Barcos de papel. "Un velero bergantín" y el placer de la lectura

Ioana Gruia

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Cuando era pequeña, en el Bucarest de los años ochenta, la clase de manualidades era obligatoria. No aprendí muy bien ni a cocinar, ni a coser o tricotar (la dictadura comunista coincidía con otras dictaduras de distinto signo como la franquista en señalar las labores del sexo femenino). En cambio me aficioné a algo que se nos enseñó como de pasada y que sigo haciendo ahora con verdadera frución: barcos de papel. La maestra no insistió mucho a la hora de explicarnos cómo convertir un folio del cuaderno en una embarcación que sugería el mar y los espacios abiertos en medio de un aula gris en una ciudad triste. Tal vez lo consideraba un saber inútil, un pasatiempo que no merecía mayores esfuerzos.

 

El último ensayo de Luis García Montero, Un velero bergantín. Defensa de la literatura (Visor, 2014), ahonda en el vínculo íntimo entre los barcos de papel y otros seres de papel, los libros. Ambos surcan mares imaginarios. De hecho, el mar está presente en muchas páginas del texto, desde el propio título, homenaje a Espronceda y a su famosa Canción del pirata. La lectura se parece a la navegación en el aprendizaje de la lentitud y el placer de la travesía. Pero hay algo más: al leer y al navegar vamos al encuentro del otro, de los otros, de una intimidad expectante o de la isla del tesoro. El vínculo entre el mar y la capacidad de contar se pone de manifiesto en el gran libro de la cultura occidental, la Odisea de Homero, en la figura de Ulises, un ser de ficción por excelencia, definido por las múltiples identidades que va adquiriendo en sus peripecias. Con la Odisea empieza una compleja relación entre el mar y la literatura, entre las aventuras marinas y la narración de relatos. Un escritor y un lector deben tener algo de marineros.

 

Un velero bergantín es, como explica la contracubierta, una reivindicación de la experiencia literaria y de la enseñanza de la literatura. El placer de la lectura es a la vez una fuente de felicidad y una herramienta poderosa en la formación de las conciencias críticas, imprescindibles para la democracia. Leyendo estamos al mismo tiempo solos y en diálogo, no sólo con un escritor o una escritora, también con la tradición literaria y con una serie de vidas imaginadas, que vamos incorporando a la nuestra. Como subraya Luis García Montero siguiendo las reflexiones de Martha Nussbaum, la literatura pone de manifiesto los “puntos ciegos” de los discursos y los pensamientos. La imagen de la horca, doblemente asociada al pirata de Espronceda, que puede ser tanto ejecutado como vérdugo (“¡Sentenciado estoy a muerte!/ Yo me río:/ no me abandone la suerte/ y al mismo que me condena/ yo colgaré de una entena,/ quizá en su propio navío”), remite a la venganza del individuo y a la pena de muerte (que podríamos considerar una venganza de la sociedad o el aparato legal). La pena de muerte, testimonio de la barbarie colectiva, se ha defendido y atacado desde la perspectiva de la razón o de los sentimientos. Pero esta dicotomía, afirma el autor, es “el mayor punto ciego de la modernidad”, ya que ni los fines justifican los medios ni los medios tienen sentido sin un fin. La razón desprovista de sentimiento puede llevar al metódico exterminio de los campos de concentración. Y los sentimientos separados de la razón pueden conducir al anhelo de venganza, al ojo por ojo de “un mundo ciego”.

 

En este sentido, la lectura y la imaginación que ella convoca y construye son formas de responsabilidad. Como reflexiona Martha Nussbaum en El conocimiento del amor. Ensayos sobre filosofía y literatura  (Mínimo Tránsito. Antonio Machado Libros, 2005), deberíamos recordar y recuperar la amplitud del antiguo concepto de lo ético, que se extendía a todas las formas a través de las cuales los textos configuran la mente y el deseo, transformando la vida mediante el placer que proporcionan.

 

El placer de la lectura tiene un potencial moral, atento al mundo y sensible a su complejidad y su belleza. Este potencial se encuentra alejado del pragmatismo de lo inmediato y requiere la lentitud –disciplinada, constante, metódica– y la conciencia de la necesidad de una voz propia. “Tener voz propia cuesta una vida”, dice Luis García Montero. La voz propia, imprescindible para la escritura, es también una condición del discurso crítico, para no acabar opinando sin pensar bien sobre lo que se opina, sin sopesar cuidadosamente los fundamentos y los matices de las propias creencias. Incluso reflexionar sobre la velocidad, tan característica del mundo digital en que estamos inmersos, requiere una atenta y ágil lentitud.

 

El libro de Luis García Montero tiene la poco frecuente cualidad de hacer ameno lo complejo. Su escritura hospitalaria, cercana (no en vano la hospitalidad de la literatura es uno de los hilos del ensayo), medita sobre el papel de la lectura y su relación con una de las cuestiones más urgentes del debate filosófico y político actual: el acercamiento al otro en su propia corporeidad. Los escritores imaginan que al otro lado del libro hay un cuerpo que lee. La literatura tiene que ver con los cuerpos de carne y piel, esos cuerpos de carne y piel que se borran en las grandes matanzas contemporáneas, donde basta con apretar un botón desde lo alto del cielo para hacerlos desaparecer. No ver los ojos de las víctimas facilita mucho la tarea de matar y hace posible que algunos pilotos se imaginen que están jugando con un videojuego. En Guerra y paz, Tolstoi describe magistralmente la profunda turbación que sienten los soldados rusos al ejecutar a algunos prisioneros franceses: todos son chicos jóvenes, que no comprenden bien por qué están en la guerra y la idea de matar los desasosiega. La visión del cuerpo del otro y la posibilidad de tocarlo hacen posible este desasosiego. Las sofisticadas tecnologías de la muerte borran los cuerpos, intentando disminuir así el remordimiento que podría paralizar la mano que aprieta un botón. La literatura nos hace conscientes de los cuerpos que nos rodean, de su realidad carnal y epidérmica.

 

En este sentido, la lectura es útil no desde el punto de vista de un pragmatismo inmediato, sino desde la propia belleza de su aparente inutilidad, una belleza cargada de vidas, cuerpos y deseos. Un barco de papel es un objeto utilísimo porque enseña a navegar en un mar imaginario, enseña la metáfora el viaje, del camino, del placer de la travesía. Por eso le hago barcos de papel a mi hija y la enseñaré a hacerlos.

 

 

 

 

Ioana Gruia (Bucarest, 1978) es escritora en español e investigadora y docente de literatura comparada en la Universidad de Granada, donde vive desde 1997. Ha publicado los libros Otoño sin cuerpo (finalista del premio de poesía Federico García Lorca de la Universidad de Granada en 2002), Nighthawks (premio de cuento Federico García Lorca en 2007), Eliot y la escritura del tiempo en la poesía española contemporánea (Visor, 2009), El sol en la fruta (Renacimiento, premio de poesía Andalucía Joven en 2011) y La vendedora de tiempo (Espuela de Plata, 2013, con prólogo de Luis García Montero). Mantiene el blog Habitaciones sobre el mar, y aquí, su página web. En FronteraD ha publicado Refugios.

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