El fallecido rey Bhumibol de Tailandia

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    Españoles por el mundo: en la muerte del rey Bhumibol de Tailandia

    Joaquín Campos - 20-10-2016

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    Para entender la deriva cortoplacista de una parte no precisamente pequeña de nuestros queridísimos compatriotas sólo hay que estar estos días en Tailandia o atender a las redes sociales y observar sus ridículas actitudes. Y es que uno se ruboriza, por no decir que directamente vomita, cuando aprecia sus extraños comportamientos tras la muerte en el día de ayer del rey Bhumibol, querido hasta límites de difícil compresión humana entre la población siamesa que en la mayoría de los casos lo consideraban un semidiós sino directamente su dios. O sea, vayan tomando nota a partir de ahora.

     

    Sin querer entrar a debatir en demasía los sentimientos de los tailandeses –cada uno aprende lo que puede, y muchas veces, quiere–, sí que llama poderosamente la atención que iletrados o becarios, doctores y puteros, diplomáticos y hosteleros, pijos y anticapitalistas, además de empresarios y prófugos, todos al unísono y todos españoles lo sientan o no hayan infectado las redes sociales de homenajes nauseabundos a un rey que no era el suyo por una sencillísima razón: tienen miedo. Son cobardes. Apestan a jindama. Y por ello, deberían ser deportados. Y ya en España, retenidos en centros culturales donde deberían pasar, al menos, doce horas al día leyendo libros, a poder ser de ensayo, poesía y teatro. Y de autores extranjeros.

     

    Da asco leer en tipos que en España son republicanos recalcitrantes –o directamente anticapitalistas con rastas– sin que ellos mismos sepan a ciencia cierta ni el porqué lo son, loas al rey Bhumibol, que tras Kim Jong-un era, hasta ayer, el segundo líder de alguno de los países que conforman este tinglado de banderas y parias con visas oro que más afectaba sentimentalmente a su población. Sólo hay que ver los ríos de lágrimas que hoy dominan cada calle, cada foto y cada segundo de una Tailandia ahogada en lamentos en lo más parecido al final de un culebrón venezolano donde muere la guapa y aguanta la coja, tan malvada ella. Porque en España, descontando por razones evidentes a monarcas y políticos, y dejando de lado a los futbolistas, ninguno de estos títeres soltó una sola lágrima cuando se nos fue Fernando Fernán-Gómez. Tampoco lo harán cuando desaparezcan Antonio Escohotado, Carlos Álvarez El Brujo o Ferrán Adrià. Pero claro, la palma Bhumibol y todos corriendo al Facebook a hacer el más completo de los ridículos. Por menos en la antigua Roma eran arrojados a los leones.

     

    O por decirlo de otra forma: si en España sólo veinte habitantes de los cuarenta y tantos millones que lo habitan actuaran con Felipe VI como los tailandeses lo han venido haciendo durante ya parte de dos siglos con el rey Bhumibol, éstos estarían encerrados en un centro psiquiátrico para algarabía de los mismos que a estas horas pasean con sus novias enlutadas, con ambas cabezas gachas, por el distrito de Sukhumvit, y no porque las meretrices y travestis hayan puesto el cartel de baja por depresión real, sino porque no desean, por nada del mundo, generar un mal rollo con sus queridísimos tailandeses: esos auténticos hermanos de sangre con actitudes tan comprensibles como parecidas a las suyas. Que en la diferencia está el valor, como diría aquel. Que sorprende en un país no ya sin escritores sino sin lectores tanto hermanamiento con otro que vio nacer y crecer a don Miguel de Cervantes y Saavedra. A no ser que a Tailandia se vaya por otras cosas mucho más necesarias que leer y aprender.

     

    Porque, recordémoslo: cada vez que el rey Bhumibol salía de su palacio, las carreteras se cortaban al tráfico, las autopistas elevadas eran cerradas. ¡Nadie puede osar físicamente pasar por encima del rey!, llevaban décadas gritando los siameses mientras los de fuera miraban para otro lado. Y hasta los aviones desviaban levemente su ruta para no humillar al ídolo local. No se sabe si los pájaros más atrevidos eran cosidos a perdigonazos. Pero hasta la fecha no se ha escuchado quejarse a los defensores de los animales que vuelan y que no.

     

    Pero lo que nadie parece querer contarnos es que cuando el rey Bhumibol aparecía en alguna cena o evento con el alto copete de Bangkok todo esa jet set debía tirarse al suelo, postrarse, llorar, bramar, gemir, delirar, por la sencilla razón de que estaban frente al rey, el cual les dejaba arrastrase sin ningún tipo de reparo. Y claro, ver a gentes cargadas de oro vestidas como princesas, con tacones como navajas, reptando sobre alfombras patrimonio de un país cuanto menos extraño, y en pleno siglo XXI no era, por decirlo de un modo educado, la mejor manera de no ya modernizar, sino dignificar, a una sociedad que en su haber puede vacilar de haber aceptado al travestido como parte contante y sonante y no como enfermos mentales, asunto que aún acontece en la mayoría de las naciones de este mundo. De hecho está tan aceptado el ladyboy en el paisanaje tailandés –y también aceptado, cómo no, por no una precisamente escasa parte de los turistas que por allí se pasean– que hasta el heredero al trono, del que hablaré más adelante, se permite el lujo –porque esto sí que es un lujo y no nombrar mariscal a tu caniche– de visitar a uno de sus numerosos hijos (que reside en Múnich) de vestido de manera no ya asilvestrada sino sospechosa: con un top dejando enseñar media espalda y la totalidad de un estómago agradecido además de gigantescos tatuajes en sus antebrazos.

     

    Al monarca fallecido algunos medios le señalan por la muerte de su hermano mayor, Ananda Mahidol, y rey en ese año 1946, que apareció muerto en su cama por un disparo. A raíz de ese suceso aún no aclarado, Bhumibol se hizo con el trono que no soltó hasta ayer mismo, setenta años después –y porque murió; ya que llevaba siete años prácticamente fuera de juego por su delicadísimo estado de salud. El dirigente de todo el mundo que más tiempo llevaba en el cargo.

     

    Debemos recordar también que en Tailandia, cuando vas a al cine, debes levantarte antes de la proyección de la película para cantar el himno tailandés, en sí un videoclip con los mejores éxitos propagandísticos del ya fallecido monarca, donde sale pescando, haciendo fotos –en realidad posa como si estuviera haciendo fotos mientras otros que sí tiran fotos inmortalizan su retrato y pose– y dando consejos a pedigüeños embutidos en ropas harapientas mientras les pasa la mano por el hombro. Estas maneras sorprendentes para un rey –entre otras labores– son consideradas por su pueblo como cotidianas. Porque sin querer hacer leña del árbol caído, esto me suena y no poco a Corea del Norte. Por mucho que a algunos les duela.

     

    Ni que decir tiene que el monarca, querido, admirado e idolatrado por la inmensa mayoría de la población tailandesa, era aún más amado entre la alta sociedad siamesa que se mueve por Bangkok en coches de alta cilindrada conseguidos a través de las migajas (comisiones) por sus participaciones irregulares en empresas estatales. Por lo que se deduce que detrás de cada golpe de Estado –casi una veintena desde que Bhumibol llevaba las riendas del país– podría haber estado un rey que aunque quisiera lo mejor para su pueblo también lo quiso para sí mismo y su círculo más cercano. En eso he de reconocer que se parece a casi todos los jefes de Estado del planeta.

     

    Bueno, llega el turno de hablar de su hijo, el príncipe Maha Vajiralongkorn, que heredará el trono a sus sesenta y cuatro años salvo revuelta social o nuevo golpe de Estado, asuntos que para nada quedan descartados entre otras cosas porque la princesa Sirindhon, favorita de su fallecido padre, casa mejor, por sus rectos comportamientos, con el círculo de poder que rodea a la monarquía que ven en el aún príncipe Maha un riesgo para el futuro no ya de la monarquía sino de la propia nación.

     

    Maha no es un príncipe cualquiera. Porque aparte de ir en top cual ladyboy o nombrar mariscal a Fufú, su perra, es famoso por manejar extraños e ilegales negocios de la noche tailandesa cuando además se le relaciona con la ludopatía y las deudas más cuantiosas. Todas estas extravagancias para un futuro rey han hecho que su pueblo le señale amparándose en los secretos a voces que llevan años saliendo de palacio. Y a todo esto, ultra mujeriego.

     

    Casado en tres ocasiones, y con un alucinante historial de amantes públicas –por lo que imagínense cuántas serán las que no salieron a la palestra–, sus divorcios los arregla saqueando a sus ex parejas, a las que desposee de todos sus títulos nobiliarios entregados previamente, y a las que, además, deporta de su propio país bajo amenazas de muerte. Su primera mujer, tailandesa –como todas– reside obligada con sus hijos y desde hace más de dos décadas en Inglaterra, y la segunda tuvo que salir corriendo cuando relacionaron a su familia en un caso de corrupción que, curiosamente, coincidía con la petición de divorcio del príncipe Maha, al que parece ser que le queda poco para ser nombrado rey, o Rama X. El anterior, Rama IX, era su padre, que no transigía, precisamente, con su modus operandi.

     

    Sólo existen dos motivos para que los nuestros hagan el ridículo en Tailandia: el sexo a espuertas del que disfrutan, en sí la esencial razón por la que los extranjeros residen o turistean en el país; y el miedo a saber con absoluta certeza de que si criticas levemente a la Casa Real serás deportado y nunca más podrás volver. La embajada española en Bangkok, famosa por sus corruptelas e ineficacias varias, acaba de poner su granito de arena en esta infamia televisada y exagerada, aconsejando a sus compatriotas que “hagan acopio de víveres y que si salen de casa lo hagan documentados”. Les ha faltado decirles que salgan con visera y gorra dadas las altas temperaturas y las frecuentes y continuas exposiciones al sol violento que azotan estas preciosas y verdes tierras. Lo que genera pavor es ver cómo periodistas en suelo tailandés dan pábulo a estas horteras y previsibles notas que recorren las redes sociales en vez de lo que en verdad debería ser noticia: que un rey que llevaba setenta años en el trono ha muerto dejando a las puertas de su cargo a su hijo, un perfecto iletrado, corrupto y peligroso que, en público, trata a patadas no ya a sus súbditos, sino hasta a sus parejas, en bastantes casos las mismas madres de sus propios hijos.

     

    Si seguimos al pie de la letra la nota oficial de la embajada de España, en realidad en vez de un rey muerto pareciera que se nos viene encima un tsunami de proporciones tridimensionales. Y que si yo hubiera podido meter mano en esa nota oficial de la diplomatura española en suelo tailandés, que tanto gustan a los pocos padres de familia –padres y madres– que por allí residen, habría añadido que, si eres alcohólico hicieras acopio de cervezas y si no y posees descendencia, de leche en polvo para bebés; por supuesto importada.

     

    Para darle aún más colorido al asunto, la Junta Militar –porque no olvidemos que todos esos demócratas españoles residen encantados bajo la batuta de tipos egocéntricos armados hasta los dientes y vestidos de verde caqui que hace cosa de dos años dieron su enésimo golpe de Estado– ha ordenado que todos los funcionarios vistan de negro y que la población restante lo haga de negro o blanco. Un conocido que reside en Chiang Mai, una ciudad norteña fabulosamente alejada del epicentro de esta telenovela aunque infectada de turistas chinos, me jura que veinticuatro horas después de la oficialización del óbito bajó a la calle a ver cómo latía el pueblo tailandés, topándose con un grupúsculo de jovenzuelos nativos agarrados a una botella de whisky. Uno vestía la camiseta del Atlético de Madrid. Todos iban en chanclas. Ninguno en top, que podría haber sido un no precisamente encubierto homenaje al futuro Rama X. “Como la otra noche y la anterior. Aquí no parece haber cambiado mucho la cosa”, me confesó. Eso sí, otra fuente muy fidedigna que pasea por Bangkok, varado tras tanto cierre de negocios, confiesa que no son pocos los extranjeros que salen a la calle vestidos de negro en un acto de solidaridad entre conmovedor y vergonzante.

     

    Pero sé que aún nos queda la esperanza. Porque ayer, y mientras Bhumibol se nos iba al otro reino –en este caso el de los cielos–, en el mayor ejemplo de puerta giratoria de la historia moderna de la humanidad, salía a la luz una noticia que da esperanzas a la manada de parias expatriados que con sus desdibujadas actuaciones vitales nos acomplejan al resto: un tetrapléjico funcional de 28 años –por supuesto, estadounidense, ¿o qué esperaban? ¿Tailandés? ¿Chino?– recuperó el tacto en cuatro dedos de su mano tras la estimulación de la región cerebral responsable de ello. Por lo que, lo dicho: aún hay esperanza.

     

     

     

     

    Joaquín Campos (Málaga, 1974) lleva residiendo en Asia desde 2007: primero China y ahora Camboya. Escribe, cocina y viaja. En FronteraD ha publicado, entre otros, Pim pam pum: Hun Sen gobierna en Camboya, Menores y desnutridos junto al Mekong. Laos se ha convertido en la nueva casilla de salida del sexo infantil, y mantiene el blog Contar lo que no puedo contar, que en una anterior encarnación se llamaba Aspersor, un ídolo de masas. En la revista ha publicado una novela por entregas Doble ictus, y en Libros de fronterad La verdad sobre el caso Segarra. En Twitter: @JoaquinCamposR 

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