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    Franco y las redes fascistas internacionales en la posguerra europea

    Nacho Segurado - 30-12-2016

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    Entre los mitos arraigados del franquismo, uno de los que mejor sobrevive el paso del tiempo, tanto en el imaginario popular como en los círculos académicos, es el de un régimen aislado del mundo, una dictadura singular y exclusivamente endógena, un producto político típicamente español –como la cultura íbera o la tauromaquia– y sin vínculo con la Europa resurgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Pero tras la leyenda se esconde la verdad, con sus claroscuros y su complejidad: ni el franquismo fue una dictadura autóctona –en su sentido ideológico, material y cultural– ni Franco un caudillo refractario al trato con el exterior.

     

    En los últimos tiempos, los historiadores están poco a poco tratando de romper esa penúltima barrera de la mitología franquista: la de su sempiterno aislacionismo. Un vistazo a las novedades historiográficas de este 2016 que termina evidencia un (todavía) tímido giro aperturista. Obras como Guerra Civil y franquismo, una perspectiva internacional (Universidad de Zaragoza) o La apertura internacional de España: entre el franquismo y la democracia (Sílex Ediciones) son ejemplos de cómo la historiografía está derribando la barrera del autoctonismo. Este cambio fundamental viene, en parte, de la mano de una nueva generación de historiadores, abiertos a nuevas interpretaciones y metodologías y con mejor acceso a las fuentes, tanto en España como en el extranjero.

     

    Transnational Fascism in Twentieth Century: Spain, Italy and the Global Neo-fascist Network (Bloomsbury Academic, 2016), de los investigadores Pablo Del Hierro y Matteo Albanese, es una de esas obras que contribuye a liquidar la quimera del aislacionismo en uno de los aspectos más controvertidos de la dictadura: su simpatía hacia los movimientos fascistas resurgidos tras la caída de Hitler. Del Hierro, profesor de la Universidad de Maastricht, y Albanese, docente en la de Lisboa, muestran cómo el Estado franquista, con el propio Franco y sus ministros a la cabeza, financió con millones de liras los movimientos neofascistas italianos (primero al MSI, luego a Orden Nuovo). El franquismo, lejos de ser un actor pasivo y doméstico, se implicó en la escena internacional más de lo que se cree, se preocupó por la deriva política en su entorno cercano, en el que trataba de influir con dinero y presiones de distinto tipo, y sirvió de refugio dorado para antiguos fascistas italianos, belgas o croatas.

     

    El estudio de Del Hierro y Albanese abarca, cronológicamente, bastante más que los años centrales del nacionalcatolicismo. Por un lado se remonta a los orígenes y primeros pasos de Falange –años 30– y los entonces incipientes contactos con el fascismo mussoliniano, y por otro se extiende hasta las décadas de los setenta y comienzos de los ochenta, cuando las conexiones entre la extrema derecha española e italiana vivieron su canto de cisne. Transnational Fascism in Twentieth Century, todavía sin traducción al español, despliega dos ideas capitales. Una de ellas, desmenuzada en los párrafos anteriores, es la de que el franquismo no permaneció al margen de la lucha por las ideas tras la Segunda Guerra Mundial; otra, que el fascismo, como ideología global, no se diluyó en el bunker de Berlín ni a la orilla del lago de Garda, sino que supo sobrevivir larvado y mutar de lenguaje, métodos y objetivos durante la posguerra europea. La Segunda Guerra Mundial fue un punto y aparte, pero también en cierta manera un punto y seguido; el fascismo es un ejemplo de cómo las ideas que contribuyeron a hacer estallar la contienda mundial sobrevivieron a su exterminio físico; y en este sentido, el régimen de Franco llegó a convertirse el nexo fundamental en el desarrollo y crecimiento de la redes de extrema derecha durante las décadas venideras.

     

     

    Historiadores inspirados por el 15-M

     

    Los historiadores profesionales, prisioneros de su habitual cautela ante lo que sucede y marginados por los medios de comunicación del reactor principal de los acontecimientos, fueron no solo forzosamente contemporáneos del 15-M, sino que se implicaron, en mayor o menor medida, en su devenir. La historia del tiempo presente, como disciplina académica, no tardará, si es que no lo ha hecho ya, en incorporar el 15-M a su línea del tiempo. Y aquellos historiadores que vivieron el 15-M desde más cerca, desde muy cerca, están irremisiblemente tocados por su aura. Del Hierro y Albanese son dos buenos ejemplos. Ambos invocan el 15-M en su trabajo académico. Aunque especializados en la Europa del siglo XX, reconocen y celebran el influjo fundamental de aquellas jornadas de la primavera de 2011.

     

    Aparentemente, como se detalla más arriba, el tema de su investigación, las conexiones financieras y políticas entre el régimen de Franco y los movimientos neofascistas italianos tras la Segunda Guerra Mundial, está muy alejado de las raíces sociológicas del 15-M. ¡Otro siglo, otras coordenadas, otras reivindicaciones! Cronológica y temáticamente sin duda así es. Pero hay un detalle que vincula ambos mundos. Como se ha señalado, parte de la obra de Del Hierro y Albanese abarca la conflictiva década de 1970. Los llamados años de la estrategia de la tensión en Italia y del tránsito de la dictadura a la democracia en España. Años de atentados terroristas, secuestros, presiones políticas y temores ciudadanos en los que las relaciones trasnacionales entre el fascismo italiano y la extrema derecha española experimentaron su canto de cisne.  Años sin duda violentos, pero huérfanos todavía –sobre todo en España– de una explicación histórica alejada del mito de la modélica y pacífica Transición.

     

    Es en este punto donde la biografía de estos dos historiadores y su objeto de estudio se funden. Del Hierro y Albanese pululaban por los maltrechos archivos madrileños cuando la Puerta del Sol bullía de carpas, debates, cámaras de televisión y teléfonos móviles. Durante el día trabajaban en sus asuntos, lejanos legajos polvorientos, y al caer la tarde se acercaban a las asambleas. En su papel de observadores comprometidos –quizá la referencia a Raymond Aron no les termine de gustar, pero se les ajusta como un guante– captaron con nitidez la que fue una de las demandas más juiciosas de aquellas jornadas: España debía proceder con urgencia a una revisión crítica de su transición, matar al padre, hacer como Francia con el periodo de la resistencia o Alemania con el nazismo, salvando las distancias temporales y trágicas. No se trataba, como burdamente a veces se concibe, de moralizar en el sentido contrario la Transición. Hablar de régimen del 78 como un periodo sucio y turbio, carente de legitimidad; sino de introducir el bisturí del análisis histórico desprejuiciado –que no despolitizado, el matiz es importante– en lo que hasta ahora había sido una ciénaga donde, por si las moscas, era mejor no introducirse.

     

    Sobre el 15-M, sobre la mala salud de los archivos españoles, sobre la sangrienta Transición, sobre la necesidad de aplicar la perspectiva transnacional al estudio del neofascismo, sobre las nubes negras –los cantos de sirena de la nueva extrema derecha y el nacionalismo– que se ciernen sobre la Europa del siglo XXI, sobre Franco y el MSI, sobre una España más abierta (al mal) de lo que pensábamos, sobre todo eso y alguna cosa más, se habla en esta entrevista con Pablo del Hierro.

     

    —Empezáis el libro con una breve pero sutil referencia al presente. Como historiadores, estáis convencidos de que para evitar el resurgimiento del fascismo en Europa hay que comprender bien su génesis y desarrollo. ¿Qué hemos entendido mal hasta ahora? ¿Cómo educar a la sociedad para prevenir de nuevo, en un contexto de populismo y ultranacionalismo crecientes, el resurgimiento de grupos fascistas?

    —Nosotros creemos que la clave nos la da Umberto Eco quien en su artículo Ur-Fascism, de 1995, nos explicaba cómo las sociedades democráticas debían mantenerse alerta y no olvidar nunca lo que significa el fascismo. En su opinión, el fascismo como ideología universal no había desaparecido de Europa tras la Segunda Guerra Mundial; simplemente se había mantenido escondido a la espera de un contexto más adecuado para poder resurgir. El problema, advertía Eco, es que cuando resurgiera, lo haría de manera distinta, bajo otro envoltorio. En ese contexto, los nuevos fascistas no irían más con camisas negras, dando palizas a judíos y pidiendo que se reabriese Auschwitz. No, el fascismo podría presentarse de las formas más inocentes. En realidad, el artículo de Eco apunta a un tema de discontinuidades y continuidades. La Segunda Guerra Mundial se interpreta tradicionalmente como un turning point clásico, ya que cambió muchas cosas en el mundo occidental. Sin embargo, no todo fue cambio; numerosos elementos de la Europa de entreguerras permanecieron inalterados en nuestras sociedades. La ideología fascista constituye uno de esos casos. La guerra implicó el final de los regímenes fascistas, pero no de su ideología. La ideología sobrevivió de la mano de los propios fascistas que lograron escapar de los aliados. Gente como Leon Degrelle, Otto Skorzeny, Ante Pavelic, Gastone Gambara o Filippo Anfuso, que se refugiaron en España después de 1945 y lograron transmitir sus ideas a las nuevas generaciones. Por supuesto, esas nuevas generaciones adaptaron el pensamiento a sus propias circunstancias y al nuevo contexto internacional. Ello ha llevado a un intenso debate académico sobre cómo denominar la ideología resultante, dependiendo de la valoración de las continuidades o las discontinuidades. Para algunos autores como Kevin Passmore, existen muchas diferencias entre las dos ideologías, así que él se decanta por el uso del término “nacional-populismo” para hablar de estos grupos a partir de 1945. Otros autores como Andrea Mammone, se sitúan a medio camino y prefieren usar el término “extremismo de derecha”. Nosotros rechazamos el término populismo ya que, en nuestra opinión, carece del suficiente rigor. En esencia, se trata de una categoría vacía, en la que entra todo (desde Perón hasta Ho Chi Minh, desde Orban hasta Chávez), y, por ende, confunde más que aclara. El término “extremismo de derecha” posee un mayor valor explicativo y tiene más rigor; sin embargo, nosotros sostenemos que no pone suficiente énfasis en el tema de las muchas continuidades entre el periodo de entreguerras y los años posteriores a 1945. Es por ello que nosotros preferimos usar el término neo-fascismo, que deja muy claro que es un fascismo evolucionado, con muchos cambios, algunos de ellos importantes, pero en el que la esencia sigue allí desde 1922. Y es nuestro deber recordárselo a la sociedad para que esté atenta y no se deje engañar por ese “fascismo de paisano” que denunciaba Eco.

     

    —¿Se entiende mejor la violencia terrorista, en este caso en concreto la violencia de extrema derecha, desde una perspectiva transnacional? ¿Qué aporta esta visión que no aportara la tradicional perspectiva autóctona o simplemente nacional del fenómeno?

    —Otra de las premisas de las que parte nuestra investigación es que el fascismo, como ideología de vocación universal, es inherentemente transnacional. Es una manera de entender el mundo que no se puede contener exclusivamente dentro de las fronteras nacionales; el fascismo debía extenderse por todos los países hasta convertirse en un fenómeno global. De hecho, y como demostramos en el libro, la ideología fascista viajó (y sigue viajando) mucho: partiendo de Italia se extendió por todo el mundo, ganando adeptos desde Adelaida hasta Buenos Aires, desde Londres hasta Johanesburgo. Entender cómo esa ideología se mueve a través de los países y es reinterpretada por las personas dependiendo de las distintas coyunturas es una tarea fundamental para el estudio del fascismo en el siglo XX, pero también en el XXI. Asimismo, es importante comprender que el fascismo contenía en sí una interpretación de la violencia política y del terrorismo que tampoco se limitaba al espacio nacional. El jefe de los servicios secretos del régimen de Mussolini, Mario Roatta, ya había encargado el asesinato de comunistas exiliados en Francia en los años treinta a través de una red de contactos entre fronteras. Los elementos fascistas de la colonia italiana en París, Nueva York y Buenos Aires habían llevado la violencia política a las calles de sus ciudades durante la década de los veinte en un intento por universalizar la ideología fascista. En este sentido, lo que pasa en Italia en los años sesenta y en España en los setenta no es nada nuevo; el terrorismo de derechas, como parte de la ideología fascista, se mueve a través de las fronteras y los académicos debemos ser conscientes de ello si queremos entender el fenómeno adecuadamente. También es necesario aclarar que la perspectiva transnacional no niega los enfoques nacionales o locales. Los enriquece al ofrecernos otra manera de mirar a este tipo de fenómenos. En otras palabras, la clave nacional es importante para entender el fascismo y el terrorismo neofascista, pero no suficiente. En este sentido, la perspectiva transnacional es complementaria y, en nuestra opinión, enriquecedora.

     

    —¿Cómo explican, como historiadores, la gran paradoja del neofascismo de combinar el ultranacionalismo con el internacionalismo? ¿Qué ventajas tuvo para ellos, para su supervivencia y extensión a lo largo de las décadas, el combinar ambas?

    —La ideología fascista (y (neo)fascista) es inherentemente contradictoria. Igualmente, hay que entender que el fascismo, como ideología política, es bastante más pobre que otras ideologías. Por ejemplo, si coges el anarquismo, el liberalismo o el marxismo, puedes encontrar bibliotecas enteras con sus obras fundacionales o textos de gran calado filosófico que discuten su naturaleza. El fascismo produjo mucha menos literatura de calidad; apenas sí hay libros que expliquen su naturaleza o sus principales características. Esto ha favorecido que a lo largo de los años se hayan hecho numerosas interpretaciones, también entre los propios correligionarios, y ello ha potenciado los aspectos contradictorios. Por otro lado, hay que volver a recalcar que nosotros vemos el fascismo como una ideología intrínsecamente transnacional. También su funcionamiento lo fue. Ya desde sus inicios el régimen de Mussolini creó canales para propagar la ideología por todo el mundo. En 1934 por ejemplo, las autoridades italianas organizan en Montreux la primera conferencia de partidos fascistas del mundo a la que acuden representantes de 39 países (entre ellos España). Más tarde, la Guerra Civil supone uno de los puntos álgidos del fascismo transnacional: de hecho, a España vienen voluntarios de muchos países para luchar a favor de los ejércitos franquistas: no sólo italianos, también irlandeses, alemanes, portugueses o rumanos. Sin embargo, es a partir de 1945 cuando se acentúa el funcionamiento transnacional en un mayor grado: la derrota del Eje en la guerra, y, sobre todo, la huida forzosa a otros países convence a los supervivientes fascistas de que la única manera de mantenerse vivos y, con ellos, su ideología, es operando a través de las fronteras. De hecho, si no hubiese sido por la ayuda de los regímenes de Franco, Salazar o Perón, y de los fascistas que allí vivían, esas personas no habrían podido eludir la persecución aliada. Así pues, esa generación de fascistas vive en primera persona las ventajas de operar a través de las fronteras nacionales y se convence de que vivimos ya en un mundo global donde los confines entre países importan cada vez menos; estas convicciones serán transmitidas a las nuevas generaciones de neofascistas que llevarán ya ese sello transnacional en su ADN político.

     

    —El fenómeno neofascista en Europa y la violencia asociada a él eran globales, como demuestran en su libro, pero en aquellos momentos esa percepción de globalidad no existía. Los historiadores, además, tampoco habían reparado especialmente en ella hasta hace poco. ¿Se sienten unos pioneros? ¿Cómo explicar a la sociedad y a las nuevas generaciones que el terrorismo y ideología y prácticas neofascistas eran ya globales antes del terrorismo yihadista?

    —Nuestro trabajo se asienta en un enfoque historiográfico, la historia transnacional, que lleva años produciendo trabajos de gran calidad. Del mismo modo, también nos sentimos influidos por la historia global y las recientes obras de historiadores como Kiran Patel, Sebastian Conrad o Jurgen Osterhammel. En ningún caso nos consideramos pioneros. Simplemente ponemos nuestro granito de arena aplicando una tendencia historiográfica que nosotros consideramos que tiene gran recorrido para explicar el fascismo en el siglo XX (y también el XXI). No debemos olvidar que los actores más importantes de nuestras sociedades dejaron de actuar exclusivamente en clave nacional desde hace muchas décadas. Como prueba nuestra investigación, los fascistas italianos y españoles utilizaron mecanismos transnacionales desde 1922. En este sentido, la estrategia del terrorismo yihadista no representa nada nuevo. La clave, pues, es insistir con estudios que vayan en esta dirección y tratar de ser lo más pedagógicos posible, explicando que todos estos movimientos y estrategias tienen sus orígenes en el siglo pasado.

     

    —Entre otros archivos, han analizado documentación alojada en la Fundación Francisco Franco, famosa por su opacidad. ¿Qué opinión les merece como investigadores la dificultad que existe en España para acceder a material fundamental para el trabajo histórico? ¿Creen que cuando, algún día, se corrija esta situación aparecerán documentos que mejoren la comprensión de las relaciones hispano-italianas objeto de vuestro estudio? ¿En qué sentido y qué esperan de ello? ¿En Italia no existen estas dificultades burocráticas para los investigadores en Historia Contemporánea?

    —La situación de los archivos en España es delicada y hace aún más difícil nuestro trabajo. De todas formas, esto no es nada nuevo. Los archivos españoles llevan años sin recibir la financiación adecuada y en consecuencia están en condiciones muy precarias; en muchos casos no hay suficientes archiveros para catalogar los fondos y atender debidamente a los investigadores. De hecho, en la mayoría de los archivos españoles hay profesionales estupendos, pero simplemente no dan abasto con toda la carga de trabajo que tienen. Esa situación se agravó aún más hace unos años cuando el gobierno decidió restringir el acceso a los documentos históricos del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y el Ministerio de Defensa de España. Hasta el punto que en junio de 2013 un grupo de historiadores, archivistas, periodistas y otros grupos sociales encabezados por Ángel Viñas firmaron un documento en el que protestaban por ese cierre indefinido, y pedían a las autoridades competentes la reapertura inmediata de todos esos archivos y que se garantizara su accesibilidad a todos los investigadores lo antes posible. Más de tres años después la situación sigue estancada reflejando el drama de los archivos históricos en nuestro país. Resulta evidente además que la situación de los archivos históricos en Italia, Portugal y España es mucho peor que en países como Estados Unidos o Reino Unido, donde la historia se mima mucho. Aquí nos falta la voluntad política para invertir en esta parte de nuestra historia.

     

    —Tradicionalmente, se considera a Franco y su régimen como un modelo profundamente aislacionista. Ustedes demuestran que no lo era, y no solo eso, sino que, en años todavía de penuria como son los primeros 50, el régimen financió los movimientos neofascistas italianos para tratar de obtener cierto beneficio político (quizá también por la nostalgia de los buenos tiempos del dictador) del asunto. Franco como mecenas del neofascismo… ¿Por qué hasta ahora no se había puesto el dedo en esta llaga? El régimen franquista como refugio de viejos luchadores fascistas… ¿No se la jugaba Franco con esto? ¿Qué beneficios obtenía de esta política? ¿Tan impune se sentía, en el plano internacional, como para hacer del país un refugio del fascismo internacional pese a la aparente vigilancia a la que las potencias internacionales tenían sometido al Estado?

    —El franquismo crea ya en 1943 una narrativa de régimen meramente autóctono, que no recibe ninguna influencia del extranjero. Lo hace a sabiendas de que la Segunda Guerra Mundial se está decantando a favor de los aliados y que estos no van a ver con buenos ojos a un régimen formado con la inestimable ayuda de Hitler y de Mussolini. La solución está clara: crear una historia oficial que presente la Guerra Civil como un conflicto exclusivamente entre españoles, en el que la intervención extranjera fuera casi inexistente. Lo mismo se hace con todas las estructuras del régimen, incluyendo Falange: no existió ni influencia ni inspiración proveniente del extranjero; todo autóctono. Ahí se empieza a fraguar la leyenda del aislacionismo del país, y del Spain is different. En realidad, eso le convenía al régimen de Franco. Y obviamente, a fuerza de repetirlo esa narrativa cala en todos los sectores de la sociedad, incluyendo en el sector académico. Afortunadamente la cosa está empezando a cambiar, y los trabajos de historiadores como Ferrán Gallego, Ismael Saz, Ángel Alcalde o Javier Muñoz Soro, entre otros, son buena prueba de ello. Por otro lado, también es necesario explicar que el análisis de estos contactos transnacionales no es nada fácil desde el punto de vista práctico. Matteo Albanese y yo hemos tenido que visitar archivos de seis países para tratar de encontrar las piezas del puzle. Además, nosotros estábamos buscando documentos que normalmente brillan por su ausencia: los diplomáticos franquistas no solían dejar constancia de los pagos entregados a grupos neofascistas de otros países. En muchos casos, era como buscar una aguja en un pajar, con el agravante de que los archivos hispano-italianos funcionan bastante mal, como ya hemos dicho.

     

    —Sobre el terrorismo de extrema derecha en España en los 70 se ha pasado, y se sigue pasando, de puntillas. ¿A qué creen que se debe esto? ¿Cierta voluntad política de olvido premeditado? ¿Miedo latente a desnudar una parte del pasado que muchos pretender obviar? ¿Sucede igual en Italia con los años de la estrategia de la tensión o allí el pasado ha sido más removido y está más normalizado?

    —Respecto a la cuestión de los años 70 es necesario añadir un argumento adicional: la noción de la Transición española como un mito intocable. Yo me licencié en historia contemporánea por la UCM en el año 2004. A esas alturas, la Transición era explicada por el personal docente como un proceso ejemplar y pacífico, casi inmaculado; ello venía corroborado por la mayor parte de los periodistas y políticos del país. En consecuencia, los alumnos no sentíamos la necesidad de indagar en este proceso desde una perspectiva crítica. En todo caso, estudiábamos cómo el modelo español podía ser visto como ejemplo por la comunidad internacional y exportado a otros lugares. En otras palabras, se potenciaba el estudio de la Transición de manera acrítica y desde el punto de vista de las relaciones internacionales. Las cosas empezaron a cambiar con la crisis de 2008 y con el estallido de los grandes escándalos de corrupción. En el prefacio, Albanese y yo contamos que, durante nuestro primer periodo de investigación en Madrid, nos dimos de bruces con el 15-M y nos marcó de muchas maneras. Nosotros íbamos por la mañana al archivo y por la tarde a Sol donde mucha gente argumentaba la necesidad de analizar a la Transición más críticamente. Ello nos convenció aún más de proseguir con nuestra investigación tratando de ir más allá del mito, al mismo tiempo que evitábamos acabar en el otro lado del espectro. En efecto, uno de los problemas de estudiar la Transición es el maniqueísmo que muchas veces permea del debate: si la Transición no fue modélica como nos dijeron, entonces fue un desastre de la que no cabe salvar nada. Nosotros simplemente nos esforzamos por buscar una imagen más moderada que se ajustara en mayor medida a la realidad de las fuentes que estábamos consultando. La Transición tuvo muchas cosas buenas. Pero admitir eso no quiere decir que la Transición fuese perfecta. No lo fue. Tuvo también muchos elementos negativos: fue violenta, injusta para con las víctimas del franquismo, y demasiado benévola con los verdugos. Integrar esos dos elementos en un relato fue nuestro desafío y creo que el de muchos historiadores a día de hoy.

     

     

     

     

    Enlaces:

     

    A la página web del libro.

     

     

     

     

    Nacho Segurado (Madrid, 1981) es historiador y periodista. Ha sido jefe de cierre en Vozpópuli tras ocho años en el periódico 20minutos, y escribe sobre libros, Europa y bicicletas en diferentes revistas y blogs. En FronteraD ha publicado Desde el reino de los enfermos. Herirse el paladar con trozos de narcisismoLuc Sante o la profanación del cliché. Otra cara de Nueva York y Patria de fantasmas: El olvidado Panteón de Hombres Ilustres de Madrid. En Twitter: @nemosegu 

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