¿A quién defendemos?

William Sherzer

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El filósofo Krause, tan importante para los liberales españoles en el siglo XIX, declaró que en el mundo debe haber solo una nación y una religión, lo cual parece tener cada vez más sentido, aunque en el caso de la religión quizá haya que modificar el concepto, ya que hay muchas personas, ateos y agnósticos, que han dejado de practicar cualquier fe, mientras que hay otras que, aun manteniendo cierta fe en un posible ser supremo, no practican con el ahínco, por no decir fanatismo, de otros creyentes. De todos modos, las ideas de Krause están muy apoyadas, no solo por la historia, sino, trágicamente, por la actualidad. Ningún fenómeno, ni antes ni ahora, ha sido tan responsable de la muerte de gentes en todo el mundo como el nacionalismo y la religión.

 

Lo cual nos lleva a la situación actual, en la cual varios países supuestamente pacíficos se están preparando para atacar a Siria a causa de la utilización de armas químicas (parece que matar de otras formas atroces se acepta). Aquellos países están dispuestos a ayudar a un grupo (quizá mejor dicho secta) en su rebelión contra otro, sin que entiendan siempre exactamente cuál es el objetivo de ellos a quienes quieren dar ayuda, aun cuando algunos ya han manifestado su objetivo públicamente, por ejemplo terminar con la conquista de Siria y emprender una nueva campaña que llegará hasta la recuperación de Al-Andalus.

 

No queremos decir con lo dicho arriba que defendamos el derecho del presidente sirio de mantenerse en el poder. Lo que cuestionamos, sobre todo dadas las lecciones históricas mal aprendidas en países como Vietnam, Iraq y Afganistán, entre otros, es que los países democráticos y bienpensantes (para otorgarles el beneficio de la duda) se concentran en todo menos en lo más importante, que es la gente que realmente necesita ayuda, gente que no sigue fanáticamente ni el nacionalismo de su país, ni el fanatismo de una secta de su religión, si es que practica una religión, gente que quiere vivir en paz y sin pobreza. Es a esa gente a la que los gobiernos democráticos del mundo deben dirigirse, ofreciéndoles la oportunidad de empezar una nueva vida en un nuevo país, democrático, con oportunidades para ellos y sus descendientes. Esta ha sido la historia de países como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, y muchos de los países de Latinoamérica, aunque es verdad que muchos de los nuevos inmigrantes llevan consigo cierto nivel de fanatismo nacionalista y religioso a su llegada a sus nuevos hogares. Pero esas actitudes pueden disminuir con el paso de las generaciones, como se ha visto en aquellos países, y los pobres (y las mujeres, no nos olvidemos de ellas) de países como Siria o Afganistán, que solo quieren existir pacíficamente, podrían olvidarse de las luchas nacionalistas y sectarias que al final no eliminan su pobreza ni les hacen sentirse más parte del país donde sufren esa pobreza y discriminación.

 

Este argumento vale no solo para las víctimas de guerras sectarias y nacionalistas. Hay mucha gente en el mundo que necesita la ayuda pacífica, no militar, de los países avanzados que se la pueden ofrecer. Y si esa ayuda no resulta eficiente en el país del que se trata, caso de Haití, por ejemplo, donde la ayuda humanitaria puede ayudarles a volver a funcionar, pero todavía como el país más pobre y vulnerable del hemisferio, debe ser la obligación de esos países avanzados el abrir sus puertas ampliamente, como se lee en el lema de la Estatua de la Libertad en Nueva York, y salvar realmente la vida de la gente que más se merece esa salvación.

 

 

 

 

William Sherzer, profesor de la City University of New York. En FronteraD ha publicado Salir de Guatemala...

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