Ceuta, 2010. Un guardia civil ayuda a un inmigrante para que vuelva a una zona segura en los acantilados del monte Hacho tras escapar al ser descubierto por varios agentes cuando intentaba esconderse en los camiones de la basura que cruzan el Estrecho desde Ceuta a Algeciras en los barcos de carga. Foto: Fidel Raso.

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    Fidel Raso

    Fidel Raso - 21-03-2012

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    Cuando miro este puñado de fotografías sobre mi mesa soy consciente de que en ellas apenas hay un par de segundos de mi vida. La suma de esos pequeños click, de esas fracciones de segundo que en otros momentos atraparon la vida y quizás la historia misma, no son más que unos encuadres que duraron nada, y nada es unas milésimas o unas centésimas de ese click mágico convertido en un fugaz disparo fotográfico. Pero resulta que ese tiempo de apenas un par de segundos te ha llevado décadas de vida por medio mundo. En mi caso, desde la India a las Islas Galápagos, de Oriente a Occidente y de Moscú a Ciudad del Cabo, de Norte a Sur. El resto es agua, mar. Incluso sobre el mar también robé unas fracciones de segundo.

     

    A esto de tomar fotos a cosas que pasan por el mundo muchos lo llamarían fotoperiodismo. Yo no lo sé. O quizás sí, si trato de hacerme entender profesionalmente. Puede que lo hubiese sido al principio de mi trabajo, pero a medida que ha ido avanzando mi vida tengo serias dudas en definirlo así. No es por la semántica de foto, que está clara, sino por la terminación en periodismo, con la que hacen cartera algunos de la mal llamada “tribu” a los que me niego a unirme.

     

    Hace ya casi treinta años dejaba atrás una vida de oficina. Me había especializado en mi primera formación profesional como delineante proyectista en obra civil. Me encantaba entrar en el mundo maravilloso del cálculo de estructuras metálicas y la resistencia de materiales. Los números te servían para definir formas geométricas y ajustar dimensiones. Así pasé por algún estudio de arquitectura y el mantenimiento de instalaciones de una empresa multinacional.

     

    Pero la vida te cambia y tuve que subirme a lo más alto de los escombros a empezar otra, y la otra me dejó en los brazos de la fotografía de prensa, con la que había mantenido una relación tangencial hasta entonces a través de algunas colaboraciones con periódicos. En cualquier caso, pensé en aquellos momentos que la filosofía podía ser la misma. Eso de “definir formas geométricas” pasaría a llamarse “composición fotográfica”; los cálculos, los números y la resistencia de materiales de los complejos tridimensionales en las estructuras metálicas podían servir de base para adentrarse en el difícil equilibrio de las sociedades inestables. O sea, todas. Los conocimientos matemáticos que había adquirido estaban llenos de conceptos adaptables al nuevo fotoperiodismo que me abría las puertas: límite de resistencia, elasticidad, alargamiento, presión estática y dinámica, asentamientos, rotura y empujes. En definitiva los mismos componentes que si no son bien ajustados pueden hacer saltar una sociedad por los aires con la misma facilidad que podría caerse una compleja estructura a la que no se hubiese calculado bien todas sus tensiones.

     

    A mediados de los años 80 ya me encontraba metido en la fotografía de prensa profesional bajo la cabecera de Diario 16. Atrás quedaban otras, pero fue aquel diario el que me llevó, a lomos del tigre, a una información de primera línea. Fueron años del GAL, de ETA, y del horror descrito por mi admirado Joseph Conrad, el mismo que llevamos escondido en el alma humana. Aquello que tan bien conocía de mis estructuras metálicas lo podía llevar a una sociedad vasca plagada de “equilibrios inestables”. Difíciles equilibrios por la diversidad de “fuerzas” que actuaban sobre ella. Paralelamente decidí estudiar Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad del País Vasco. En ella tuve algunos buenos profesores a los que siempre agradeceré sus enseñanzas. Otros han pasado al olvido. Conseguí terminar la carrera gracias a buenos compañeros que me prestaban los apuntes que no podía tomar porque una manifestación, una bomba lapa o un tiro en la nuca me lo impedían, igual que lo hacían viajes a algunos países que ya no existen, como la antigua Alemania del Este o la URSS.

     

    Tras el asesinato por ETA de Miguel Ángel Blanco en aquel fatídico julio de 1997 mi etapa en el País Vasco se acababa por el agotamiento de Diario 16 y el mío propio. Casi cien asesinatos llenaron de fantasmas suficientes mi vida profesional y personal. A ellos habría que unir otros adquiridos por el mundo. Pero estos últimos me quedaban más lejos. Del País Vasco marché a Ecuador con otra oferta de trabajo. Mi llegada coincidió con la del fenómeno climático de El Niño, cargado de muerte y epidemias como cólera, dengue, malaria y leptospirosis, y como editor gráfico del periódico pasé por momentos extremadamente difíciles. Uno de ellos fue cuando muchos de los fotógrafos de mi sección empezaron a caer enfermos, producto de El Niño, con conjuntivitis. Allí lo llamaban patada china, y era muy contagioso.

     

    Entre lluvia, barro y muerte tuve ocasión de fotografiar a Pinochet (antiguo profesor de la academia militar de Ecuador), a Michael Kennedy (hijo del asesinado John F. K. en una de las empresas de Álvaro Noboa), y a Fabián Alarcón y Alberto Fujimori, enzarzados en líos fronterizos a causa de los problemas que conlleva colocar los límites nacionales de Ecuador y Perú en una selva.

     

    Sea como fuere, y dicho con cierta ironía, he pasado por más de ocho cabeceras en tres continentes, si contamos como África mi actual destino en Ceuta. A lo largo de este viaje he ido dejando numerosas fotografías en las portadas de estos periódicos. También algunas crónicas, reportajes y artículos de opinión.

     

    De todo lo vivido como reportero, el terrorismo y la inmigración subsahariana conforman bloques que han ocupado durante años mi trabajo profesional con marca propia. Tal es así que la muerte y la desesperación han traspasado mis lentes hasta penetrar en mi memoria de manera inevitable. Quizás por ello, por lo vivido hasta ahora, piense que ejerzo de reportero dentro de un sistema cuyo modelo de articulación social se encuentra en vías de agotamiento irreversible, de la misma manera que las democracias occidentales pierden su esencia ante las presiones financieras. Por si fuera poco, estamos viendo desde hace unos años cómo se recortan libertades fundamentales bajo el subjetivo concepto de la seguridad “global”.

     

    De igual modo sucede con el periodismo. Jamás el hombre ha tenido tantos medios técnicos para comunicarse, pero es el lado oscuro de la información, la manipulación, la que proyecta más larga su temible sombra. Desde hace años rehúyo asistir a esos eventos de periodistas con canapés y alcohol, donde poderosos productores de contenidos informativos y sus transmisores de referencia suelen hablar, micrófono en ristre, de un modelo de periodismo que dura hasta que se apagan las luces del acto de turno. Los Twitter, el falso concepto de “periodismo ciudadano” o de “información en tiempo real”, va a hacer a los poderosos más poderosos. Ni los mensajes ni los teclados que detenta el poder real están en manos de los ciudadanos. Lo que está en las manos de los ciudadanos es la sensación de que los tienen. Dudo mucho de que se haya completado el proceso que nos debería haber llevado de súbditos a ciudadanos en este tiempo de cambios de dos siglos.

     

    Por mi parte, seguiré buscando la fotografía de portada con la misma ilusión que me acompañaba en los primeros días, y lo haré allá donde pueda hacerlo. También me uno a todos aquellos que trabajan discretamente como periodistas en los “vastos jardines sin aurora” descritos por Luis Cernuda y que resisten al único fantasma que les puede vencer: pensar que están solos.

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