Julio Ugalde y su sobrino Julián

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    El Caribe costarricense: contra la ola racial y el dulce encanto del mercado

    Juan Carlos Martínez Prado - 04-11-2016

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    A las seis de la mañana, el mar en Punta Uva es un inmenso manto de agua sin luz. Estamos a escasos kilómetros de la frontera con Panamá y Julio Ugalde conduce una pequeña embarcación impulsada por un motor UM2. La lancha se interna en un océano callado en busca de macarelas, pargos y jureles, una rica cosecha marina, que Julio venderá un día después en los restaurantes de la localidad.

     

    El cielo gris amenaza con caer, pero la tormenta finalmente nunca llega. La eclipsa el buen humor con que el pescador tira el anzuelo al agua y decide esperar. Claro está que la espera de Julio es distinta. Nunca será igual, por ejemplo, a la de los narcos colombianos, quienes a esas horas rondan en la lejanía, agazapados, como espectros amenazantes detrás de la bruma.

     

    El trasiego de drogas en esta región –a la manera en que se practica ahora– es algo nuevo, pero ha empezado a preocupar a sus habitantes. Los colombianos que hace algunos años transitaban por estas aguas rumbo a México, sin voltear a las playas, en los últimos años han abierto bodegas en el área para resguardar su mercancía.

     

    Un experto en temas de seguridad del gobierno Costa Rica dice que a partir de 2011 se incrementó la incidencia de travesías por estos mares debido al establecimiento de nuevas rutas, surgidas a partir de la estratificación de la mafia mexicana.

     

    —A vea, a ver, explíqueme eso del aumento de las travesías –le pido al agente mientras su mirada parece distraerse con las automóviles que circulan a alta velocidad por la autopista Próspero Fernández, al oeste de San José.

    —Si antes los colombianos hacían tratos a los sumo con uno o dos cárteles en México, ahora lo hacen con por lo menos nueve organizaciones –fragmentadas en 43 células–, entre las que se encuentra el cártel Jalisco Nueva Generación que ganó fuerza después de la guerra de Felipe Calderón, declarada contra el narcotráfico, entre los años 2007 y 2011.

     

    Eso dice el especialista moviendo las manos sobre la mesa, como si desplegara el ramillete de las organizaciones delictivas en México.

     

    —De allí que las actividades ilegales de lavado de activos y trasiego de narcóticos haya crecido exponencialmente y haya necesitado de otros caminos, como es el caso ahora de los mares del caribe sur en Costa Rica –dice el policía, vestido de traje gris Oxford, camisa blanca impecable y corbata roja, quien aceptó hablar con el reportero bajo la condición de no ser grabado y que no mencionara su nombre ni la denominación de la dependencia gubernamental en la que desempeña un alto cargo desde hace más de quince años.

     

    El Caribe en Costa Rica es una región bisagra. Su ubicación geográfica la ha convertido en una zona muy atractiva para desembarcar y distribuir grandes cantidades de droga, me advierte el agente en un día de finales de julio en la capital de un país donde tanta tranquilidad de la impresión de estar en un lugar donde no se mata ni una mosca.

     

    En Puerto Viejo un lugareño me cuenta que, aunque en los periódicos no lo publiquen, ellos saben que Limón es una de las provincias donde la policía costarricense realiza los mayores decomisos de estupefacientes.

     

    El porcentaje de cocaína que arribó a Estados Unidos por el Caribe se ha triplicado en los últimos tres años, apunta el policía. Su estimación coinciden con las de William R. Brownfiel, subsecretario de Estado contra el Narcotráfico Internacional, quien recientemente declaró a la prensa costarricense que el tránsito de alcaloide por estos litorales aumentó un 400 por ciento entre 2011 y 2014.

     

    Algunos pobladores de Puerto Viejo advierten sobre el riesgo que significa el incremento de las actividades ilícitas en su territorio. Están preocupados porque muchos jóvenes de la comunidad han abandonado sus ocupaciones tradicionales y han caído en esa red cautivados por el señuelo del dinero fácil y la vida disipada.

     

    Con Julio, el pescador, no abordamos por ahora el tema. Ya habrá otros que hablen por él. Hoy este hombre de ojos bruñidos y piel tostada sólo quiere hablar acerca de cómo le hace para sacar tantos peces del agua. 

     

     

                                                                                 *     *     *

     

    —¡Hijueputa, mae, esto ya empezó a picar! –exclama Julio ante la marea tibia que adormece el aire de las horas tempranas.

     

    Julio está convencido de que “la pesca es más abundante cuando el mar está más bravo”. Este pescador, quizá el más diestro y esforzado de Puerto Viejo, sabe por qué lo dice. A sus treinta y siete años tiene en sus bolsillos el récord de captura de langosta en una sola jornada.

     

    En el último periodo capturó 300 kilogramos de ese crustáceo en una noche de mar embravecido. El esfuerzo fue demoledor, pero tuvo su recompensa. El volumen atrapado –cifra impecable para un pescador de balsa pequeña– le significó dos millones 710 mil colones (unos cinco mil dólares al tipo de cambio actual), equivalente a más de dos años de salario de una operadora de Lexmarc en Ciudad Juárez.

     

    Aunque esta no es una regla de la cosecha marina, la benevolencia de estas aguas ha mantenido a sus pobladores ocupados. Desde tiempos inmemoriales preservan el océano como una fuente de vida y trabajo bien remunerado.

     

    Julio nació en Guafles pero creció en Puerto Viejo, un pueblo mítico del Caribe sur costarricense que ha abierto nuevas rutas al ocio, al oído y a las papilas gustativas del planeta. En este lugar se camina lento, se escucha calipso, una mezcla de reagge, salsa y merengue, y se come rice and beans, constelación sobrada de sabor con base de arroz, frijol y coco.

     

    Para muchos, entre los que me cuento, el rice and beans no sería el platillo suculento que es si no se sirviera acompañado de una generosa porción de pescado, crustáceos y plátano, dieta inexcusable en la vida de los casi ocho mil habitantes de este puerto, cuya resistencia contra la arrogancia racial y el falso encanto del mercado les ha permitido conservar muchas de las tradiciones de su rica mezcla afro-indígena.

     

    En este paraíso, ubicado a 219 kilómetros al sureste de San José, Costa Rica, la sapiencia milenaria ha truncado la exploración y explotación petrolera, la construcción de hoteles de cinco estrellas y la edificación de centros turísticos de alta plusvalía. La voracidad neoliberal ha sufrido aquí varias derrotas. Se las ha infligido la tranca insalvable de un sincretismo civilizatorio que desde tiempos remotos ha dado prioridad al valor de la naturaleza sobre el mérito del dinero. 

     

    Para los indios cabécar y bribris y otros nativos de descendencia africana –traídos a Costa Rica desde Jamaica a mediados del siglo XVIII a raíz del desarrollo de la explotación bananera– la conexión más sagrada entre el hombre y su entorno reside en una perla de la sabiduría ancestral: “no pedirle a la naturaleza más de lo que la naturaleza nos puede dar”. Así se vive y piensa aquí, me dice María Suárez Toro, sentada en el Tamara, un restaurante de mariscos de la calle principal de este puerto, un día antes que nos hagamos a la mar.

     

     —¡Ya pico, ya picó! –grita Julio desde el fondo de la lancha.

     

    Su sonrisa subvierte aún más el sordo color del crepúsculo. Desde la hondura brinca el primer jurel. Pesa más de dos kilos y medio, calcula el pescador mientras coloca carnaza en la uña retorcida de dos anzuelos más.

     

    Son momentos en que la Gumar se agita, se transforma en un cuarto de maquinas donde sus operadores ensartan de prisa más cebo a sus cordeles. Julián tiene quince años. Es sobrino y ayudante de Julio. Vacía el agua de la barca –con un baldecito plástico–, surte de sardinas a los pescadores y arroja el ancla donde su tío señala.

     

    Son instantes en que Julio, también, se reelabora. Parado al lado del motor, su estatura crece. Su mirada atenta adquiere un brillo especial bajo la gorra beisbolera que cubre su cabeza. Julio es ahora un titán de brazos fuertes y ágiles que arranca del mar su más caro tesoro. Para él la pesca no es un asunto del azar. Es un oficio, dice, ligado al ánimo expeditivo que despierta en el pescador el don de la destreza inusual.

     

    Si la psicología hubiese tomado en serio a las Antillas, los occidentales calificarían a Julio como un experto en el temperamento y las reacciones de las corrientes submarinas. A su edad, el mar le ha enseñado el momento en que bajo la quilla del barco se aprieta un manto de peces hambrientos. A los peces su inteligencia los pierde, dice Julio. Saben que en el barco hay comida y de allí en adelante no dejarán de picar, señala el pescador con un pargo rojo en la mano derecha que tira con buen tino a la hielera.

     

    Durante buen tiempo, Julio, insaciable, seguirá sacando peces del agua mientras yo iré muriendo. El mareo me trae jodido. El suplicio aumenta con el síncope del océano y el rastro de la borrachera de una noche anterior.

     

    Asido al talle de una mulata apolínea, he bebido y bailado hasta la muerte una música con sabor a pasado. A la chica le asombran las historias del norte mexicano. No da crédito que está frente a alguien que ha llegado a su país de otro donde las matanzas, la corrupción y los relatos sobre narcos son cosa de todos los días. Pero el fiestón fue ayer. Hoy sobrevivo a la pesadilla del náufrago que, tras haber perdido barco y tripulación, se aferra a la cercanía melancólica de una playa glacial.

     

     

                                                                            *     *     *

     

    A Puerto Viejo arribé tres días después de un accidentado viaje aéreo entre Ciudad Juárez y San José, Costa Rica. El sábado 16 de julio, una empleada de Interjet me entregó un pase de abordar, documentó mi maleta directo a San José y me deseó buen viaje. La joven, de sonrisa aséptica y traje gris sastre, no imaginó que uno de los boletos que ponía en mis manos era el de un avión que se zarandearía en el aire, provocaría pánico entre los tripulantes y se desviaría cuatro horas de su destino original, tras una tormenta tropical desatada con furia sobre la capital del país centroamericano.

     

    A once mil millas de altura, el capitán comunicó a la tripulación que el avión se había quedado sin combustible. Después de sobrevolar durante más de una hora la capital tica, oculta bajo nubes espesas y una lluvia pertinaz, la nave cambió de rumbo para reabastecerse y yo anoté en mi desgastada libreta el nombre de un pueblo que jamás había escuchado: Puerto Viejo.

     

    —¿Puerto Viejo? –pregunté.

    —Si, Puerto Viejo –me respondió la chica que viajaba a mi lado y que en aeropuerto de Liberia, una provincia colindante con Nicaragua, usaría mi celular para comunicar a su novio, un violinista de la sinfónica de San José, el atraso y percance del avión.

    —Te vas a enamorar –me dijo, Silvia Mora, esta joven de nariz afilada, ojos grandes y dentadura perfecta, sin inmutarse un ápice por el estremecimiento de la nave.

     

    Anoté todo lo que pude sobre Puerto Viejo. Según su descripción, el lugar se asemejaba más a decenas de kilómetros de un mar idílico que a una playa cualquiera limítrofe con Panamá. 

     

    —Es un sitio hermoso e íntimo donde estarás feliz si te gusta la sencillez –me dijo la costarricense, con voz suave y cansada, antes de despedirse y perderse entre el alborozo del gentío apuñado a las puertas del moderno aeropuerto internacional Juan Santamaría, cuyo nombre, inscrito en una de las entradas oficiales de este país, recuerda y regresa el reloj a una de las épicas batallas latinoamericanas en contra del imperialismo norteamericano.

     

    Juan Santa María, héroe nacional, fue un soldado mulato que peleó y murió en el alzamiento contra William Walker, el filibustero estadounidense que a mediados del siglo XIX pretendió apoderarse de Centroamérica. Las ambiciones de Walker terminaron después de haber sido capturado y fusilado en 1857 en Honduras.

     

    Escuchar a Silvia Mora en el avión me dio una clave. Entendí la diferencia que existía entre el puerto de sus sueños y el racismo abismal de Luis Antonio Santos, un editor exitoso con quien ahora discuto –en un restaurante de un centro comercial de clase acomodada de San José– un proyecto para importar libros de Costa Rica a Ciudad Juárez. Santos nunca aceptará mi empecinamiento, así lo llama él, de visitar Puerto Viejo y pasar por alto las paradisiacas playas del pacifico costarricense, donde todo es “una finura”.

     

     ¿Finura? –me pregunto a mí mismo. Y cómo no habría de serlo si en ese lugar una habitación en un hotel resort  puede costar unos 271 mil colones por noche (casi 600 dólares), según el tipo de cambio actual.

     

    La finura con la que se expresa Santos es suficiente para entender la puntilla racial de los de su clase. Muy gentil él me previene contra los enemigos de las buenas costumbres en el Caribe sur de su país. El ejecutivo se  refiere a la estofa de “negros, ratas y  mariguanos” que rondan las playas de Puerto Viejo, un lugar sucio que “yo y mi familia seríamos los últimos en visitar”, me dice Santos con el ceño fruncido.

     

    —Si quieres pasártela bien, no jodás, ve para Miramar en el pacífico de Punta Arenas. Allí están las mejores playas y hoteles de Costa Rica –me insiste este empresario que no pierde ocasión para referirse despectivamente a la inmigración nicaragüense a su país. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), en Costa Rica actualmente viven más de 287 mil nicaragüenses, cifra que representa el 74 por ciento de la inmigración total.

     

    El problema con nuestros vecindad, dice Santos, revolviendo el café humeante de su taza con una cucharita de plata, es que Nicaragua no pudo resolver el problema indígena. Nosotros si lo hicimos. Más allá de sus guerras, el dilema central de ese país es el subdesarrollo de su población, asegura este ejecutivo de barba roja. En su condición de empresario adinerado, Santos pasa por alto las contradicciones que encierra el mapa de las oleadas migratorias intensificadas en la zonas pobres del mundo por el impacto de la globalización.

     

    Claro está que Santos vive encapsulado. No entiende que la migración es efecto y no causa de la precarización del empleo en el área. El empobrecimiento en esta geografía, como en otras de América Latina, se ha intensificado en el marco de un vertiginoso ascenso del flujo de capitales e intercambio de mercancías que nunca ha previsto el bienestar de la clase oprimida.

     

    Santos resta crédito a Guillermo Acuña González, investigador de la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales) y, por cierto, paisano suyo, quien advierte que la mayor contradicción de la inmigración consiste en que mientras las multinacionales se dirigen a países pobres en busca de mano de obra barata, los trabajadores de países pobres van en el sentido contrario en busca de mejores salarios y mejores condiciones de vida.

     

    Pero hasta Costa Rica, esta emblemática zona de paz que en 1948 decidió abolir su ejército, las trasnacionales no sólo han llegado en busca de mano de obra barata. Han aterrizado aquí para sembrar y cosechar vastas zonas de productos tropicales, exuberantes, gracias a las condiciones climáticas de este enclave considerado uno de los de mayor diversidad natural del mundo.

     

    La felicidad de los ticos, obviamente, está relacionada con su crecimiento económico. Entre 2000 y 2013, el PIB creció un 4,5 por ciento, el mayor de un istmo donde el 49 por ciento de la población del resto de países vive por debajo de la línea de pobreza, según datos recientes del Banco Mundial.

     

     

                                                                       *     *     *

     

    Son las dos treinta de la tarde. El Tamara luce escasos parroquianos. Las meseras sirven pargos con salsa caribeña, una vianda aromática elaborada con base de tomate, chile Panamá y cebolla. Las ventanas están abiertas. Afuera, el día es soleado. Los turistas, en su mayoría europeos, pasean en bicicleta por el malecón principal. Lo hacen en cámara lenta. Pareciera que por ningún motivo quieren estropear su sueño que ese día consiste en pedalear y pedalear por una calle efímera y ondulante, martirizada por las lluvias de los últimos días.

     

    Las bicicletas que montan propios y extraños parecen unos armatostes oxidados prematuramente por la sal de la bahía. Con los años, estos esqueletos se han convertido en el principal transporte, dando vida en Puerto Viejo a una precaria industria que no ha logrado sacar de pobres a un grupo de italianos emigrados, quienes la manejan.

     

    El día de mi llegada, una banda de músicos extranjeros se arremolina frente al restaurante. Sacan botellas de agua de sus mochilas, mientras acomodan sus instrumentos. Beben el líquido con avidez. Al parecer hablan en rumano, una lengua extraviada en una de las cunas del creole inabarcable, preñado por la lujuria intrusa del español, el ingles y el francés.

     

    De entre el grupo de concertistas sobresale una muchacha caucásica. Su belleza notable la acentúa un cuerpo esbelto, esculpido en alguna cancha de tenis croata. Cabello negro, ojos azules, piel blanca. A esas horas, la chica, como puede, se espanta los mosquitos de la cara. Los culícidos son aquí un enjambre que despierta, además de hambriento, furioso después de dormir la siesta apuñado en las axilas de los papayos.

     

    Volteo a la puerta y los músicos han desaparecido. Su ausencia no me extraña. Todo suele pasar en estas regiones sumergidas en el éter de los sueños

     

    Desde la parte alta de la playa se mece la marea baja y al Tamara entrará en los siguientes minutos alguien que pondrá sobre mi mesa las piezas de un rompecabezas para entender de otro modo la historia de esta costa.

     

    María Suarez Toro es una intelectual de 68 años, desaliñada, feminista y defensora de los derechos humanos. Vive aquí desde hace más de cuatro décadas.

     

    —Ya sé qué haces aquí –se adelanta, viéndome, sin mover los párpados. Vienes huyendo de la civilización fulmina –con bastante ironía en los ojos. ¡Como esos! –dice, buscando con la mirada a la muchacha eslovaca y al resto de forasteros que han desaparecido.

     

    María parece de esas mujeres capaces de escudriñar las pasiones hasta diseccionarlas. Si se lo propone, su mirada podría carcomer el corazón de una estatua tan rápido como las termitas. Enfática, me advierte que no me confunda. Dice que la importancia de este puerto no reside en la seducción del paisaje. Su atractivo es otro. Atraviesa la dermis. Su misterio, dice, es lava volcánica que se esconde tras un fino entramado que ha labrado el equilibrio en este último retazo del mundo.

     

    Puerto Viejo, me espeta a la cara: es la cuna de una experiencia multicultural única.

     

    Y no hay razón para no creerle. En esta matriz (indígena afro costarricense) conviven más de cincuenta y dos nacionalidades en un poblado de ocho mil habitantes. La proporción es asombrosa. Es obvio que si estos números son verosímiles, Puerto Viejo seguramente le habrá robado a Nueva York su hálito de república híbrida.

     

    Enfrente, no muy lejos de nosotros, los botes pesqueros se mecen en la orilla del agua, bajo la sombra de altos y ralos cocoteros. El cielo es azul, sin nubes. Pegadas a la playa se levantan estrechas edificaciones de madera con techos de lámina. El sol destella una luz amarillenta sobre el zinc y la piel canela de las bañistas tiradas boca arriba.

     

    La diversidad en Puerto Viejo se ha forjado gracias a la voz de los viejos, de los mayores que han sabido tomarle el pulso al tiempo, me dice María, que lleva años rastreado las huellas de esta historia bermeja. El conocimiento de María sobre el istmo la ha llevado lejos. En los últimos años ha dictado cátedra sobre educación popular en la Universidad de Albany en Nueva York y comunicación social en la Universidad de Kalmar en Suecia.

     

    Aquí se vive alrededor de los ciclos del clima, dice. La afirmación tiene que ver con que Puerto Viejo es de los escasos pueblos del mundo en el que sus pobladores ejercen la alternancia de los oficios según marcan las estaciones del año.

     

    Ahora, por ejemplo, los agricultores ofrecen frutas a los turistas. Ya llegará el tiempo en que se vayan a la pesca. Uno de ellos, Pepe, atiende provisionalmente un puesto de mangos, papaya y cocos. Le va bien. Lo que gana es suficiente para comprar lo que come por la mañana. Por la tarde se emborrachará y será feliz, dice la dueña del Tamara, que lo conoce desde que llegó aquí.                                              

     

    Suárez Toro acepta que la grabe. Poco a poco se reconstruye el puzzle. Una de las muchachas del restaurante llena el vaso de María con más agua de maracuyá y hielos. Yo prefiero una cerveza.

     

    En algún momento, María se levantará de la mesa y me pedirá que apague la grabadora. Son instantes en que se dirige a la dueña del Tamara para hablar sobre el enredo de unas tierras y unos campesinos. Desde donde estoy no alcanzo a hilar la conversación, pero María me explicará después que han hablado acerca de una reunión de campesinos del cantón de Talamanca programada para mediados de agosto. Allí los pobladores plantearán la necesidad de un plan de lucha dirigido a frenar las nuevas regulaciones del gobierno de Costa Rica que busca derogar un decreto reciente en el que se admite que los antiguos pobladores de Puerto Viejo tienen derecho de fincar sus negocios a escasos metros alrededor de la playa.

     

    El proceso productivo en Puerto Viejo es el de pequeñas economías familiares que combinan la pesca, la agricultura y el ecoturismo de manera escalonada y sostenible, me explica María.

     

    A este memorial, la antropóloga le agrega el elemento geográfico. La mayor parte de la población, dice, vive a orillas del mar y siembra en las montañas aledañas a la costa. Puerto Viejo pertenece al cantón de Talamanca, provincia de Limón, donde se practica la pesca responsable y donde el 80 por ciento de sus habitantes protege los arrecifes, las tortugas, los humedales y los bosques.

     

    Ahora los inversionistas extranjeros quieren este hábitat para hacer negocios. Quieren construir grandes hoteles para albergar al turismo que se estaciona a menos de una hora de aquí en sus yates y grandes cruceros.

     

    Cuando a Suárez Toro algo le molesta, arrastra las palabras, como un rastrillo de labranza que disemina las hojas en algún campo. María Suárez Toro es de esas raras aves que la academia no ha elitizado. Sigue siendo la mujer sencilla que llegó aquí hace cuarenta años. Según cuentan algunos amigos suyos, María aprendió rápido a relacionarse con la gente. Desde el primer día de su llegada supo que “junto a este cielo y este mar quería envejecer”.

     

    Afuera del restaurante, Pepe me asegura que es un hombre libre, innecesaria declaración en un lugar donde escasea la vigilancia gubernamental y no patrulla la policía.

     

    Pepe no trae camisa, apenas viste unos shorts que descubre sus piernas flacas y quemadas. Los turistas de estos días le han ganado cariño. Su afabilidad es parte de una tradición que ha convertido a los costarricenses en los habitantes más felices del planeta. En cualquier capital del mundo, la facha de Pepe quizá ahuyentaría a algunos medrosos, pero estamos en Puerto Viejo, un lugar donde la congregación es parte de la vida cotidiana.

     

    El tema campesino y su descenso en el escalafón del conocimiento moderno, sigue sobre la mesa. En algún momento habrán de surgir nombres como el de Sujomlisky, Frayre y Cardenal, tres  emblemas indispensables para repensar la pedagogía crítica en conexión con la vida en el campo.

     

    Por lo que dice, María sabe que la burocratización del conocimiento es una sorda apuesta del mercado. Es una trampa de las élites para incorporar a la mesa a quienes se les ha vendido un boleto para ser parte de la nueva ilustración.

     

    “Si queremos realmente enseñar más allá de la escuela memorista, clasista y homogeneizante es necesario que nos soltemos de la hinchada ubre de la universidad institucional”, dice.

     

    Para María, lo anterior no es algo que no pueda llevarse a cabo. Muchos años antes de su arribo a Puerto Viejo, en tiempos de la lucha guerrillera en El Salvador, Nicaragua y Guatemala, abandonó su cargo como maestra investigadora en la Universidad de Costa Rica y se unió a la insurrección de esos países. Se fue a las montañas para ensañar a leer y escribir. Pero, entre tanto disparo, la cosa resultó al revés. “La que aprendió a leer y escribir fui yo. Me refiero a leer y escribir el mundo desde otra óptica ”, me dice sonriendo, enseñando vanidosamente los dientes blanquísimos de la metáfora.

     

    —Aquí, pura vida, mae –me grita Pepe, desde la otra orilla de la calle. Sonríe y me hace un guiño. Esa expresión y un coco extendido en su mano izquierda fue mi mejor bienvenida a Talamanca, una región donde la cadena productiva es una rareza.

     

    En este cantón las variables hombre-mujer-trabajo-naturaleza son eslabones insustituibles en la cadena que sustenta el hábitat. Los negocios, cualquiera que sean, subordinan su interés –el de las ganancias– a este modo de existencia que respeta la vida.

     

    Esta forma de repensar la comunidad ha llevado a los talamanquenses a rechazar la construcción de proyectos turísticos de gran calado en su territorio. Se oponen a los intereses del turismo corporativo que presiona para que las reservas de Cahuita, Condoca y Manzanillo y otras zonas aledañas a estas playas se abran al lucro de las grandes corporaciones hoteleras y de la distracción.

     

    El gobierno costarricense –que durante siglos se ha desatendido del Caribe– ahora impulsa en el extranjero este tipo de planes. Sin embargo, conoce la resistencia de los pobladores de estos litorales. Sabe que son los mismos que durante la primera década de este siglo lograron detener la exploración y explotación petrolera, no sólo en sus territorios sino en todo el país.

     

    Entonces, el gobierno de Miguel Ángel Rodríguez Echeverría había entregado a MKJ-Xploration, una trasnacional petrolera con sede en Louisiana, sendas concesiones. Rodríguez Echeverría, además, permitió que esta empresa vendiera a Harken, otra trasnacional estadounidense, el 80 por ciento de los derechos para la explotación petrolera en Costa Rica. 

     

    Ambas compañías iniciaron trabajos de exploración en noviembre de 1999 en un área de 107 kilómetros cuadrados, frente de Moín, el puerto más importantes de la provincia de Limón.

     

    En La Tranca, un libro que recupera la memoria de la lucha antipetrolera de los últimos años en Costa Rica, María Suárez Toro y Cristina Zeledón Lizano, sus autoras, narran que “en noviembre de 1999 los vecinos de Limón se sorprendieron al ver navegar en sus costas, en un extraño zigzagueo, día tras día, noche tras noche, una nave operando una sonda sumergida en el mar, que despertó de inmediato la curiosidad de los limonenses, curiosidad que no tardó en traducirse en pánico de los pescadores. La nave en cuestión, arrastrando una extraña manguera por la profundidad del océano, producía un movimiento vibratorio con un sonido en el fondo marino que ahuyentaba lo que hasta ahora había sido pesca abundante, sustento de muchas familias en la costa”.

     

    El temor a la profanación de sus mares movilizó a la comunidad. A partir del año 2000, se celebraron reuniones y se organizaron talleres en donde de manera colectiva se analizó la magnitud del problema. La voz de los talamanqueses trascendió las fronteras ticas y encontró la solidaridad del mundo en contra de las destrucción de los ecosistemas.

     

    El gobierno tuvo que dar marcha atrás, y después de un conflicto legal que duró casi ocho años, se canceló toda posibilidad para que Harken y MKJ-Xploratión operaran en el país. La coyuntura sirvió. Los costarricenses obligaron al gobierno declarar al país territorio libre de industrias que contaminen a medio ambiente. Gracias a la resistencia de los pobladores de Talamanca, Costa Rica hoy vive alejada de la amenaza de las minas y la inversión petrolera.

     

     

                                                                    *     *     *

     

    Luis Antonio Santos, el empresario del que seguramente ya nadie se acuerda en esta historia, se inmuta con mi pinta. Visto short y calzo huaraches. Ingreso en su oficina, ubicada en un edificio de vidrios ahumados en un suburbio de clase alta, al norte de San José. He llegado para despedirme. Su mirada desaprueba mi vestuario en su espacio de lujo. Mi piel es más oscura. Hace pocas horas que llegué de Puerto Viejo y mi tobillo derecho luce una pulsera de hilo cromático, tejida por unos niños de la tribu cabécar. Ahora sé que ese brazalete me mantendrá irremediablemente atado, no sé por cuánto tiempo, a esos niños y a ese país. Como talismán de la buena suerte, también me mantendrá alejado de hombres como Santos.

     

     

    *     *     *

     

    Esta nota no puede cerrarse sin el epílogo de tres voces fundamentales que la sustentaron: Julio Ugalde, María Sánchez Toro y Fredrick Wright. Los tres actualmente luchan para que los proyectos del Centro de Buceo Embajadores y Embajadoras del Mar, en Puerto Viejo, sean una realidad.

     

    Fredrick Wright, buceador profesional: “El objetivo del centro es recuperar la confianza de los jóvenes en su historia. Enseñarles a bucear significa que regresen a la matriz de donde vienen. Además, su conocimiento sobre el océano contribuirá a mantenerlo limpio. Ahora mismo estamos combatiendo al pez león, una real amenaza contra otras especies”.

     

    María Suárez Toro, académica y periodista. “Embajadores y embajadoras del mar es una oportunidad para que los niños y las niñas vean el pasado con respeto. Pescar y bucear en esta región significa que cientos, quizá miles de jóvenes no sean reclutados por el narcotráfico en un futuro. Ni por ninguna otra actividad ilícita”.

     

    Julio Ugalde, pescador. “Los pescadores en el Caribe no contamos con ningún apoyo gubernamental. Es más, no tenemos ningún registro que reconozca nuestra actividad. Sin embargo, seguimos pescando porque amamos lo que hacemos”.

     

     

     

     

    Juan Carlos Martínez Prado nació en Guadalajara, Jalisco, México (y reside desde hace 25 años en Ciudad Juárez, Chihuahua). Es periodista independiente y ha publicado en varios periódicos mexicanos. Algunos de sus textos han aparecido en publicaciones como The ClinicReplicante o @juárez. En FronteraD ha publicado, entre otros, Peter Hinde y Betty Campbell: una iglesia para los pobres en América Latina, Ayotzinapa: la justicia que no llega para los 43 estudiantes mexicanos desaparecidosGolem. La música que despierta en el desierto de Ciudad Juárez.

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