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    El espejo blanco. La rusofilia española

    Andreu Navarra - 28-10-2016

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    La sovietización de los gustos estéticos y las tendencias ideológicas en la España revolucionaria y de izquierdas no es un fenómeno que pueda encajarse en un período concreto y estrecho. En esa España inquieta del siglo XIX, está el origen de un proceso que fue in crescendo y que culminó durante los años de la Segunda República y la Guerra Civil.

     

    A partir de la primera mitad del siglo XIX, lo que tenemos son unas primeras y maravilladas incursiones en un reino totalmente remoto y casi inalcanzable, pero que, sin embargo, dio lugar a un número nada despreciable de literatura de viajes que podemos considerar pionera en la exploración del coloso asiático.

     

    Luis Morote, el escritor republicano y regeneracionista, acude a Rusia en 1904 con el propósito de observar las fatales repercusiones que se derivan de las políticas gubernamentales represivas. Antes que Morote, sin embargo, destacan entre una rica producción de literatura de viajes las aportaciones de Juan Valera, por sus dotes de escritor, y Julián Juderías, que ofreció un disciplinado y completo retrato de la sociedad rusa.

     

    Juderías legó un diario de viaje que escribió entre Leipzig y Odesa, fechado en 1901, y también un curioso folleto titulado El obrero y la clase obrera en Rusia, que publicó la Gaceta de Madrid el 24 de junio de 1903. Volvió a España en diciembre de ese mismo año, a punto de tomar posesión de su plaza de intérprete de tercera clase.

     

    La visión de Rusia como un espacio regenerado por un poderoso impulso modernizador, el de la cúpula urbana bolchevique, no es ajeno a las experiencias de viajeros ya muy alejados de los años ochenta y noventa del siglo XIX. En efecto, comprobaremos cómo escritores e ideólogos tan dispares como Josep Pla, Andreu Nin o Joaquín Maurín desembarcaron en Moscú impregnados de cultura regeneracionista, sobre la que construyeron su ideario posterior. Infinidad de escritores y periodistas españoles, en cambio, tronaban contra la revolución de 1917 y le atribuían rasgos apocalípticos. Algunos de ellos figuraban en el regeneracionismo de extrema derecha, como Ramiro de Maeztu, Manuel Bueno o José María Salaverría, que llenaron los periódicos de furibundas diatribas, pero otros críticos eran demócratas convencidos que detestaban el “maximalismo”, como el líder nacionalista catalán Antoni Rovira i Virgili. Como prototipo de libro antibolchevista de la tendencia apocalíptica, podríamos citar el truculento Rusia. Espejo saludable para uso de pobres y de ricos, que Rafael Calleja publicó en 1920 para demostrar que la vida de todo el mundo, tanto la de los ricos como la de los pobres, peligraba si se extendía por Europa la ideología comunista. Calleja advertía de que “ante el bolchevismo, lo peor, lo más intolerable, lo más inepto, lo más suicida, es la actitud que toman en España muchas gentes: encogerse de hombros, volver la espalda, desentenderse de esos acontecimientos alegando que están muy lejos geográfica y políticamente de nosotros; que son planta exótica en nuestro país, no destrozado por la guerra”. Pero no todos se encogerían de hombros, y pronto llegaría también la guerra.

     

    La crisis de 1917 había hecho tambalear las instituciones del Estado, y es durante los años siguientes cuando se producen los primeros posicionamientos miméticos. Hay liberales que, siguiendo la estela de Morote, justifican la ola revolucionaria rusa como una necesaria e inevitable renovación. Por ejemplo, el ex ministro de Fomento liberal Rafael Gasset escribe en La humanidad insumisa (1920) que “la organización social que heredamos no la podremos legar. Esta generación ha de cambiarla presta y radicalmente, si no quiere presenciar cómo se destroza en sus manos y cómo se desploma a sus pies. La supervivencia de situaciones generales caracterizadas por inequitativas, perennes angustias, y en choque rudo con el espíritu igualitario de la época (en cuanto la igualdad es asequible), exalta y enardece las pasiones, guiándolas al extremismo sin freno”. La tesis resultaba clara: o el sistema político se reformaba a fondo, o una ruptura revolucionaria como la soviética lo trituraría todo. Se trata del fenómeno que Fernando de los Ríos describió en Estonia: “El problema de la tierra ha sido acometido en este pueblo con más audacia que en ningún otro Estado capitalista. Ante el peligro de contagio bolchevique se han apresurado a satisfacer el hambre de tierra de los campesinos procediendo al reparto de los latifundios”. La izquierda española confiaba en que el peligro revolucionario acelerara algo las reformas estructurales de las naciones liberales, en un sentido nivelador y corrector.

     

    La verdad es que, ante la deriva “maximalista” de octubre de 1917, la prensa reaccionó muy alarmada. Por un lado, la conservadora se llenó de augurios apocalípticos, pero la liberal tendió a defender a Kérenski y a atacar sin tregua el nuevo orden revolucionario. Por ejemplo, El Sol reproducía, el 23 de noviembre de 1918, la conferencia que el político Minsky había dado en el Ateneo de Madrid. El presentador fue el célebre psiquiatra Luis Simarro. El titular es ‘Los bolchevikis han arruinado Rusia’, y el contenido no puede estar más en desacuerdo con la política de Lenin, a quien se pinta como “un místico forrado de marxista místico”. El texto denunciaba los atropellos cometidos contra obras artísticas, y acusaba a los bolcheviques de agravar la pobreza del país, confundiendo la explotación de clase con el genio creador.

     

    Aunque hacía doce días que había terminado, con la firma de un armisticio, la Primera Guerra Mundial, se seguía considerando a la Rusia revolucionaria como una potencia germanófila. Sólo un día después se reproducía un texto aún más duro, firmado por el corresponsal Nikolai Tasin, que anunciaba ‘Los horrores del bolchevikismo’. Se leía en él: “Los maximalistas quieren, a toda costa, introducir en la Rusia interna e iletrada el socialismo integral, aunque fuera preciso para ello exterminar a una mitad del pueblo y reducir a la más negra miseria a la otra mitad”. Y concluía: “Sí; los maximalistas se encastillan en el Poder, como sus predecesores los zares”.

     

    A medida que se deterioraba la dictadura de Primo de Rivera, fue intensificándose la rusomanía entre los intelectuales españoles. Paradójicamente, la imagen de la URSS mejoró en cuanto los viajeros socialistas empezaron a publicar sus diarios de viaje, en los que, sin embargo, se insistía en la condena del sistema soviético en general. La diferencia era que, paulatinamente, los escritores iban aceptando logros de la revolución, sobre todo en el ámbito educativo y cultural. La revolución de 1917 y la consolidación del régimen soviético se convirtieron en un auténtico modelo de transición al que innumerables autores acudieron para intentar trazar los nuevos caminos de la política española una vez se agotara definitivamente la monarquía.

     

    En otras palabras, la URSS se convirtió en un modelo de regeneración. Condenable como ejemplo de dictadura, era, sin embargo, un ejemplo modelo de colonización interna y despertar cultural y económico. Si en los años veinte ya creció de manera desorbitada el número de viajeros españoles que se trasladaron a Moscú, Leningrado o Ucrania, en torno al año 1930, la rusofilia se convirtió en una auténtica fiebre. De hecho, esa misma fiebre ha acabado constituyendo un problema para el estudio de las relaciones culturales entre España y la Unión Soviética, puesto que la gran mayoría de estudios se centran en los tumultuosos años treinta, olvidándose de que la ola venía de antes, fundamentalmente de los años veinte, e incluso obviando que hay literatura de viajes sobre tema ruso, por lo menos, que sepamos, desde 1818, si nos limitamos al mundo contemporáneo.

     

    A propósito de los años veinte, Cortés Arrese ha escrito: “Para entonces, el viaje a la URSS se había puesto de moda. La Rusia de los primeros años veinte es ahora una pesadilla para retrógrados. Ya no se corre ningún riesgo, el régimen está asentado y quiere, gustoso, recibir a nuevos viajeros. Se construyen algunos hoteles, se delimitan los circuitos turísticos y se crea un servicio de acogida, el Intourist. La visita se convierte en una demostración. Aunque el guía oficial se presenta como un obstáculo en el camino de los indisciplinados”. El comunismo se había consolidado: empezaba incluso a ser reconocido en el exterior.

     

    La centralidad, la cresta de la ola, no cabe duda de que se sitúa entre 1917 y 1936. Rafael Cruz registró, entre el inicio de la revolución hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, un total de casi 50 libros o series de artículos en prensa sobre viajes a la URSS; Juan Avilés consignó unos 60 libros sobre la nueva Rusia publicados entre 1917 y 1925, señalando que la mitad vieron la luz en 1920, y que consideraba como “libro” cualquier publicación de más de cien páginas; a su vez, Mayte Gómez registró algo menos de 40 títulos escritos por españoles entre 1925 y 1935. Con razón, en 1929, Rodolfo Llopis escribía: “Yo me había prometido a mí mismo no escribir ningún libro acerca de Rusia. ¡Un libro más sobre Rusia! ¡Qué horror!”. Ante semejante inmensidad, y teniendo en cuenta que la tarea de registrar y antologar ya fue realizada por Pablo Sanz  y Cortés Arrese, lo que se imponía era una visión de conjunto, la que tratará de presentar este libro. Una visión que atendiera no tanto a la lista de viajeros como a la naturaleza y contenido de los libros que escribieron, prestando más atención a los textos que al inventario de nombres. Y teniendo en cuenta, además, que para una panorámica que incluyera los años de posguerra, resultaba imposible un registro total de las narraciones de quienes viajaron o vivieron en la Unión Soviética, puesto que a partir de 1937 pasaron a ser centenares, e incluso miles. Los itinerarios personales, tras la diáspora posterior a 1939, dejan paso a la descripción colectiva de la emigración y sus significados culturales y políticos.

     

    Como ha escrito María Isabel Cintas Guillén, “en el mes de diciembre de 1930 había en la cartelera española abundancia de representaciones de asunto ruso, nada menos que tres en el Teatro Calderón de Madrid. Cuando llegaron a la capital los rumores del fracaso del levantamiento de Jaca contra la monarquía, Manuel Azaña, miembro del comité revolucionario y firmante del manifiesto desde el que se llamaba a la revolución, se hallaba en el propio Teatro Calderón asistiendo a una representación de Borís Godunov, de Músorgski, de donde tuvo que huir de la policía”; más adelante, añade Cintas: “Las ‘romerías a Rusia’, como las llamaba Giménez Caballero, fueron algo habitual en la España de 1920 y 1930. La gente que visitaba aquel país, que no se podía visitar libremente sino que era mostrado por los dirigentes oficiales, volvía contando maravillas de la eficacia de la revolución. El país, los sóviets, los bolcheviques, con sus modos de vida tan opuestos al capitalismo, movieron al viaje de exaltación a no pocos periodistas, escritores, políticos e intelectuales europeos (Joseph Roth, John Reed, Henri Barbusse, André Gide, H. G. Wells, Tagore, Arthur Koestler...) y españoles (Ángel Pestaña, Ramón J. Sender, Julián Zugazagoitia, Rodrigo Soriano, Fernando de los Ríos, Dolores Ibárruri, Eduardo Torralba Beci, Josep Pla, León Villanúa, Miguel Hernández, Pedro de Répide, Andrés Martínez de León, Isidoro Acevedo, Margarita Nelken, entre otros), que a su vuelta servían la información en sus relatos. No menos eficaz fue la labor de Ediciones Europa-América, encargadas de divulgar los éxitos y las obras de escritores soviéticos: Turguénev, Chéjov, Korolenko, Dostoievski, Gorki, Kuprín, Tolstói (ya traducido desde 1905); de 1928 a 1930 otras editoriales de signo izquierdista como Cenit, Zeus y Oriente ofrecieron traducciones de Ehrenburg, Fedin, Gladkov, Leonov, Katáyev, Ivánov, etcétera. Por no hablar de la especial presencia que tuvo el tema ruso en las colecciones de relatos breves tituladas La novela política, La novela roja y La novela proletaria, literatura de quiosco tan del gusto del gran público”. Habría que añadir a estas colecciones de cultura ruso-soviética las que produjeron obras españolas de tema ruso o comunista, como la colección Aster, en la que Chaves Nogales, precisamente en 1930, editó La bolchevique enamorada, y la colección de ensayo de la editorial España, que publicó, ya en período republicano, los valiosos diarios de viaje de Rodolfo Llopis y Julián Zugazagoitia.

     

    Sin embargo, el interés por el desenlace de la guerra civil rusa y la implantación definitiva del sistema comunista, sancionada por la Constitución de 1922, son anteriores a la llegada al poder de Primo de Rivera. El interés existía desde 1917, porque, como ha expresado con acierto Jordi Amat, “esta atención se producía en un contexto histórico determinado: los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, en plena posguerra. Después de la hecatombe en Europa nació el deseo de la fundación de un orden normal nuevo. No es extraño, por lo tanto, que Rusia se mirara con interés: era un país en el cual se intentaba construir la utopía que el marxismo teorizaba sobre el papel”. Por esta razón, más allá de si uno simpatizaba o no con las izquierdas revolucionarias, la Unión Soviética era la única realidad original que acertaba a construir algo novedoso en un contexto de ruina y agotamiento extremos.

     

    Miguel de Unamuno cargó contra la izquierda sovietizada en su artículo ‘Ateología’, publicado en la revista España el 21 de abril de 1923. En él denunció la rusofilia presentándola como un papanatismo religioso, una anticreencia dogmática que había entronizado a Lenin, a su vez entronizado por una nueva idolatría religiosa. Unamuno escribía: “Aquí, en España, el ídolo de los ateólogos comunistas es la misma Rusia convertida en entidad mística. Hay ateólogo comunista de los nuestros que se ha ido a Rusia sin saber ruso, ¿que sin saber ruso?, sin saber, a lo sumo, más que el español de los libros de avulgaramiento sociológico y habiendo traído de allí unas estadísticas, las que le dieron, que puede uno procurarse sin salir de España, viene dogmatizando y queriendo enterrar a un Cristo que no conoce mejor que a Rusia, es decir, que no conoce. Hay algo que nos causa pavor y es la actitud sociológica –llamémosla así– de esos pobres ateólogos para quienes no parecen existir ni el momento que pasa ni la flor que se aja después de haber perfumado la brisa, de esos de la novela roja y la música roja y la pintura roja y no sabemos si el paisaje y el celaje rojos, de esos que al ir a ver un drama, v. gr. preguntan si es de tendencia roja, de esos que parecen creer que tratar de consolarle al hombre de haber nacido es hacer traición a la humanidad. ¡Pobre gente!”. Sin embargo, el filósofo vasco no sólo acusaba a la izquierda de la extensión del dogma ateo: “La culpa de esto la tienen los que hicieron de Dios un principio de autoridad y no un fin de libertad, los que inventaron la policía de ultratumba y que fueron los verdaderos inventores del materialismo histórico. Porque el materialismo histórico es invención conservadora”.

     

    El 6 de agosto de 1922, Ramiro de Maeztu denunciaba desde las páginas de El Sol las relaciones que Abd el-Krim había establecido con Moscú. El líder rifeño había solicitado apoyo financiero para su república libre. Las razones de Maeztu no eran una paranoia de extrema derecha. En 1926, Julio Álvarez del Vayo dio fe de un viaje que hizo el caudillo rifeño a Moscú para conseguir apoyo exterior para su lucha: “Moscú es la Meca del mundo mahometano. Esta frase, publicada en no recuerdo cuál folleto bolchevique, resume los propósitos que inspiran la política exterior rusa en lo que afecta al Oriente. Cualquier visitante extranjero puede observar por sí mismo los resultados prácticos por sólo asomarse a las calles de Moscú. Kulis, indios, bereberes, negros de las latitudes más diversas, malayos: una peregrinación interminable de razas de color que aumentan con su presencia la riqueza cromática de esta ciudad fantástica”. Este Babel asiático y oriental fue celebrado también por Valls i Taberner. Pero lo más curioso está por llegar: “En este coro de voces que solicitan de Moscú protección y ayuda, a cambio de una adhesión a sus principios políticos, no podía faltar la voz de Abd el-Krim. Según averigüé de fuente absolutamente oficial, el Comisariado de Negocios Extranjeros había recibido varias insinuaciones de la zona rifeña que reflejaban el serio propósito por parte de Abd el-Krim de crear en el Rif una especie de república agraria más o menos ajustada al patrón bolchevique. [...] Lo que aquí contamos sobre Abd el-Krim ocurría en el verano de 1924. Ignoro si entretanto han cambiado en Moscú de opinión. Teóricamente la Tercera Internacional continúa fiel a su antiguo programa de favorecer por todos los medios a su alcance el proceso de emancipación de las razas sometidas”.

     

    El delegado de la Komintern para España, Jacques Doriot, obrero metalúrgico, había urgido al minúsculo PCE para que organizara una movilización cívica contra la guerra en Marruecos. No otra cosa que apoyo financiero es lo que fue a buscar Francesc Macià a Moscú en ese mismo año, seguramente animado por el mismo programa de política exterior. No está de más recordar que Álvarez del Vayo sostuvo una entrevista personal con el ministro de Exteriores Chicherin. Lo que parece fuera de duda es que, con el paréntesis de la Gran Guerra Patria, la postura soviética durante la descolonización ya tenía precedentes en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

     

    Francesc Macià y su secretario, Josep Carner-Ribalta, que llevó un detallado diario del viaje, llegaron a Moscú el 24 de octubre de 1925, por la estación del Báltico-Bielorrusia. Joan Esculies y Enric Ucelay-Da Cal, los historiadores que han reconstruido la misión política del líder nacionalista catalán en su reciente Macià al país dels soviets, señalan que residían en Moscú, en enero de 1925, 1.772.000 habitantes, unas 700.000 personas más que en Leningrado. Los viajeros fueron hospedados en el inevitable Hotel Lux. El frío que encontraron era glacial y el coche que tomaron para desplazarse hasta su alojamiento, por desgracia, era un descapotable. Sin duda porque aún no se había producido ese choque gigantesco entre las bellas edificaciones tradicionales moscovitas y las nuevas formas arquitectónicas soviéticas, puesto que el poeta de Balaguer dejó anotado que parecían haber entrado en una ciudad de Las mil y una noches.

     

    Macià fue a Moscú en busca de apoyo financiero. Su proyecto era un movimiento revolucionario separatista enfrentado al régimen de Primo de Rivera. Confiaba en que los bolcheviques secundarían su levantamiento siempre que su formación se aliara con el PCE, liderado entonces por Bullejos, que también se encontraba en Moscú, y que participó en las conversaciones de negociación entre los líderes soviéticos y el líder independentista catalán. Hasta la fecha, Macià no había conseguido atraer más que el apoyo de un consorcio bancario parisino interesado en desestabilizar el precio de la peseta con el objetivo de beneficiarse de una eventual crisis institucional española. El primer paso ensayado por el líder independentista había sido dirigirse al aparato del Partido Comunista Español en París, integrado por José Bullejos (secretario general), Gabriel León Trilla, Julián Gómez García (Julián Gorkin) y Luis Portela.

     

    La estrategia de Macià fue plausible gracias al programa desplegado por la Internacional Comunista desde su fundación, en 1919, según el cual resultaba necesario atraer hacia el comunismo a los movimientos nacionalistas de separación para poder ampliar las posibilidades de encadenar distintas revoluciones en Europa y sus colonias. En concreto, interesaba a los comunistas españoles, catalanes y soviéticos la sintonía y el entendimiento de Macià con la CNT, único organismo realmente capaz, por aquellas fechas, de organizar un auténtico ciclo insurreccional en España.

     

    Pero había llegado en mal momento. Tras el deterioro de la salud de Lenin, que le condujo a dar un paso atrás en la jefatura del Estado, llevaba las riendas del joven gigante un triunvirato o troika formado por Zinóviev, Kámenev y Stalin. Los líderes del bolchevismo, por lo tanto, no estaban para otros asuntos que no fueran la sucesión del carismático líder. La lucha fratricida por el poder estaba a punto de desencadenarse, y éste podría muy bien ser el motivo por el cual no se hizo mucho caso a Macià en Moscú.

     

    Esta etapa crítica de la trayectoria política de la Unión fue descrita con mano maestra por Julián Gorkin en El revolucionario profesional, capítulo en el que también trazaba un retrato imprescindible de Andreu Nin.

     

    La Segunda República dio el definitivo impulso a la rusomanía cultural española. En julio de 1933 se sentaron las bases para que el Estado español estableciera una representación diplomática en la Unión Soviética, pero los constantes cambios de gobierno lo impidieron hasta que estalló la Guerra Civil, en el verano de 1936. En julio, se abrió la embajada soviética en Madrid, y la representación de la República Española en Moscú se instaló en septiembre. En abril de 1933 se había creado la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, cuyo manifiesto fundacional fue firmado por prestigiosas figuras intelectuales de muy variado signo, como Pío Baroja, Victoria Kent, Gregorio Marañón, Jacinto Benavente, Manuel Machado o Ramón del Valle-Inclán.

     

    Sobre esta asociación, y sobre el manifiesto inaugural que impulsó el 11 de febrero de 1933, hay mucho que hablar. Presentado habitualmente como un signo de sovietización y radicalización de los políticos republicanos, una vez leído ha de ponerse en un brete esta interpretación. La misma lista de firmantes ya debería servir para descartar que la iniciativa fuera un intento de bolchevizar a la intelectualidad española. Aparecen, junto a firmas más que previsibles (Ramón J. Sender), las de figuras de centro, o incluso procedentes de la derecha, como Felipe Sánchez Román, Gregorio Marañón, Diego Hidalgo o Jacinto Benavente. Pío Baroja ni siquiera se había mostrado muy favorable a la República de 1931. El manifiesto habla de “curiosidad” y “simpatía” por el desarrollo de una nueva sociedad, pero no llama a la bolchevización de la vida española. Más bien apela a dejar aparte toda clase de prejuicios para estudiar y valorar en su justa medida las propuestas y avances procedentes de un nuevo Estado habitado por 150 millones de personas. Se lee en él que “sobre esta gran página de la Historia humana se exacerban las pasiones políticas. Hasta hoy, en nuestro país no se había intentado todavía un esfuerzo serio para situarse ante estos hechos con plenas garantías de veracidad”. Quitar hierro y aportar objetividad: el mismo tópico que podía leerse en cualquiera de los honrados diarios de viaje que son objeto de estudio de este libro. Y recalcaba el manifiesto que “en casi todos los países del mundo (Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Japón, etcétera) funcionan ya Asociaciones de Amigos de la Unión Soviética, cuyo cometido es poner claridad en el tumulto de las opiniones contradictorias, personales, y no pocas veces interesadas, sobre la URSS”. Teniendo en cuenta que ni siquiera se utilizaba la palabra “comunismo”, sino “país en construcción”, para designar aquella inmensa realidad naciente, parece que, de nuevo, sería el vector regeneracionista el que explicara que intelectuales de tan variado signo firmaran su adhesión. En lugar de mostrar simpatía por el comunismo, lo que se buscaba era información sobre cómo se había logrado levantar un nuevo Estado a partir de un Imperio decadente y económicamente atrasado. De la URSS interesaba su impulso modernizador, no su ruptura de clase.

     

    La misma idea que había sustentado, por ejemplo, la germanofilia barojiana, podía explicar ahora, en 1933, el interés por un desarrollo industrial tan arrollador como el protagonizado por la Rusia de los Planes Quinquenales. La cuestión era separar la ideología de la práctica, y conocer lo que de aprovechable tuviera el desarrollismo soviético, para elaborar un programa transversal ajeno a la división entre derechas e izquierdas.

     

    Naturalmente, otros viajeros iban a Moscú por motivos puramente ideológicos. Rafael Alberti se encontraba en Berlín a finales de 1932, y decidió pisar la URSS por primera vez. El poeta escribió: “Fue para mí entonces como realizar un viaje del fondo de la noche al centro de la luz”. El paisaje en Berlín era estremecedor: escuadras nazis aterrorizaban a los transeúntes, los pocos que salían a la calle. Su conferencia sobre poesía popular española tuvo que ser suspendida porque una estudiante judía acababa de ser asesinada a patadas en el campus... éste era el ambiente en Alemania. En cambio, la recepción en Moscú no pudo ser más fraternal: “Tres días llevábamos ya en Moscú, cuando la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios (MORP) nos invitó a quedarnos con ellos. Teodoro Kelyin –Fedor–, poeta y profesor de castellano en la Universidad, una mañana, a las ocho, llamó a la puerta de nuestra habitación del hotel Novo Moskovskaia. Desde aquel día, durante dos meses, con su gorro de astracán encasquetado en forma de cucurucho, sus ojos azulados de eslavo purísimo, disminuidos por sus gafas, y su vocecita de colegial temeroso, nos acompañaría, hablándonos un español perfecto, por el frío –25 o 30 grados bajo cero– de Moscú. Con él conocimos a los escritores Fadéyev, Ivánov, Gladkov, ya traducidos entonces en España, y a los poetas Aséiev, Kirsánov, Kaminski, Besymenski y Pasternak, que fuimos por casi todos ellos invitados a su casa”. En casa de Aséiev, Alberti y María Teresa León conocieron al poeta ucraniano Svetlov, que siempre estaba borracho y que los dejó a media visita para irse a dormir. De esa URSS luminosa de 1932, destacaba Alberti la erradicación del analfabetismo.

     

    Durante la Guerra Civil, la Unión Soviética fue la única potencia que prestó apoyo al bando republicano, enviando víveres y armas a la república en guerra, en lo que fue denominado Operación X. El gobierno soviético promovió y estimuló diversas colectas para financiar la lucha española, como la promovida por las obreras de Manufacturas Triojgornai (Tres Montañas) de Moscú, que llegaron a recoger 47 millones de rublos. Los empleados de las fábricas de motores Stalin y Kaganovich entregaron también una cuarta parte del sueldo de una jornada para las mujeres y los niños de la República Española. El 18 de septiembre de 1938 llegaron al puerto de Odesa los paquetes de artículos de primera necesidad que envió para España la fábrica textil Dzerzhinski. En la Biblioteca Lenin, la mayor de la Unión, se inauguró una sección española con libros procedentes de la República. Al parecer, la campaña de apoyo a España sirvió al dictador para tapar o disfrazar el terror que desató sobre la población entre 1932 y 1939. Asimismo, actualmente se sabe que esas extracciones “voluntarias” de dinero procedente de los salarios eran impuestos obligatorios que causaban estragos en el nivel de vida de los trabajadores soviéticos, sometidos a un sinfín de presiones y políticas coercitivas. Paralela y tristemente, el concepto de “Quinta Columna” se popularizó en la URSS procedente de España, y en su nombre se cometieron, a partir de 1941, numerosos crímenes arbitrarios.

     

    Asimismo, Stalin envió a unos 1.955 militares soviéticos a España para combatir y asesorar a los ejércitos y milicias republicanos. Entre esos efectivos figuraban aviadores, tanquistas, mecánicos, logistas, instructores y comisarios políticos. El cine soviético estimuló enormemente a las tropas republicanas. Durante la guerra se proyectaron en España La línea general, Amor y odio, La tierra, El circo, Las tres canciones de Lenin, Octubre, La juventud de Máximo y El carné del partido. La crítica, en general, ha destacado la calidad de este material fílmico. En Barcelona, era la productora Laya Films la que distribuía este tipo de películas. Y, junto al material audiovisual, llegaron también libros, carteles, partituras y embajadores culturales y deportivos[1].

     

    Pero fue entonces cuando se bipolarizó la opinión sobre el Estado soviético. La República continuó enviando a intelectuales españoles para que se empaparan de cultura soviética. Por ejemplo, Miguel Hernández fue designado por el Ministerio de Instrucción Pública para asistir al V Festival de Teatro Soviético de Moscú (agosto de 1937). Sobre su experiencia escribiría el artículo ‘La URSS y España, fuerzas hermanas’ (Nuestra Bandera, 10 de septiembre de 1937), así como los poemas ‘Rusia’, ‘La fábrica-ciudad’ y ‘El soldado y la nieve’, incluidos en El hombre acecha.

     

    Para un bando, la URSS representaba el paraíso de los obreros de todo el mundo y el arquetipo de sistema democrático y socialista. Para el otro, se trataba de un lugar infernal dirigido por tiranos sangrientos dispuestos a dominar el mundo y erradicar la religión. Resulta importante señalar esta circunstancia, puesto que, antes de 1936, no se verifica que todos los simpatizantes de la URSS y su cultura procedieran de la izquierda revolucionaria. Los diarios de viaje examinados demuestran que hasta intelectuales de derechas estaban interesados en mostrar una versión por lo menos ecuánime del experimento soviético. Y lo contrario, también se comprueba que muchos autores y periodistas de izquierdas eran capaces de identificar y diagnosticar los excesos del régimen examinado. E incluso se da el caso de Rovira i Virgili, quien había fustigado duramente a los “maximalistas” bolcheviques entre 1917 y 1919, desde las páginas de La Publicidad, y que, en cambio, en 1938 se deshizo en elogios para la Rusia de Stalin, por motivos estratégicos evidentes. La alineación automática e irreal se produce en cuanto estalla la Guerra Civil y la opinión pública se divide en dos bloques enfrentados.

     

    Bloques que algunos de los diarios de viaje de los que aquí hablamos con profusión intentaron evitar, habilitando una interpretación de la Unión Soviética, su paisaje y sus logros como potencia socialista, libre de prejuicios y de dogmas distorsionadores. Pero, ya se sabe, la ecuanimidad suele coexistir reñida con las luchas ideológicas y partidistas, aún hoy.

     

    Hasta la fecha no se han analizado como un todo los escritos que Rovira i Virgili dedicó a la realidad rusa. Sí se ha reeditado en varias ocasiones su Viatge a Rússia de 1938, pero han pasado inadvertidos tanto su Història de Rússia de 1919, cuyos capítulos finales se centran en las revoluciones de febrero y octubre de 1917, como su prólogo a Viatge a Rússia passant per Escandinàvia, de Francesc Blasi i Villaspinosa (1929), así como tampoco se han analizado la veintena de artículos que dedicó a las revoluciones de febrero y octubre de 1917 entre el 9 de julio de 1917 y el 13 de julio de 1919.

     

    Debe tenerse en cuenta que Rovira i Virgili seguramente fuera el intelectual más francófilo de la época, y que interpretara la política exterior bolchevique como una contrapartida que favorecía al bando alemán en la guerra mundial. Sin ir más lejos, en su artículo ‘Lenin y Trotski’ (La Publicidad, 8 de diciembre de 1917) afirmaba, ni corto ni perezoso, que “volviendo al caso concreto de Lenin y Trotski, debemos decir que hay poderosos motivos para creer que Lenin ha estado laborando por Alemania, estimulado y ayudado por repetidas entregas de dinero germánico. Desde que la guerra empezó, Lenin estuvo realizando en Suiza una violenta campaña, no ya pacifista, sino aliadófoba. [...] En cuanto a Trotski, su caso parece ser diferente. Era tenido por hombre de buena fe y de espíritu noble. Hay quien atribuye su actitud presente al resentimiento que guarda hacia Inglaterra, por haber detenido meses atrás las autoridades británicas en Halifax, cuando se dirigía a Rusia desde los Estados Unidos, llevándole con su esposa a un campo de concentración, hasta que, por la intervención de Teréshchenko, ministro de Relaciones Extranjeras del gobierno provisional de Petrogrado, el gobierno inglés lo autorizó a continuar su viaje”.

     

    La conclusión de Rovira no puede ser más contundente: “Es notorio que en el movimiento maximalista ruso intervienen gentes turbias y que su triunfo es debido en gran parte a la ignorancia enorme de las masas”. Si algo ponen en evidencia las crónicas de Rovira es que el rechazo de la Revolución de Octubre no fue, ni mucho menos, en un primer momento, patrimonio exclusivo de la derecha. Desde los sectores republicanos se intuyó (con acierto) que el programa bolchevique ladeaba y superaba las propuestas del liberalismo radical. En otras palabras, que el comunismo podía barrer a los demócratas (y hasta a los socialdemócratas) sin que hubiera podido implantarse correctamente la democracia social. En uno de sus artículos más virulentos, ‘La abyección maximalista’ (La Publicidad, 15 de diciembre de 1917), Rovira escribe que “la revolución maximalista no fue obra del pueblo, ni del proletariado. Fue obra de las tripulaciones de algunos buques de guerra de la escuadra del Báltico y de la guarnición de Petrogrado. Y esos soldados y marinos [...] se hallan tiempo ha completamente desmoralizados y acanallados, habiendo cometido los peores excesos. Para comprender qué clase de gentes son éstas, bastará reproducir uno de los detalles que da el enviado especial de L’Humanité. Después del asalto del Palacio de Invierno por los bolcheviki, éstos maltrataron brutalmente a los cadetes y a las mujeres del batallón femenino que lo defendía. Las mujeres fueron llevadas prisioneras a los cuarteles, y allí la soldadesca las violó. Otro detalle. En las bodegas del Palacio de Invierno había gran cantidad de vino y bebidas alcohólicas. Los bolcheviki las saquearon, y las orgiásticas borracheras han durado muchos días”. Sin entrar en si estas informaciones, que Rovira tomó de la prensa francesa, eran exactas o no, destaquemos algo que nos interesa más: porque no es Salaverría o Ricardo León, campeones de la extrema derecha, quien escribe estos juicios, sino el máximo heredero del republicanismo pimargalliano.

     

    Pero, antes de profundizar en los textos escritos por quienes viajaron al nuevo Estado, retrocedamos hasta los albores del mundo contemporáneo para reconstruir el proceso de formación de la rusomanía española propia de las tres primeras décadas del siglo XX.

     

     

     

     

    Este texto corresponde al prólogo de El espejo blanco. Viajeros españoles en la URSS, que acaba de publicar la editorial Fórcola Ediciones.

     

     

     

     

    Andreu Navarra es escritor e historiador. Doctor en Filología Hispánica (2010), ha sido investigador contratado en la Universidad de Barcelona y la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha publicado El ateísmo. La aventura de pensar libremente en España (Cátedra, 2016), El regeneracionismo. La continuidad reformista (Cátedra, 2015), 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura española (Cátedra, 2014), El anticlericalismo. ¿Una singularidad de la cultura española? (Cátedra, 2013), La región sospechosa. La dialéctica hispanocatalana entre 1875 y 1939 (Universidad Autónoma de Barcelona, 2012), las ediciones de Les corrents ideològiques de la Renaixença catalana (Urgoiti, 2014) y Los últimos días de la Cataluña republicana (Base, 2016) de Antoni Rovira i Virgili y El literato y otras novelas cortas (Renacimiento, 2013) de José María Salaverría. Combina la investigación histórica con la creación literaria.

     


    [1] Ludwig Renn, escritor comunista alemán, estaba en Madrid en 1936 y escribió que se había encontrado “una cola de gente que aguardaba para ver la película soviética Los marinos de Cronstadt”; a renglón seguido comentaba: “Desde hace seis días se forman estas aglomeraciones para ver la película. Los madrileños comparan su situación espontáneamente con la de Leningrado, cuando la Guardia Blanca estaba casi a las puertas de la ciudad al principio de la guerra civil rusa. Además, el hecho de que la Unión Soviética sea el único país que envía armas y munición en lugar de soltar verborrea hipócrita como las democracias occidentales, hace que le tengan gran simpatía” (2016: 127).

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