Golden Gate Bridge

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    Reflejos en un puente dorado. Sombras de un primer mundo en San Francisco

    Texto y fotos: Ignacio Castro Rey - 20-10-2017

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    Cuando yo muera no se lo digas a nadie,

    que todo siga igual

    el verano con su rueda feliz

    los niños jugando un victorioso partido... 

    M. Á. Bernat

     

     

    Si una reciente exposición maya en Ciudad de México hacía presentes las formas de lo sobrenatural, una fantasmagoría entremezclada con lo humano y cotidiano, la cultura media norteamericana parece una minuciosa negación de esa posibilidad. Todo está preparado allí, incluso en una ciudad tan culta como San Francisco, para que las sombras no rocen los cuerpos. Es cierto que subsiste con frecuencia una puesta en escena de la oferta alternativa, pero se trata de algo integrado en una main stream que triunfa con la circulación perpetua. La alta definición, maquillada y bien peinada, apenas tiene resquicios. Se podría insinuar que el control policial de la superficie, tanto en San Francisco como en Nueva York –dos joyas de la menos tosca America–, se basa más en las exigencias constantes de lo espectacular que en la dureza policial explícita. Entre dos millennials progresistas que se juntan en Castro Valley, la marca en la ropa, en los gestos y las palabras, el ritmo de consumo y la alegre fluidez de la conversación han de mantener a raya las viejas taras de la especie. Y esto mucho más eficaz y suavemente que con la presencia directa de lo policial, en San Francisco muy escasa.

     

    Por en medio, es cierto, mil detalles humanos, incluida la dulzura de una negritud persistente. Naturalmente, también allí hay dioses. Una mujer de color llamada Joan nos da amablemente toda clase de explicaciones; acompañándonos y guiándonos, casi nos cuenta su vida. Así como dos viejecitos de origen hispano que nos regalan sus monedas para el autobús. Lo mismo la venerable Heidi –“Si tienen más preguntas, aquí estaré a la hora del desayuno”–, la pareja de judío y católica de Saint Louis, el encantador arquitecto jubilado que lee en su atril en una cantina de North Beach. Hasta la simpatía contagiosa del joven afroamericano que nos sirve en un encantador lugar de Laurel Heights, sencillo pollo ahumado y cerveza, participa de un calor que te acoge y te otorga un lugar, seas quien seas. Como norma, igual que ocurre en casi todas partes, la gente mayor será más atenta y demorada que los jóvenes. Acelerados y simplificados, aunque hablen español, ellos corren siempre para ocupar un lugar bajo el sol de esta infinita distribución social de papeles. La juventud vive inmersa en la urgencia de la actualización, por muy progresista y alternativa que sea, igual que en Madrid, Berlín u Oporto. Pero aquí, con este giro americano hacia las barras y estrellas de una superficie radiante, mantiene un progresismo de elite que trata bien, como visitante o empleado, a quien –en el fondo de una sonrisa perpetua– se considera un simpático marciano.

     

    No olvidemos que la mayor democracia del mundo, sea con Obama o con Trump, es una enorme nación tan dinámica –esas maravillosas barras y estrellas– como brutal, que apenas concede resquicios de tiempo a la sentimentalidad. Excepto que el dolor del otro se presente con un aspecto oficialmente victimario y mendicante –o sea, inofensivo–, la fuerza despiadada de Estados Unidos puede asustar a cualquier visitante de lugares más atrasados. En esos días, durante el esperado combate entre Mayweather y McGregor, la ferocidad y griterío del público, la sonrisa de las bellezas felino-femeninas que adornaban los momentos álgidos, mientras los púgiles –primero los teloneros– arrastraban su sangre por la lona del cuadrilátero, todo eso deja en pañales la crueldad de cualquier corrida de toros española. Aquí un animal es atormentado en medio de un ritual no exento de silencio y belleza. Allí, dos humanos nacidos de la pobreza, con frecuencia espoleados por el hambre, son empujados a machacarse y jaleados sin cesar hasta la extenuación. La sonrisa constante de las bellezas elegidas le da un toque de violencia extraterrestre al espectáculo norteamericano, profundamente arraigado en el agresivo nacimiento de la nación. Probablemente, debido a su crudeza, los toros tienen actualmente los años contados. Prohibir el boxeo es sin embargo inimaginable, pues sería como prohibir la dureza pugilística de la primera economía del mundo.

     

    ¿Todo este fondo darwinista es ajeno a la cálida alternativa de San Francisco? No. Típicamente angloamericano, un moralismo incesante se disimula allí adaptándose al reconocimiento de cien minorías, más o menos tipificadas en su exotismo. Lo que no ha cambiado es la vigilancia estadounidense ante todo aquello que se presente sin identificar, excepto que vaya arropado con el manto de la opulencia o, por el contrario, de una pobreza mendicante. En cuanto a su liberalidad, forzada por los movimientos contraculturales, la década de los sesenta fue una feliz excepción que difícilmente puede volver. Pero es cierto que hoy, en una ciudad como ésta, los controles policiales están amortiguados. La vigilancia es algo más sutil que emana del minucioso orden civil, donde todo tiene una etiqueta y un precio, una definida matrícula –a veces muy cara– para circular.

     

    La desigualdad no es acaso tan distinta a la mexicana, pero maquillada por una pulcritud moral y estética que no soporta la mugre cerca. El poder político y económico de la primera economía del mundo es tal que aleja y disfraza la desigualdad de la que vive, ordenando en la cercanía una multitud de parias bien vestidos, respetuosos con el orden reinante, agradecidos y obedientes. Las propinas compensan y acallan la desigualdad escondida. Si un trabajador afortunado puede ganar en Ciudad de México el doble del salario mínimo nacional –aproximadamente 6.000 pesos, unos 300 euros–, en Estados Unidos puede llegar a ganar cinco veces más. Pero ello con un coste de la vida completamente prohibitivo y un racismo implícito que, en más de un sentido, excluye al inmigrante. Es indudable que los trabajadores extranjeros ahorran, sea para volver algún día a su patria o para quedarse y medrar, pero a costa de trabajar durante mucho tiempo en condiciones humillantes. Y viviendo aparte, en unos suburbios que los white collar ni quieren conocer ni se pueden imaginar. De hecho, el primer y encantador policía de migración, blanco y de origen hispano, nos deja caer que incluso Chinatown le parece “tercermundista”.

     

    Aquí empezó todo, le soltamos a este hombre con fingida admiración. Pero el comprensivo policía del primer control mueve la cabeza con sorna, un poco harto del tópico turístico sobre un pasado del cual ya no queda más que un simulacro. En lo único en lo que hoy se cree en este primer mundo es en la religión del dinero, que ha convertido en boyante empresa alternativa lo que antes fue una peligrosa experiencia. La religión del trabajo de sol a sol es también la de la alta definición en el consumo, con todos los beneficios confortables que de ello se derivan. Pero también con una larga serie de miserias ocultas. Un cualificado diseñador gráfico con dos hijos en la ciudad trabaja tanto que su deporte favorito en los escasos ratos libres es, según la dulce queja de su joven mujer, “la siesta”. A diferencia del mediterráneo, del europeo o céltico, el hedonismo norteamericano está tan minuciosamente enlatado como esos envases de mal café o hot beverages –no saben que la expresión viene de “brebaje”– que los norteamericanos se llevan para el autoconsumo mientras se apresuran en sus vidas económicas. Una cultura del trabajo sin fisuras genera autómatas en el tiempo libre, seres que prolongan en el consumo un ensimismamiento paralelo al de la productividad. Incluso dejando de lado la hipótesis de que una opulencia desorbitada como ésta ha de descansar forzosamente en una explotación más o menos clandestina –esos millones de estadounidenses e inmigrantes de tercera fila, esos lejanos esclavos extranjeros–, lo que se percibe en algunos detalles de la película muda del primer plano es un poco inquietante.

     

    La demora clásica de cierta humanidad, sea en la mirada o en la escucha, en la conversación y el afecto –no digamos ya en la cultura y el pensamiento–, son algo aproximadamente relegado a una reserva india, más o menos museística. Aquella aventura del espíritu que –bebiendo en Whitman o Emerson– cantaron Grateful Dead, Arthur Lee y Bryan MacLean, Grace Slick o Janis Joplin, personajes que habitaron esta ciudad caliente, ha sido minuciosamente traicionado. Lo cual explica la magnitud actual de esta horda de humanos espectrales, muestras de un minoritario sueño americano que todavía vaga por las calles. Si hoy entras en la City Lights Bookstore fundada en los sesenta por Ferlinghetti, o en el cercano café Vesubio, sólo encuentras restos ancianos de un utópico pasado de gloria. Y una colección de libros de filosofía o poesía que actualmente se encuentra mejor representada en cualquier librería occidental, incluidos pequeños pueblos italianos o españoles que también pasaron el intenso sueño revolucionario de los sesenta.

     

    La gentrificación actual de este primer mundo segrega un desecho humano que los habitantes de San Francisco no son capaces de reabsorber ni, naturalmente, de sacrificar. Quedan entonces por ahí, vagando en el downtown con mugrientos gestos medievales. ¿Es una advertencia de lo que seremos si no ingresamos en la estresante carrera del éxito post-millennial? Scouts de la sentimentalidad, dos chicas madrileñas se paran ante un joven rumano que, completamente borracho, se ha golpeado en la calle y yace inconsciente. Enseguida un corro de gente rodea al muchacho y pronto llega una ambulancia que recoge sus cosas y se lo lleva. Pero esta escena humanista no es tan fácil en la enérgica Norteamérica actual, donde el público, de percibir algo, tal vez miraría para otro lado y aceleraría el paso.

     

    Incluso en la elegante San Francisco la cultura del éxito empuja a engullir todo el día, con frecuencia sin modales que disimulen la ansiedad por llenarse y tapar todos los huecos. Ruido, espectáculo e imagen: que por ningún lado resuene el rumor del vacío. El anti-minimalismo masivo es la condición que permite la ocasional liberalidad hacia algunas minorías de elite. Si acaso, una especie de taoísmo puede venir después, en el blindado lujo finisemanal de un ocio selecto. Pero antes, cualquier hueco de atraso, madre de todos los temores norteamericanos, ha de ser tapado, recubierto, apartado. La relación de la cultura media estadounidense con lo indefinido, lo latente o inconsciente, es histéricamente miedosa, de ahí esta actitud por todas partes preventiva, el afán por el espectáculo de la fuerza y el tamaño. De este pueril miedo proviene también que por todas partes, no sólo entre los soberbios Redwood del parque Muir, el silencio sea casi imposible, como un auténtico diablo en la radiante America. Es como si, a pesar de los mil nombres que pululan del pasado hispano, no quedase nada de la humildad y la timidez latinas; por ejemplo, de ese silencio mexicano de los rostros, aunque les rodee el estruendo de un exterior de circo. Sin ninguna saña, pensemos en la ingenuidad de Freud al pensar que, con la noción de inconsciente, les llevaba la peste. Lejos de esto, fue el inconsciente freudiano el que fue disuelto –como un oscuro sótano espectacular– en la imparable energía conductista del Yo estadounidense.

     

    Se ven pocas banderas, es cierto, como si la ciudad no participara del histérico orgullo nacional. La verdad es que a San Francisco le va tan bien, vendiendo su cosmopolitismo cálido, que sería un error hacer hincapié en la típica endogamia yanqui. Sin embargo, igual que en esa bandera plagada de signos radiantes, el silencio está reducido en esta capital orgullosa a esquinas clandestinas y a rostros –inmigrantes o autóctonos– con frecuencia ensimismados, doblados sobre sí mismos. Está la otra cara, por supuesto, esa perpetua sonrisa del empleado solícito y el viandante al que le preguntas. Pero esa amabilidad parece casi siempre la expresión sonriente de un interior allanado, vaciado por la fuerza centrípeta de la espectacular eficacia externa. Si esto es así en una ciudad donde todavía se camina, cómo será en la gigantesca Los Ángeles, donde nadie se baja de sus automóviles blindados. Es tal la continencia anímica y social norteamericana que no extraña, si se produce un estallido, que tome las dimensiones catastróficas que Rage Against The Machine canta en The Battle of L. A.

     

    Por fortuna subsiste mucha gente fea, obesa y sin ningún estilo, aunque en puestos con frecuencia secundarios. En primera fila la perfección limpia de las siluetas, los peinados, la ropa y el maquillaje, resultan discretamente discriminatorias, apartando al resto de la humanidad y condenando al pobre o al inmigrante a una condición subsidiaria. Sólo los negros e hispanos que consiguen blanquear su imagen a través de un automatismo obediente se codean con unos amos tan rubios, tan atléticos, demócratas y guapos, que resultan inútiles para convivir en el laberinto de la tierra. En la única noche verdaderamente local que pasamos con dos amigos norteamericanos, les sorprendían preguntas y temas que serían habituales en Cáceres o Barcelona. Como sin grietas no hay vivencia, ni conocimiento ni belleza, y dado que ellos viven separados de cualquier rugosidad terrenal, la belleza norteamericana es insulsa. Ante una duda compleja queda flotando en una sonrisa plana. El fondo azulado del astronauta, aislado de cualquier cercanía y conectado a una limpia lejanía sideral, tiene algo que ver con el modelo implícito de la simpatía americana.

     

    Incluso el Golden Gate Bridge tiene algo de una luz perpetua que esconde una sonriente misantropía. Poco importa que, en la mitad del puente que tienta a los suicidas, haya un teléfono de emergencia y el letrero “Hay esperanza”. Claro que la hay, pero en mitad del puente y al borde ya del abismo. Una de nuestras mejores fotografías de esos días enfoca los gruesos cables que sostienen el gigantesco pasillo colgante. Teñidos de un rojo dorado que les protege de la corrosión, los tensores sujetan una pista por la que circula a diario una multitud de coches, ciclistas y peatones. Pero es como si esa multitud ignorase los cables que la sostienen, un secreto hilo escondido del que pende el incesante espectáculo estadounidense. Si en medio de esta multitud, en el reverso de su felicidad masiva, alguien fracasa a ojos vista, se sentirá empujado a desaparecer. De poco vale entonces el letrero que se encuentra al borde mismo del precipicio. O quizás sí, pero porque sugiere: hay esperanza una vez que estás cerca de lo peor. La pobreza que necesita la especie para seguir siendo humana sólo se consigue, en esta iluminada tierra de promisión, al precio de una desolación incontable.

     

    “Aquí no se puede ser pobre”, decía un joven español refiriéndose a Inglaterra. Pues bien, es más o menos lo que ocurre en estos pagos, donde la pobreza carece de símbolos, no digamos ya de un halo de sabiduría. Por eso la gente verdaderamente pobre de San Francisco acaba enloqueciendo, hablando sola o gesticulando en silencio. Son tolerados, pero al precio de dejar libre la moqueta del primer plano y no poder manchar más que la sucia esquina donde sobreviven. Son especialmente soportados en esta ciudad portuaria como lo único que resta de la aventura utópica de los sesenta y setenta. La inmensa mayoría de la ciudad se ha gentrificado, recalificada en una elite gay o millennial que expulsa, por la carestía de vivienda y servicios, a sus antiguos habitantes. De este proceso de recalificación territorial y antropológico, más una hospitalidad clínica que tal vez no tenga parangón estadounidense, proviene en San Francisco el pulular de fantasmas del pasado. Junto con unos mutilados de guerra –más Irak que Vietnam– que a veces recuerda el ambiente zombi de San Petersburgo. Nuestra amiga psicóloga de Frisco –por supuesto, no freudian–- confirma que subsiste un enorme complejo de culpa que hace a los homeless intocables.

     

    A veces nos topamos con una vulgaridad tan rotunda, tan desenvuelta en su vigorosa ausencia de encanto –el conductor negro del autobús, la camarera rubia entrada en años, la enfermera de color–, que hasta puede resultar interesante, digna de una perpleja atención. No sabemos cómo era la ciudad en los años sesenta, pero no parece quedar mucho de la atmósfera de Doors,  Jefferson Airplane o Love, de aquella vitalidad que arrastró el hedonismo de un, por otra parte, estoico Foucault. Naturalmente, como toda realidad humana, se trata de una ciudad en extremo contradictoria, con oscilaciones que van de lo más encantador a lo más deprimente. Como ley general diríamos que –al igual que ocurre en Nueva York– es mucho más difícil que en regiones “atrasadas” de la tierra encontrar aquí algo, por pequeño que sea, que no se sepa a sí mismo, que no tenga pensada hasta la última esquina de su puesta en escena. Un poco como ocurre con algunos humanos metropolitanos del primer mundo, tan conscientes de su belleza de diseño, milimetrado hasta el borde del pelo, que producen un poco de tedio.

     

    Hay algo que estos norteamericanos –¿Canadá es otra historia?– quizá nunca podrán entender, y es que su obsesión por el éxito (exit, exitus) es más o menos suicida, el comienzo de cierta ruina moral de los sentimientos. Como diría aquel poeta español: “No nos salvó la belleza / fue la derrota lo que nos salvó”. Debido a la ausencia total de esta sabiduría, también San Francisco –igual que Nick Cave lo decía de París– se parece a un gigantesco museo, un cementerio de lujo para seres disecados. ¿Hay excepciones a este tedio del vigor acelerado? Por cualquier lado, allí donde aflore algo que no se sabe a sí mismo ni se controla, sea en el calor de algunos rostros blancos que vacilan o en las arrugas de otros, tanto en la expresión cuanto en la actitud. Pero esto sólo ocurre si se rompe la norma implícita de la seguridad. Lo que se mantiene terso en medio, aunque sonría, es de un automatismo insufrible. Desgraciadamente, nuestro torpe inglés –genial para captar los signos escondidos de la ciudad– no es suficiente para provocar con facilidad alguna arruga de humor en esa corrección comercial de la rapidez.

     

    Es normal que la furia del inmigrante, empujado a escapar de una pobreza antigua que tal vez nunca tuvo la paciencia de comprender (Enzensberger), no quiera saber nada de esta sensibilidad hacia lo frágil, que a sus ojos parecerá un lujo de privilegiados europeos. En cuanto a la población blanca, no es sólo que esté extremadamente ocupada. Todo el mundo está incluso absorto en exteriorizarse, también ese atractivo joven negro que nos atiende, restallando en los fuegos artificiales de su simpatía personal. En medio de este frenesí comercial casi nadie mira, pues resulta difícil detenerse. Si alguien lo hace, la sonrisa casi tapa la sombra de los ojos. La norma es que éstos atiendan sin cesar a la pantalla del día. Recordemos que el terrorismo actual tiene, en este encauzamiento perceptivo y afectivo, unas posibilidades masivas de suscitar pánico. Bajo este ensimismamiento generalizado, ¿es casual que el género de terror, también a todo lo durmiente, tenga un cuño tan norteamericano?

     

    En el fondo del dinero y el confort, la madre de las obsesiones es la seguridad, en suma, encapsularse en un mundo que ellos entienden peligroso. La inclinación natural a exhibir la opulencia, en el tamaño de los coches y las casas, en la ropa y en la prestigiosa marca del consumo, expresa esta fe en la seguridad de blindarse. Lo cual implica actualizar sin descanso la originaria “doctrina de la separación” (Steiner) que edifica el nuevo mundo, aunque hoy se trate de un apartheid democrático y correctamente personalizado, que puede convivir con un compromiso anti-racial. Pulcramente adaptado al estilo de cada cual, gracias al respeto de lo políticamente correcto y a la virtualidad de las nuevas tecnologías, casi todo el mundo evita la agresividad. Pero esto ocurre solamente después de apuntalar una seguridad cívicamente armada. Sólo después de la fortaleza cuasi militar de la economía se puede ser exquisito con minorías más o menos inofensivas y desactivadas: zapotecas e hispanos en L. Á., asiáticos y afroamericanos por todas partes.

     

    Hasta las zapatillas parecen blindadas, armadas como pequeños tanques. Ya no digamos los camiones, casi todos los autos –aunque sean de origen europeo– y bastantes musculares imágenes personales. La impresión de esta amplia superficie cotidiana es un poco opresiva, pues nos sumerge en una sociedad por todas partes amurallada ante la fragilidad, ante una imperfección terrenal que se deja para los humanos del exterior, atrasados en sus países de nombre impronunciable. Entre ellos la imperfección puritana se deja para el secreto de confesión con el psicólogo. A los otros –seres oscuros sin remedio– no se les maltrata, es cierto, pero se les condena a la posición vicaria de silenciosos empleados o lejanos espectadores que deben pagar, bastante caro, el espectáculo de esa versión depurada del American way of life. Es posible que en la denostada “América profunda”, en el rush belt de los destartalados estados interiores que han votado a Trump, la vida –sin pizca ya de elegantes maneras europeas– sea más áspera y ruda, pero acaso menos engañosa, más humana y real.

     

    Hablando de una lengua que puede sacar de apuros en muy distintos sitios, aprender inglés es como “aprender a nadar”, suelta como si nada nuestra compañera de viaje. Aunque para ser turista a uno le basta con un inglés macarrónico que no sirve para entrar, ni instalarse establemente en ninguna ciudad nativa. Lo peor es que algunos no necesitamos la soltura en esta lengua imperial, como si nos faltase fe en la puesta en escena de lo que nos rodea. No está en realidad tan mal la posición del extranjero que mira el entorno como una película muda. Te puedes sentir con frecuencia solo, pero a la vez entiendes algunos signos enterrados que los inmersos en los códigos autóctonos no captan. Además, de Whitman a Wallace Stevens; de Plath, Coltrane y Cage a Canned Heat o Rem; por no hablar de Malick, Linklater o Michael Moore, la verdad es que algunos europeos nos hemos pasado décadas extrayendo la linfa de la cultura estadounidense. Una quintaesencia espiritual, destilada por una minoritaria tristeza, que la mayoría Wasp escasamente conoce. Contando con ella no es tan extraño entonces que, cuando al fin traspasas las barreras del mítico SFO, te encuentres poco más que una cáscara vacía, la media aritmética de un decorado de gestos y costumbres que resulta bastante tópico. El turismo puede ser muy aburrido, incluso en medio de la más selecta América.

     

    Además, has soñado tanto que llegas a la cruda realidad un poco cansado, con un nivel de exigencia que difícilmente va a encontrar satisfacción. Te acercas entonces con una vaga expectativa cultural que pronto se disipa en la magnitud de una oferta turística que, parasitando lo minoritario que has amado, apenas deja resquicio para la emoción. Un día del viaje te encuentras, cansado en una esquina del parque Muir, haciendo melancólicas reflexiones y detallistas fotografías que, para sobrevivir como ser humano, podías hacer en la sombra de cualquier otro sitio.

     

    El inglés medio que nos rodea es además tan barrido –dice mi compañera Araceli–, liquidando las t y todas las consonantes que frenan una expresión frenética e instrumental, que su velocidad deja poco espacio para las pequeñas maldades que hacen atractiva la vida. “Tiempo, tenemos un problema”: Sausalidotwenylirell. Todas las t que resten velocidad en el lenguaje son licuadas en dn o r. Como parte del optimismo comercial, la sonrisa es constante, así como el dinamismo de los gestos. Ahora bien, se podría preguntar, ¿sonríe porque quiere comprenderme o porque quiere venderme algo? Nuestra amiga psicóloga recuerda que ese cosmopolitismo es bastante falso, pues al final no entras en la vida de nadie. Cosmobobita, sugiere ella como calificativo para la ciudad. Lo decían ya Marcuse y Baudrillard, hace mucho tiempo: la única forma de mantenerse, para una cultura que ha excluido las sombras de lo real, es moverse sin parar, con un estruendo pueril sostenido.

     

    Volvamos sobre un detalle supuestamente conocido. 12 dólares por una copa de decente vino californiano; 70 por dos platos indigestos; 450 por una consulta médica de una hora escasa. Los precios disparatados te recuerdan que ante todo, aparte de una calidad a veces dudosa, estás pagando el lujo de estar sentado cerca de los elegidos. Y los elegidos lo son por el dios de la época, un éxito terrenal, económicamente contable, que excluye cualquier espiritualidad, cualquier otra fe en el corazón invisible de lo visible. Si la propina, especificada ya en la cuenta –a elegir entre el 15 %, el 18 % o el 20 %–, es prácticamente obligatoria se debe a que los sueldos son exiguos. De ahí que el empleado se deshaga en amabilidades. La misma empresa que te saquea, a veces sirviendo comidas nauseabundas, te obliga a que pagues también al camarero.

     

    La gentrificación no consiste únicamente en dinero; éste nunca viene solo. Tal operación de maquillaje no supone solamente limpiar y encarecer, acondicionando un lugar para el clasismo de un carestía que pocos alcanzan, sino también estereotipar la singularidad terrenal –rugosa, llena de contradicciones– que antes caracterizó un entorno. Gentrificar tiene la función simbólica y política de seleccionar, pues no todos deben sentirse a gusto en ese limpio decorado, ni estar a la altura de su simulacro de opulencia.

     

    Es cierto que San Francisco es de las pocas ciudades norteamericanas donde todavía se anda, a diferencia de una L. Á. donde sólo caminan los inmigrantes y los delincuentes. Y sin embargo, también en San Francisco es difícil lograr que alguien se pare, sea para sentir, preguntarse o pensar. Hablar y sonreír es otra cosa, se hace sin parar y no cuesta nada. ¿Se hablan sin descanso, incluso a gritos, para que el silencio nunca tome nunca la palabra?

     

    En paralelo a la comparación del norte y el sur de España, los únicos amigos auténticamente locales que tenemos en la ciudad nos recuerdan que la sonrisa permanente es una forma de distanciamiento, pues así la gente evita amablemente que entres en sus vidas. La incesante pujanza industrial y comercial lo invade todo. Hasta en el ocio relativamente elegante de Fillmore Street, Hayes Street o Divisadero –que no todos los norteamericanos blancos podrían pagar– el ritmo de las conversaciones esquiva cualquier contemplación, cualquier detención anómala o reflexión medianamente profunda. Es cierto que existe una ingenuidad norteamericana que puede ser muy fluida, pero a la vez esa ingenuidad, cargada de aversión pueril a las sombras, deja fuera demasiadas cosas. La sonrisa perpetua acompaña al inglés fluido como una forma de alejarse, de blindarse en un coraza móvil. Igual que toda pose, proviene del miedo. Pero te libras casi automáticamente de ella al no dominar el idioma, pues entonces sólo asistes –robando signos escondidos– a la película muda del presente. Es un poco lo que decían Welles o Sokurov del cine: al escuchar con atención una banda sonora, sabes si hay que ver o no la película. Mutatis Mutandis, lo mismo ocurre con las imágenes norteamericanas sin guión, sea en la calle, en el cine o la televisión. Si resiste la prueba del silencio, es que esa escena vale la pena.

     

    Tiene gracia que la vía interior de comunicación con Dios que inaugura la Reforma, odiando perder el tiempo –Time is gold– en la comunidad espontánea de los hombres, se transformó con el tiempo en una religión que sólo adora la presencia contable, un visibilidad saturada que tapa todos los matices de lo visible. Y no se puede separar esta minuciosa contabilidad de la legendaria higiene protestante. A veces vemos pasar un camión industrial tan pulido que dudamos de que se haya dedicado a otra cosa que a la exhibición. Lo mismo con los rostros, con los autos y las fachadas de algunas casas. Hasta el envejecimiento de la madera coloreada, con formas victorianas o modernistas, tiene con frecuencia una definición televisiva. Es posible que la potencia cinematográfica norteamericana provenga ya de esta temerosa pasión cotidiana por la puesta en escena. Todo actúa, cosas y hombres, para no rozar nunca una rugosidad polvorienta, el caótico atrezzo que sostiene las vidas. De ahí que no sea tan extraño que el que pierde pie en esta inmensa performance social acabe mal, llamando la atención en formas cinematográficas violencia, sean de autodestrucción o crimen.

     

    En San Francisco se comprueba además que la globalización es un mito, incluso en la forma de triunfar con la religión económica que vino del norte. Los precios son otros, el inglés no es el de Essex, las costumbres son otras, el consumo y el modo de vida –trabajando todo el día sin parar– es también distinto. Para un humano exigente, sea europeo o australiano, ruso o japonés, la molicie de esta idea de éxito y felicidad es sencillamente deprimente. ¿Por qué? Porque esta forma de vida no se puede demorar con los detalles de lo pequeño. Y todo lo que importa –mi hija, mis comidas, mis miedos, mis ilusiones, mis manías– es pequeño. Para empezar, ¿qué podemos pensar de una nación que no sabe comer, ni en las formas ni en los contenidos? Salvo algún encantador y caro restaurante griego, japonés o italiano, los platos estadounidenses son casi siempre abominables. Y ello porque cada “orden” –como dicen en México– ha de ser ante todo un espectáculo, un sello multicolor de que seguimos triunfando. Una y otra vez, deja caer mi compañera de viaje, los ardores de la comida han de tapar sus sabores. Si además, como ocurre en Fisherman's Wharf, la camarera es invasiva y el público visitante –buscando obsesivamente sus selfies– es increíblemente chabacano, el naufragio anímico es completo, antes ya de que te pasen la cuenta. Añoras en ese momento el recogimiento de cualquier otro sitio, los atardeceres lacustres en el pub De Jaren de Ámsterdam, algunas esquinas italianas, las pequeñas cantinas rurales de Carintia o de Galicia.

     

    ¿Anímico, dijimos? Ése es el problema, tener allí un alma. De tenerla, que a nadie se le ocurra llevarla a Estados Unidos. Tal es la cuestión que señalan dos documentos muy distintos, la América de Baudrillard y los Archivos del Edén de Steiner. La pujanza industrial norteamericana nace de una frenética huida de cualquier interioridad, de cualquier sombra anímica. Eso es lo que el nuevo mundo odia del viejo: el alma, la melancolía de la especie, no las antiguas jerarquías. Y para esta labor de limpieza moral, hay que decirlo, la cultura media estadounidense nunca ha dejado de utilizar la energía brutal de los inmigrantes, empeñados en desarraigarse y recomenzar de cero. El choni Donald Trump –poligonero o macarra– no viene solo, sino amparado en una simpleza popular que la pasión económica ha convertido en dogma de elite. Después de esta masiva refundación sin alma vendrán naturalmente ciertas corrientes de rebeldía, los trascendentalistas, la generación Beat y la obsesión un poco idiota –estilo Woody Allen– de la psicología. Eventualmente los manuales de autoayuda y los fármacos, estrictamente controlados tras su uso masivo y abusivo, deben poner remedio a un desarme anímico que no tiene parangón. Hasta en la adorable Mumford (1999), que ellos no conocen, aparece este prestigio casi popular de una psicología minoritaria que, aun siendo anti-freudiana, debe compensar la aplastante sociología mayoritaria del tamaño.

     

     

     

     

    Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Entre sus libros últimos cabe destacar Votos de riqueza (A. Machado, 2007), Sociedad y barbarie (Melusina, 2012), Roxe de Sebes (Los libros de fronterad, 2016) y Ética del desorden (Pre-Textos, 2017). En FronteraD ha publicado, entre otros artículos,Apocalipsis juvenil. El temor de los profesores a hablar ‘en el desierto’ para la sangre de recambio del sistemaLos astros subterráneos. Mito y poesía en Clara JanésSobre la inquietud espacial de las poblaciones. La condición de extranjero  Mañana en Cuba, y mantiene el blog Crítica y barbarie. En Twitter: @ignaciocastrore

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