Ilustración: Señor B3

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    Barcelona: una ciudad dividida que camina hacia la independencia

    Cristina Vallejo - 06-10-2017

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    ¿Qué estado de ánimo tiene la ciudad que podría convertirse en la capital de la próxima República Catalana?, ¿con qué espíritu afronta los próximos acontecimientos la urbe en la que se realizaría la proclamación unilateral de independencia?, ¿su sociedad está tan dividida como se intuye en los relatos que realizan los medios de comunicación?, ¿de verdad el soberanismo es tan fuerte, está tan organizado, tiene modos autoritarios, incluso afanes totalitarios con sus actuaciones?, ¿se tienen que esconder los españolistas?  

     

    Con todas esas preguntas y más partimos hacia Barcelona el sábado, 30 de septiembre, la víspera del día que el Gobierno de Cataluña planeó para el referéndum. 

     

    Todas las conversaciones llevaban ya días e incluso semanas monopolizadas por la “cuestión catalana” y en la Avenida de América no faltaban las bromas del conductor al respecto mientras controlaba nuestros billetes antes de ir a ocupar nuestro asiento: “No os preocupéis, que llegáis a votar”. Después, el compañero que le toma el relevo, ya en Zaragoza, nos avisa de que nuestro destino no será la estación de Sants, como ponía nuestro billete, sino la estación del Norte, debido a los “sucesos” que tienen lugar estos días en Barcelona. ¿Iba a ser para tanto?, ¿nos íbamos a encontrar una ciudad tomada por la policía o por los manifestantes, casi en batalla campal? En realidad nadie de los que viajábamos parecíamos muy inquietos, aunque, una vez en la ciudad sí comenzaba a atisbarse cierto movimiento, cierta anormalidad, ciertos indicios de que algo se estaba cociendo, de que algo se estaba preparando. Pero había que ir sobreaviso para detectar las señales que nos comunicaban que nada era, ni iba a ser, como en otras visitas anteriores a Barcelona: no habría tiempo ni para el Museo Picasso ni para la exposición de Andy Warhol en CaixaForum. 

     

     

    Primera parada: una ‘escola oberta’ en el barrio del Born

     

    En el primer paseo por la ciudad, el que lleva desde la estación de autobuses a nuestro alojamiento en la calle Ferrán, a un paso de la Plaza Sant Jaume, donde están el Gobierno de la ciudad y el de la Generalitat, pasamos por el colegio Cervantes, en la calle Carrer de Sant Pere Més Baix, en el Born. Es una de las “escuelas abiertas”, uno de los centros educativos “tomados” por los padres, los escolares y los vecinos para asegurar que al día siguiente están abiertos y se puedan utilizar como centros de votación. En la puerta hay colgado un cartel con el programa de actividades propuesto para todo el fin de semana. Es “la festa de les famílies”. Se puede entrar sin problemas en las dependencias del centro educativo. Y entramos. En una sala, al fondo a la derecha, hay una veintena de niños viendo la tele, una película, unos dibujos, no vemos bien. Los adultos están al cuidado de ellos. Salimos de nuevo. Fuera hay dos mujeres sentadas y nos ponemos a hablar con ellas. Se muestran confiadas: “Las cosas van a discurrir bien, sin problemas, se va a poder votar”. Y, ante la eventual llegada de los Mossos de Esquadra a las seis de la mañana para desalojar el colegio, tal y como se ha avisado, afirman: “No vamos a ejercer la violencia pase lo que pase”. Estas dos mujeres, a las que calculamos alrededor de 45 años, defienden el carácter festivo tanto de la jornada en la que nos encontramos como de la siguiente. Y es por ello que también defienden la participación de los niños con sus padres. En la conversación, hacen referencia a la “humillación constante” a la que se ha sometido a Cataluña en los últimos días, con las detenciones y las requisaciones, lo que está ocasionando un sentimiento de desazón constante a una población que, en su opinión, sólo quiere votar. También apuntan los agravios económicos: “Mira qué infraestructuras férreas tenemos”, dice una de ellas. Y le contestamos: “A Cataluña llega el AVE. A Extremadura, por ejemplo, no”. Y contesta: “Quienes pueden pagar el AVE no tienen problemas, quienes no reciben las prestaciones que deben son los que no tienen recursos suficientes”. Y ante esto, les preguntamos: ¿un acuerdo para mejorar la financiación de Cataluña podría satisfacer las demandas? Este, a su juicio, “llegaría tarde y no sería suficiente ya”.

     

    Llegue a haber, o no, un acuerdo entre los políticos entre uno y otro lado, nos preguntamos si ya existe una herida social, una grieta cada vez más amplia entre quienes en Cataluña defienden la independencia (o sólo el referéndum) y quienes son partidarios de seguir en España y dentro de la ley. En definitiva, si el problema político es ya un problema de convivencia, si está bajo amenaza la cohesión social y la buena vecindad. La contestación no nos deja muy tranquilos: “Por respeto, hay cosas de las que no se habla según con quién”. Nos asombramos de la curiosa interpretación del respeto. Pero zanjan: “Hay mucha manipulación; Cataluña es una sociedad muy tolerante, hay muchísima tolerancia”. Por el tono, casi suena como “hay que ver el aguante que tenemos”. Acaba la conversación, les pedimos el nombre a las dos con un poco de reparo porque a nuestro viaje acompaña un prejuicio: el problema político se ha convertido en un problema social y la gente va a optar por esconderse. Creemos ratificado ese prejuicio con la contestación de una de estas dos mujeres, que ofrece darnos a las claras un nombre falso: “Ana, que Anas hay muchas”. Cometimos el error de guiarnos por nuestros prejuicios y por la negativa de estas mujeres a desvelarnos su identidad y a lo largo de esta historia no hay nombres, sólo algún detalle sobre la edad, el origen geográfico, la formación, la profesión, que bien saltan a la vista, bien salieron naturalmente en la conversación.

     

     

    Segunda parada: Plaza Sant Jaume y los rezagados manifestantes anti-referéndum  

     

    Proseguimos nuestro camino. Aún con la bolsa de viaje a cuestas, atravesamos la plaza Sant Jaume y nos topamos con un periodista latinoamericano que entrevista a dos hombres de mediana edad, uno de las cuales porta una bandera de España. Tomamos el relevo del colega latino y también les preguntamos. Pese a que parecía lo contrario, no son portavoces de ninguna organización, sino que sólo son rezagados de la concentración anti-independentista que acaba de terminar. Uno de ellos, el que lleva la voz cantante, declara ser de izquierdas. 

     

    ¿Cómo interpretan lo que está ocurriendo en Cataluña? “Como una provocación continua, como el diseño de una confrontación por parte del Govern”, contesta el único de los dos que nos habla, de formación jurídica, según nos informa. La democracia es, por definición, un continuo contraste de ideas que se resuelve votando. Por eso, le preguntamos: ¿Un referéndum pactado no pondría fin al enfrentamiento? Responde: “No, porque un referéndum deja vencedores y vencidos”. En su opinión, tiene que haber una negociación para lograr una mejor financiación para Cataluña y también una mayor inversión en infraestructuras. Le transmitimos la misma pregunta que a nuestras dos interlocutoras anteriores: ¿Los que ya aspiran a la independencia se conformarían “sólo” con una mejor financiación? Responde: “Únicamente un 25% de la población catalana es independentista por convicción. La mala política del PP ha provocado que ese porcentaje alcance al 45%. Ese 20% que ha aumentado el independentismo podría revertirse con un buen acuerdo”.

     

     

    La manifestación españolista de la plaza Urquinaona 

     

    Los dos hombres nos informan de que habrá una concentración contra la independencia que partirá de la plaza Urquinaona hasta, otra vez, la Plaza de Sant Jaume, a través de la Via Laietana. Vamos a nuestro hotel a dejar las cosas y partimos hacia la plaza. Llegamos antes de las 17.30 horas, pero ya hay bastante gente, muchísimas banderas españolas y también catalanas, pero visiblemente menos. Los gritos: “Yo soy español, español, español”, “España, una y no cincuenta y una”, “Trapero, dimisión”, “Puigdemont, a prisión”, “No nos engañes, Cataluña es España”, “No vais a votar”. Y son objeto de vítores tanto la Policía Nacional (al paso del edificio de la Jefatura Superior de Policía, en la Via Laietana, se grita: “Ésta sí es nuestra policía” y “no estáis solos”) como la Guardia Civil. 

     

    Iniciamos una conversación con una pareja de jubilados a la que pronto se une otra señora de 65 años. ¿Por qué han acudido a la manifestación? “Estamos reprimidos por los nacionalistas. Hemos aguantado mucho”, responde una de las señoras. “Llevo 65 años, que son los que tengo, en esta ciudad, porque llegué aquí con un mes, y por primera vez tengo miedo en el lugar donde vivo. Éstos (por los nacionalistas) están haciendo buenos a los anteriores (por el régimen franquista, intuimos)”, añade otra señora, a lo que su compañera agrega “con los otros ya se sabía que no se podía hablar, pero esto...”. “Si pongo la bandera de España en la ventana, me queman”, asegura la señora que tiene justo los 65 años. 

     

    ¿Desde cuándo sienten esto que expresan con tanta vehemencia? “Desde que se han juntado todos (refiriéndose a las fuerzas nacionalistas) y ahora sienten que tienen mucho poder. Aunque también es verdad que el PSC no ha ayudado mucho. En realidad, han hecho daño todos”, señala la misma mujer. ¿No se solucionaría con el referéndum, votando? El hombre interviene por primera vez: “Pero es que esto es de todos, si se vota, tiene que votar toda España. Y hay que cumplir las leyes. Votar es hacerles el juego a ellos”. Y se muestra partidario de aplicar el artículo 155 de la Constitución, es decir, la suspensión de la autonomía: “Aquí las leyes no se cumplen”, argumenta. 

     

    Nos despedimos de ellos y se nos acerca un chico de 21 años. Está en la concentración porque pasaba por allí y se ha parado a curiosear. Y teoriza sobre el nacionalismo: “No tiene base material, se basa en apelaciones al sentimiento”. Recuerda también su origen en el idealismo alemán y en lo populares que fueron las teorías sobre la superioridad de ciertos pueblos sobre otros y que sólo desaparecieron de los discursos nacionalistas una vez Hitler perdió la guerra y murió. De ahí bebe el nacionalismo catalán, afirma. 

    Este joven interpreta la manifestación de la que somos testigos como una reacción a la acción previa, como la otra cara de la moneda. Así, afirma, no se van a solucionar los problemas. “Lo que hace falta es una fuerza en dirección contraria pero con un discurso de convivencia, sin sesgo ni hacia un lado ni hacia otro”, reflexiona. Y considera que el ámbito educativo es fundamental: ahí ve necesario articular un relato integrador. 

     

    Todas estas conversaciones tienen lugar en la Plaza Urquinaona. Cuando las finalizamos vamos avanzando junto a la manifestación, que nos sorprende por el importante número de asistentes. Y nos paramos bajo una cornisa porque empieza a llover con algo de fuerza. Un señor, de Mallorca, que viaja frecuentemente a Barcelona porque tiene a sus hijos estudiando en la ciudad, observa a los manifestantes. Le preguntamos su opinión sobre la situación: “La culpa la tienen los políticos: el Estatut estaba aprobado por Cataluña y por el Estado y el Partido Popular se lo cargó; todo viene de ahí”. 

     

    Llegamos a la Plaza de Sant Jaume. No es muy grande, se llena, pero no rebosa. El ambiente es festivo. Corre un rumor que una señora comparte con nosotros y que, afortunadamente, era un bulo: “Los de la CUP vienen por allí a cascarnos”. La concentración no se disuelve, pero abandonamos: queremos ver alguna “escola aberta” más, para observar cómo se han organizado.

     

     

    Las ‘escolas obertas’ de El Raval

     

    Entramos en la Escola Collaso i Gil. Hay bastante gente fuera, tanto en la calle, como en el patio que hay después de atravesar la verja y antes de la entrada del edificio en sí. En esta ocasión nos quedamos en el patio. Ahí nos encontramos con una pareja joven, de menos de treinta años, vecina del barrio de El Raval. No son padres de niños que vayan a ese cole, pero deseaban apoyar la causa. La chica nos cuenta que hay una organización en forma de red para informar de los colegios en los que falta gente y recabar apoyos para mantenerlos abiertos y resistir a la policía que tiene orden de desalojar los centros a las seis de la mañana para evitar el referéndum. “Cuanta más gente haya, menos podrán actuar los mossos y se podrá votar”, afirma la chica. Ellos dudaban si ir a El Raval, donde quizás estarían escasos de voluntarios, puesto que es un barrio con un gran porcentaje de inmigrantes, o a la Zona Franca, un barrio obrero y tradicionalmente poco independentista. 

     

    De todas maneras, la pareja nos conduce a un hombre de unos cincuenta años que está más o menos al cargo de la organización. ¿Quién abrió el colegio?, le preguntamos por curiosidad. “Aparecieron las llaves”, responde. “El colegio estaba cerrado, así lo dejó la directora, la gente se coló, pero luego aparecieron las llaves”, completa. ¿Y no tienen miedo de lo que pueda suceder a las seis de la mañana cuando los mossos vengan a desalojar? “Hay que superar el miedo”. Pero aquí hay niños... Hay quien dice que parecen estar utilizándolos como escudos humanos para que los Mossos no carguen. “Como aquí no hay ni habrá violencia, podemos traer a los niños. Ésta es una jornada festiva”, responde.  

     

    ¿Cómo explica la organización de toda la gente que hay aquí, de las personas que hay en otros colegios? “La sociedad civil está organizada. Cataluña es un pueblo rebelde”. 

    Pero, le planteamos: mientras ustedes están aquí, hay otras personas manifestándose en la Plaza de Sant Jaume defendiendo la unidad de España, que Cataluña es España, y reclamando que mañana no puedan votar. Eso significa que Cataluña, que Barcelona en este caso, está dividida, así nos lo parece. “¿Dividida? No: Cataluña es una sociedad plural. En el Parlamento Catalán siempre ha habido cuatro o cinco partidos”. Aunque, según continúa: “Este es un movimiento que no es ni de izquierda ni de derechas, ni de ninguna clase social”. Le hablamos de estadísticas que apuntan que el movimiento independentista es más popular entre las clases medias que entre las clases bajas y nos responde que las clases medias están principalmente formadas por población autóctona, mientras que las clases bajas están formadas por población inmigrante sobre todo, que se mueve de un lugar a otro, y que por eso no se siente de ningún sitio. 

    Prosigue su discurso sobre la cohesión social: “Hemos estado con la cabeza agachada, hemos convivido con los españoles. Ahora ellos también pueden convivir con los catalanes”.

     

    Se va echando la noche y nos acercamos al instituto Miquel Tarradell, también en El Raval. Fuera, como en el anterior colegio, unas cuantas decenas de personas, quizás un centenar, y en la acera de enfrente, las mesas de las terrazas están a rebosar con gente cenando. Cuando traspasamos la puerta del centro, nos recibe una mujer de unos cuarenta y tantos años. Está sentada en el hall, muy cerca de la puerta y junto a otras tres o cuatro personas, pero sólo se levanta ella. Nos anota en un papel y nos conduce a un compañero suyo para que nos informe en la primera planta. Tanto el hall de la planta baja como la estancia que vemos de la primera planta rebosan actividad. Realmente, hay mucha gente, y salvo unos pocos que están cenando bocadillos o similares, los demás se mueven de un lado para otro. Y quien nos atiende está muy ocupado. Tenemos que esperar unos minutos e recordarle que estamos esperándolo. 

     

    Como a nuestro interlocutor anterior del otro colegio, le mostramos nuestra sorpresa por lo bien que parecen haberse organizado, por la infraestructura social invisible que se adivina bajo lo que sí se aprecia con los ojos. “Ello responde a la tradición de la autogestión catalana, a la auto-organización popular. La única revolución anarquista tuvo lugar aquí en Cataluña”, afirma. Le preguntamos a este antropólogo de formación por las organizaciones que están detrás y enumera nombres y siglas de la izquierda independentista, pero no sólo: desde la CUP y Arran, pasando por Ómnium, la

    Asociación Nacional Catalana, y el propio vecindario.

     

    Insistimos en la que casi se ha convertido en nuestra obsesión: la ruptura de la cohesión social, en que lo que estamos viendo es sólo una parte de Barcelona que está enfrentada a otra que puede ser igual de grande o incluso mayor, que puede ser otra Barcelona u otras muchas Barcelonas, entre las que ya no hay puentes de comunicación. El hombre que nos habla, visiblemente emocionado, alterado, imbuido casi de la mística que implica el compromiso con una idea, con una ilusión, que está a punto de convertirse en realidad, contesta: “Todas las sociedades humanas están divididas: en clases, en géneros, en grupos de edad”. Y le decimos que sí, que la desigualdad es una constante, desafortunadamente, en nuestras sociedades, pero que se busca cierta cohesión social, que se ha incluso logrado en las sociedades occidentales en gran medida. Nos interrumpe para expresar: “El capitalismo se representa a sí mismo como cohesionado, pero eso no implica que lo sea”. 

     

    Nuestro interlocutor es de la CUP y por eso no podemos evitar nuestra curiosidad: ¿Cómo se resuelve la contradicción entre nacionalismo e izquierda? “Yo soy independentista, pero no soy nacionalista, quiero una Cataluña cultural e ideológicamente abierta, como lo es hoy. España necesita una transformación cultural muy grande, existe un profundo fascismo cultural”.

     

    Como casi siempre, también con miembros de la CUP, sale a relucir la cuestión económica: “En Cataluña hay dos millones de pobres. De Cataluña salen 20.000 millones de euros y no vuelven porque en Andalucía no ha habido reforma agraria”. Volveremos un poco más adelante a Andalucía. 

     

     

    La mañana del 1-O: las primeras votaciones

     

    No madrugamos en exceso, pero queremos llegar a la apertura de un colegio electoral. Vamos a uno de los ya conocidos, a la Escola Collaso i Gil. De camino, oímos una conversación entre cuatro hombres. Uno de ellos dice: “Tengo cuatro correos electrónicos para preguntar dónde podemos ayudar”. Habla con marcado acento de Euskadi. Nos identificamos como periodistas, como hemos hecho en todas las ocasiones hasta el momento antes de comenzar una conversación, y como seguiremos haciendo en lo sucesivo, y le preguntamos si han venido del País Vasco para echar una mano en el referéndum. Y nos dicen que sí, que han venido 49 personas en un autobús por su cuenta, no a través de ningún partido, aunque muchos de ellos son de la izquierda abertzale, desde Basauri, para ayudar a la organización. 

     

    Llegamos al tiempo que los vascos al colegio electoral. No han comenzado las votaciones, pero hay una enorme cola ya y mucha gente fuera. Estallan los aplausos cuando salen voluntarios que han pasado la noche o parte de la mañana en el colegio. Y también aplausos cuando comienzan las votaciones, aunque trascienden problemas técnicos. El ambiente es festivo. 

     

    “Es algo histórico, la gente está hablando, sea para la independencia, o no, esto es algo histórico, si la policía carga, o no carga, lo que sea, estamos haciendo historia”, nos confiesa una chica en la cola, que vive en El Raval y es medio argentina. “Estamos asistiendo a un cambio y el problema está en quienes no estén preparados para asumirlo”, continúa la hispano-argentina, que se nos ha juntado después de vernos hablar con otras tres personas que había en la cola y a quienes habíamos preguntado por las consecuencias que todo el movimiento independentista puede tener en la convivencia, causando incluso confrontación social: “¿Confrontación? Yo nunca la he visto. Es un argumento que se ha instrumentalizado por parte de los medios. Este es un barrio no independentista y hay tanta gente en la cola porque el 80% de los catalanes es partidario de votar”. Pero, ¿votar en estas circunstancias?, ¿creen que es útil? Al fin y al cabo, la consulta es ilegal y no cumple unas mínimas garantías: “La consulta va a ser correcta. Con la informática está todo controlado. Si estamos controlados en todo momento por las tecnologías, como no vamos a estarlo con esto”, contesta un hombre de poco menos de cuarenta años. 

     

    También nos volvemos a acercar al instituto Miquel Tarradell. Las votaciones van muy lentas. Sólo entran de veinte en veinte personas y priorizan a la gente mayor. Las colas dan la vuelta a la manzana. Y frente a la fachada del colegio hay congregada una multitud. 

     

     

    Los colegios de Gracia

     

    De El Raval saltamos a Gracia, al IES Maragall, en Carrer de Provença. Salen del edificio a la calle un par de veces a informar por megafonía. La primera, para avisar de que, después de resolver los problemas técnicos, se puede votar. Aplausos y gritos de “¡Votarem!”. La segunda vez informan de la posibilidad de que llegue la policía y, ante esa eventualidad, se aconseja tranquilidad. 

     

    Todo es en catalán. No sabemos catalán. Pedimos traducción a una señora de lo que acontece. Pero nos mira con desconfianza y nos niega la ayuda. Caminamos unos pasos y preguntamos a otras mujeres, que nos traducen sin problema. La primera señora nos ha seguido y tras la ayuda que nos han prestado les ha advertido de algo sobre nosotros, quizás de que no somos de fiar y le preguntamos que qué pasa. Que ha visto algo raro. Nos terminamos identificando como periodistas, porque si estamos ahí es para escribir estas líneas. Y nos reprocha que teníamos que haberlo hecho desde el principio. ¿Para pedir una traducción? No lo vimos necesario. Otra señora de las congregadas la disculpa diciendo que entendamos que se ven obligadas a tener cuidado, porque hay muchos infiltrados. En fin. 

     

    Después de nuestro pequeño altercado vemos quienes salen de votar, a esas horas, por la mañana temprano, sobre todo gente mayor, que tiene prioridad en la cola, lo hacen contentos y emocionados. Quienes están congregados alrededor los aplauden y los vitorean, mientras les facilitan la salida formando un pasillo. 

     

    Paramos a una señora mayor que acaba de votar y le preguntamos por lo que siente: “Emoción y tristeza”. La emoción la podemos llegar a entender y le preguntamos por la razón de su tristeza: “Porque no es el proceso que nosotros deseábamos, por las trabas que ha puesto el gobierno español durante muchos años, porque no nos ha escuchado”. Y continúa: “España, Europa, los bancos... comienzan a conocer el potencial que tiene la gente y esto les asusta”. 

     

    Después paramos a un señor, también mayor, que nos contesta: “Hacía años que no sentía esta ilusión. Éste es un símbolo de democracia y de identidad propia. Parece mentira que pueda haber en el siglo XXI un Gobierno tan antidemocrático como el que hay en España”. 

     

    Nos adentramos un poco más en el barrio de Gracia y llegamos al Colegio Josep María Pujol. A la puerta llegan dos colas de votantes, una de la parte derecha de la fachada, otra de la izquierda. Frente al edificio, una plaza repleta de gente entre la que descubrimos a una pareja de mediana edad, la mujer con una pegatina en el pecho con las banderas de Euskadi y la Estelada juntas. Intuimos que vienen del País Vasco y así es: vienen por su cuenta de San Sebastián y van a pasar toda la semana en Cataluña por el interés que les despierta un proceso que siguen con interés y simpatía. Sacan a relucir que dos sábados consecutivos ha habido manifestaciones en Bilbao con más de 30.000 personas. En su opinión, el camino a la independencia de Cataluña ya no tiene vuelta atrás. ¿Y cómo se ve desde el País Vasco que el PNV siga apoyando al Gobierno de Madrid? “El PNV está cómodo: negocia y chantajea al Gobierno de Madrid. Pero la ciudadanía vasca va a hacerle cambiar”. 

     

    Como algunos miembros del PNV han planteado al País Vasco como modelo para Cataluña, se lo planteamos y nos contestan: “No creo que sea suficiente para Cataluña a estas alturas, no creo que lo aceptaran. No creo que el Partido Popular lo vaya a proponer”. 

     

    Conocen el País Vasco, saben de cuando Euskadi estuvo dividido, quizás lo sigue estando y les hacemos la misma pregunta que a casi todos: ¿Se ha fracturado Cataluña? “En España nos venden que la catalana es una sociedad dividida, pero lo cierto es que siempre lo ha estado: nadie se preocupó de los catalanistas después de la guerra. Hay que aceptar que es una sociedad dividida y hay que buscar soluciones para ella, pero no fuera, aquí. Con las autonomías no se solucionaron los problemas”.

     

    El tercer colegio que visitamos en Gracia es el Reina Violante. De nuevo, muchísima gente. Nos juntamos a un puñado de jóvenes de cerca de treinta años. El grupo es más grande, pero los que hablan sobre todo son dos chicos y una chica. La chica dice: “Se dice que en esta movilización hay sentimiento, pero también hay pragmatismo”. Otro chico agrega: “El Estado nos ha dado a elegir entre la independencia y el estado de excepción y la gente ha optado por lo primero”. Un tercer interviniente añade: “Lo que no me gusta es que los políticos hayan delegado en la ciudadanía la toma de una decisión; nos han trasladado una responsabilidad que es suya”. Éste, quizás el más conciliador del grupo, deja la puerta abierta a la posibilidad de un acuerdo, de una negociación entre el Estado y Cataluña: “A ver qué pasa si hay una propuesta, puede haber elecciones anticipadas...”. La chica realiza un penúltimo apunte: “Pero esta movilización no se nos va a olvidar”. El chico que apuntó la disyuntiva más radical concluye: “Yo llevo diez años ya pensando en esto”.

     

     

    Última estación: El Carmel

     

    Queremos recoger unos últimos testimonios en El Carmel, un barrio obrero que en su día acogió a emigrantes procedentes de Andalucía, Extremadura o Castilla-La Mancha. En principio, el sentimiento independentista es menos frecuente entre las personas que no cuentan con la mayor parte de sus ancestros nacidos en Cataluña. Además, quienes no son catalanes con cuatro abuelos catalanes suelen disponer de un menor nivel de renta. En definitiva, las rentas bajas son menos proclives al independentismo que las medidas. El Carmel, por tanto, no es un barrio muy independentista y en algunos balcones se pueden ver banderas españolas, algo no tan frecuente en otras zonas de la ciudad. 

     

    A primera vista, la idea queda ratificada en un primer vistazo que echamos al colegio electoral que hay junto a la parada de metro, la Escola El Carmel, con menos gente en la cola y menos personas también congregadas a la puerta. 

     

    Antes de investigar en el colegio electoral vamos a comer algo al Bar El Rincón. Allí hay congregada una parroquia variopinta de clase trabajadora, con algún hombre con el mono de trabajo, porque, aunque sea domingo, es día de faena. En un momento dado, la media docena de personas que ahí nos congregamos, quizás ocho, estamos hablando de política. El hombre en ropa de faena nos dice: “Yo no creo en nadie, yo voy a tener que trabajar todos los días y si viene el agua que ha subido un 15%, nadie me la va a pagar; yo sólo tengo mis manos para trabajar”. Una mujer dice que en su trabajo, que depende de la Generalitat, se han planteado únicamente servicios mínimos para esta semana. Un hombre responde, indignado, “anda que... ahora a hacer una huelga para el Gobierno; yo ya tengo mi propia huelga preparada, pero es por el convenio”. Más frases sueltas sobre el procés en el bar de El Carmel: “¿Pero han dicho qué beneficios traería la independencia?, ¿nos van a bajar los impuestos?, ¿nos van a bajar las autopistas? Igual hasta hay que pagar más a la hacienda catalana”; “si quieren votar, que voten, ante todo respeto, pero yo no voy a perder ni un minuto en ir a votar”; “en este barrio somos de fuera, o nuestros padres son de fuera, y hemos pasado las vacaciones fuera de Cataluña, aunque yo soy catalana, pero también soy española”. 

     

    La tele está encendida y aparecen las imágenes de las cargas policiales: “Que metan en la cárcel al que lo ha organizado, pero que no peguen a nadie: todo el mundo tiene derecho a votar, sea legal o sea ilegal el referéndum. Si querían evitar que se votara, lo podrían haber hecho cerrando los colegios antes”. 

     

    Volvemos al colegio electoral de El Carmel. Y allí, la puerta, que ahora está cerrada para evitar que entre la policía, si es que llega, porque no se la ve, está custodiada por dos hombres andaluces, uno de Huelva, que lleva en Barcelona desde 1966; y el otro, de Jaén, llegó a la ciudad en 1959, fundó en 1972 la Asociación de Vecinos de El Carmel y ha estado vinculado a Comisiones Obreras y el PSUC. 

     

    El de Huelva explica que en su tierra, de joven, ganaba de camarero 600 pesetas al mes sin días de descanso; y cuando llegó a Barcelona, 600 pesetas a la semana, y además con un día libre. Por eso, se define como andaluz e independentista catalán: “Fueron ellos los que me expulsaron de España. Nací con los franquistas y salarios de hambre en Andalucía y me voy a morir con salarios de hambre y también con los franquistas”.

     

    El de Jaén se queja de que “ellos (por los políticos españoles) sí que han pisoteado la Constitución” al no respetar el derecho a la vivienda, al trabajo... Y al permitir que todas las conquistas laborales logradas por Comisiones Obreras durante el franquismo, poco a poco, se hayan ido perdiendo. 

     

    Pero, les planteamos, la derecha catalana votó con el PP la reforma laboral. “Incluso con Convergencia estaríamos mejor que en España, porque Cataluña es próspera, culta y trabajadora y eso no lo pueden destruir ni los Pujol”, contesta el de Huelva. Coinciden en su percepción de que el empresariado catalán ha sido menos especulador que el del resto de España y ha sido más emprendedor, más dedicado a las actividades productivas. 

     

    Les insistimos... ¿pero esta alianza de la izquierda con Convergencia? “Está claro que hay dos revoluciones pendientes, la territorial, y luego la social”, contesta el de Huelva. 

     

    Y, por último, les pedimos que nos resuelvan la contradicción entre la izquierda y la quiebra de la solidaridad en el conjunto del Estado que implicaría la independencia de Cataluña: “Aquí se ha llegado a la conclusión de que con el PP no hay solución y queremos una república catalana. Quizás todas las demás regiones tuvieran que pedir su propia república, para luego unirnos en un Estado (¿confederal?), pero que cada una maneje su propia riqueza, para motivar la creatividad en cada región. De lo contrario, ya vemos cómo Andalucía aún no ha hecho su reforma agraria, no ha puesto en manos de los trabajadores la tierra para que produzca y cree riqueza”, propone el de Jaén. 

     

    Las opiniones tan diferentes que emiten los dos grupos de personas de un mismo barrio... ¿está generando disputas? El fundador de la asociación de vecinos dice que no: “No veo ruptura por ningún lado. Seguimos hablando todos y no hay problemas”.

     

     

    El final del día

     

    Volvemos al centro de la ciudad, a Poble Sec, al Centro Civic El Sortidor: son cerca de las siete de la tarde y continúan las votaciones, aunque sólo en una de las ocho mesas habilitadas, porque los otros siete ordenadores no funcionan. La plaza de El Sortidor está llena de gente. 

     

    Regresamos hacia El Raval, los colegios electorales en los que estuvimos por la mañana están cerrando, pero numerosos grupos de personas quedan agolpados a sus puertas para defender los colegios y las urnas mientras se cuentan los votos. Cuando vamos de camino a la estación del Norte para coger el autobús de vuelta a Madrid empiezan a llegar personas y cámaras de televisión a la Plaza de Sant Jaume. En la Escola Cervantes, aún más cerca de la estación, la multitud es enorme, bloquea la calle, que no es muy ancha, y tenemos que hacer un rodeo si queremos llegar a tiempo. Cuando cruzamos la carretera previa a la estación, pasa un chico en bicicleta con una enorme bandera independentista al que la gente aplaude.  Nos despedimos de la ciudad con el rumor de la cacerolada convocada para las diez de la noche. 

     

    Adiós, Barcelona, la anarquista sentimental, la que pelea por la bandera española, la burguesa desconfiada, la ilusionada y la pragmática, la de los obreros que sólo creen en sus manos y la de los trabajadores del sur que encontraron en sus calles una patria más amable y más vivible, la que busca el diálogo, la que sólo ve motivos de desencuentro y la que cierra los ojos porque no quiere unas grietas cada vez más profundas y más insalvables. Volveremos a vernos y nunca miraremos tu pasaporte. Esperemos que tú tampoco el nuestro.  

     

     

     

     

    Cristina Vallejo (Burgos, 1980) es periodista especializada en finanzas que escribe en la revista Inversión y Finanzas.com y  en los diarios del grupo Vocento. Licenciada en Sociología, en FronteraD ha publicado Los ricos no siempre ganan. Una historia sobre la conciencia igualitaria en Estados Unidos y sus lecciones para el presente y escribe el blog El laberinto español.

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