Las cenizas de Fidel. Cuando el ‘hecho’ por fin se produjo en Cuba

Texto y fotos: Isaac Risco - 06-01-2017

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La noche en que murió Fidel Castro me despertó una llamada alrededor de la medianoche en La Habana. Estaba medio dormido y me costó un instante reconocer a quien hablaba. Mi amigo Emanuele me dio la noticia, casi sin preámbulos, y me conminó a poner de inmediato la televisión antes de colgar el teléfono. Tardé en encender el aparato en esa casa desconocida en la que nos hospedábamos. Y unos segundos después mi esposa y yo vimos, en efecto, a Raúl Castro, vestido con su uniforme militar verde olivo, anunciando la muerte de su hermano desde ese estudio anacrónico, con las paredes tapizadas de madera oscura y atiborradas de imágenes de próceres de la independencia cubana, que tan familiar me resultaba de los años anteriores. El hecho, como oiría después que le llamaban muchos, así, a secas, había ocurrido menos de dos horas antes.

 

Salimos disparados a las calles de La Habana. En una esquina, muy cerca del lujoso hotel Cohíba, vimos a un grupo de adolescentes festejando, pero luego nos percatamos de que era una simple reunión callejera de viernes por la noche. Pese a que conozco Cuba desde hace años, en ese momento creo que esperaba en cierta forma ser testigo de una consternación colectiva, quizá ya de algo parecido a un estado de excepción. Pero en realidad los únicos que estábamos como en éxtasis éramos Cristina y yo. Nos dirigimos de prisa a la Plaza de la Revolución, subiendo por la calle Paseo, en el Vedado. Por el camino nos cruzamos con dos periodistas amigos, también exaltados como nosotros, e hicimos varias llamadas al extranjero mientras recorríamos a la carrera la ciudad: a México, a Estados Unidos, a Alemania.

 

En la plaza todo parecía normal. Algunos soldados somnolientos custodiaban los andamios montados para la celebración del día de las Fuerzas Armadas del 2 de diciembre, que sería cancelada en las siguientes horas, y muchas de las personas con las que hablamos en plena calle no se habían enterado aún del hecho. Otras sí, y su indiferencia me volvió a extrañar. Luego caminamos hasta la calle 23. En una esquina hice una foto de una pancarta gigante de Fidel. Poco antes de la calle La Rampa entramos a la terraza de una cafetería, cerrada ya a esa hora, para hablar con unas señoras mayores que miraban fijamente a un televisor viejo y destartalado. Habían oído algo y buscaban una confirmación, porque en Cuba todo transcurre así, siempre muy lento, y las noticias que vuelan por todo el mundo en la era de internet se difunden en la isla sólo penosamente de boca en boca, por Radio Bemba, y a menudo en versiones tan dispares que su veracidad queda pronto en entredicho. Les mostré en mi teléfono las palabras de Raúl Castro que había grabado directamente de la pantalla del televisor. Una de esas señoras, Digna, se emocionó. Sentí simpatía por ella en su luto, en su pesar auténtico y su talante derrotado en esa cafetería vacía y sucia, que no tendría posiblemente casi nada que vender tampoco durante el día. “La revolución me dio todo”, dijo esa señora de piel negra y arrugada. Un grupo de adolescentes pasó en ese momento al galope por la acera y una chica menuda y esbelta, al ver el televisor encendido, preguntó en tono jovial a través de la puerta entreabierta: “¿Es verdad que se murió?”. No se detuvo a esperar una respuesta. “Esta juventud no respeta nada”, se lamentó Digna.

 

Cristina y yo bajamos luego por La Rampa y nos topamos con mucha gente saliendo de los clubes nocturnos. Más tarde oiríamos que las discotecas habían apagado bruscamente las luces y la música, como en el bar desde el que me había llamado Emanuele, a la hora del anuncio de Raúl Castro. Alguien dio luego la noticia por los altavoces para dispersar a todos. Cuando pasamos por La Rampa, por eso, las calles estaban pobladas de noctámbulos, muchos de ellos alcoholizados o ya de resaca, y en ese ambiente sórdido nadie parecía darle especial importancia al hecho. En la puerta de un club dos travestis peleaban tirándose de los pelos, rodeados de un puñado de personas que los apaciguaban o azuzaban al mismo tiempo. Un muchacho que pasaba por nuestro lado, entonces, celebró de repente la muerte de Castro, quizá ofuscado porque lo ocurrido en esa noche extraordinaria había cortado de manera abrupta su velada de excesos en las discotecas gay de La Rampa. Gritó algo en mitad de la acera, rodeado de mucha gente, y hasta me dijo cómo se llamaba, por iniciativa propia, como si intuyera que yo se lo podía preguntar. Como siempre en esos casos, dudé de si no sería un nombre ficticio, como los que me daban muchas otras personas en los años anteriores, cuando yo los abordaba con una pregunta sobre la última reforma de Raúl Castro o lo que esperaban del acercamiento diplomático con Estados Unidos. También como entonces deseé, en todo caso, que esas frases soltadas a la ligera no le acarreasen problemas alguna vez a ese muchacho, más aún por habérselas dicho en público a un periodista.

 

En realidad, yo no debía haber estado en La Habana el día de la muerte de Castro. Había vivido durante casi cinco años en Cuba como corresponsal extranjero, pero me había marchado unos meses atrás, en julio de 2016, un poco hastiado de las dificultades de trabajar ahí, y ciertamente malquerido y hostigado por los responsables de prensa del Ministerio de Exteriores cubano. Nunca me dijeron qué les molestaba, aunque fuera evidente. Algunos colegas creían que su actitud se debía menos a que mi trabajo fuera especialmente crítico que a la intención de ningunearme. El caso es que, casi cinco meses después de marcharnos, Cristina y yo estábamos otra vez ahí, en Cuba, por la boda de unos amigos, y porque yo quería volver a ver la isla antes de intentar escribir algo más largo sobre los años que pasé en ese país fascinante. En los meses anteriores me había negado a leer cualquier texto relacionado con asuntos cubanos, algo que cumplí casi a rajatabla. Llegué a La Habana el 23 de noviembre, entonces, dispuesto a observar y disfrutar, con absoluta tranquilidad, sin tener que estar permanentemente al tanto de lo que ocurría ahí por primera vez en muchos años.

 

La calma duró dos días. Y de pronto estaba ahí, el día de la muerte de Castro, el momento con el que todo periodista que ha pasado por La Habana en las últimas dos décadas soñó alguna vez. No pude trabajar, eso sí, más allá de contar algo por teléfono en las primeras horas, cuando las calles habaneras lucían esa pasmosa y extraordinaria tranquilidad, acaso indolencia, que será siempre mi impresión más vívida de lo ocurrido en Cuba en las horas posteriores a la noticia. Al día siguiente fui a ver a mis antiguos interlocutores de prensa del Gobierno para pedirles oficialmente que me acreditasen como reportero. No me dijeron que no, pero tampoco que sí, como es su estilo. Me hicieron esperar, que parece ser el método más tortuoso que se les ocurre para rechazar a alguien: dejarlo en la incertidumbre. A posteriori, resulta hasta divertido. Antes de marcharme de Cuba, meses atrás, me solían llamar para saber, por fin, cuál era mi fecha de “salida definitiva” del país, pendiente en realidad de que me dieran un visado de trabajo en mi siguiente destino. Intercambiábamos antes algunas bromas y comentarios superfluos, porque casi siempre guardamos las formas desde las dos partes. Mi última acreditación de prensa, eso sí, vencía exactamente el mes para el que yo había anunciado mi marcha. No me pusieron una fecha límite para dejar el país porque eso hubiese sido poco elegante para un sonriente funcionario cubano en guayabera. Y también porque, en realidad, habría implicado darme a mí más relevancia de la que tenía.

 

Por todo eso era quizá lógico suponer que tampoco tendría permiso para contar, desde La Habana, todo lo que acontecía ahí tras la muerte de Fidel Castro. Quizá fuera mejor así. Podía guardarme todo para más adelante. En Cuba había tenido que cubrir ese mismo año la visita de Barack Obama y un formidable concierto al aire libre de los Rolling Stones, entre otros eventos históricos. Eran grandes cambios, sí. Al mismo tiempo, siempre tuve la impresión de que había circunstancias mucho más pesadas e inflexibles, cuya persistencia me sorprendía menos en ese país: sus eternas penurias económicas y su sistema político atrofiado, por un lado, y la fascinación que siguen ejerciciendo esa pequeña isla y su envejecido caudillo en mucha gente, por otro. La figura de Fidel Castro seguirá dividiendo los ánimos posiblemente durante mucho tiempo: para unos es un benefactor, para otros sólo un tirano más. También los cubanos tienen una relación especial con esa figura. Observar las reacciones a su muerte, fijarme en los pequeños detalles durante esos días, era otra buena manera de intentar analizar aquello en lo que se había convertido Cuba tras más de 50 años de castrismo. Y de intentar entender qué legaba Fidel Castro a su país más allá de sus propias cenizas, que serían paseadas en los próximos días por casi toda la isla.

 

 

*     *     *

 

El fin de semana no se oía música en La Habana por el luto oficial declarado durante nueve días. Resultaba extraño en esa ciudad de altavoces y de gritos callejeros, inundada permanentemente de sonidos y olores intensos. Tampoco se vendía alcohol, con algunas excepciones: los hoteles para extranjeros y algunas paladares, los restaurantes privados, que ignoraban la veda a la venta de bebidas alcohólicas para no prescindir de los ingresos del turismo, aun a riesgo de que los visitase en cualquier momento un intransigente funcionario estatal. Todo lo demás seguía pareciendo cotidiano. La algarabía y el trajín constante, como de hormigas; los vendedores y los turistas andando a lo suyo por las calles de La Habana Vieja, ancianos y jóvenes parados sin nada que hacer en las esquinas… la parsimonia de siempre, mezclada con esa especie de resignación vital que había visto tantas veces en Cuba.

 

El lunes, en la Plaza de la Revolución, ya había ambiente de luto. El protocolo de los homenajes oficiales preveía dos días para que los cubanos puedan rendir tributo a Fidel en el memorial José Martí, en esa enorme explanada que fue escenario de sus multitudinarios discursos a comienzos de los años 60. En un inicio hubo confusión porque muchos creían que podrían ver la propia urna con las cenizas. Pero dentro del mausoleo sólo había imágenes de Fidel y una simbólica guardia de honor para el comandante.

 

Subimos temprano hasta la plaza, porque suponíamos, con razón, que habría mucha gente. Médicos, militares, también jóvenes y extranjeros. Pero cerca a nosotros vi, sobre todo, a personas mayores. Después de las 8 de la mañana empezó a sentirse el típico calor pegajoso de La Habana. Algunos habían llegado hasta dos horas antes para poder despedir al único presidente que habían conocido durante décadas. “Este pueblo es fidelista”, nos dijo un profesor universitario de Bioquímica, preocupado por si el intenso sol caribeño pudiese afectar a sus retinas dañadas. “A mi oftalmólogo no le gustaría”, comentó. Nos contó que había participado en la campaña de alfabetización de 1961, esa gesta inverosímil de cuando la Revolución cubana era muy joven y soñaba aún con cambiar el mundo. Durante meses había recorrido la isla, antes de cumplir los 20 años, enseñando a los campesinos y trabajadores iletrados a leer y a escribir. Cuando volvió a La Habana, Fidel, entonces primer ministro, anunció en la misma Plaza de la Revolución –un 22 de diciembre, recordaba–, becas para los voluntarios de la campaña. “No habría podido estudiar de otra manera”, reflexionó. “Siento un agradecimiento eterno”. Después de oírlo, una anciana se animó a contar su historia. Era bajita y corpulenta, y tenía la cara cruzada por grandes surcos y los párpados caídos por el peso de sus 72 años. Se avergonzó de convertirse de repente en la protagonista de la conversación. “Yo no soy importante”, decía. Casi a regañadientes dio detalles de una vida que parecía de película. Muy jovencita había participado en la insurrección contra el régimen de Fulgencio Batista, apoyando a los rebeldes en la clandestinidad. En Santa Clara, la ciudad tomada por el Che Guevara en una batalla que decidió la guerra, Orlinda robaba comida de mercados y pequeñas tiendas para abastecer a los milicianos. Hasta que una vez la hirieron con un tiro en una nalga cuando huía de la policía en bicicleta. Nos mostró su carné de la Oficina Nacional de Atención a Combatientes. Tenía estampada como fondo una de las famosas fotos del joven Fidel Castro, que lo mostraba como una silueta victoriosa posando probablemente desde una de las colinas de la Sierra Maestra en el oriente de Cuba. La misma imagen colgaba ya como pancarta gigantesca en la fachada de la Biblioteca Nacional, en uno de los laterales de la plaza, y también aparecería en los próximos días por todos los barrios de La Habana acompañando a un juramento de fidelidad a una de las ideas del difunto.

 

Otro veterano lloraba unos metros más allá. Llevaba el lado izquierdo de su guayabera beige adornado con más de media docena de condecoraciones militares. Un poco después, unos oficiales de la Seguridad del Estado que custodiaban las vallas de acceso al memorial abrieron una de ellas para permitir el paso a los ancianos. El profesor universitario intentó rechazar el trato preferencial, pero lo convencimos de que aceptara. “Se lo merece”, le dijimos.

 

La entrada era muy lenta, en grupos muy pequeños, y la gente empezó a desesperarse por la larga espera. Estábamos cercados por vallas a ambos lados y algunos sudábamos a mares. Hubo empujones y en dos o tres forcejeos casi tumbamos una de las vallas. Yo estaba pegado a la reja, que me llegaba a la cintura. Éramos una masa de gente que a veces se ondulaba de un lado a otro, y avanzar o retroceder se convirtió en algo casi ajeno a mi voluntad. Un amigo le gritó a un oficial de la Seguridad cuando sintió que la gente lo estrujaba contra la valla, exigiéndole que la abriera para evitar una tragedia. Recordé estampidas con decenas de víctimas pisoteadas en avalanchas humanas como aquélla de la Love Parade en Duisburgo. Al final lo nuestro no fue tan grave. La gente se tranquilizó y mi amigo divagó sobre la docilidad de los cubanos, aun cuando su vida podía estar en peligro. Después de un rato pudimos cruzar el retén.

 

El camino conducía a través del Teatro Nacional, donde habían puesto en fila varios libros de condolencias para que los visitantes pudieran firmar. Fotografié a gente posando orgullosa, con boinas Che Guevara y camisetas negras o verde olivo, pequeños retratos de Fidel adheridos al pecho, o consignas como “Todo por la revolución” estampadas en sus camisetas. Años antes, cuando aún no conocía Cuba, ver esa estética revolucionaria en las calles de alguna ciudad europea me producía siempre una sensación mucho menos ambigua.

 

Después de visitar el memorial nos fuimos andando desde el Vedado hasta el casco histórico de la ciudad, cruzando buena parte de Centro Habana. En cinco años había hecho muchas caminatas por ese barrio tan simbólico, en el que los caserones a punto de derrumbarse, o ya medio desplomados, están al pie de la misma calzada. En las calles es frecuente ver a los viejos jugando dominó en las veredas y a vendedores descamisados vendiendo plátanos, yuca o malanga en carretillas, por montos ínfimos en pesos cubanos. Paseando por ahí uno también puede asomarse a callejones húmedos en los que reinan la desesperanza y el abandono, tugurios en los que la gente malvive en condiciones inverosímiles, por ejemplo en pequeños cuartuchos que han perdido la mitad del techo o sólo se mantienen en pie, entre los escombros de casas vecinas, gracias a unos puntales de madera podrida. El barrio, al mismo tiempo, es seguro y la gente cordial, incluso para pedir una limosna. Recuerdo que durante mi primera visita a la ciudad me invitaron a cenar a una paladar famosa en Centro Habana, que consigue darse un toque decadente muy chic por estar ubicado justo en ese barrio. Mi primer reflejo cuando el taxi se internó en la zona fue de miedo, porque mi mente asoció inmediatamente las calles devastadas y oscuras a lugares peligrosos que conocía de otras ciudades latinoamericanas, por ejemplo del centro de Lima. Ese día descubrí que aunque también hay robos y crímenes, La Habana es, en comparación al resto de la región, una ciudad muy segura. 

 

Por la tarde visité a Pedro Juan Gutiérrez. Nos conocíamos desde que yo había escrito un reportaje sobre él en el que lo describía como el “cronista de La Habana más sórdida” y creo que él me ve con aprecio, quizá también porque durante una de esas visitas que le hice hablamos mucho de literatura y tomamos ron en su azotea, desde la que se ven los tejados roñosos de Centro Habana, el Malecón y el océano Atlántico perdiéndose en el horizonte. No comentamos casi el hecho, porque Pedro Juan, apolítico y escéptico como siempre, prefería no hablar de lo que pasaba en Cuba esos días. Llevé un Havana Club blanco, que me costó bastante conseguir ya que casi ninguna tienda quería vender alcohol, ni siquiera en la zona turística de La Habana Vieja. Pedro Juan es para mí uno de los mejores narradores de la Cuba del periodo especial en los años 90, la época de colapso económico que siguió a la caída de la Unión Soviética, la protectora de la isla durante la Guerra Fría. Me gusta en particular uno de sus libros, la Trilogía sucia de La Habana. A diferencia de Leonardo Padura, que critica la situación de su país de forma sutil sobre la base de analogías históricas y con una ambición de compendio abarcador, Pedro Juan se limita a describir las minucias de la vida cotidiana con una brutalidad estremecedora. Sus personajes beben, roban, fornican promiscuamente y, sobre todo, sobreviven como pueden en ese libro. La sociedad que describe está carcomida por la miseria y la degradación moral. La Trilogía no tiene una trama concreta, está compuesta por historias y anécdotas que a menudo parecen inconexas, como estampas que luego, sin embargo, van dibujando de trazo en trazo un mosaico bastante definido.

 

Hablamos de muchas cosas esa tarde, muy poco de política. Entre los cambios que había visto últimamente a su alrededor, Pedro Juan contó que una extranjera, quizá sueca, había comprado a través de un amigo o familiar cubano una de las casas vecinas en su azotea. Como consecuencia, lo que era una especie de buhardilla abandonada vecina a su terraza en mi primera visita era ahora un reluciente cuarto de alquiler para turistas. Tomamos varios vasos de ron puro, como se suele beber en la isla, aunque Pedro Juan me recordó luego que él, en realidad, prefería mezclarlo con Tu Kola, la versión local de la Coca-Cola. Me había olvidado de ese detalle.

 

Paseando por Centro Habana vi luego varios colegios, oficinas públicas o locales del Partido Comunista con las puertas abiertas de par en par, invitando a los vecinos a suscribir el Juramento revolucionario. Tenían una mesita con el  libro de firmas abierto encima, al lado un cuadro con la consabida foto de Fidel Castro parado en un peñón en la montaña y, también en un marco, las frases de un célebre discurso suyo pronunciado en el año 2000. Algunos se habían esmerado bastante con el pathos, como en el salón de un vieja casona que vi desde las penumbras de la calle San Lázaro, porque ya había caído la noche y el alumbrado público estaba fundido: una esquina solemne, con una haz de luz tenue alumbrando la imagen de Castro y la mesa donde estaba depositado el libro. El juramento consistía en prometer ser fiel a las palabras en las que Fidel definía su idea de lo que debía ser una revolución; una serie de preceptos morales y la premisa central de “cambiar todo lo que tenga que ser cambiado”. Cuando una señora me invitó a hacerlo, firmé.

 

 

*     *     *

 

Antes del acto oficial de despedida de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución, me tomé al día siguiente un café con Luis Manuel Otero y le pregunté, entre otras cosas, si pensaba firmar el Juramento revolucionario. “Yo lo voy a firmar, brother”, me dijo. “Yo lo voy a firmar y lo voy a meter en mi cartera y lo voy a llevar a todos sitios conmigo”, siguió, hablando de corrido y enlanzando una idea con la siguiente, ya sin parar, porque cuando toca un tema que le interesa él empieza a expresarse así, a borbotones, y sin importarle tampoco que la gente de su alrededor pueda oír lo que está diciendo.

 

Luis Manuel es un artista, escultor y performer cubano, autor de algunas obras callejeras bastante atrevidas. En 2012, por ejemplo, recorrió a pie casi media isla con una imagen de cartón de la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona católica de Cuba, recreando artísticamente una experiencia religiosa. Para explorar la reacción de la gente pedía incluso limosna para la Virgen. La Policía reaccionó, finalmente, deteniéndolo y decomisándole todo en Ciego de Ávila, cuando había hecho casi la mitad del camino que lo debía llevar a Santiago de Cuba, hasta el santuario de la Caridad donde está la escultura original. En La Habana hizo también casi un striptease completo en plena calle, frente al concurrido cine Yara en el Vedado, con un baile en el que cuestionaba todas las limitaciones y barreras que se ponen a la conexión wifi en el país. Pero su obra más polémica es lo que él llama El Museo de la disidencia: una galería de fotos de ilustres rebeldes cubanos, colocada en internet, que empieza por el indio Hatuey, un cacique taíno celebrado como el “primer rebelde de América” por enfrentarse a la conquista española, pasando por José Martí y Fidel Castro, y que acaba, tremenda provocación, en anticastristas como el fallecido disidente Oswaldo Payá. “Disidentes son todos, brother”, explicaba Luis Manuel su idea.

 

El Museo es la obra que le deparó sus primeros problemas en serio con las autoridades, que hasta entonces lo habían visto posiblemente con indulgencia. Recibió una citación de la Seguridad del Estado. “Te estás pasando”, le avisaron. A Luis Manuel le pareció que veían lo suyo como meras payasadas de un joven alocado e insensato, y por eso intentó debatir con ellos, en toda regla, sobre libertades y discrepancias políticas. Pero no se podía, me dijo. Le advirtieron que la cosa podía ponerse fea y él les aseguró que era consciente de todo. Lo paradójico fue que luego recibió también críticas de grupos anticastristas del exilio cubano por su galería de disidentes. “El represor no puede estar al lado de los reprimidos”, le afearon.

 

Me estuvo contando entusiasmado de una visita que acababa de hacer a Camboya como invitado de un taller artístico, hasta que de repente llegamos a Fidel Castro. No tenía inconveniente en opinar en voz alta. Como en otras épocas, casi por reflejo, eché una rápida mirada a las mesas de alrededor, por si descubría a alguien demasiado atento a nuestra conversación. Luis Manuel es también uno de los pocos a los que le parece bien ver su nombre citado.

 

Tenía, claro, un sinfín de inquietudes y apreciaciones, algunas de ellas incluso abiertamente contradictorias con lo que acababa de decir un instante antes. Gesticulando a ratos con las manos, lo resumió así:

 

—Yo estoy confundido.

 

Fidel Castro es un tipo que admiraba, decía, porque dedicó toda su vida a su proyecto. Un “tipo fuera de serie”, juzgó. Por su tenacidad, su capacidad de aguantar tantos años y seguir adelante con lo que quería hacer. Soy “hijo de esta revolución”, dijo Luis Manuel sobre sí mismo, casi con grandilocuencia. Porque nunca había conocido otra cosa, explicó, y me lo imaginé como un pequeño pionerito en las escuelas cubanas, y oyendo algunos de los discursos inacabables del omnipresente comandante, que, en otras épocas, solía presentarse en la televisión incluso para explicarles a sus compatriotas cómo tenían que usar una olla arrocera. Como parte de la obra de Castro a lo largo de tantas décadas, Luis Manuel mencionó los sistemas de salud y de educación gratuitos, los dos logros que se citan desde hace años cuando se quiere elogiar a Cuba en público.

 

Pero lo que él siente “no es un agradecimiento eterno”, reflexionó luego. Fidel era una persona que para su generación ya “no significaba nada”, agregó. Quizá porque sentía que sus ideas estaban pasadas, porque “su proyecto” ya no tenía nada que ver con el suyo y con los que tenía o quería tener la gente de su generación. Como “proyecto” definía Luis Manuel todas las cosas que le eran importantes: sus planes artísticos, sus ideas sobre política y sociedad (“para mí lo más importante es la libertad de expresión”), su manera de afrontar la vida, en general y también en sus detalles más cotidianos. “¿Cuál es tu proyecto, brother?”, preguntaba simbólicamente, en el café, a los agentes de la Seguridad que lo habían interrogado, y a todos los representantes del sistema creado por Fidel Castro. No tenía claro qué pensar del difunto, concluyó. Era el pasado. Y luego me explicó que no iría a la Plaza de la Revolución, porque no sentía la necesidad. “Para mí es una relación de amor-odio”.

 

La plaza ya estaba bastante llena a eso de las 5 de la tarde. Conseguimos ubicarnos no muy lejos de la tribuna donde, al otro lado de la calle Paseo, estarían los huéspedes de honor. La gente estaba animada a esa hora. Había muchas imágenes de Fidel Castro, algunos llevaban escrito su nombre de pila en las mejillas. Y había pancartas de Hugo Chávez y del Che Guevara, y muchas banderas ondeando, la mayoría de Cuba pero también de Chile, Venezuela, Bolivia o Suráfrica, incluso alguna ikurriña vasca. Sonaba música de Silvio Rodríguez. En una pantalla gigante instalada delante del Memorial José Martí pasaban imágenes de Fidel Castro dando discursos multitudinarios en la misma plaza, quizá durante la Primera o la Segunda Declaración de La Habana a comienzos de los años 60. “Yo soy Fidel, yo soy Fidel”, coreaban de vez en cuando los pioneritos con sus uniformes escolares color granate y blanco, cuando alguien gritaba esporádicamente una consigna o daba vivas a voces, como dando la señal de arranque para los cánticos. 

 

Antes de que empezaran los discursos, oí cerca de mí a una señora comentándole a otra la pregunta que le había hecho un periodista extranjero mientras paseaba entre la multitud. “Decía que si nos habían mandado venir hoy a la plaza”. La otra lo negó en tono socarrón y hasta airado, como si tuviera delante de ella al interesado en saberlo. Se trataba de una cuestión habitual: antes del comienzo de los desfiles del 1 de mayo, por ejemplo, o incluso de los actos públicos de los dos Papas que visitaron Cuba mientras yo vivía ahí, era normal ver llegar a las plazas autobuses cargados de participantes. Una vez, durante una misa de Benedicto XVI en Santiago de Cuba, le pregunté a un grupo de trabajadores lo mismo, si estaban ahí por obligación. Una persona lo admitió y otra lo negó, molesta.

 

El ánimo fue decayendo cuando empezaron los discursos. Rafael Correa y Evo Morales conseguieron entusiasmar a la gente, pero había muchos otros jefes de Estado invitados, muchos más lejanos que el presidente de Ecuador o de Bolivia para la mayoría de cubanos. No vi a dignatarios de países europeos, con excepción del griego Alexis Tsipras. Al nicaragüense Daniel Ortega y a Nicolás Maduro casi ni los oí, porque en ese momento ya estábamos en retirada tras varias horas en la plaza. Los representantes de Vietnam, China, Rusia, Suráfrica le habían dedicado al difunto largos y densos panegíricos, que casi siempre intentaban realzar, al final, con una consigna fidelista pronunciada en español. “Patria o muerte” o “Venceremos”. Todos sabían que al comandante le gustaban mucho las consignas.

 

Las cenizas de Fidel Castro salieron a la mañana siguiente de La Habana, muy temprano, para atravesar por carretera gran parte de la isla hasta llegar a Santiago de Cuba, donde debían ser depositadas en el cementerio de Santa Efigenia. El homenaje póstumo era el recorrido inverso a la “Caravana de la libertad”, la marcha triunfal de Castro desde el este hacia la capital después del triunfo de la revolución de 1959. Yo estaba ya un poco cansado. Salí tarde de casa y apenas vi pasar de lejos al convoy fúnebre, que bajó por La Rampa para enfilar luego por el Malecón y salir para siempre de La Habana a través del barrio del Cotorro. Pero habíamos decidido hacer aún en auto una parte del camino, para ver cómo despedía la gente en provincias a Fidel Castro.

 

Llegamos muy rápido a Matanzas, con más de una hora de ventaja sobre la caravana. Nos dio tiempo a averiguar con calma cuáles eran los mejores puntos para ver pasar las cenizas. Fuimos primero a la plaza del teatro Sauto. Había un ambiente festivo, se oía otra vez un tema de Silvio Rodríguez. Me percaté ahí de que la restricción de oír música en público, claro, no regía para ese tipo de eventos. La prohibición había sido bastante estricta en los días previos: un amigo me contó que viajando en La Habana en un almendrón, uno de esos antiguos autos estadounidenses que hacen servicio de transporte público, había visto cómo una señora riñó al conductor por llevar la radio puesta con un reggaetón o una salsa. “Le gritó con voz de coronela”, me dijo mi amigo, riéndose. Curiosa era también la anécdota de la que hablaba todo el mundo esos días, después de que una cámara de televisión captase a dos locutores del informativo in fraganti, sin percatarse de que ya estaban al aire, debatiendo sobre si era apropiado usar el “buenos días” como saludo en esas circunstancias. La conclusión, desde luego, era que no; no se podía decir que los días eran buenos, ni siquiera para saludar.

 

Al final nos apostamos cerca de la Plaza de la Libertad, en el centro de Matanzas, al pie de la calle Milanés. El sol apretaba bastante a media mañana. A mi lado había un hombre mayor, de piel muy blanca. Ya roja, en realidad, porque no llevaba ni siquiera un gorro. Más allá, otra vez muchos pioneritos y funcionarios públicos con fotos de Fidel, casi todas repartidas posiblemente por las oficinas del Partido, porque eran idénticas; una señora llevaba, eso sí, un cuadro descolgado de casa. “Se nos fue el campeón”, murmuró el hombre blanco cuando vio aparecer al convoy al final de la calle, entre las reverberaciones del sol inclemente y el traqueteo, sobre nuestras cabezas, de un helicóptero de la escolta fúnebre. El paso de las cenizas fue tan fugaz que pareció haber tomado a todos por sorpresa. Sólo se oyeron algunos murmullos, y adiós para siempre. Quizá fuera el calor.

 

Acompañamos a la caravana sólo hasta Santa Clara, en el centro de Cuba. La vimos atravesar al anochecer un pueblito llamado Ranchuelo, donde tuvimos que esperar bastante rato subidos a la vereda junto con los vecinos. Los oficiales de la Seguridad nos mandaron despejar la vía demasiado temprano, aparentemente porque los militares del convoy habían hecho una pausa justo en la localidad previa a Ranchuelo, quizá para comer. Más tarde fui con una amiga a ver la llegada al mausoleo del Che Guevara en Santa Clara, donde las cenizas debían pasar la noche al lado de los restos del guerrillero argentino. Estuvimos nosotros dos nada más, porque el resto de nuestro grupo estaba muy cansado y se había ido a dormir. En el memorial hubo una serenata nocturna, con mucha trova y grupos de simpatizantes de la Revolución cubana, también extranjeros, cantando y coreando el nombre de Fidel. El ambiente era más festivo y acogedor que un día antes en La Habana, con los presidentes. “Así tenía que haber sido ayer”, opinó mi amiga. En Santa Clara me fue ya imposible tomarme una cerveza; nadie vendía, ni en hoteles ni en casas particulares.

 

Al día siguiente acudimos aún a ver la salida del convoy, despedido con honores militares del memorial. Unos soldados transportaron la urna con las cenizas, cubierta por una bandera de Cuba, hasta el remolque ligero que las llevaba, arrastrado por un jeep de color verde olivo. A mi lado, una señora le explicaba a su hija, en edad escolar: “los dos gigantes durmieron juntos”. Las cenizas, protegidas por un cobertura de cristal y rodeadas de flores blancas en el centro del remolque, desaparecieron luego rodando lentamente cuesta abajo, entre las calles de Santa Clara. No las volví a ver más.

 

 

*     *     *

 

Cristina y yo nos marchamos de Cuba un día antes del acto fúnebre final en Santa Ifigenia. En La Habana se seguía hablando por todos sitios y a toda hora del hecho, aunque me parecía que la ciudad ya había vuelto casi en gran medida a su rutina, con una normalidad, por lo demás, que nunca había abandonado del todo, desde la primera noche. Una amiga me había contado que en su oficina le llamaban así, el hecho. Típico para ese país. Los silencios y las omisiones, al final y al cabo, también contaban la historia de cómo vivían los cubanos la muerte de Castro. Esas anécdotas, además, me recordaban a las diversas maneras como se referían muchos al hombre que había sido el amo de los destinos de Cuba durante tantas décadas; el más simbólico era el gesto de atusarse una barba ficticia al hablar de él, una forma de evitar hasta pronunciar su nombre. Otros le llamaban cariñosamente el Fifo, a menudo también empleando el diminutivo más entrañable, Fifi. Entre los opositores circulaba otra variante, “Quien tú sabes”, pronunciada a veces con el dejo cubano, que se tragaba la s final y que iba además ligado a la frase “Abajo quien tú sabes”, una consigna acuñada para vejar a quien querían vejar sin mencionar el nombre en una ofensa que, de lo contrario, les habría podido costar formalmente una acusación penal. La frase estaba también en la letra de una canción clandestina.

 

Cuando vivía en Cuba también me gustaba oír las leyendas y las ocurrencias que se le atribuían al comandante, algunas reales, como la anécdota de “Ubre blanca”. Durante un tiempo entre los años 80 y 90, Fidel Castro se había obsesionado con clonar a una vaca que producía aparentemente cantidades inverosímiles de leche, como una forma de solucionar para siempre los problemas de alimentación de los niños cubanos. Pero “Ubre blanca” rendía tanto debido a un trastorno que padecía, me aseguró una vez un conocido, incrédulo y risueño. Lo cierto es que la clonación fracasó.

 

Como yo estaba en Cuba oficialmente como turista no pude visitar a ningún disidente, como me habría gustado hacer, para saber también su opinión sobre el hecho. Me habría arriesgado, en el peor de los casos, hasta a que me pusieran en un avión de vuelta a casa de forma prematura. En ese aspecto, las autoridades cubanas velan con mucho celo por que se cumplan sus leyes.

 

A cambio, oí otra vez muchos especulaciones, como ocurre siempre. Cuba es una paraíso para los rumores debido a la falta de medios de comunicación independientes. Tampoco hay mucho internet, que es controlado y administrado con bastante rigidez por el Estado. Así, mucha gente considera las noticias de Radio Bemba mucho más fidedignas que los periódicos estatales o el noticero de la televisión cubana. Algunos rumores, esta vez, giraban en torno a las supuestas circunstancias de la muerte de Fidel Castro. Alguien me juraba, por ejemplo, que el comandante había muerto a consecuencia de un infarto masivo, que lo sorprendió mientras paseaba por los jardines de su casa en el oeste de La Habana. Castro, parece, pasaba en los últimos años mucho tiempo en esos campos por su afición a la moringa. La moringa es una mata agreste de origen asiático, aparentemente de fácil cultivo, a la que Fidel atribuía en sus últimos años propiedades muy nutritivas. En las “reflexiones” que publicaba con frecuencia en el diario Granma durante la última década, aconsejaba a menudo el consumo de moringa. Creo que también creía que se podían solucionar mucho de los problemas alimentarios del mundo con ella.

 

Obviamente, no tengo forma de comprobar ningún rumor sobre su muerte. Lo más seguro es que sean falsos, quizá ni siquiera por la mala intención de quien los hubiera puesto en circulación, sino porque el desvirtuar, tergiversar y fantasear, como sabemos desde hace tiempo, son hábitos de todo el que cuenta historias, no sólo de los escritores de ficción. Tampoco eran rumores a los que yo diera importancia. Sí tengo curiosidad, por ejemplo, por conocer la causa exacta de la muerte, aunque la avanzada edad y la salud delicada de Castro parecen ser motivo suficiente. El castrismo llevaba al menos diez años preparándose para el día de la muerte de Fidel, así que supongo que contar la causa no era parte del plan. Creo que pasó lo mismo con Hugo Chávez. A este tipo de sistemas les gusta aparentemente mantener ese secreto final.

 

A fin de año, Raúl Castro cumplió con la voluntad de su hermano y la Asamblea Nacional cubana prohibió la construcción de monumentos en su honor y el uso de su nombre para denominar calles, plazas u otros lugares públicos. Un poco paradójico, dado el ya de por sí extenso culto a la personalidad que existe en la isla en relación con Fidel Castro. En la semana posterior a su muerte, en medio de la intensa propaganda oficial en los diarios y en la televisión, me preguntaba aún si habría un relieve escultórico gigante de su rostro en la Plaza de la Revolución, como los que ya lucen ahí dos edificios en sus fachadas, dedicados al Che Guevara y a Camilo Cienfuegos. Con unos amigos intentamos incluso imaginar cuál sería la frase que eligirían el Comité Central y el Buró Político del Partido Comunista para Castro, emulando a las que llevan los otros dos combatientes de la Revolución cubana. Al Che lo acompaña su célebre “Hasta la victoria siempre”, a Camilo el “Vas bien, Fidel”, que le dirigió alguna vez a su jefe durante un discurso en los primeros años de su extenso gobierno. Cada uno propuso una consigna de Fidel. Yo opté, por el contrario, por una conocida frase no de su autoría, que yo sepa, pero sí vinculada con la figura del caudillo desde hace décadas: “Ordene, comandante”.

 

 

 

 

Isaac Risco es periodista y escritor. Actualmente es corresponsal de la DPA en Brasil, tras pasar cinco años en La Habana trabajando para la misma agencia alemana de noticias. En FronteraD ha publicado, entre otros, La reina de Caibarién. ¿Cómo llega un transexual a ser elegido para un cargo político en Cuba?, Forget Vargas LlosaEl ex recluso de Guantánamo y Cita con Bibi a las seis.

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