Ricardo Molina

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    En el centenario de Ricardo Molina: poeta de verso verdadero

    Pedro García Cueto - 02-06-2017

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    Escribe Ricardo Molina a Pablo García Baena un poema donde trasluce el amor y la pasión por el amigo, el ventanal donde surge el verso luminoso y claro, como un diamante.

     

    Le dice: “¡Ay, Señor, qué insondable tu criatura!”, porque siempre late lo sagrado para Ricardo, ese afán puro de inmanencia al mundo, esa fe, devoción del poeta a sus amigos.

     

    “¡Oh, Señor, dejadme que os admire / en vuestra criatura inspirada / en este hermano mío, en cuyos labios pusisteis un aliento no humano, / una columna misteriosa / como la que sube a la garganta pálida del ruiseñor por la noche”.

     

    El poeta sabe que su amigo expresa el misterio de Andalucía, la Córdoba ancestral, deudora de leyendas, lugar de encuentro del alma mística que late en el grupo al que pertenecieron, Cántico.

     

    Y vive Córdoba, esa ciudad telúrica que vibra en cada paso, ese apego al terruño que late en la Córdoba de fiesta y en la ciudad triste que medita su pena. Para Ricardo: “Pablo es el último ciprés”, metáfora del hombre que medita, que lleva la muerte en cada rincón, alegre en su interior cuando contempla los patios cordobeses, pero henchido de sombras, ciprés al fin y al cabo, trasunto de la muerte venidera.

     

    Es paradójico que lo diga Molina que murió tan joven, en los cincuenta, de un infarto, mientras su amigo Baena ya anda por los noventa y tres años. Pablo es también el eco del aire, el crepúsculo cordobés, porque Molina lo va cincelando a través de la escritura, esculpe el retrato del amigo, como si lo fotografiase en su interior.

     

    “Y otras veces lo veo en el retiro carmelita / bajo aquel centenario nogal, junto a la noria / o avanzando en una paz indefinible a través del aire / milagrosamente quieto del crepúsculo”. Es Pablo el árbol que renace siempre, nogal eterno, centenario, el hombre que vuelve siempre a la Naturaleza, que vive su sombras y luces en el escenario eterno del mundo.

     

    Pablo es el visionario, el hombre que refleja la luz del mundo, el que conoce al otro, a los seres que callan, a la Naturaleza que enmudece, en ese maravilloso panteísmo del mundo:

     

    “Y mientras que los otros olvidaron, él recuerda, y mientras que los otros enmudecen, él canta, / el secreto de las criaturas no es un secreto para él”.

     

    Fiel traductor del mundo, en estos versos conocemos a Pablo de la mano de su amanuense, Ricardo Molina, ahora que se cumple su centenario, gran poeta, de malograda vida, que merece recordar, dos poetas que hicieron del grupo Cántico, uno de los mejores grupos poéticos de los cincuenta, junto a Juan Bernier, Mario López o Ginés Liébana.

     

     

     

     

    Pedro García Cueto (Madrid, 1968) es doctor en Filología Hispánica y antropólogo por la UNED, profesor de Lengua y Literatura en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine y colaborador en diversas revistas, ha publicado dos libros sobre la obra de Juan Gil-Albert y un estudio acerca de doce poetas valencianos contemporáneos que escriben en lengua castellana. En FronteraD ha publicado, entre otros, Gamoneda interior. El paso al verso verdadero, Antonioni, Felini, Pasolini. Tres cineastas italianos de cultoEn homenaje a Adolfo Cueto, que se extinguió como una llama y ‘Drama patrio’: la ética de un superviviente llamado Juan Gil-Albert. 

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