Agentes de tráfico y el método científico

Eduardo Costas

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Agente de tráfico dirigiendo el tráfico en Londres. Peter Turnley

Peter Turnley/Corbis     

 

 

Los agentes de tráfico son los responsables de los atascos y no su solución. Cuántos más guardias intenten controlar la circulación, mayor será el caos. Las retenciones alcanzarán sus cotas máximas cuando, en un cruce concurrido, varios agentes pretendan dirigir a los automóviles en vez de dejar a los semáforos cumplir su función.

       Este parece ser un sentimiento unánime entre los sufridos conductores en hora punta. Si además el automovilista, pacífico y ejemplar, decide en medio del atasco fijar su atención en los aspavientos del agente soplando sin parar el silbato, sin duda brotarán en su interior instintos asesinos.

       La única manera de saber si estamos ante un nuevo dogma de la civilización o, por el contrario, ante una leyenda urbana más, es aplicando el método científico. Toda verdad parte de una hipótesis a verificar (lo que se conoce como hipótesis nula). En este caso, la hipótesis nula es: el atasco es mínimo si no hay guardias municipales dirigiendo el tráfico y aumenta progresivamente a medida que crece el número de agentes.

       Definida la hipótesis, es preciso diseñar un experimento que permita su verificación. En primer lugar, elegir un escenario y una hora de estudio. Por ejemplo, la entrada a Madrid desde la A-6 por Moncloa, a las 9 de la mañana. A continuación, la recogida de datos. Para ello emplearemos una metodología rigurosa, midiendo el tiempo que se tarda en llegar, a esa hora, desde el Palacio de la Moncloa al primer semáforo de la calle Princesa, y contabilizando el número de agentes que dirigen el tráfico en ese momento a pie de asfalto (obviaremos a los que se agazapan en las aceras en actitud de no hacer nada).

       Para ser estrictos en la aplicación del método científico, los días elegidos se seleccionarán siguiendo un patrón de números aleatorios, empleando siempre los mismos coches y conductores. Tras 44 días de precisas mediciones, los datos, como casi siempre, parecen no decir nada. Como media se tardaron 7 minutos y 10 segundos en realizar el trayecto, con una desviación típica de 3 minutos y 5 segundos. El día más rápido se emplearon 2 minutos y 48 segundos, el más lento 17 minutos y 8 segundos. En dieciséis de los días no se avistó a ningún agente, mientras que en los veintiocho restantes su número osciló entre 2 y 6.

       Para descifrar la incógnita es necesario analizar las relaciones entre pares de variables como si fuesen relaciones de causa/efecto, es decir, intentando averiguar cuánto de una variable puede explicarse en función de la otra. Si los guardias son efectivos, cuántos más haya menos tardaremos. Si no sirven para nada, tardaremos lo mismo con independencia de la cantidad de agentes. Pero si realmente son dañinos para la circulación, el atasco será proporcional a su número. Y para comprobar esto, nada mejor que emplear un técnica matemática llamada análisis de regresión  (qué le vamos hacer, así funciona el pensamiento científico).

       Aunque aquí obviaremos la fórmula, al alcance de cualquier manual de ciencia, los resultados obtenidos demuestran inequívocamente que la regresión es muy significativa (p<0.0001). Sin guardias se tardarían 4 minutos y 16 segundos (con un error de ± 14 segundos). Sin embargo su presencia explica el 88% del aumento en el atasco: por cada agente que regula el tráfico se tarda 1 minuto y 29 segundos más (con sólo tres guardias se consigue duplicar el tiempo de retención).

       ¡Eureka! Hemos conseguido demostrar un nuevo dogma…. ¿Seguro? No del todo. La verdad que se ha demostrado (la regresión) sólo resulta válida para el tramo circulatorio analizado y no es extrapolable al resto. Para que una verdad sea universal, la ciencia debe acotar un espacio que sea significativo y ha de tener en cuenta más variables (como por ejemplo diferentes horas del día, condiciones meteorológicas, diferentes lugares, etc.), pero el método es siempre el mismo, que es lo que cuenta.

       En cualquier caso, los indicios demostrados resultan inquietantes ya que confirman la hipótesis nula. Podemos quedarnos ahí, en un mero ejercicio de divertimento científico para entretener las horas de atasco o bien completar un estudio real. Es fácil: los interesados pueden recoger más datos y remitirlos a fronterad.com. Entre todos podremos descifrar el misterio de los guardias y los atascos.

 


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Si no existe atasco no intervienen los atascos, estos actúan con el fin de permitir que de todas las intersecciones puedan circular vehículos. Si observamos una rotonda lo entenderemos. Por uno de sus brazos siempre es más fácil acceder al interior de la misma y los conductores que lo saben lo aprovechan para evitar que de los otros accesos se incorporen antes otros vehículos. El asfalto es una jungla y los agentes están para ayudarnos.

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