Mapa del África portuguesa en el siglo XVI / Bettmann/CORBIS

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    África, voces de un continente

    Carolina Ecomo Martínez - 26-08-2010

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    Este año se conmemora el 50 Aniversario de las independencias africanas. Una fecha crucial para la historia de este continente. En 1960, gran parte de los nuevos Estados africanos, surgidos en su mayoría durante la Conferencia de Berlín de 1884-85, comenzaron a plantearse su propio futuro.

           Aunque Liberia, Sudáfrica, Egipto y Etiopía ya eran países independientes, el verdadero proceso de descolonización en África comenzó en los años cincuenta y se consolidó en los sesenta. Los efectos de la Segunda Guerra Mundial, el panafricanismo o el socialismo dieron lugar a que, tras la independencias de Libia, Sudán, Marruecos, Túnez, Ghana y la República de Guinea, otros 17 Estados consiguieran su emancipación en 1960: Camerún, Togo, Malí, Senegal, Madagascar, República Democrática del Congo, Somalia, Benín, Níger, Burkina Faso, Costa de Marfil, Chad, República Centroafricana, Gabón, Chad, Nigeria y Mauritania. Casi todos ellos antiguas colonias británicas o francesas.

           El camino hacia la descolonización no fue el mismo para los distintos países africanos. Los procesos de emancipación dependieron mucho de las diferentes metrópolis, pero sin detenernos en las formas, lo cierto es que las siguientes décadas siguieron sumando Estados independientes en África hasta culminar con la de Zimbabue en 1980, antes en manos británicas. Después, en 1990 y 1993 se crearían sólo dos países africanos más: Namibia y Eritrea, hasta entonces propiedad de Suráfrica y Etiopía, respectivamente.

           Durante el ciclo de conferencias celebradas recientemente en Casa África de Madrid, Cornelio Caley, historiador y vice ministro de Cultura de Angola, centró su exposición en la historia de este país y en las consecuencias de la misma. Según Caley, en 1482 llegaron los primeros exploradores portugueses a la desembocadura del río Congo. Cuando estos descubrieron las riquezas de la región y la posibilidad de obtener esclavos para su comercio en el Nuevo Mundo, la relación de intercambio que establecieron con los habitantes de este territorio fue transformándose en otra de “superioridad- inferioridad”.

           En 1576, los colonos crearon Luanda, la capital, y asentaron allí el principal puerto de esclavos que partirían rumbo a América sin que la población, que se opuso intensamente a la ocupación extranjera hasta el siglo XVIII, pudiese impedirlo.

           El tráfico atlántico tuvo una decisiva importancia en la configuración del desarrollo del continente y sus consecuencias aún se sufren en la actualidad.  Makhily Gassama, ex ministro de Cultura y director de Arte y Propiedad Intelectual de Senegal, indicó que “la duración, volumen, dimensión y número de víctimas que provocó la trata negrera, hace que no se pueda cerrar el debate sobre este tema”.

           Entre 1450 y 1850 la población  disminuyó en, al menos, 15 millones de personas, sin contar a quienes murieron durante las guerras, la marcha hacia la costa, la espera para el embarque o el transporte hasta el destino. Los hombres y mujeres en edad de procrear fueron los más vendidos. La población, atemorizada por la esclavitud (ante el temor a poder ser convertidos en esclavos), se vio obligada a abandonar sus regiones de origen y desplazarse hacia el interior. La trata ocasionó la decadencia de muchos reinos, desencadenó guerras crónicas y enfrentó a la población africana entre sí. Las consecuencias económicas fueron innumerables. Las riquezas naturales de este continente fueron saqueadas: cosechas, ganado, marfil, pieles, maderas, piedras preciosas… Las actividades productivas africanas se frenaron en seco y los desplazamientos de la población no permitieron establecer una producción a largo plazo. A nivel psicológico, la esclavitud generó una huella imborrable en la conciencia de los africanos. Gassama aseguró que “los valores de estos pueblos  sufrieron mutilaciones”. Durante este periodo, Europa y América del Norte se enriquecieron y desarrollaron, en gran medida, gracias a la mano de obra africana.

           La abolición de la esclavitud a principios del siglo XIX tardó en ser efectiva en África. Portugal lo hizo en 1836. Sin embargo, en Angola (colonia lusa hasta 1975) continuó practicándose hasta 1858. El fin de la esclavitud no supuso la salida de los portugueses de la región sino todo lo contrario. Los colonizadores portugueses, al igual que el resto, se lanzaron a la conquista del territorio. En 1900, el continente africano pasó a estar gobernado casi en su totalidad por potencias europeas. Un proceso al que se le ha denominado “la carrera por África”.

           La Conferencia de Berlín delimitó las fronteras de los países africanos dejando los territorios en manos europeas. En el caso de Angola, los portugueses tardaron en pacificar todo el país hasta 1921 debido a la resistencia de los angoleños. Según Caley “la dictadura de [Antonio de Oliveira] Salazar eliminó todas las prácticas culturales y prohibió las lenguas locales”. Portugal apostó por conservar sus colonias y no dudó en llevar a cabo una guerra colonial cuando movimientos independentistas pretendieron separarse.

           En febrero de 1961, algunos miembros armados del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) intentaron liberar a presos políticos de la cárcel de Luanda. Al mes siguiente, en el norte de Angola, miembros de la Unión de las Poblaciones de Angola (UPA), creada en 1958, originaron disturbios más importantes. Los portugueses tuvieron que enviar de urgencia a 50.000 soldados desde Lisboa para aplacar estas revueltas. Alrededor de 50.000 africanos murieron como consecuencia de los brutales enfrentamientos. Todos los países de la ONU, excepto Sudáfrica y España, criticaron a Portugal por su política colonial. En 1962, la UPA se fusionó con el Partido Democrático Angoleño (PDA) para formar el Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA).

           Los movimientos nacionalistas operaron desde fuera del país. El FNLA creó un gobierno en Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo (ex colonia belga), con Holden Roberto como primer ministro y Jonas Savimbi como ministro de exteriores. El partido recibía ayuda de Estados Unidos. Ese mismo año, el MPLA, con Agostinho Neto de presidente, creó un gobierno rival en el exilio, con sede en Brazzaville, capital de la República del Congo (ex colonia francesa), y buscó apoyo, sobre todo, en la URSS y sus aliados. En 1964, Savimbi abandonó el FLNA y fundó en el sur de Angola su propio partido, la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). El partido intentó convertir en aliados exteriores a países tan distintos por su ideología como la República Popular China y Sudáfrica.

     

     

           El 25 de abril de 1974, el régimen de Marcelo Caetano, sucesor de Salazar, fue derrotado por el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) en Portugal. La conocida como “La Revolución de los claveles” contribuyó a que, el 11 de noviembre de 1975, Portugal concediera la independencia a Angola, pero sin que se reconociera a una de las facciones como legítima. Ante esta situación el MPLA decidió crear su gobierno en Luanda y denominó al país República Popular de Angola. Por su parte el FNLA y la UNITA asumieron un gobierno separatista con sede en Huambo, la segunda capital del país, y llamaron a su territorio República Democrática Popular de Angola. Debido a las diferencias entre estos dos movimientos no se pudo crear un gobierno hasta diciembre de 1975. Sin embargo, esta alianza no recibió ningún reconocimiento formal por parte de otros países.

           En enero de 1976, el MPLA demostró ser la potencia militar dominante y la Unión Africana, Portugal, la ONU y 10 Estados más aceptaron, finalmente, a este partido como gobierno oficial de Angola, con Neto como presidente. Angola se sumergió en una larga guerra civil que duró 27 años. Los grupos nacionalistas, que lucharon contra el colonialismo, se enfrentaron entre sí para obtener el control del país. La UNITA de Jonas Savimbi, ayudada por Sudáfrica y Estados Unidos, se refugió en el interior luchando como guerrilla. El gobierno de Neto, en cambio, recibió el apoyo cubano y soviético. En diciembre de 1980, Jose Eduardo dos Santos sucedió a Neto en la presidencia de la República. La UNITA no estuvo dispuesto a terminar la lucha armada y a transformarse en partido político hasta 1991, tras ser presionado por Estados Unidos, su principal aliado, que se negaba a terminar con el bloqueo económico y diplomático. Consideraba que Angola tenía influencia marxista y estaba decidido a esperar a las elecciones para otorgar el reconocimiento diplomático.

           La Constitución de la República de Angola se promulgaba en mayo de 1991, y en septiembre de 1992 se celebraban las primeras elecciones democráticas de la historia de Angola, bajo la supervisión de la ONU. Éstas dieron la victoria al MPLA. Sin embargo, el resultado de los comicios no fue aceptado por la UNITA, que volvió a las armas en 1993. A pesar de que, el 19 de mayo de 1993, Estados Unidos reconocía oficialmente al gobierno legítimo de Angola y al MPLA, la guerra continuó hasta la muerte del líder de la UNITA, Jonas Savimbi, en 2002.

           Tras estos 27 años de violencia y una historia de dominación, Angola tuvo que iniciar un intenso camino hacia la recuperación y reconstrucción social, política, de infraestructuras y económica.  El país se enfrentó a la reintegración de miles de refugiados y desplazados. Caley destacó: “Los países africanos se encuentran en un proceso de reencuentro consigo mismos (…). La situación de África es consecuencia de su pasado histórico”.

           Sobre el estado actual del continente Gassama consideró que África vive un momento de humillación en relación al resto del mundo. La reflexión de un asistente al acto demandó la actuación de las autoridades africanas ante la imagen que se ofrece de África y de los africanos en los medios de comunicación. Desde el punto de vista económico, Ismail Khalif, doctor en  Economía y director de Programación de la Secretaría General del Gobierno de Mauritania, se asombró de la poca importancia que se le ha dado a las consecuencias de la crisis económica mundial en África. “No se habla”, indicó. Parece que esta crisis sólo implica una continuación de su situación, pero en este continente también existen consecuencias. La demanda de productos básicos se está reduciendo, la tasa de desempleo en África está aumentando y los ingresos por remesas bajan. Según Khalif: “En 2009, el paro entre los trabadores inmigrantes supuso una disminución del 7% de las remesas hacia África, las cuales representan entre un 10% y un 20% del PIB de los países africanos”. Además, las inversiones están disminuyendo debido a la subida de los tipos de interés y cae la ayuda exterior, tan importante para los países que dependen de ella.

           Para Khalif, la solución pasa por “estimular la demanda en los países africanos”. Esta demanda está cubierta en los países del primer mundo, mientras que en África existe un amplio abanico de posibilidades donde se puede generar. Una medida que animaría enormemente la economía mundial. Ante esta exposición surgió la duda por saber si la crisis era de sobreproducción o de demanda. Para Ismail Khalif, “es una crisis de los dos elementos”, existe sobreproducción, pero también hay una demanda que debe ser avivada.

           El periodista y escritor Binyavanga Wainaina de Kenia, enriqueció estos planteamientos con una irónica exposición. Wainaina se centró en la necesidad del continente de una ayuda exterior responsable y continuada de los países desarrollados, y no de una colaboración puntual.

           En los países desarrollados existe una tendencia a pensar que África ha recibido grandes cantidades de ayuda externa al desarrollo, y que son los problemas nacionales internos la causa de su estancamiento. Otra percepción existente es que esta ayuda se ha invertido mal o que no tiene efectos a la hora de reducir la pobreza debido al mal uso de los gobiernos receptores. Pero esto no es del todo cierto. Algunos estudios muestran que la ayuda al desarrollo sería más efectiva si se aumentase el nivel de ayudas, si no fluctuaran las cantidades y si no se condicionasen los procedimientos a las políticas.

           Ante este panorama sobre el continente africano Gassama subrayó que “África nunca podrá prescindir de Europa como Europa no podrá prescindir de África”.

     


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