Babel celestial

Pablo Noja Díaz

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Lo peor ante esta situación de impotencia colectiva, donde todas las ideologías han quedado neutralizadas hasta el punto de que ya ni siquiera el propio sistema puede ilustrarse a sí mismo por sus logros o por su belleza, no es la sensación de bloqueo, sino nuestra actitud y toma de postura frente a las mentiras consentidas. Son numerosas las propuestas de prudencia y calma en la observación, y para muchos sujetos también en el sufrimiento, de la anónima autoría de la demolición de Babel (ciudad sin Dios) que pareció indultada por la historia o por quienes la hicieron en el siglo XX en el “derecho al estado de bienestar”, y que ahora de nuevo vuelve a ser condenada por quienes (posiblemente los mismos perros con distinto collar) reconsideraron que la mejor rentabilidad se halla en la inversión sobre el dinero y no en la productividad del trabajo.

 

Según los autores del libro Hay alternativas (Sequitur, 2011), la falta de inversión de los grandes grupos privados en la creación de empresas y por tanto en puestos de trabajo, y que ha condicionado al mismo tiempo la dirección en el empleo del gasto público de los Estados soberanos, ha sido paulatina desde comienzos de la década de los setenta. Señales como ésta son más que suficientes para concluir con el siguiente corolario: una vez atenuado el desastre económico y social tras la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de las multinacionales y empresas más poderosas del planeta, enriquecidas en ese mismo tránsito de la recuperación, han optado por la hegemonía del capital en lugar de elegir el camino del desarrollo tecnológico y humano. Dicho de otro modo, la crisis actual no es sólo económica, también lo es moral e incluso, en el sentido más ético del concepto, religiosa. Vivimos en un momento de la historia en el que parece que no tenemos por qué rendir cuentas ni a Dios ni a nuestras conciencias.

 

Babel representa el mundo denso o material, a través del cual se producen los movimientos involutivo y evolutivo del espíritu. Es un símbolo de la destrucción que se renueva constantemente en el camino de la construcción donde el hombre siempre se ha negado a sí mismo. Porque aún en el contexto de una larga y arraigada tradición atea siempre hay una visión de Dios-bueno, de Dios-esperanza en la que el azar es determinante en casi todas nuestras decisiones. Por supuesto, el inmenso recorrido que posee Dios no es precisamente el contexto donde hallar las soluciones a corto o medio plazo para esta crisis, sobre todo si tenemos en cuenta los atropellos ya cometidos en su nombre y que continúan cometiéndose en el presente. Sin embargo, el hombre nunca ha dejado de acordarse de él en los momentos difíciles, tal vez incluso en detrimento de la fe mesiánica que podría tener en sí mismo.

 

La cautela no es propia de Dios. Sí lo es en cambio nuestro miedo a caer en el error, en el despropósito de querer construir por enésima vez una sociedad justa en la que en definitiva podamos emular al propio Hacedor o en su defecto a la paradigmática madre naturaleza. Así que, visto lo visto, podemos pensar sin precipitación alguna que no podemos confiar nuestros problemas a Dios ni a los hombres.

 

Entonces, ¿qué hacer en un lugar del que fueron expulsados los demiurgos de nuestras conciencias y en el que se refutan los hombres?

 

Desatar el nudo de la mentira. Dios-bueno miente y los hombres también. Quizá porque compongan una misma cosa o un miedo al reconocimiento de la impotencia. Saben de sobra que la imagen imposible y contrapuesta a Babel, Jerusalén Celestial, es el verdadero castigo por sus métodos erróneos  de felicidad.

 

Friedrich Nietzsche escribió en su libro Humano, demasiado humano que el hombre auténticamente libre, el que puede ofrecer esperanza a sus semejantes, es aquel que renuncia sin envidia ni despecho a muchas cosas, incluso a casi todo lo que valoran los demás hombres; debe hallarse satisfecho, como la situación más deseable, de volar libremente sin miedo por encima de los hombres, de las costumbres, de las leyes y de las valoraciones tradicionales de las cosas.

 

Podríamos plantearnos el laberinto de tesis nacidas de las buenas intenciones de los hombres y las correspondientes praxis, como análisis ineludible para descartar un posible sistema económico, de gobierno o autogobierno que fuese válido. El anarquismo –cosa bien distinta a la anarquía–, podría ser el punto de partida para una futura sociedad libre y equitativa en la distribución de los bienes. Sin embargo, para muchos no es hora ni lugar para defender con vehemencia y mucho menos con soberbia postulados que desplacen y marginen a ciertos agentes del tejido social. No debe haber pérdidas ni costes en la producción y conservación del capital. Al parecer hay que ser cautos y no despertar a la bestia de su profundo sueño. Ese animal mitad hombre, mitad Dios, es demasiado peligroso para dejar que actúe a las órdenes que le dicten su corazón. Vivimos en el imperio del dinero y la cobardía. Bloqueados por los daños colaterales que se producirían en la ejecución de cualquier decisión que tomemos, paralizados, hipnotizados por los movimientos de los mercados, del mismo modo y con el mismo efecto que cuando miramos una fotografía de nuestra infancia y comprobamos desolados el saqueo cometido por el tiempo en nuestros rostros y cuerpos.

 

Para muchos, en conciencia e incluso en el subconsciente –el papa Benedicto XVI cuando era cardenal Ratzinger criticó a la teología de la liberación–, la violencia de la lucha de clases es también violencia al amor de los unos a los otros, es una concepción puramente estructuralista para legitimar esa violencia. La alienación de los individuos es de tal calado que terminan aceptando el argumento principal de la metanarración capitalista: “los pobres sois inevitables, indispensables para la construcción del futuro del mundo”. En esto consiste el discurso oficialista de Dios y los hombres, en un sacrificio de consecuencias siempre calamitosas.

 

Sólo hay un  camino para salir de este atolladero y este es el de la educación. Los hombres y mujeres deben saber, para que nuestros hijos no se estrellen  de nuevo contra el mismo muro, por qué hemos llegado a esta situación y a tamaño grado de la mentira. Evidentemente esta educación debe ser justamente todo lo contrario al mencionado discurso oficialista de Dios y de los hombres. Aquí nos hace falta una pieza fundamental, y ésta probablemente sea el hombre que refiere Nietzsche. Hombres y mujeres predicadores y predicadoras del anti-adoctrinamiento, reveladores de las mentiras mortales que ocultan los actuales gobiernos que dicen ser democráticos por ser elegidos por el pueblo y que jamás reconocen que son manipulados desde grandes conglomerados empresariales. Hombres y mujeres capaces de desmantelar la farsa de Dios y el César y viceversa. Es en la Educación que nos muestre las verdaderas razones de las desigualdades sociales y de las periódicas crisis a lo largo de la historia donde hallaremos el camino de una Babel Celestial.

 

 

 

Pablo Noja Díaz es profesor, articulista y narrador

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