Silvia en su juventud

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    El payaso llora, o la niña que sabía hacer reír. Entrevista con mi madre

    Lupe Piñeiro - 03-11-2017

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    Es una frase conocida. “El payaso llora”. Se refiere al arte de hacer reír. Una manera de contrarrestar las penas del alma.

     

    Estas frases resuenan constantemente cuando se la oye hablar a Silvia. Es una madre excepcional. Doy fe. Aunque a lo largo de toda su vida se mostró un tanto reacia a explayarse cuando se le preguntaba por de su infancia. Especialmente, cuando lo hacía alguna de sus dos hijas. Soy una de ellas. Los relatos de su niñez, por lo general, son una especie de cuentos en tercera persona. Un sinfín de anécdotas en las que la protagonista aparece como desdibujada entre una sucesión de episodios cómicos que esconden, entre sonrisas, sus sentimientos.

     

    Varios años más tarde, a muchos kilómetros de la ciudad que me vio nacer, entiendo el porqué de tal concisión.

     

    Llamo a Silvia desde mi casa en España. Cuando le comento que la he elegido para una entrevista se sorprende, se incomoda y hasta se estresa:

     

    —¡A mí! ¿Por qué a mí? Si mi vida no es muy interesante… Llámala mejor a tu abuela, que ella tiene una vida mucho más interesante que la mía.

     

    En esa simple frase ya me había dicho mucho, sin siquiera saberlo. La subestimación del grado de “importancia" de su vida no es un dato menor del personaje entrevistado, sino más bien una antesala de su historia.

     

    Tras aclararle que la decisión de quién iba a ser el familiar era mía, le insisto y finalmente cede. Durante un rato uso la entrevista de excusa para acercarme en puntas de pie y con sigilosa cautela a ese oscuro mundo del que poco sé a pesar de haber vivido tantos años con ella: el misterioso universo de la infancia de mi madre.

     

    —A la hora de pensar en algún recuerdo de la infancia, ¿qué es lo primero que se te viene a la mente?

    —Se me vienen a la mente los juegos con mis hermanos, las rayuelas, las payanas. Como en mi época no había TV ni móviles, la mayoría de los juegos se hacían al aire libre. Y más en la adolescencia, cuando recuerdo que íbamos a los llamados “asaltos”, que eran reuniones mixtas en las que los chicos tenían que llevar la bebida y las mujeres estaban encargadas de la comida.

     

    —¿Hay alguna anécdota que te haya quedado más grabada en la memoria?

    —Sí. Por ejemplo, recuerdo que una vez mi hermana mayor, jugando, me cortó el pelo, dejándomelo casi como el de un varón. Y también me acuerdo de que cuando nació mi hermano menor, mi maestra del colegio me regaló un babero para que le diera y yo no estuviera tan celosa con la llegada del nuevo integrante. Me pareció un gesto hermoso y lo recuerdo con cariño.

     

    Muchos de los recuerdos de Silvia están asociados con su paso por el colegio y la relación con sus maestras.

     

    —¿Cómo era el vínculo con tus padres?

    —Mi mamá nos regañaba todo el tiempo. En cambio, mi papá nunca. Y una sola vez llegó a pegarme. Era un día en el que él había tenido que trabajar toda la noche anterior y, cuando llegó a casa, lo único que quería era poder dormir la siesta. Y a la tarde, yo los hacía reír a todos mis hermanos –que entonces eran tres–. Esa vez me habían regalado un libro de Historia que recuerdo muy bien y yo iba tirando fósforos por toda la casa al grito de “¡Se incendia Roma!”. Y mi padre me regañó varias veces. En general, yo era la que hacía más lío de todos mis hermanos.

     

    —¿Y con tus abuelos?

    —Recuerdo una anécdota muy graciosa. Vivíamos en una casa muy grande con mi abuela. Cuando mamá salía, nos quedábamos con ella en casa. Yo le decía “vieja bruja” y, confirmando mi teoría, ella me empezaba a perseguir con la escoba en la mano.

     

    —¿Siempre tenías ese papel de “graciosa” en la familia? ¿Recuerdas alguna otra anécdota?

    —Lo que pasa es que a mí no me parecía que yo fuera muy linda. Entonces, desde muy chica busqué el perfil de graciosa dentro de la familia. Por ejemplo, en el colegio había una materia que se llamaba “labor”. Allí nos enseñaba una monja que era un poco sorda y nos hacía rezar todas las clases hacia el final del día. Entonces, lo que yo hacía era llevar un despertador y lo hacía sonar a los 20 minutos de empezada la clase. Así, la monja pensaba que ya era la hora de terminar y nos decía “hasta mañana” enseguida.

     

    —Y esta idea que tenías de que no te considerabas linda, ¿crees que afectó a tu relación con los hombres?

    —Bueno, me pasó que muchos chicos gustaban de mí, pero me terminé enterando recién muchos años más tarde. Por ejemplo, un amigo de mi papá, que en ese entonces era mi jefe, cuando cambié de trabajo me invitó a almorzar y ahí me dijo que le gustaba. O un chofer de papá también me escribía cartas y me preguntaba por mi vida. Yo le contaba qué música estaba escuchando y una vez me envió una encomienda con los discos simples de todas las canciones que me gustaban. En muchos casos me di cuenta recién cuando fui más grande de que estaban interesados en mí.

     

    —¿Cómo fueron tus primeros contactos con los hombres?

    —Mi abuelo nos llevaba a hacer un recorrido en coche por pueblo que llevaba el nombre de “la vuelta del perro”, que consistía en salir a pasear por las calles y hacer que los chicos te vieran. Se podía hacer a pie, pero quedaba mejor en coche, sacando la cabeza a través de la ventanilla. También las misas de las 12 y las 2 de la tarde eran un punto clave para encontrarse con los chicos. Nadie iba para escuchar la misa.

     

    —¿Y en la niñez?

    —Yo era siempre la más graciosa. Lo que encontré para diferenciarme en ese momento era la alegría porque la belleza no me daba.

     

     

    La niña interna a flor de piel

     

    Ir al médico de pequeña con mi madre era iniciarse en una aventura en la que sus esfuerzos por hacer de la sala de espera un espacio lo menos tortuoso posible transformaban esos minutos –a veces, hasta horas– en un acontecimiento que, junto con mi hermana, aguardábamos con ansia.

     

    Apenas un boli y un cuaderno alcanzaban para dar pie a una serie de juegos en la sala de espera que se convertían en la envidia de todos los otros niños, cuyas madres se limitaban al cotidiano ejercicio de mirar el reloj y quejarse –actividad que, imagino, mantedrán hasta el día de hoy–. Demás está decir que este tipo de entretenimientos no tenían otro origen que la inabarcable imaginación de mi madre.

     

    Por estas y otras cosas, que no cabrían en ningún texto, los hermanos de Silvia la definen como la más divertida de la familia. Su padre, ya fallecido, la consideraba la más inteligente. Sus sobrinos le han colgado el mote de “la tía más jovial”. Y sus dos hijas, entre las que me encuentro, la consideramos una madre excepcional, además de un personaje digno de protagonizar una obra literaria.

     

     

     

     

    Lupe Piñeiro es una periodista argentina en Madrid. Colabora con @Abc_es previo paso por @Madrilanea. Antes @iProfesional, @iEco y @PYMESrevista, de Clarín. Dice que canta y viaja por placer. En Twitter: @Lupe_Pineiro_

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