a veces sólo de promesas, hará de sicario.

     

    Mientras, la familia del fallecido, además de decenas de miles de personas acudieron a rendir homenaje a aquella maldita gasolinera, donde trajeron flores a mansalva. En el sepelio, donde su cuerpo fue incinerado en un templo, aseguraban sus participantes que el crimen es simple y llanamente político. Las redes sociales, por supuesto, se han llenado de mensajes de condolencia y odio. Porque es creciente ese sentimiento entre una mayoría de un país que ve, mientras pedalean para volver a sus casas o llegar a sus puestos de trabajo con cansancio y molestia, cómo miles de Lexus conducidos por irreverentes nativos se les cruzan delante sino directamente los atropellan. Es la ley del más fuerte; y en Camboya sólo mandan los que mandan o sus amigos.

     

    Kem Ley es otra boca disidente que calla para siempre. Y en un país sin alfabetizar del todo, que no genera patentes ni presume de escritores, poetas o dramaturgos, es complicado que broten con asiduidad este tipo de luchadores que por sus actitudes rebeldes suelen pagar con sus vidas o sus libertades –no pocos miembros de la oposición están encarcelados por causas delirantes, además de inventadas– sus osadías.

     

    Samdech Hun Sen, apelativo inicial que tiene que ver con un título nobiliario que le concedió el recientemente fallecido rey Norodom Sihanouk en 1993 –el anterior rey, muy querido entre la población camboyana, dispensó meses antes de morir un extrañísimo indulto al ciudadano ruso Alexander Trofimov, acusado de pederastia por haber practicado sexo con, al menos, once niñas de entre 5 y 12 años– aseguró ante los medios camboyanos –se echa de menos en este tipo de asuntos más presencia periodística extranjera; crítica, no displicente– que buscará a los culpables y hará justicia. Algo así como cuando en España pillan a un señor con un Miró en su baño, original, setenta viviendas a su nombre o a las de sus testaferros, más catorce coches de alta cilindrada aparcados en sus garajes –entre otros detalles– y dice ante el juez que él es inocente.

     

    A mediodía, la gasolinera se llenaba de miles de personas que no fueron, precisamente, a echar gasolina. Se limitaban a volcar su ira sobre el coche del fallecido, que seguía allí aparcado, como si su dueño fuera a volver, retirando el surtidor para luego arrancar y continuar con su vida. Pero aquel coche, último compañero de Kem Ley en su luchadora travesía vital, y a eso de las ocho de la noche, quedó sepultado entre ramos de flores e incienso. No hubo violencia. Sólo decenas de miles de indignados. Y lágrimas. Muchas lágrimas.

     

    El caso de Kem Ley no es el único que hace estremecerse a los que en Camboya buscan derechos humanos, laborales y vitales. Debe saberse que Sam Rainsy, jefe de la oposición camboyana y fundador del Partido del Rescate Nacional de Camboya (CNRP, por sus siglas en inglés), algo así como un ídolo de masas para buena parte de la juventud camboyana, se ha vuelto a exiliar en Francia –en el fondo Rainsy lleva mucho más tiempo en el exilio que en su país, lo que genera una eterna duda: ¿Es preferible la lejanía y el silencio a la cercanía con los tuyos aunque sea desde la cárcel?– ante la nueva amenaza de un Hun Sen que desea enchironarle por una causa pendiente que sólo tiene que ver con sus ánimos de venganza: una condena de dos años –casualmente en menos de dos años se celebrarán nuevas elecciones en el país– por difamar al ministro de Asuntos Exteriores que en 2008 ejercía, Hor Namhong. El problema de todo esto es que en Camboya hasta la oposición es sospechosa, pasando por el nuevo rey, tremendamente pusilánime, además de Hun Sen y su cohorte de ministros.

     

    Mientras, los cientos de millones de euros invertidos durante décadas por oenegés para la reconstrucción del país han sido despreciados muy recientemente por un Hun Sen crecido por la inversión china: lo mismo hace desaparecer lagos, secándolos, como tala todos los árboles de provincias boscosas como Ratanakiri o Mondulkiri. Arremetió contra la cooperación internacional de manera nauseabunda. Vino a decir algo así como: “Con la inversión de China ya no necesitamos la de las ONG”. Se demostraba así que por estos lares el agradecimiento no depende sólo de una sonrisa, lamentable escudo protector en el que basan una de sus más importantes industrias: el turismo.

     

    Curiosamente, el ministro de Defensa camboyano, el general Tea Banh, comentó hace medio año: “la ayuda internacional es tan necesaria que incito a las oenegés extranjeras a que colaboren económicamente con nuestro ejército, que es muy pobre”. Un soldado raso o un policía local pueden cobrar, a lo sumo, 80 dólares mensuales. Luego te encuentras a la policía jemer visitando negocios, o apostada bajo las sombras de los escasos árboles que plantaron los franceses durante la época colonial, cobrando tres dólares por multa inventada –a los nativos les vale con abonar un dólar: cobran poco–. Luego ese dinero recaudado normalmente lo utilizan es el desfogue sexual dentro de antros de tercera o en bares de cuarta donde el whisky falso hace estremecerse a todos sus órganos vitales mientras, nuevamente, sonríen.

     

    Para que el atosigamiento no fuera escaso, y bordando, que no bordeando, la vergüenza ajena, el vicepresidente del CNRP, principal partido de la oposición –o presidente en funciones, dadas las largas ausencias de Sam Rainsy–, también se encuentra entre la espada y la pared por un asunto de faldas. Kem Sokha, que así se hace llamar, se ha negado repetidas veces a acudir al juzgado a declarar por un asunto cuanto menos irrisorio: le acusan de tener una amante y de haberle comprado tierras. No es la primera vez que el gobierno camboyano actúa contra Sokha, al que le han retirado el pasaporte para que no pueda abandonar el país. En este lado del mundo las sociedades –esencialmente las masculinas– necesitan no ya tener amantes –y hablo de más de una– sino de airear sus piezas cazadas. Les permiten considerar al hombre mucho más varonil y afortunado. En Camboya las desigualdades económicas son insultantes y la inversión extranjera sospechosa. Pero además de que posee otro dramático record: es el país de toda Asia con más casos de sida contabilizados. El problema son los no registrados.

     

    Camboya está dirigida de manera cavernaria por el dueño de una caverna que no quiere soltar. Hun Sen encarcela o amenaza con hacerlo contra todo aquel que pueda llegar a poner en peligro su poder. Ha marcado ya a sangre y fuego a los tres cabecillas más importantes del batallón contrario: Sam Rainsy (exiliado en Francia), Kem Sokha (imposibilitado para salir del país y con el yugo de la prisión en el horizonte) y Kem Ley, directamente asesinado. Eso evidencia que enfrentarse al poder en Camboya no es tarea fácil. Por ende, prensa y cuerpo diplomático no suelen levantar la voz por miedo a ser señalados.

     

    Sin embargo, nadie pone en tela de juicio que la señora de Hun Sen, Bun Rany, sea la presidenta de la Cruz Roja, organización no precisamente privada ni nacida en Camboya que solía ir asociada a fines sociales y humanitarios sin ánimo de lucro. Porque la Cruz Roja en Camboya es la ONG más importante en volumen de dinero, proyectos y personal contratado. El año pasado hasta la primera dama estadounidense, Michelle Obama, visitó a su homónima jemer, a la que no le hizo ni el más mínimo comentario sobre alguno de los asuntos que son absolutamente incomprensibles. Por ejemplo, en 2014 se comenzó a construir un hotel de lujo insultante en la paupérrima zona rural de Preah Vihear. El dinero, por supuesto, salió de la propia Cruz Roja que, en un caso sin precedentes, emitió una nota oficial en donde venía a justificar semejante atropello de la siguiente manera: “Con el dinero ingresado por el hotel colaboraremos para que la ayuda humanitaria en el país aumente”. Diarios como el Cambodia Daily, probablemente el más crítico con el gobierno de Hun Sen, pusieron en tela de juicio esa posibilidad, sobre todo cuando se descubrió que el hotel había sido levantado por una empresa constructora con evidentes lazos con el primer ministro. Para corroborar que todo el asunto de ese hotel de lujo era mucho más que sospechoso, se pronunció Andrea Acerbis, jefe del Comité Internacional que supervisa los trabajos y las donaciones de Cruz Roja a sus asociados en todo el mundo. Sobre el asunto de Camboya reconocía lo siguiente: “He visto cómo Cruz Roja en otros países levantaba pequeñas pensiones con la idea de alojar a gentes sin hogar. Sin embargo en Camboya son muchos los millones de dólares invertidos en ese hotel de lujo cuando millones de jemeres viven en lo que nosotros no consideramos el umbral de la pobreza sino directamente la mendicidad”.

     

    Desde que en 1998 Bun Rany tomara las riendas de la Cruz Roja de Camboya esta asociación sin supuesto ánimo de lucro es asociada al partido que dirige su marido desde que lo fundara: el Partido del Pueblo Camboyano (CPP, por sus siglas en inglés). En las pasadas inundaciones acaecidas en la paupérrima provincia de Pailin, fronteriza con Tailandia, la propia primera dama acudió al lugar de los hechos para dar un mitin en tacones. Aunque parecía improvisado en realidad no lo era. Sus palabras cayeron como un tiro en sedes internacionales de la Cruz Roja, así como en embajadas y consulados: “De nuevo nuestro partido, el CPP, manda a sus hombres y mujeres a reconstruir Camboya”. En realidad, los que ayudaban eran miembros de la Cruz Roja que ella dirige. Blanco y en botella. A decir verdad, casi nadie sabe –unos pocos lo sospechamos– por qué una señora que es primera dama de una nación corrupta y empobrecida tiene que ser la directora de la Cruz Roja… Imagino que algún alto cargo internacional de la organización tomaría la decisión.

     

    Que la primera dama maneje millones de euros de la Cruz Roja es la punta del iceberg de una familia –la del primer ministro– a la que un reciente reportaje de la organización Global Witness ha puesto en la picota. En el citado trabajo de investigación se informa que los tentáculos de Hun Sen y los suyos llegan, en Camboya, a casi todos los ámbitos. El informe resalta cómo son dueños mayoritarios o forman parte importante de multinacionales recién implantadas en el país, como Apple, Nokia, Visa, Procter & Gamble, Nestlé y Honda. También manejan la droga. Han sido vinculados a la mayor operación de venta de heroína cifrada en un billón de dólares. No son pocos los casos de expropiación de tierras a pobrísimos agricultores por intereses personales: construcción de presas donde ellos se llevan la mayor tajada, aperturas de nuevas gasolineras donde en el accionariado siempre aparecen sus nombres, ensanche y asfaltado de carreteras realizadas por empresas chinas asociadas a la familia… Aparte de palizas, encarcelamientos y asesinatos ha llegado a haber casos de personas interesadas en las expropiaciones –todas miembros o cercanos de la familia de Hun Sen– que han metido cobras en las chozas de nativos pobres para amedrentarles. Según Global Witness no se han encontrado, tras un registro exhaustivo de los juzgados camboyanos, un solo caso donde algún miembro de la familia de Hun Sen haya sido juzgado. Ni una sola vez. Con un país esquilmado y retrasado que sólo hace ricos a unos pocos, el gobierno jemer acaba de firmar un nuevo acuerdo con Japón para que le done 140 autobuses. En este desbarajuste general conviene recordar que hasta las tapas de las alcantarillas de todo el país son fruto de donaciones. Eso sí, cada hijo y nieto de Hun Sen amasa millones de dólares y posee empresas o participa en sus consejos de administración, y no precisamente a título testimonial.

     

    Hay otro asunto que subleva la sangre de los que consideraban a los responsables del Tribunal Penal Internacional de la ONU que juzga el genocidio de los Jemeres Rojos como personas de bien, unos salvadores venidos desde el más allá. ¿La razón? Varias. Los no pocos millones de euros gastados en una farsa en donde cada año –todo este espectáculo comenzó hace ya una década y aún no se vislumbran ni castigos ejemplares ni soluciones cuerdas– fallece algún miembro de aquella sanguinaria maquinaria terrorista, casi todos octogenarios y seniles, sin sentencia ni castigo. Los sueldos desorbitados de casi 20.000 dólares mensuales que no pocos expatriados del citado Tribunal manejan cuando la lentitud y la inutilidad en las medidas adoptadas son evidentes. Y por último, nadie se ha atrevido a citar a un tipo que en aquella época era veinteañero y que ya entrado en la treintena era miembro destacado de aquellos Jemeres Rojos. Hun Sen, el actual primer ministro.

     

    Norodom Sihamoni, el nuevo rey, que ascendió al trono tras la muerte de su padre hace tres años, mantiene una posición política testimonial que conforme pasan los días va apagando la ilusión de las masas camboyanas más críticas, casi todas jóvenes y residentes en las ciudades más populosas: Phnom Penh, Siem Reap, Battambang y Sihanoukville. Ven cómo el tiempo corre y las opciones de cambio político no sólo se complican sino que parecen alejarse definitivamente. “Con Norodom Sihanouk, el antiguo rey, Hun Sen no podía hacer todo lo que le daba la gana; pero ahora con su hijo él campa a sus anchas no permitiéndole opinar o tomar decisiones importantes”, me confirman dos estudiantes de economía de la universidad de Paññasatra, una de las más importantes de un país donde no terminan de salir caras nuevas. “Mataron a Kem Ley no sólo porque era crítico con el gobierno, sino porque era inteligente. En este país no interesa que la gente piense”, remata una de las estudiantes.

     

    Con las tres piezas básicas de la oposición a Hun Sen fuera de juego, se ha dado el pistoletazo de salida para unas nuevas elecciones legislativas que se celebrarán en el verano de 2018, dentro de 22 meses. Los observadores internaciones, como el Tribunal Penal Internacional que juzga a los Jemeres Rojos, así como embajadores de naciones de peso y/o prestigiosas, mantienen una extraña posición neutral: de vez en cuando exigen libertades, casi siempre con la boca pequeña mediante notas oficiales que se las lleva el viento.

     

    “No tenemos petróleo. Ni reservas de gas. Y hemos esquilmado el país desde los Jemeres Rojos minándolo, destruyendo nuestros bosques, ennegreciendo nuestros ríos, saqueando nuestras zonas de pesca y convirtiéndonos en un destino sexual mucho más horripilante que el de Tailandia, ya que aquí aún existe el mercado pedófilo. Por tanto, ¿quién ser sorprende que nuestra situación de cara al exterior sea de abandono? ¡Hasta la empresa que más factura en este país es el NagaWorld, un casino lleno de ludópatas, droga y prostitución donde miles de chinos apuestan millones de dólares cada día! Pero fíjate qué mal estaremos que hasta nos son necesarios ese tipo de turistas enfermos y borrachos y esos chinos ludópatas y puteros. De otra forma aún tendríamos menos puestos de trabajo que ofrecer a los nuestros y entraría en el país aún menos divisa extranjera”, sentencia una seguidora de Sam Rainsy, la eterna esperanza de las nuevas generaciones de camboyanos que hace prácticas como oficinista en una ONG de cierto prestigio. “No digas cuál es que no me fío de nadie. No quiero que me señalen por la calle ni perder mi puesto de trabajo. O que me tiroteen en una gasolinera”, concluye.

     

     

     

     

    Joaquín Campos (Málaga, 1974) lleva residiendo en Asia desde 2007: primero China y ahora Camboya. Escribe, cocina y viaja. En FronteraD ha publicado, entre otros, Menores y desnutridos junto al Mekong. Laos se ha convertido en la nueva casilla de salida del sexo infantil, Tres peruanos en una prisión de Camboya: “No arriesguen su vida por 4.000 dólares” y Poipet: Pequeño apocalipsis jemer. El golpe de Estado en Camboya provoca un éxodo camboyano, y mantiene el blog Contar lo que no puedo contar, que en una anterior encarnación se llamaba Aspersor, un ídolo de masas. En la revista ha publicado una novela por entregas Doble ictus, y en Libros de fronterad La verdad sobre el caso Segarra. Twitter: @JoaquinCamposR 

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