Diario de Senegal: más que un viaje, más que un país

Texto y fotos: Anunciata Bremón

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19 de enero. Llegar al aeropuerto de Dakar es caer de cabeza en África, o mejor decir en una de las Áfricas posibles. Controles, colas y más colas que van confluyendo en una multitud silenciosa que se agolpa de pie a la espera del control definitivo –huellas dactilares incluidas– que llevan a cabo no más de tres funcionarios calmosos. Ese gentío paciente ya es multicolor y multicultural, venido de varios continentes. Nadie se pone nervioso, ni siquiera los niños. Más de una hora de espera y nos acoge el calorcillo de la noche senegalesa, mientras avanzamos por un pasillo cubierto donde unos nos ofrecen de todo y otros –la mayoría mujeres– nos tienden la mano por entre los huecos de la alambrada.

 

África sigue enseñando su cara chez Baptiste, nuestro primer alojamiento. Sencillo y  limpio, pero sin toallas ni agua caliente; en cambio sí tiene, como descubriremos al día siguiente, alguna que otra cucaracha. Pero trepamos por unas escaleras precarias hasta la azotea a ver la noche estrellada y el rugir de la ciudad. Antes de acostarnos fumamos con los hombres de la casa una pipa de la paz en forma de cervezas –primer encuentro con la rica Gazelle–, sentados en un pequeño patio bajo la palmera que lo ocupa casi por completo. Mujeres y niños trastean por allí, pero no participan.

 

Día 1. 20 de enero. En el desayuno conocemos al que será nuestro guía, Sibilumbay,  Sibil en adelante, filólogo de español con el que nos vamos a llevar muy bien. Abajo está la calle apacible con la calzada y aceras rotas que veremos a lo largo de todo el viaje, con sus cabras y corderos de varias generaciones y sus burritos de terciopelo gris enganchados a carros; gallinas, perros, niños descalzos que corretean y la mujer vestida de colores con sus cestos de bananas y cacahuetes que pasará ahí todo el santo día esperando venderlos.

 

Iglesia de san Francisco de Asis, en la isla de las Conchas

 

Un baobab en una plaza de la isla. El suelo está hecho de conchas blancas trituradas

 

Joal-Fadiouth y la isla de las conchas es la primera parada. Un mismo pueblo formado por dos núcleos: Joal, lugar de nacimiento de Leopold Sedar Senghor, poeta que formuló el concepto de la negritude y primer presidente tras la independencia, en 1960. Sibil cuenta que Senghor describía así la filiación religiosa de su país: ochenta por ciento musulmán, veinte por ciento católico y cien por cien animista. Fadiouth es una isla –en realidad tres– formada por la acumulación de conchas de berberechos a través de los siglos, unida por un puente a Joal y reducto de cristianos: noventa por ciento. Es pequeña y tranquila. Empezamos a ver esas telas que nos atraerán como imanes, artesanía local y grandes baobabs, un árbol con leyenda presente en todo el país, pero más en el norte. El suelo está formado simplemente por los trozos de conchas blancas que rompemos al andar –los habitantes siguen mariscando y echándolas al suelo–, las casas son bajitas, las calles estrechas y toda la isla respira apacibilidad. Entramos en el templo dedicado a san Francisco Javier, amplio y luminoso, abierto también para los cientos de golondrinas que anidan allí y no paran de volar y trinar. Cruzando un puente de madera se accede al cementerio mixto cristiano-musulmán, situado en la segunda isla. No será el único mixto que veremos en este país reacio al choque sectario. La zona cristiana tiene cruces, la otra mira hacia la Meca.

 

La tercera islita no tiene puente, sólo se puede ir en barca. Es aún más pequeña que las otras, y la usan para preservar de los roedores los alimentos básicos (arroz, mijo, cebollas…) en chozas sobre pilares, a modo de palafitos. La comida en Joal, en un reducto sombreado al lado del agua –al que llegamos en una góndola– es uno de esos momentos que se recuerda de un viaje: la cerveza fresca, la típica thiboudiène –arroz con pescado, verduras y salsa de cebolla, otras picantes–, las gambas que nunca faltan, el grupo de amigos y Sibil, culto, eficaz y con sentido del humor, que ya empieza a ser uno más.

 

Autobuses y otros vehículos, siempre pintados de colores y siempre llenos de gente, bultos y animales

 

El viaje en el sept places hasta Saint Louis –la primera capital que tuvo el país–, ha sido largo. Más baobabs, casi sin hojas en invierno, chicas maravillosamente vestidas, las omnipresentes cabras, carros tirados por caballos, puestos de bananas, naranjas y mandarinas bajo cada árbol con sombra. La carretera está habitada; la gente anda bajo el sol, hacia el norte o el sur, y circulan autobuses multicolores superpoblados. Cada vez que nos acercamos a un núcleo habitado aparecen también, como plagas bíblicas, grandes basureros llenos de plásticos de todo tipo y color donde las cabras rebuscan algo que comer y encuentran, por ejemplo, papel. Los coches casi tienen que pararse en cada badén –los dos d’âne, anunciados cada poco–; más práctico y más barato que intentar reducir la velocidad a base de multas.

 

El río Senegal y el mar rodean y conforman la ciudad de Saint Louis

 

Día 2. 21 de enero. En Saint Louis nos acoge el Auberge du Sud, situado al borde del río Senegal, en una isla casi rectangular situada entre el continente y la interminable Langue de Barbarie, que la protege del océano. En este albergue, que tiene amaneceres maravillosos sobre el río, nos sirve el desayuno, arrastrando los pies con parsimonia, un hombre mayor, vestido con digna pobreza, que sospechamos duerme también ahí, tras una cortinilla a un lado de la recepción. A lo mejor también está encargado del mantenimiento, dada la precariedad de las sujeciones de los objetos del baño, que se nos derrumban en plena ducha. Pero el lugar tiene encanto, agua caliente, es tranquilo y está limpio.

 

Las mujeres cantan en la orilla mientras esperan a los barcos que vendrán tras la salida del sol

 

 La pesca es sobre todo de bajura, y se subasta en la misma playa

 

A Barbarie, que vive de la pesca, llegan todas las mañanas las góndolas de colores de los pescadores, y en la orilla se concentran y cantan las mujeres, a la espera del momento de la subasta y regateo del pescado que los hombres muestran en alto mientras gritan su precio. La algarabía es enorme y la playa se convierte en un basurero más. Nos cuentan que antes el desembarco se hacía en la orilla opuesta, que mira al océano, pero ahora la lengua ha disminuido por el avance del mar y se han trasladado a las orillas internas.

 

El Parque Nacional Langue de Barbarie, subiendo el río Senegal hacia Mauritania, es uno de los mayores parques ornitológicos del mundo. Una presa lo regula aguas arriba, para garantizar su caudal. En sus márgenes viven cacóferos (especie de jabalíes que no parecen temer a los humanos), serpientes pitones y cocodrilos. Un largo paseo en lancha por la inmensidad del río nos lleva al encuentro de las aves que lo habitan: águilas pescadoras, esbeltas garzas blancas, garcetas; cormoranes pequeños, grandes y el “cormorán serpiente” –cuando nada saca sólo su largo cuello curvo fuera del agua–, pero por encima de todos ellos, en tamaño y en número, los reyes absolutos del parque, los pelícanos, que reparten su tiempo entre tragar peces y  echarse después esa especie de siesta llamada “vuelo digestivo”: planear en enormes bandadas, moviéndose majestuosamente por el cielo del río hasta que todo lo que ha pasado por su buche amarillo desaparece cuello abajo.

 

En el Parque Ornitológico, uno de los mayores del mundo, abundan sobre todo los pelícanos

 

 

Cerca de la isla de guano, los pelícanos adultos enseñan a volar y pescar a los jóvenes

 

Su base es una isla de guano donde se reúnen decenas de miles y donde intenta hacer su agosto el gato herbal o montés, su depredador. Cerca de la isla, los adultos enseñan a pescar a los más pequeños. No es fácil decidir qué impresiona más, si el ruido infernal que arman los pelícanos o la peste que destila la isla a bastante distancia. Durante todo el recorrido, las golondrinas blancas africanas escoltan la lancha, incansables, porque saben que las olitas que produce o el ruido del motor hacen subir a la superficie a multitud de pececillos. Es un hermoso espectáculo ver cómo se lanzan en picado a por ellos y levantan el vuelo después, casi siempre con el éxito en el pico…

 

Uno de los muchos edificios coloniales por restaurar; fue oficina de impuestos, convento e inclusa

 

 

Una de las enormes ceibas del país, en una calle de Saint Louis

 

Vista del río Senegal desde la isla rectangular de Saint Louis (Ndar en lengua wolof), situada en el río Senegal y comunicada por puentes con el resto

 

Día 3. 22 de enero. Aparte de la huella colonial francesa, por todo Saint Louis está la de los portugueses, como en tantos lugares costeros de África Occidental. Al fin y al cabo, fueron los primeros europeos que se atrevieron a bordear África hacia el sur con sus carabelas, desoyendo las leyendas pavorosas que auguraban toda clase de males a los que lo hicieran, entre ellos caer en un gigantesco abismo en el que por supuesto desaparecerían para siempre… Un paseo en calesa con su caballito al frente permite una visión cómoda de los barrios de la ciudad cruzando los puentes que los unen. La parte mejor conservada o restaurada es encantadora: un trazado racional de calles estrechas, casas de colores cálidos de un solo piso, con balcones y galerías, armoniosas aunque no iguales. La influencia francesa está partout: las casonas señoriales y administrativas, el edificio que después de ser oficina de impuestos fue base de las monjas de san José de Cluny e inclusa, los bulevares arbolados, la “mezquita de la campana”, única con esa característica. Al parecer al gobernador, que vivía cerca, le desvelaban los cantos del almuédano desde el alminar, así que consiguió –no sabemos a cambio de qué– que las horas de la oración fueran anunciadas por una campana, que allí sigue.

 

Unos ventanucos en la planta baja de edificios de gran porte señalan las estancias donde vivían las mestizas; parece que las mujeres de esta subclase –ni blancas del todo ni esclavas domésticas–, no salían al exterior (por suerte tampoco para ser vendidas). También vemos la enorme grúa movida por vapor, aparcada al borde del agua como testigo de una época: sólo se pudo instalar al tercer intento; pesaba tanto y era tan grande que la operación siempre acababa en desastre (una de ellas yace en el fondo del río). Al fin, alguien tuvo la gran idea de transportarla en piezas. Y ahí se quedó, majestuosa, como un monumento a la arquitectura industrial.

 

Calle bulliciosa de la Barbarie, el barrio de pescadores

 

Niños de todas las edades circulan libremente por la Barbarie. Algunos rechazan las fotos…

 

Una jovencísima vendedora de un mercadillo de ropa de san Louis

 

En el bullicioso barrio de Barbarie, situado en la lengua del mismo nombre, muy poblado y con ancestros portugueses –algunas de cuyos edificios siguen en pie–, todos viven de la pesca, directa o indirectamente. Enjambres de niños de todas las edades circulan con libertad total entre los carros, los coches, las cabras y las motos. Alguno hay que levanta su mano diminuta en señal de rechazo a la foto… Se mezclan los olores, las músicas, los gritos de los vendedores de todo. Sibil no deja de recordar que la riqueza pesquera de Senegal se vio muy mermada por los acuerdos con la Unión Europea, tras los cuales se perdieron muchos empleos y aumentó el tráfico de pateras hacia Europa. Ahora, casi toda la que queda es de bajura, y se hace en estilizadas góndolas de mil colores y nombres imaginativos: Be honest; God Dey; Prince Albert de Monaco… A la hora de comer cae otra thiboudiène. Pero esta vez el local es estricto y no sirven alcohol, así que adiós a la querida y fresca Gazelle: agua para todos. A la salida, inasequibles al desaliento, esperan a los turistas blancos los vendedores de sandalias. ¡Cómo nos conocen!

 

El baobab más grande del viaje. Está cerca de la carretera Saint Louis-Dakar y tiene cerca de 1000 años

 

Nuestro sept places enfila el sur, camino de Dakar, pero antes habrá que parar y ver otros paisajes y paisanajes, algo muy a mano aquí en Senegal, donde se mezclan tantas etnias: wolof, la mayoritaria, y peuls, sereres, fulani, diola… con sus correspondientes lenguas. La primera parada será para ver uno de los baobabs más majestuosos de nuestro viaje. Mirarlo de cerca impone, conmueve. Le Petit Prince debe de andar revoloteando por allí con su largo gabán… Ni se sabe con certeza los años que lleva allí, no lejos de la carretera. Pueden vivir 500, 600, 700 años o más. Quizás sea en premio a los muchos servicios que prestan a los humanos, que aprovechan su savia, sus frutos (“pan de mono”), sus hojas y su corteza para hacer cestos y techos, además de su madera cuando cae, vencido, o lo talan, otra forma de derrota. Cuando son tan viejos como éste desarrollan oquedades que sirven de refugio y escondite para prácticas tradicionales. Y lo más importante: quien beba agua en la que han estado a remojo sus semillas quedará para siempre a salvo de  los cocodrilos…

 

Al llegar a Kebemer hay que tomar un desvío en dirección al mar; nuestro destino es el desierto de Lompoul, prolongación de la sabana de acacias del Sahel, donde pasaremos una noche. Muy pronto hay que cambiar de vehículo: para circular por terreno arenoso se necesita un pickup 4x4. Casi todas nuestras pertenencias quedan en el maletero del sept places, aparcado en el pequeño pueblo de Lompoul, pero al parecer no hay ningún peligro. Y así será todo el viaje: hay acercamientos que se parecen al atraco emocional al blanco o al timo de toda la vida, pero la sensación de inseguridad brilla por su ausencia. El vehículo puede circular por el terreno arenoso predesértico, pero las sacudidas son tan fuertes que cualquiera diría que vamos sin amortiguadores.

 

Un lugar relajante bien preparado para los viajeros

 

La arena va cambiando de color en la puesta de sol

 

Las jaimas son amplias y cómodas, sin luz pero con baño

 

En Lompoul hay ecolodges, campamentos preparados para que los viajeros sientan que están de verdad en el desierto. Jaimas acogedoras, amplias, donde la única luz será un candil a ambos lados de la lona que hace de puerta cuando anochezca. Antes de la cena con el resto de turistas disfrutamos de la puesta del sol desde las hamacas colgadas de los eucaliptos, mientras la arena color siena que dibuja pequeñas olas se va volviendo malva. Una pequeña paloma con la capa rojiza se posa al alcance de mi mano. No es como las gordas y omnívoras de Madrid. Esta es preciosa y, como no hay comida, seguro que sólo ha venido a lucirse y hacernos compañía. Apenas me muevo para la foto… pero no le gusta y –como los niños de la Barbarie– levanta el vuelo. Hay silencio, pese a que la gente habla y circula por ahí; la arena amortigua los sonidos.

 

Esa noche tengo una sensación especial al acostarme: me siento tranquila, segura, en casa. Quizás porque estoy en un espacio donde todo es de madera, barro, tela, paja. Ni un cable, ni un enchufe. El móvil, apagado. Sólo se oyen las voces distantes de los que bailan y cantan cerca de una hoguera, y eso es casi una nana. Quizás es sugestión, la sugestión del desierto, de las películas… Una amiga que ha vivido en África me dirá horrorizada: “¿Pero no tenías miedo a los escorpiones? ¡En el desierto hay muchos!”. Pues no, esa noche para mí no existían los escorpiones…

 

El mercado abigarrado y colorista de los lunes en Kebemer

 

Animales, comida y ropa y zapatos de todo el mundo en el mercado de Kebemer

 

Joven madre con su bebé, ambas con sus mejores galas

 

Día 4. 23 de enero. Pasar por Kebemer en lunes supone sumergirse en el mercado semanal: cientos de personas que pregonan sus hortalizas, frutas, carnes y pescados crudos y en preparación, curanderos, medicinas y hierbas curativas al peso con sus correspondientes recetarios; mercado de ganado: cabras, cebúes, aves, cerditos; ropa hecha, muchísimos zapatos usados y las maravillosas telas wax a tanto la yarda; también ropa venida del primer mundo a 200 francos CFA la pieza (30 céntimos de euro), montón en el suelo en el que escarbamos ante la sonrisa del vendedor. ¡Más de un euro por persona nos gastamos de media en prendas del mundo entero! El tesorero del grupo decide que paga el fondo común… Allí, en aquel maremágnum, vemos pasar a los senegaleses más espectaculares, más guapos y guapas, más elegantes; ellos con pantalón y camisa de colores, ellas con sus increíbles trapos de colores en la cabeza y los bebés instalados en esa curva de la cintura que parece hecha ad hoc para ellos. Son de la etnia fulani, informa Sibil. Fulani. Cualquiera de ellos podría ser portada de Vogue. Y sin gasto de maquillaje, ni de dietólogo, ni de fotógrafo…

 

Las mujeres transportan la sal que sacan los hombres del lago

 

Con una simple pala, los hombres van llenando las barcas, que parecen a punto de hundirse con su montaña de sal

 

Otra vez en la carretera, camino del Lago Rosa, en las cercanías de Dakar. Una laguna salobre que ha perdido su salida al mar, por lo que en unas décadas el agua habrá desaparecido. Ahora está ahí, poco profunda, de color rosa intenso hasta una línea, que desde la orilla parece precisa, y azul más allá, quién sabe por qué. Por el lago navegan unas pocas góndolas en las que un hombre extrae la sal del mar a paladas; las barquichuelas se van acercando lentamente a la orilla cargadas con una montaña blanca: el borde de la lancha casi toca el agua. Al llegar, las mujeres la cargan en cestos y la van distribuyendo en enormes montones según su grosor. Las olitas que rompen en la orilla son blancas, pero esa blancura no es agua, sino espuma de sal… Vagamos entre el blanco, el rosa y el azul, las barcas multicolores del país, el sol dulce del invierno de África, los trabajadores de la sal, ellos y ellas, medio envueltos en sus harapos de trabajo de colores vivos, elegantes sin saberlo… También hay allí una plétora de vendedoras de pulseras, collares, sal en saquitos; algunas tienen métodos de venta tan adelantados que para empezar te regalan una pulsera, sin compromiso, insisten, mientras te persiguen sin tregua por la orilla. Cuando sucede así, piensas que el senegalés es un pueblo nacido para el comercio, pero la sensación cambiará en el sur, donde parece que todo transcurre sin grandes estímulos, conflictos ni ambiciones. Finalmente nos vamos a comer a la sombra, en un hotelito con jardín lleno de ceibas y flores.

 

Al llegar a Dakar, recalamos en un hotel en la céntrica zona del plateau, y nos ponemos a extraviar cosas: tarjetas, dinero, pasaportes; una oleada de pánico que pronto se resuelve. En las calles bullentes que rodean el hotel las aceras están ocupadas por coches, así que todos, vecinos y forasteros, caminamos por la calzada. Esa forma de aparcar –el estilo Dakar–, está generalizado, sobre todo en las zonas donde las calles no son muy anchas. De todos modos las calles están rotas, y los escombros allí quedan. La pobreza extrema y la desigualdad son, como es habitual, mucho más visibles en las ciudades: en los pocos rincones libres pequeños grupos de mujeres con sus críos, sentadas en el suelo, extienden hacia los viandantes una lata vacía. Pero incluso allí son vistosas y parlanchinas, no exhiben sus miserias. El Instituto Francés nos permite, previo cacheo, disfrutar de unas instalaciones agradables, un menú a buen precio y una ceiba gigantesca. Cuando más al sur, más frecuente será este inmenso árbol, con su copa frondosa y sus extrañas prolongaciones verticales en la base, como hojas de un libro gigantesco, que al parecer se utilizan para construir ataúdes.

 

Día 5. 24 de enero. Llega el día de embarcarse hacia Casamance, la región meridional donde pasaremos la segunda parte del viaje. Gracias a los tejemanejes de Sibil conseguimos entregar anticipadamente el equipaje en el puerto, lo que nos libra de otra cola interminable a media tarde. Así que hay tiempo para recorrer las zonas del plateau más elegantes, es decir, los edificios coloniales de los ministerios, organismos oficiales, Presidencia de la República. También allí los coches, casi todos lustrosos monovolúmenes con sus chóferes a la espera, ocupan las aceras. Estos coches son dominantes en Dakar; puede ser una derivada de la parte sustanciosa del presupuesto que financia la Unión Europea (alrededor de un 30%), capítulo “modernización” de la Administración pública. En Senegal la educación básica ni es obligatoria ni gratuita y la sanidad pública es de muy baja calidad. Según cuenta Sibil, los profesores llevan ¡12 años en huelga!, y los médicos sólo pasan consulta dos horas al día, con lo que los tiempos de espera son insoportables. “¡Mejor que la privaticen del todo!”, exclama exasperado.

 

A media hora en barco de Dakar, la isla es Patrimonio de la Humanidad

 

Las casas, cuidadas, y las calles y placitas llenas de flores y mangos

 

Los artistas se han adueñado de la isla, y realizan sus obras a la vista del público

 

La población estable de la isla se dedica sobre todo el turismo

 

Pero antes de subir al barco hacemos una visita a la isla de Gorèe, a media hora de Dakar, uno de los puntos de embarque de esclavos hacia América que hubo en la costa occidental africana. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es hoy una islita llena de atractivo, con un pequeño puerto, algunos hotelitos y restaurantes, las  casas pintadas de colores y las calles estrechas llenas de flores, de pequeñas plazas presididas por enormes mangos verdes. Abandonadas las antiguas fortificaciones que protegían el tráfico esclavista, allí se ha instalado una multitud de artesanos y artistas que exponen al aire libre. A uno de ellos, que firma Diaw, le vemos trabajar en una especie de choza sin paredes; hace los cuadros con arenas naturales del país: blanca y dorada, castaña, rojiza, negra.

 

Casa de los Esclavos, uno de los puntos de embarque hacia América

 

Celda reservada a los niños, que a partir de los 7 u 8 años también fueron vendidos como esclavos

 

La Casa de los Esclavos, convertida hoy en un museo histórico, es un edificio de planta baja y un piso, pequeña y con una estructura graciosa de doble escalera en la fachada, toda ella en tonos siena y castaño. La planta baja es la siniestra: los letreros distinguen las celdas para hombres, mujeres –separadas de las de jeunes filles rebeldes recalcitrantes (con el techo mucho más bajo que las otras), e “inaptos” temporales, a los que se sobrealimentaba para recuperar su futuro precio. Sibil nos enseña la estancia donde se les pesaba y finalmente la celda de los niños… Porque sí, también hubo niños que fueron vendidos como esclavos. Curiosamente, sólo en la celda de las mujeres estaban previstas las necesidades fisiológicas... El broche final es el vano de la llamada “puerta sin retorno”, al borde mismo del agua: al cruzarlo el mar rompe a nuestros pies. Ahí empezaba el viaje de ellos hacia lo desconocido.

 

En la parte de arriba, donde vivían las familias de los encargados del negocio, las estancias son luminosas, ventiladas, con grandes ventanales al mar que imaginas cubiertos de delicados visillos blancos moviéndose con la brisa del Atlántico. Todo está lleno de reproducciones y documentos, mapas, cifras y datos de la trata. En 1777, por ejemplo, 14 mujeres que eran transportadas en el buque Ofelia se suicidan juntas saltando al mar. En la segunda década del siglo XVI la corona española firmó los primeros contratos –los llamados asientos– con los Países Bajos para el transporte de esclavos a las Antillas desde el África negra. Los holandeses acaban haciéndose los amos del negocio. En los años y siglos que siguen, el dominio pasará a Inglaterra y después a Francia.

 

Un pasajero del barco que une Dakar con la isla de Gorèe

 

El guía nos explica cómo los propios africanos colaboraron en la caza de negros para apoderarse de sus tierras. Los árabes, expertos desde mucho antes, organizaban la transacción y los europeos trasladaban y vendían la mercancía –los que habían llegado en buen estado– a los dueños de las plantaciones americanas y demás compradores. Es decir, que todo el mundo puso su granito de arena, salvo los propios africanos cazados en medio de uno de los grandes negocios globalizados de la historia… De vuelta a Dakar, disimulo para hacerle una foto a uno de los guapos sentado frente a mí, que se ríe en mi cara: “¡Por esto hay que pagar derechos de imagen…!”.

 

Cuatro controles de papeles hay que pasar para entrar en el barco, el Aline Sitoe Diatta. Paradojas de la seguridad: por la mañana, al entregar nuestras maletas nos preguntaron con desgana si llevábamos algo más que ropa… Es un barco moderno, con pocos camarotes y muchos sillones que al menos permiten dormir en horizontal. Muy barato para nacionales y residentes –poco más de 7 euros al cambio– es, aparte de algunos vuelos internos, la mejor solución para llegar a la región de Casamance, separada del norte por Gambia, un país estrecho incrustado en Senegal, inventado por los ingleses en su momento para controlar el río del mismo nombre y sus rutas comerciales. El paisito es poco más que las dos orillas del río Gambia, que el mapa señala con líneas rectas al principio y a continuación con forma de colon, por cierto un colon irritable: uno de los países más pobres de África, unos días antes ha liquidado manu militari –de los soldados senegaleses– una larga dictadura cuya derrota en las urnas no admitía el dictador. Cuando el colon acaba, aquellas profundidades vuelven a ser Senegal, ya frontera con Mali. Pocos son los que dan la vuelta a Gambia para recalar en Casamance; incluso cruzarlo en coche viene a suponer la friolera de 32 horas.

 

La travesía es un tiempo de paciencia y largas colas para todo. Zarpamos a las ocho de la noche y llegaremos hacia el mediodía siguiente a la ciudad fluvial de Ziguinchor, ya en la baja Casamance, orilla sur del río del mismo nombre, muy cerca de Guinea Bissau. El barco está lleno de turistas pero también de nacionales. El bar de la popa no para de emitir música pop y despachar cervezas, pero no lejos de allí está también el grupo de hombres y mujeres –separados– que rezan arrodillados en sus esteras. Eso parece ser la esencia (si es que tal cosa existe) de Senegal: tranquilos y juntos aunque no revueltos. 

 

Una finísima luna creciente luce sobre el río Cassamance antes del amanecer

 

Cuando me decido a intentar bajar de la litera sin desgraciarme salgo a cubierta y veo que ya navegamos por el río Casamance, que a mí me parece el Amazonas; falta muy poco para el amanecer y en el horizonte el naranja va ganando al morado y azul oscuro del cielo; en lo alto la Luna brilla en la semioscuridad como una fina barquilla horizontal –no casi vertical, como en nuestras latitudes–. Es el amanecer del 25 de enero; la noche del 4 de febrero, 10 días después, volando sobre Mauritania y en un cielo abarrotado de estrellas, veré asombrada que esa misma barquilla ha crecido pero muy poco; parece que en el norte la Luna va más ligerita. Pido perdón desde aquí a los que al leer esto también se queden pasmados, pero no por la Luna, sino por mi ignorancia. En todo caso, fue llegar a Madrid y ponerse la Luna en su sitio…

 

Los bebés son un prodigio de belleza y adorno

 

También el país se manifiesta de otras formas: la señora que ocupa una litera baja de mi camarote con una bebé preciosa que no piará en toda la noche y resultará ser su nieta, me interpela airadamente por la mañana con una catarata en francés que no estoy segura de entender. “Sí comprende”, contesta ella resuelta, “pero no quiere comprender”. Así que comprendo, y le alargo un billete de 5.000 francos cefas (7,50 euros) al parecer para financiar su petit dejeuner, el de su nieta o el de su hija, que ha dormido en sillón, y a la que veré por el barco, desentendida de la criatura, siempre pegadita a la abuela. Decido que la hija es madre soltera y que la abuela, básicamente, está furiosa con el mundo entero, empezando por las mujeres blancas que le hacen fotos y cucamonas a su preciosa nieta.

 

Una patrulla militar escolta el barco camino de Ziguinchor, puerto fluvial de Cassamance

 

Día 6. 25 de enero. El amanecer es rápido, como el anochecer, y pronto el barco vuelve a rebullir. Es un día muy agradable, con sol y aire fresco, y mucha gente se reúne en la cubierta superior a contemplar el paisaje y esas orillas verdes, los manglares, que días después nos revelarán lo que ocultan en la marea alta y descubren en la baja… Una motora del Ejército nos ha estado siguiendo diligente hasta que atracamos en Ziguinchor, seguramente por si lo de Gambia aún colea, o porque Casamance es de por sí un territorio sospechoso de desafección y, según sus naturales, abandonado por las autoridades del país. Según los parajes por donde te muevas, hay patrullas militares  y conviene llevar documentación. 

 

Los niños mendigos aguardan entre la multitud a los viajeros que desembarcan en Ziguinchor

 

El desembarco cuesta otras tres horas más o menos, y el momento más emocionante con diferencia es la busca y captura de las maletas en un local enorme donde unas plataformas con ruedas descargan violentamente todos los bultos a medida que lo rescatan de las tripas del barco. Cientos de personas vamos dando tumbos por los rincones tropezando unas con otras y pisando maletas y bultos ajenos en medio de una escandalera en varios idiomas. Por fin, reunidos, salimos al calor del sur, donde nos encontrará nuestra amiga Pepa, y donde nos espera otra multitud variopinta: los que esperan a pasajeros del barco, más los vendedores de todo, más los taxistas, más los niños mendigos que, vestidos con una camiseta sucia, larga y rota, nos miran y al tiempo que alargan su lata vacía, nos tocan suavemente en el brazo y musitan: ¿madame?…

 

 

Explorar Casamance

 

Estamos en un pueblo de la baja Casamance de unos siete mil habitantes, alojados en una casa con jardín, amplia y agradable, con un porche sombreado perfecto para desayunos interminables entre amigos charlatanes. Con una perra loba de cinco meses, Lola, que nos demuestra constantemente su enorme cariño con ladridos y mordisquitos en las manos y en los zapatos. Nuestra anfitriona vive allí salvo en los meses de verano, cuando llegan las lluvias, el calor y los mosquitos. Ahora es invierno, lo que quiere decir verano amable y soleado. Todo el mundo conoce a Pepa y la aprecia. Cuando nos lleva a pasear por el pueblo, la llaman de lejos o se acercan para saludarnos efusivamente con un ¡kassumay! (hola, ¿qué tal?) y de paso pegar la hebra con los forasteros.

 

En su casa  recalan muy a menudo personajes variopintos a los que, tradición africana, se les pone un plato en la mesa si es la hora… Como por ejemplo Atabo, que nos acompaña en la primera cena sin soltar prenda; con seis hijos en casa es “vigilante de nada”: según Pepa las instalaciones que vigila están abandonadas… o Babel, un hombre delgadito de edad indefinida que vive con el resto de su familia extensa, justo frente a nosotros. Recoge trastos por los basureros cercanos y los va acumulando. Llama y entra a llenar su regadera, o a desayunar –café y tortilla francesa–, o a intimar con alguna forastera que le da cuartelillo. El mismo que el día de nuestra marcha llamará a la puerta y dirá cariacontecido: “Os vais, y yo no tengo nada para daros”, y que ante mis protestas añade: “¿Tú tienes algo para mí, para el frío?”. O la esbelta Kadjimena, que no ha cumplido 30 años y ya tiene cinco hijos, que ayuda a Pepa en sus proyectos, le cuenta sus problemas conyugales y viene a menudo, a conocernos más y vendernos sus manteles. ¿Y si un día no estás de humor para visitas?: “¡Pues no abro la puerta!”…

 

Día 7. 26 de enero. Antes de ponerse a explorar la Casamance, tan cerca del Atlántico y del río de los manglares, hay que presentar nuestros respetos al rey diola de esa zona (la diola es la etnia mayoritaria), que imparte su auctoritas desde un trozo del bosque sagrado, bajo un enrejado que hace de puerta y que nadie salvo él y su séquito debe traspasar. Así que Pepa pide audiencia. Va a presentarle un proyecto de guardería para los niños de las mujeres que, en plena época de lluvias, calor y mosquitos, se ocupan del cultivo del arroz; niños que llevan a cuestas o a su vera mientras trabajan. ¿Y por qué ese trabajo agrícola tan duro lo realizan las mujeres en los meses peores del año y con sus hijos? Según los hombres diola, menos laboriosos que las mujeres, en opinión de Pepa, el cultivo del arroz, alimento básico del país, es un secreto que se trasmite de madres a hijas. Sólo ellas saben cómo hacer que crezca. Como se ve, tampoco conocen el secreto del cuidado de los niños. Volveremos a comprobarlo en la inclusa, donde casi todos los bebés son huérfanos sólo de madre. Al parecer no es excepcional que los padres los lleven allí cuando se quedan solos o enviudan…

 

El rey de los diola no tiene autoridad real, pero sí moral

 

El rey recibe a los turistas y se fotografía con ellos

El rey no tiene poder administrativo ni político, pero el sustrato animista garantiza que todo sea más fácil si da su beneplácito a cualquier proyecto. Nos reciben en una especie de antecámara, rodeada de árboles y con unos troncos como asientos. Se hace esperar un buen rato, como haría cualquiera de nuestros pomposos políticos, no sea que creamos que todo el monte es orégano… Aparece al fin, vestido de rojo de la cabeza a los pies, y pisando las ramitas del suelo con sus calcetines de seda negros –no lleva calzado-; nos saluda en francés y se sienta frente al grupo. Hablando pausadamente, pide información sobre el proyecto a Pepa y a los colaboradores, pero sin dar aún su visto bueno, que llegará dos semanas después. Accede amablemente a dejarse fotografiar con los viajeros, cosa que le encanta, dicen las malas lenguas; a continuación uno de sus asesores pasa la gorra: ser rey de tanta gente no es nada barato.

 

Pepa, que se ha mimetizado con el paisaje humano todo lo que es menester, nos cuenta cómo empezó su relación con la monarquía local. Un día especialmente agradable se internó, en pantaloncitos cortos y camiseta de tirantes, en aquel bosquecillo tan frondoso sin sospechar que era sagrado y que cuando apareció, enmarcada por el enrejado/puerta, en una reunión del rey con sus consejeros, estaba cometiendo una grave infracción que había que reparar. Reparar en forma de un cerdo vivo, un gallo y 20 litros de vino de palma; “¿el cerdo, de qué tamaño?”, preguntó, y al parecer los espíritus dijeron: “Un buen cerdo”. También preguntó si el castigo era tan grande por ser blanca o mujer, pero le aseguraron que no. “Se metieron con los animales detrás de un cañizo y no sé cómo los mataron;  yo esperaba chillidos, pero no oí nada, y después de hacer las ceremonias apropiadas  y repartírselo, quedé perdonada. Desde entonces nos llevamos muy bien…”

Kap Skirring, un centro turístico y una gran playa atlántica donde toman el fresco los cebúes

 

Una vez presentados al rey hacemos la primera incursión en la playa. De ahora en adelante echaremos mano de los numerosos coches-taxi que hay en el pueblo, previa negociación que corre a cargo de nuestra amiga. Cap Skirring, en pleno Atlántico, ya muy cerca de Guinea Bissau, es larguísima y con fuertes olas y mareas. Pero nos bañamos alegremente, pensando en el invierno madrileño que hemos dejado atrás. Hay chiringuitos para comer y beber, y también cebúes tomando el fresco al lado del agua, en esa y en otras playas. Sorprende la abundancia de animal del que los senegaleses sólo aprovechan la carne. No beben leche y apenas hacen queso (¿de dónde sacan el calcio esos cuerpos?...).

 

El pueblo de Cap Skirring nació al calor del turismo, sobre todo francés y belga, de las playas cercanas. Todo él es un gran comercio, no sólo el mercado artesanal, una atracción fatal en la que es fácil entrar pero no tanto salir, sino otras muchas tiendas, como las de telas y confección a medida que regentan familias al completo; los hombres cosen a máquina y toman medidas, la mamma vigila y negocia los precios y otros familiares y añadidos pasan el tiempo y aconsejan mientras los niños corretean por allí.

 

Día 8. 27 de enero. Nos vamos en coche alquilado y después en la canoa de colorines de nombre Allahou a la islita de Egueye, en plena zona de manglares y afluentes del río Casamance. Allí es costumbre compartir coches o barcas con la población local. Alguien que espera en la carretera o en el lugar de embarque levanta la mano y el conductor frena; mientras haya espacio lo llena, niños y bultos incluidos. Nadie cree necesario pedir permiso a los que pagan el transporte, y menos si son blancos. No tienen dinero pero tienen paciencia, y esperan esa generosidad sin darle ninguna importancia.

 

Las lanchas unen las orillas del río Cassamance, y los niños son pasajeros habituales

 

Las ostras crecen en los troncos de los manglares

 

El sitio es precioso y tranquilo. Pasaremos allí uno de los días apacibles y completos de nuestra estancia en Casamance. Hace calor. Somos muy pocos, la isla es casi para nosotros, y es fácil bañarse en el río mientras la marea está alta. Nos recibe Abadú, el dueño del restaurante y el albergue para turistas. Las habitaciones que alquila son simples, limpias y frescas, con mosquiteras. El aperitivo consiste en montañas de ostras que nos asan en una hoguera hasta que se abren y que nos sirven todavía en el palo en el que se han criado, negras como tizones.

 

La recolección se hace en barca cuando baja la marea, cortando porciones de troncos de los interminables manglares. Es mareante imaginar lo productiva que podría ser la exportación de esas ostras si hubiera condiciones… pero mientras llega, disfrutamos de lo que hay. La comida también está buena, la siesta en hamacas imprescindible y la vuelta en la canoa un broche final de frescor. Nos acompañan dos mujeres con un bebé tan pequeño que parece sietemesino. Como parece que el bebé tiene sed les damos el agua que queda en nuestra botella, y la madre se la va dando a chupitos en el tapón…

 

Día 9. 28 de enero. El grupo se divide, y algunos nos quedamos para explorar el pueblo: las avenidas, anchas y llenas de ceibas y mangos majestuosos, la biblioteca, montada gracias al impulso de nuestra amiga y que no está nada mal: libros en francés, español, dibujos infantiles y anuncios de actividades; los puestos callejeros de ropa y bisutería y finalmente el mercado local, donde se mezclan violentamente todos los olores –y colores– imaginables y que ha ido acumulando desde su inauguración escombros que nadie repara. Para volver a casa cargadas de huevos, carne, fruta, agua embotellada, la mejor solución son las yakarta: motos ligeras conducidas por jóvenes que se ganan así la vida, sin demasiadas fatigas… A la hora de la cena nos acompaña Diva, amigo de Pepa que se dedica al turismo y que nos organizará la expedición del día siguiente.

 

Una de las ceibas gigantes del interior de la baja Cassamance

 

Los numerosos niños de Bouyouye recibieron con alborozo a los viajeros

 

Día 10. 29 de enero. Hemos acordado una excursión en 4 x 4 a la playa de Elinkine, más al norte que el primer día, con parada en algunos pueblos. Uno de ellos es Bouyouye, donde aparte de una buena colección de ceibas gigantes (una de ellas dicen que se ve desde Guinea Bissau), nuestra llegada despierta el alborozo de un montón de niños chiquitos que nos rodean, se nos cuelgan y agarran de la mano mientras posan encantados para la posteridad; los más crecidos juegan al fútbol sin hacernos ni pizca de caso. Todos van descalzos sobre el suelo arenoso. Uno de los pequeños me pide “un bic”, y como no tengo, le doy un boli mucho mejor pidiéndole encarecidamente que lo use para escribir muy bien en la escuela y ser un hombre de provecho el día de mañana. Me dice que sí a todo y se va saltando y sujetándose unos calzones precarios que amenazan con caerse.

 

Los sabios de la aldea de Diembering posan encantados para la posteridad

 

Las mujeres preparan en enormes calderos la comida comunitaria dominical de Diembering

 

La siguiente parada es Diembering, un pueblo con iglesia y convento de monjas donde se está cocinando en grandes calderos una comida comunitaria, quizás una costumbre dominical. Bajo unas ceibas enormes están reunidos los hommes savants, más de una docena, presididos por el principal, Etienne, que posa encantado y nos pide que le enviemos la foto. Los niños, apiñados y expectantes bajo los árboles, no se muestran tan comunicativos como los de Bouyouye, y las mujeres ni nos miran, atareadas con los calderos humeantes. Desde allí el 4x4 nos lleva por un predesierto de arena en el que sólo crecen acacias de todos los tamaños y desde el que ya se ve la línea azul/verde del mar más allá de las dunas.  

 

La playa está casi en la desembocadura del Casamance; allá lejos está la orilla verde de los manglares. También hay olas, pero el baño es fácil y reconfortante. En el chiringuito –de una española que se ha emparejado y establecido sus reales en Senegal– nos preparan un menú maravilloso: ostras de aperitivo –más los cacahuetes del país–, ensalada picante de repollo, zanahorias y tomate y pescado asado a la brasa. Para beber, vino y cervezas. La vuelta la haremos por la playa en dirección a Cap Skirring, más al sur. La marea está baja y las olas rugen y se van haciendo enormes, espectáculo que disfrutamos al aire libre, en la trasera del pickup, mientras el sol languidece y todo va cambiando de color. Al volver a casa nos cruzaremos, como siempre en las carreteras, con filas de escolares más o menos uniformados que también vuelven a casa caminando en pequeños grupos. Ellos, y las vendedoras de fruta y cacahuetes bajo los frondosos mangos, dominan el paisaje humano de las carreteras en esta zona del país.

 

Día 11. 30 de enero. El grupo vuelve a dividirse. Unos se van a recorrer aldeas cercanas donde verán de cerca cómo se trabaja la alfarería, o se fabrican delicados pajaritos como el Soni-manga à ventre jaune, una limícola de pico largo y curvo. El resto hacemos una visita a la inclusa; las monjas francesas atienden a una decena de bebés que expresan su único déficit aparente extendiendo los bracitos hacia todo el que se pone a tiro con lloriqueos que parecen decirnos: “No quiero ser uno más, cógeme en brazos”. Hay voluntarias que se turnan con ellos, y Pepa y la gente de su entorno van a menudo.

 

Allí nos enteramos de que antes no ponían nombre a los bebés hasta los dos años, lo que nos impacta; imaginamos a millones de pequeños seres sin nombre, la mayoría muertos en los primeros meses y a los supervivientes trotando por la casa; ¿cómo les llamarían? Aunque una inclusa siempre es triste, el panorama no es dramático, pero hay un caso estremecedor. Una niña de alrededor de dos años, que fue recogida de la basura y que no se tiene en pie, no habla, apenas ve y se resiste a comer, como si hubiera decidido que este mundo no merece el esfuerzo de vivir; sólo parece que asoma en ella un impulso de vida cuando oye la voz de Cristina, una voluntaria que la coge en brazos y le da de comer con una jeringuilla…

 

 

 

La siguiente visita es una escuela primaria para niños y niñas de 3, 4 y 5 años, vestidos con uniformes de color morado tuneados por la fantasía africana. Los críos están en el momento del almuerzo: vasos de leche en polvo diluida en agua con azúcar y grandes bocadillos de una especie de margarina que es de consumo masivo en la zona. La margarina, leo en la etiqueta, está hecha de aceite de coco, palma y palmito… Todos sentados en el suelo, el personal hace los bocadillos y ellos devuelven el vaso usado y se sientan sin dejar de mirarnos hipnotizados. La Asociación Baolar a la que pertenece Pepa financia ese almuerzo y quiere mejorarlo: leche en polvo menos diluida y con menos azúcar; menos grasa en el pan… Mientras ella habla con los educadores nosotras filmamos, no menos hipnotizadas, a los niños que cantan y bailan. Uno muy pequeño me coge la mano con que le acaricio la cara y la mira con mucho interés, como si no acabara de asimilar mi color blancuzco. Con Pepa no tiene ese problema: todo el año al sol, en ese aspecto está a punto de convertirse en una africana más.

 

Un recorrido por los fetiches locales permite aproximarse al sustrato animista de la población de Senegal

 

El pueblo tiene sus fetiches y sus feticheros, y Diva nos invita a conocerlos y aclararnos lo que hay detrás, aunque la cosa promete ser ardua. A la pregunta ¿qué es exactamente un fetiche?, dice que es “un espíritu superior –más bien una imagen de ese espíritu–, intermediario con Dios, lo mismo que el Cristo de los cristianos lo es con el Dios Padre o Mahoma con Alá”. En la casa del fechicero (elegido por acuerdo entre un grupo de notables) está el fetiche familiar, al que llama Hufile: conchas, piedras y tierra encima de un poyete de piedra rectangular. Luego nos lleva al fetiche de la aldea, Ohoulun, en una choza de paja circular. Ahí ya la cosa cambia: no se pueden hacer fotos, no pueden entrar mujeres. Cuando alguien de la aldea tiene algún problema se dirige al fetichero y se hacen los ruegos; llevan vino de palma y derraman una parte en el suelo de la choza, el resto lo reparten y se lo beben.

 

El vino de palma se consume generosamente. Para extraerlo del árbol, hacen incisiones en la corteza en las que colocan unos recipientes; luego recolectan el jugo trepando ayudados por unas lianas. Es un líquido dulce, que adquiere grados rápidamente al fermentar, y pronto está listo para beber. Si el problema o ruego se ha solucionado, el beneficiado tiene que aportar un cerdito ¡o un buey!, nos dice Diva, que inmediatamente son sacrificados y repartidos. Todavía queda un tercer fetiche, el del barrio, ante el que se presenta a los muertos, que se reencarnarán en los recién nacidos. Tiene el mismo aspecto que el familiar: una piedra con conchas, tierra y piedras y tierra. Terminamos la visita llenos de dudas trascendentales que no nos animamos a formular, perplejos y con más preguntas que al principio… El caso es que la tradición animista no se opone a ninguna religión y permea todas las tradiciones de la zona; ni los musulmanes ni los cristianos, según nos dicen, rechazan este tipo de ceremonias.

 

Día 12. 31 de enero. Para nuestra última excursión en Casamance, a la isla de Karabane, hemos alquilado un taxi de siete plazas. Sentada al lado del chófer Mustafá, que no aparenta más de 20 años, tengo la satisfacción de comprobar la veracidad del chismorreo que nos ha llegado: uno de los planes de futuro preferido de los jóvenes senegaleses es intentar relaciones, a poder ser con vistas al matrimonio, con una mujer blanca. Nada de discriminar por edad ni tonterías de esas. Acabamos de arrancar, se vuelve hacia mí y con una sonrisa radiante me dice: Tu est très belle. Es un buen intento, y yo le correspondo con otra sonrisa, pero maternal, mientras en el taxi cunde la risa floja. La verdad, empezar así el día sube la moral. Mustafá, musulmán al parecer, pone música africana muy alegre en la radio. Del retrovisor cuelga una foto de un morabito, algo así como un santón; no es la primera vez que lo vemos presidiendo un taxi; debe de ser muy popular entre el gremio.

 

Paco es una institución en la isla de Karabane, donde confecciona ropa en cuestión de horas

 

Una de las típicas canoas en forma de góndola

 

Al llegar a Elinkine, dejamos a Mustafá y el taxi y nos subimos a la lancha que nos llevará a la isla. Esta se llama Khadydietou Kassumay, y como todas está pintada de colorines. Cuando se llena, salimos al río y navegamos media hora, chaleco salvavidas obligatorio, hasta que llegamos a Karabane. La playa es inacabable y tranquila; al salir del agua hay cacahuetes, cerveza y un concierto improvisado de kora. No dedicamos mucho tiempo a la visita turística: los restos en reconstrucción de un templo bretón, y la tumba vertical del capitán Aristide Protet, que murió defendiendo la independencia de Casamance en 1836 y pidió ser enterrado de pie, mirando al sur –es decir, al río– y con su perro. Además de la playa, los delfines que saltan traviesos cerca del muelle donde atracamos y la línea siempre verde de los manglares, la imagen más vívida a recordar de Karabane merece ser “Kassumay – La sastrería de Paco – Carabane” (sic), un taller al aire libre donde Paco y sus ayudantes se afanan en confeccionar a medida y en cosa de una o dos horas cualquier prenda de las que exhibe en su chiringuito.  Allí y en todas partes, la máquina de coser es cosa de hombres…

 

Cuando baja la marea, los troncos de los manglares dejan ver sus tesoros

 

La cabra que ha viajado en el techo del coche en plena operación descarga

 

A la hora de comer, probamos el capitán, un pescado sabroso parecido al atún, además de nuestras queridas gambas. A la vuelta, como ya ha bajado la marea, los manglares enseñan los tesoros de sus ostras, que crecen incluso en los pilares de madera del puesto militar donde comprueban que llevamos chalecos  y revisan la documentación. Mientras esperamos a nuestro Mustafá, que nos llevará de vuelta a casa, vemos las maniobras de descarga de una cabra, atada y metida en una bolsa, que después de viajar en el techo de un coche se deja liberar y fotografiar con actitud resignada…

 

Es nuestra última noche en Casamance y charlamos con Pepa de cosas pequeñas y cosas grandes. No es optimista, pero se esfuerza mucho en conseguir pequeños avances que están dentro de sus posibilidades. No es fácil saber si hay ganas de remontar y pagar los peajes que eso supone. La gente en general es apacible, simpática, tolerante, pero también parecen resignados a lo que hay, incluso un tanto apáticos. Pero todos nos sentimos cautivados por Senegal, con ganas de volver. Hay grupos activos por el cambio, muchos de ellos de mujeres, como el Grupo de Interés Económico (GIE) de Ngayene, un pueblito cercano a Gambia, que empezó con unas pocas, y gracias al cual estas mujeres trabajan terrenos comunes (además de los propios), para financiar proyectos o créditos gratuitos para las que no tienen tierra o tienen muy poca (más del 40 por ciento de la población trabaja en la agricultura, y cada familia cultiva su arroz). Hay otras iniciativas que luchan por cambios más profundos y urgentes: la desaparición efectiva de la mutilación genital de las niñas, que pese a estar prohibida sigue practicándose; sigue siendo un tema tabú, del que no se habla. Y quizás sea ilusorio pretender captar tendencias profundas en un viaje como el nuestro.

 

Llama la atención la importancia extraordinaria que dan las mujeres a su atuendo, al adorno, a su belleza, por muy limitados que sean sus medios. Y Pepa nos confirma que se echan encima todo el dinero que consiguen, a veces por vías que, tácitamente aceptadas por la población, no se distinguen gran cosa de una prostitución de baja intensidad, que no es exclusivo de las solteras. Mientras los jóvenes no pueden casarse, recurren a este mercadeo entre vecinos que no parece levantar mucho escándalo. También hay turismo sexual de occidentales, tanto hombres como mujeres. Aunque, viniendo de donde venimos, no debería sorprendernos tanto ese auge creciente de la industria de la belleza, sobre todo la femenina. Lo que según Rafael Sánchez Ferlosio ocurre en nuestro siglo XXI, “el de la femineidad (no del feminismo), que ha reconciliado definitivamente a la mujer con el mercado”...

 

Día 13. 1 de febrero. Día de despedidas y maletas, paseos, mientras la alegre música africana suena en la radio. A la comida en casa acuden varias adolescentes, una de las cuales, que ha estado en Madrid, habla un español perfecto. Dar clases gratuitas es otra de las actividades de Pepa; cuanto menos confía en sus progresos en francés, más gente aprende español en su entorno… También es verdad que los que se pueden permitir ir a un buen colegio aprenden varios idiomas sin grandes dificultades; partir del bilingüismo ayuda. Al atardecer nos iremos junto con Kadjimena y varios viajeros/voluntarios que están de paso al campamento turístico de Diva, donde disfrutaremos de la puesta de sol y el cielo estrellado y cenaremos lotte (muy parecido al rape) y capitán, brochetas, arroz y salsas varias. En total unas diez o doce personas, que brindamos por todo lo brindable mientras esperamos a los iniciados, que llegarán con su percusión, sus cánticos y su baile, al que nos unimos encantados. Es una ceremonia de paso a la edad adulta, y tiene una duración variable (según vengan del mismo pueblo o de Canadá…), pero mientras dura los jóvenes viven en una cabaña en el bosque sagrado, así que, por eso y por haberse tomado la molestia de venir, aportamos  al grupo algo de efectivo…

 

Día 14. 2 de febrero. Volamos a Dakar desde Ziguinchor, la ciudad a la que llegamos en barco ocho días antes, en un avión a hélices pequeño y nuevecito. El vuelo es corto y desde el aire podemos ver la ciudad, su situación siempre buscando el mar, que se despliega en costas con distintas orientaciones, con aquel cabo que se introduce decidido en el océano –la península de Cabo Verde– y lo convierte en el punto más occidental del África continental. En Dakar salta a la vista que el atuendo de los hombres ha cambiado: mayoría de chilabas o gandoras, o ese traje tan elegante de dos piezas, camisola y pantalones de la misma tela, a menudo blanca. La mayoría de las mujeres sigue fiel a los trajes ceñidos y de colores que tanto les favorecen. Recuerdo sólo una con niqab, los ojos negros, vivaces, allí al fondo… La impronta musulmana se hace visible a través del vestido.

 

El hermoso mercado de Kermel acumula toda clase de productos frescos

 

Llama la atención la cúpula del bello mercado de Kermel

 

Toda esa tarde y el día siguiente vagaremos por la ciudad, buscando rincones y monumentos “infaltables” y reponiendo fuerzas en el oasis del Instituto Francés... Sus barrios elegantes, cerca de las corniches, con edificios altos y modernos de terrazas frente al mar, antiguos chalets con jardín y guardaespaldas en la puerta, instalaciones deportivas y militares; los enormes árboles que bordean las avenidas más amplias, los edificios que nos hablan de poderíos coloniales del pasado y los mercados: el de Kermel, un bello edificio circular con una cúpula preciosa y cierto aire andalusí en el exterior, lleno de todos los productos frescos imaginables y donde se sacrifican reses a la vista del público; el indescriptible mercado de Sandaga, también en la zona céntrica del plateau, un recinto estrecho y laberíntico, abarrotado de tiendecillas de artesanía, en el que cada persona con la que te cruzas te quiere vender algo: toallas, calzoncillos,  bragas, gafas de sol, llaveros. Allí había costureros inclinados febrilmente sobre sus máquinas de coser, judíos rezando en voz alta, tañedores de kora, vendedores de comida rápida…

 

Allí nos capturan unos cuantos jóvenes fornidos en cuanto escuchan la palabra “camisa” (tan parecida a chemise…), con la promesa de llevarnos al auténtico paraíso de las camisas, casualmente negocio de unos primos suyos. Cuando llegamos, tras dar vueltas y revueltas, los fornidos hacen un cordón sanitario a nuestro alrededor, y no aflojan hasta que consiguen que arrasemos la tienda; luego, con el cebo de ver “una exposición de arte africano”, nos arrastran a otro negocio similar que vende obritas originales y simpáticas, algunas llenas de sentido del humor y autoparódicas; cristales pintados con motivos africanos estilizados y alfarería tradicional, tan bonita como la que encuentras al borde de cualquier carretera. Allí se quedan los últimos francos cefas y salimos jurándonos amistad eterna, ellos fingiendo admiración al único hombre del grupo – “¡tiene cuatro esposas!”–, al que todo el tiempo se han referido como le chef

 

Obra de la exposición Lumiéres d’ Afriques sobre el agua y la luz

 

Obra de la exposición Lumiéres d’ Afriques sobre el agua y la luz

 

No pudimos ver la Gran Mezquita de Dakar ni otros muchos rincones dignos de visitar, pero sí una auténtica exposición de arte africano, Lumières d´Afriques, organizada por African Artists for Development, en el IFAN (Institut Fondamental d´Afrique Noire), en la que vimos las 54 obras de otros tantos artistas y países dedicadas al agua y a la luz, también en el sentido de las luces. Hacía tiempo que no recibía un impacto tan fuerte de creatividad, fuerza y mentalidad desprejuiciada en una exposición. Un gozo y una esperanza, empezando por la más modesta: que esa exposición pueda verse también por estos lares. ¡Promotores culturales de todo el mundo, uníos!

 

El broche de oro de nuestro día en Dakar, antes de volver a ser engullidos por la burocracia aeroportuaria inacabable y volar sobre la noche africana de regreso a casa, es el simpático timo de la furgoneta. Un hombre alto y sonriente, que se presenta como Ibrahim, nos alcanza jadeante llamándome mamie, y nos cuenta su triste historia: está durmiendo en su furgoneta, en la que ha venido a traer a un familiar enfermo, y lamentablemente no tiene dinero para la gasolina de la vuelta. Dice que me recuerda de Madrid, menciona a una tal Mariama, a la que recuerdo vagamente como una amiga senegalesa de Pepa en España… Entre todos soltamos unos cuantos euritos, que de entrada le parecen pocos. Se lo contamos a Pepa: “Tenemos nuestras dudas, qué piensas tú de esto…”. Y la respuesta: “Que os han levantado 40 euros. Supongo que será alguien del pueblo que os ha visto por aquí. No conozco a ningún Ibrahim y menos que haya estado en España. Si te vas a la Gare Routière, donde hay demanda para bajar en coche, hasta te puedes sacar un dinerillo... El barco a los nacionales les cuesta cuatro perras”. Pero bueno, concluye, “si se lo gasta en gambas, que le dé una pequeña diarrea; si es en un polvo, pues un pequeño gatillazo”…

 

Es la despedida de Dakar, de Senegal y de los Ibrahim… ¡Pelillos a la mar!

 

 

 

 

Anunciata Bremón se define como coruñesa de nacimiento con un cuarto de portuguesa, recriada en Madrid, de familia numerosa. Estudió Ciencias Políticas porque tenía un poco de todo, iniciando así una trayectoria de dispersión en la que, asegura en la biografía de su blog en fronterad, Lenguas [email protected], sigue. Aparte de otros oficios de supervivencia, ha sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. Ha publicado un libro en Bubok que se llama 100 Lenguas [email protected]. Y ha plantado algunos árboles…

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Quiero agradecer a Anunciata Bremón y a esta bendita y querida revista, la estupenda tarde de lectura que he disfrutado. La crónica tiene la mezcla justa de sensualidad, humor y ternura como para haberme transportado a ese lejano país africano, con la magia más antigua: la de las palabras...

ISSN: 2173-4186 © 2017 fronterad. Todos los derechos reservados.

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