Foto: Isabel Muñoz (de la serie "Álbum de familia", en la galería Blanca Berlín de Madrid desde el 16 de diciembre)

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    Big Five, una historia de cazadores

    Manuel Mariño - 19-11-2015

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    Agosto de 2006. En un vuelo entre Johannesburgo y Madrid, dos pasajeros charlan animadamente.

     

    —Tenías que haber visto cómo le reventé la cabeza a un babuino…

    —¿Pues sabes cuál es el sueño de mi vida? –responde su compañero–. Matar un gorila. Tiene que ser inolvidable ver cómo se desploma un bicho de esos…

     

    Estos dos cazadores, y otros como ellos, son parte inspiradora de este relato.

     

     

    Capítulo 1

     

    Dicen que el deseo oculto de muchos cazadores es abatir la pieza suprema, un ser humano. Damián Cazcarra no había llegado a ese punto. Todavía.

     

    Es el segundo sábado de diciembre. En unos montes de la costa oeste de Galicia. Los participantes del Campeonato Estatal de caza de zorro empiezan a aparcar sus coches a lo largo de las pistas forestales de la Sierra del Barbanza. Casi un millar de cazadores repartidos en 97 equipos con un objetivo concreto, matar al mayor número de animales posible.

     

    La mañana está un poco nublada, pero no llueve. El suelo, húmedo por la helada, va a permitir a los perros seguir mejor los rastros.

     

    Damián detiene su BMW 4x4 a un lado del camino embarrado que atraviesa el concello de Porto do Son. Abre el remolque y media docena de perros, entre beagles y grifones, saltan a tierra. Al lado del vehículo de Damián aparcan otros tres todoterrenos. Son los otros cinco miembros del equipo Os raposeiros do Sar. También sueltan a los perros y todos se juntan, cada uno con su escopeta, al lado de un roble muy viejo con el troco agujereado por las enfermedades y los hongos. Desde allí puede verse perfectamente el océano Atlántico. A lo lejos, el mar rompe contra los bajos de Basoñas, unas piedras míticas entre los marineros del lugar donde han pescado sargos y lubinas desde hace siglos.

     

    —Esta es una buena zona. El verano pasado les eché el ojo a varios zorros pequeños, y si tenemos suerte y nadie los ha matado ya, pueden darnos el campeonato –arenga Damián–. ¿Estamos todos preparados?

     

    Empiezan a peinar el monte. Los perros se meten entre los tojos y a cada poco ladran como locos, señal de que han encontrado algún rastro. Cuando ya llevan un buen trecho caminando, un zorro, que huye despavorido, atraviesa el camino a paso ligero muy cerca de donde se encuentra Luis, el miembro más viejo de la peña, que, con rapidez, levanta su escopeta y dispara.

     

    —¡No le he dado! ¡Damián, va hacia ti!

     

    Suenan dos disparos que parecen cuatro, ya que el eco hace que se vuelvan a escuchar las detonaciones.

     

    — ¡Lo maté! –grita Damián–. Ya hemos conseguido los primeros 20 puntos.

     

    Al final del día cuentan con tres zorros. Una buena jornada. Los campeones del año pasado abatieron cuatro animales, así que el equipo tiene posibilidades. Os raposeiros do Sar se reagrupan donde tienen aparcados los vehículos y Damián vuelve a meter sus perros en el coche. A todos menos a uno.

     

    —Esperad un momento, que tengo que hacer una cosa. ¡Coco, ven!

     

    Coco es un beagle de tres años, con un ladrido melodioso, como todos los de su raza, y que por eso les llaman “beagles cantores”, muy inquieto y que parece mostrar más interés por jugar con los otros perros que por seguir el rastro de los zorros. Damián se mete con Coco detrás de unas retamas. Se escucha un disparo y Damián aparece de nuevo de entre la maleza, solo.

     

    —¡Carajo!, qué fangoso está el monte –dice mientras golpea contra el suelo la suela de sus botas toledanas–. Venga, vamos a llevarle los zorros al jurado.

     

    No ganan por poco. Os demos de Lestrove han matado un animal más. Otro año volverán a intentarlo.

     

    Cuarenta y siete zorros, que unas horas antes corrían por los montes de la península del Barbanza, ahora yacen tirados en el suelo junto al polideportivo municipal. Hay machos y hembras, zorros viejos y otros que se nota que acaban de dejar a sus madres hace poco. El hedor de la muerte se extiende por toda la calle. Algunos vecinos no pueden soportar el mal olor y pasan por delante de los cadáveres tapándose la nariz.

     

    —Esto hay que celebrarlo –dice Damián mientras enseña a sus compañeros el segundo premio que le acaba de entregar el alcalde–. Esta noche vamos a comer, beber… ¿y?

     

    —¡Joder! –gritan todos al unísono. Ya es una tradición. Os raposeiros doSar acostumbran a terminar un día de sangre con una noche de gula y sexo. Esto último casi siempre de pago.

     

     

    Las botellas de albariño corren una tras otra. En el restaurante no tenían Santiago Ruiz, el preferido de Damián, pero Terras Gauda tampoco está mal.

     

    —Esto es vida –dice Damián, al tiempo que da cuenta de una navaja a la plancha con un chorrito de limón.

    —Y que lo digas –responde Luis–. Un día perfecto de no ser por los ecologistas que nos tocaron los cojones por la mañana con sus gritos y pancartas. Si miraran un poco más por las personas y no tanto por cuatro zorros muertos de hambre mejor nos iría a todos.

    — Pues si llegan a saber lo del año pasado… –dice César, un mecánico de chapa y pintura, que reparte su tiempo libre entre la caza e ir a ver al Real Madrid.

     

    En el campeonato del año pasado, un lobo se cruzó en el camino de Os raposeiros do Sar y, a pesar de que en aquella prueba sólo se podían cazar zorros, Damián no dudó en dispararle. Tuvieron suerte de encontrarse cerca de donde estaban los coches y nadie vio cómo metían al cánido en el maletero.

     

    —No veas lo que adorna en mi salón –dice Damián entre risas–. El taxidermista hizo un buen trabajo. Su dinero me costó, pero no lo lloré. Os voy a contar una cosa que me anda rondando la cabeza…

     

    Todos callan. Saben que cuando Damián pone esa cara de niño a punto de cometer una travesura, es que algo importante está tramando.

     

    —Ya sabéis que me gusta mucho salir a cazar zorros y conejos y, por supuesto, venir a celebrarlo con vosotros. Pero necesito algo más. Algo que no me puede dar esta tierra.

     

    —¿Y qué es eso? –pregunta Luis con un gesto de incredulidad.

     

    — Los big five. Los cinco grandes trofeos de África: el leopardo, el león, el búfalo, el rinoceronte y el elefante. El sueño de todo cazador, y los voy a matar yo, así como os lo digo.

     

    Las cervezas que habían tomado antes de la cena y el vino blanco le dan energía a la lengua. Damián está eufórico.

     

    —Ya hace tiempo que me ronda por la cabeza la idea de matar a esas cinco bestias y ya estoy mirando un arma potente. No os creáis que voy a ir con una escopeta conejera. No pienso reparar en gastos, porque ¡demonios!, sueños auténticos hay pocos, y para algo trabajo toda la semana.

     

    —Además, seguro que con esa aventura conseguirás impresionar a Sabela –dice Xosé–. Sabela Ameneiro es una guapa médico compostelana y Damián lleva tiempo loco por acostarse con ella. Hasta ahora todos los intentos del abogado por engatusarla no han tenido éxito.

     

    —Eso espero. Pero tranquilos, ya caerá en la ratonera, aunque no será hoy. Venga, acabad de comer que vamos a ir al puticlub a rematar la noche. Sé que han traído mercancía nueva, llegada directamente de Brasil.

     

     

    Capítulo 2

     

    El Airbus A340 de la compañía Iberia sobrevuela el desierto del Kalahari. Son las 9:30, hora local. Damián ya está despierto desde hace un rato. El vuelo entre Madrid y Johannesburgo dura once horas y ha pasado la noche viendo películas hasta que se quedó dormido, envuelto en una pequeña manta que le dio una de las azafatas.

     

    Ha tenido suerte, en el asiento contiguo le ha tocado Hugo, un marinero de Vigo que se dirige a Ciudad del Cabo para embarcar en un atunero y la conversación ha hecho el trayecto un poco más llevadero.

     

    Falta poco para llegar. Se enciende una pequeña luz encima de cada asiento y una voz ordena por megafonía que se abrochen los cinturones de seguridad porque va a dar comienzo la maniobra de aterrizaje en el aeropuerto internacional Oliver Reginald Tambo de Johannesburgo.

     

    Las autoridades de la aduana no le ponen muchas trabas a la entrada de su fusil de cerrojo Holland & Holland. El turismo cinegético es de lo más común en Sudáfrica y constituye una importante fuente de divisas, lo que hace que la policía trate con cuidado a los cazadores. Damián atraviesa la puerta de llegadas y escucha a docenas de agentes turísticos que agitan sus pancartas. Empieza a leerlas como puede hasta que ve a un hombre pequeño, con una camisa floreada más propia de la Polinesia que del África negra, sosteniendo una cartulina en la que se puede leer: XTREME SAFARI: MR. DAMIAN CAZCARRA.

     

    —Buenos días. Soy Damián Cazcarra –le dice en inglés, una de las lenguas oficiales de Suráfrica.

    — Encantado, señor Cazcarra. Me llamo Samora –responde con una sonrisa de oreja a oreja–. Soy su conductor de Xtreme Safari. Tengo el coche en el aparcamiento. Deje que le ayude con el equipaje.

     

    Recorren la provincia de Limpopo, que tiene una extensión mayor que Galicia y Asturias juntas. La reserva de caza se encuentra muy cerca del Parque Nacional Kruger, uno de los tesoros naturales de África. Damián se siente feliz. El viaje en coche no se le está haciendo nada pesado y mira como hipnotizado el mundo nuevo que se abre ante sus ojos. De vez en cuando, observa manadas de animales que le parecen gacelas, aunque no es un especialista en fauna africana. Pero posiblemente lo que más le llama la atención son las extrañas formas que adquieren los baobabs que, más que árboles, parecen barriles con ramas. Después de tres horas de viaje llegan a la reserva privada de caza. Nunca se podría haber imaginado Damián que se encontraría con semejante complejo turístico en plena sabana africana. Los bungalós parecen pequeños pazos, y en una piscina de 25 metros juegan unos chavales de pelo rubio, seguramente alemanes o ingleses. Diría que está en algún resort de Tenerife si no fuera por los babuinos y los avestruces que se reparten por toda la finca.

     

    Entra en su cabaña, guarda los objetos de valor en la caja fuerte y, sin perder más tiempo, sale a buscar a los organizadores de la cacería.

     

     

    Michael Mbeki, a pesar de que es joven, ya ha visto mucho mundo. Nació en la época del apartheid de Soweto, un enorme gueto, o township como lo llaman los sudafricanos, de más de dos millones de habitantes, situada a las afueras de Johannesburgo. Con la caída del régimen racista, el ejército le dio la oportunidad de huir del hambre. Pero no estuvo mucho tiempo trabajando para el Gobierno. Los soldados surafricanos son muy apreciados por su preparación y valentía y no tardó en ser fichado por DynCorp, una empresa de mercenarios norteamericana, para proteger a los poderosos de Iraq a cambio de un salario impensable en las fuerzas armadas. Con la pequeña fortuna que consiguió reunir volvió a Suráfrica, donde encontró trabajo como cazador profesional, guiando a ricos europeos y americanos.

     

    —Me dedico a ponerles la pieza a punto de caramelo a los clientes sin que corran ningún riesgo. La historia de peligros y aventuras que cuenten cuando estén de vuelta en su país es cosa de ellos –acostumbra a contar a sus amigos del bar Two Oceans, donde suele ir a ver los partidos de cricket, deporte al que es muy aficionado.

     

    Esa tarde estaba siendo muy agitada para Mbeki. Habían llamado dos alemanes que querían cazar una jirafa y media docena de impalas, y un inglés que deseaba disparar a un hipopótamo. La prensa dice que Europa está atravesando una crisis económica, pero al negocio cinegético de Limpopo no perece que eso le afecte mucho. Para muchos cazadores, matar es tan necesario como respirar. El ex mercenario está organizando las tareas de la semana en el ordenador cuando ve que un joven de tez pálida empuja la puerta de cristal de la entrada.

     

    Damián entra en la caseta de la compañía de caza Xtreme Safari. Se acerca con paso ligero a Michael al tiempo que le extiende la mano.

     

    —Soy Damián Cazcarra y tengo contratada con ustedes la cacería de un leopardo. No sabe cuánto tiempo llevo esperando este momento. Me siento como Buffalo Bill.

     

    Michael sonríe levemente al tiempo que le señala una silla. Realmente no siente mucho aprecio por estos yuppies que pagan verdaderas fortunas por el placer de ver morir a un animal, pero es su trabajo y lo hace lo mejor que puede. Mira fijamente al europeo y le dice:

     

    —En esta zona tenemos dos formas de cazar un leopardo. Atrayéndolo con un cebo mientras esperamos escondidos hasta tenerlo a tiro, o acorralándolo con perros. Usted ha pagado por esta segunda modalidad.

     

    El cazador blanco asiente con la cabeza.

     

    —Tenemos localizado un macho de cuatro años. Por la mañana saldrán los rastreadores con los perros a buscar al animal. Usted y yo estaremos esperando junto al todoterreno. Normalmente el felino acosado acaba por subir a un árbol. En ese instante entraremos en acción. ¿Qué munición lleva?

    —Una .375 H&H Magnum. ¿Será suficiente?

    —Claro, con ese calibre podría derrumbar a un elefante sin problemas. Si no tiene más dudas –dice Michael al tiempo que se pone de pie– quedamos entonces para mañana. A las seis en punto, un coche pasará a recogerle en la recepción del hotel. Y no beba esta noche, no quiero problemas.

     

    Damián asiente. Después, cena muy poco y se va directo a su cuarto con una emoción que no recordaba desde que era un niño en la noche de Reyes. Al fin iba a matar un leopardo. Era el más pequeño de los cinco grandes, pero sin duda el más hermoso. Lo que iba a presumir delante de sus amigos cuando vieran el felino disecado. Ya le tenía buscado un sitio en el salón de su casa, entre un jarrón chino y el cuadro de la abuela.

     

     

    Michael y Damián llevan varias horas esperando en el todoterreno. Los rastreadores, con los perros, ya han encontrado el rastro del felino y sólo es cuestión de tiempo que llamen avisando de que la pieza está a tiro. El walkie-talkie emite un sonido agudo y una voz dice:

     

    — Michael, el leopardo ya no tiene escapatoria, ya podéis venir.

     

    Arrancan el vehículo. Damián casi no puede aguantar la emoción. Acaricia el brillante rifle de forma compulsiva, como quien le da lustre a unos zapatos. Michael le mira con preocupación. Detrás de un arma nueva y de ropa de diseño suele encontrarse un novato.

     

    Atraviesan un promontorio a toda velocidad. A lo lejos ven la manada de perros rodeando una acacia y detrás de ellos varios hombres. Paran el 4x4 y se acercan caminando. Allí pueden ya divisar al leopardo. Su piel dorada brilla con el sol. Está apoyado en una rama a unos cuatro metros del suelo. Cerca del árbol, el profesional toca el hombro de Damián y le dice:

     

    — Señor Cazcarra, desde aquí es una buena distancia. Tiene un tiro fácil. Apunte bien e intente no fallar.

     

    Damián traga saliva. Esto no es como dispararle a una perdiz. Tira del cerrojo del rifle. La bala entra en la recámara. Apunta. Durante un instante todo queda en silencio, los rastreadores, Michael, incluso los perros dejan de ladrar, esperando a que Damián ejecute su sentencia de muerte. Intenta tranquilizarse. Sabe que técnicamente el tiro es muy fácil. La distancia es corta y el animal está quieto, no fallaría ni un niño de seis años. Toma aire y dispara.

     

    Un rugido sale de la garganta del animal al sentir el impacto del proyectil y salta al suelo.

     

    —Maldito inútil –grita Mbeki al tiempo que intenta apuntar al leopardo–. Quédese aquí y no se mueva.

     

    El leopardo huye a través de la maleza con una cohorte de perros detrás. Pero no puede ir muy lejos, la bala le ha desgarrado un hombro. Después de recorrer unos cientos de metros vuelven a acorralarlo.

     

    Michael Mbeki llega al lugar y lo mira con pena. Cuando trabajaba como mercenario en Iraq, protegiendo a contratistas de dudosa moral, pensaba que era el trabajo más arrastrado del mundo. Ahora empezaba a dudarlo.

     

    El leopardo se defiende lanzando zarpazos a los perros que lo acosan. Cuando ve el arma del profesional apuntándole presiente que ha llegado su hora. Pero va a morir tal como le ha enseñado su madre, luchando hasta el final. Se levanta y echa a correr hacia el cazador. Michael no duda, aprieta el gatillo y el felino cae derrumbado.

     

    Damián, que se ha quedado al lado de la acacia, al ver que traen al animal muerto respira tranquilo. La pieza no ha escapado. Se acerca muy contento a Michael y le dice:

     

    —Supongo que me lo mandareis disecado a España.

     

     

    Capítulo 3

     

    Varios meses después de matar al leopardo, Damián Cazcarra está de nuevo en África a la búsqueda de su sueño. Tres todoterrenos avanzan con dificultad por las pistas de la Selous Game Reserve de Tanzania, la mayor reserva de caza del mundo, a donde Damián había llegado tres días antes en una avioneta procedente de Dar es Salaam. Sentado en el asiento trasero del vehículo que cierra el convoy, mira las manadas de ñus, cebras y gacelas que van pasando por delante de él. Nunca había visto tanta fauna junta. En la orilla de un río, varios hipopótamos pacen como si fueran enormes vacas. A pocos metros de ellos, se pueden distinguir las siluetas recortadas de los cocodrilos del Nilo que esperan pacientemente el paso de alguna presa. Aún falta un rato para llegar a su destino, una laguna donde los guardas de la reserva tienen marcada a su próxima víctima, un elefante de cinco toneladas.

     

    Realmente, esto no era lo que tenía previsto. Después de matar, con la inestimable ayuda de Michael Mbeki, al leopardo que ahora decoraba un rincón de su salón, su propósito era dar muerte a un rinoceronte blanco. Si sus amigos ya se habían quedado con la boca abierta cuando vieron al felino con manchas, ¿qué cara pondrían cuando vieran, clavada en la pared, una enorme cabeza con un cuerno de casi un metro saliendo del hocico? Pero por ahora no podía ser, el rinoceronte blanco está en peligro de extinción y sólo unos pocos países africanos ofrecen, a precio de oro, licencias para su caza, y a cuentagotas. Damián se había puesto en contacto con las autoridades de Suráfrica, Namibia, Zimbabue… pero fue inútil, ya tenían todas las opciones agotadas para ese año. Lo único que le ofrecieron fue la posibilidad de disparar, desde un helicóptero, un dardo tranquilizante a un rinoceronte, y fotografiarse con él cuando cayese dormido. ¿Están de broma? –les dijo Damián–. ¿Nueve mil dólares por drogar a un bicho?

     

    Aplazó el tema del rinoceronte y pasó a la siguiente víctima de su lista, un elefante africano macho, el mamífero terrestre más grande del planeta. La muerte de uno de estos paquidermos se paga como la carne en los supermercados, por kilos. Cuanto más grandes tienen los colmillos, más cara es la licencia, pero Damián no lo dudó ni por un instante: deseaba un animal con mucho marfil.

     

    Esta vez no quería que la pieza se le escapara como en Limpopo y se preparó a conciencia. Se compró un rifle doble, que le permitiría realizar dos disparos en muy poco tiempo, y balas del calibre 500 nitro express.

     

    —Una bestialidad de munición, hay que tener mucha fuerza para andar con estos calibres –le informó el encargado de la armería.

     

    Damián no tiene un pelo de tonto, y estuvo practicando tiro durante semanas para acostumbrarse a la nueva arma y para soportar los enormes culatazos que le pegaba el rifle. En uno de los entrenamientos, probando el disparo con mira telescópica, arrimó demasiado el ojo a la lente y aún conserva el hematoma en la ceja.

     

    A media mañana, la caravana de vehículos reduce la velocidad. El cazador profesional, Gerhard, un alemán de unos cuarenta años con pinta de guiri de chiringuito canario, le dice a Damián:

     

    —Ahí delante está nuestro elefante, vamos a parar los vehículos y buscaremos a pie un buen sitio para disparar.

     

    El gran elefante macho esta con otros seis miembros de la manada, comiendo unos brotes que nacen al pie de un acantilado. Damián y el cazador profesional dan un rodeo y se sitúan en la parte superior de la pared rocosa. El paquidermo queda debajo de ellos, a unos 15 metros escasos. Casi se puede estirar la mano y tocarlo. Damián se tira en el suelo y coloca los codos en un sitio firme. Pasa los dedos por encima de los ricos grabados en plata del rifle. Pone el dedo en el gatillo y tira suavemente de él. El elefante se estremece pero no cae, está completamente conmocionado y se tambalea en una especie de danza de muerte. Damián le había acertado en la cabeza, pero no le había alcanzado el cerebro de lleno. Vuelve a apuntar y dispara al mismo tiempo que Gerhard. Al recibir otros dos impactos, el animal se derrumba con chorros de sangre manando como fuentes de su frente.

     

    Damián se fotografía con el animal muerto de todas las formas posibles: agarrado a un colmillo, encima de su lomo, de rodillas… Una vez inmortalizado convenientemente el momento, Gerhard le indica que ya no tienen nada más que hacer allí. Hay que preparar la cabeza del animal para enviarla a disecar y eso es trabajo de los desolladores. Montan en el todoterreno. Damián vuelve la cabeza y ve como un pequeño ejército de hombres empiezan a despedazar al animal. Se acuerda de cuando, de pequeño, en el jardín de su casa, las hormigas devoraban una cucaracha.

     

    Ya de vuelta en el alojamiento, los participantes de la cacería cenan en el restaurante de la reserva, cortesía de la casa. Pero Damián no está feliz. Desde pequeño ha soñado con ir matando, uno a uno, a los cinco animales míticos de África, pero ahora que lo está haciendo, hay algo que no le satisface.

     

    —Le veo muy callado –le dice Gerhard–. ¿No está contento por haber cazado a su elefante?

    —La verdad es que no –responde Damián sin mucho ánimo–. Cuando era joven, acostumbraba a leer las hazañas de los cazadores africanos que arriesgaban su vida para matar un león o un hipopótamo, y deseaba, más que nada, poder hacer lo mismo. Pero ahora, me doy cuenta de que todo era una ilusión que tenía poco que ver con la realidad. Pasa más peligro un matarife matando un cerdo que el que yo he pasado liquidando un elefante. Más que un cazador, me siento un carroñero –mira fijamente a Gerhard y añade–. Pagaría lo que fuese por participar en una cacería en la que pudiera oler mi propia adrenalina. Una en la que pudiese llegar a mi pueblo y decirles a los amigos sin mentir: “teníais que haber visto los huevos que le he echado para matar este bicho”. Eso es lo que me gustaría.

     

    —A lo mejor yo puedo conseguir lo que desea –dice el alemán–. Pero le va a costar dinero, mucho dinero.

     

     

    Capítulo 4

     

    Por primera vez en su vida, Damián va a hacer algo verdaderamente peligroso… y criminal. Está muy cansado. Él y otros cuatro hombres llevan varias horas subiendo una de las laderas del volcán Mikeno, en el Parque Nacional Virunga de la República Democrática del Congo. Pero no pueden parar. Si los descubriesen, acabarían sus días en la cárcel, o algo peor. No está muy bien visto en estas tierras asesinar a los adultos de una familia de gorilas y secuestrar a sus crías.

     

    De los poco más de 700 gorilas de montaña que hay en África, la mitad vive en las 800.000 hectáreas de este parque. Los científicos no se explican cómo han podido sobrevivir a décadas de guerra civil, a la destrucción masiva de la selva a manos de los agricultores y productores de carbón vegetal, a las enfermedades que les transmiten los humanos y a la caza furtiva.

     

    Matar a los gorilas de Virunga no resulta nada fácil. El parque está vigilado por 650 guardas del Instituto Congoleño para la Conservación de la Naturaleza (ICCN). En los últimos años, más de un centenar de rangers, como les gusta llamarse, han sido asesinados, por lo que, ante el menor peligro, son de gatillo fácil.

     

    Pero en Virunga no sólo los guardas protegen a estos animales. En julio de 2007, unos furtivos mataron a seis miembros de una familia conocida como Rugendo, y las milicias rebeldes tutsi, que controlan el turismo en ese sector del parque, prometieron que el castigo para quien volviese a molestar a los gorilas sería la muerte. Y no lo decían de broma. En la guerra civil que asuela el Congo ya han muerto más de cuatro millones de personas, por lo que cinco vidas menos no tienen demasiada importancia.

     

    En la ladera del volcán Mikeno, a 3.200 metros de altitud, los furtivos ya tienen localizado el próximo trofeo de Damián, la familia de gorilas de Endume, que así es como se llama el patriarca. Al frente del grupo camina Laurent, un antiguo guerrillero del Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP). Le acompañan dos africanos, Mobutu y Agustine, que se afanan en abrir paso entre la maleza con sus pangas, unos machetes de hoja ancha que se emplean en esta zona de África para cortar la vegetación y, a veces, miembros humanos. Junto a esos africanos marchan dos europeos, Andreas, un alemán de Dortmund, y Damián Cazcarra. Todos llevan fusiles de asalto Kalashnikov AK-47 con cargadores de 30 balas. En esta aventura no es tan importante la precisión como la rapidez de disparo. A Damián le duelen mucho las piernas, el terreno escarpado, la humedad del ambiente que le impide transpirar y la escasez de oxígeno que se nota a 3.000 metros sobre el nivel del mar, llevan un rato torturándole. Andreas, el otro europeo del grupo, pide permiso para descansar.

     

    —No podemos detenernos ahora, estamos a punto de llegar y se nos echa la noche encima –dice secamente Laurent al tiempo que mira su GPS.

     

    El sol acaba de ocultarse. Llegan a un pequeño claro y Laurent ordena que preparen las armas.

     

    —Están acostados al pie de aquel grupo de árboles. Nos acercaremos sigilosamente para no asustarlos y cuando yo diga, disparad sin contemplaciones, no puede escapar ninguno.

     

    Se apostan detrás del troco de una hagenia y desde allí pueden ver la razón por la que Damián y Andreas han pagado una verdadera fortuna. La familia de gorilas descansa plácidamente en un lecho de hojas. Está compuesta por Endume, un macho de lomo plateado de casi 250 kilos, siete hembras y dos crías, que descansan abrazadas a sus madres. Los gorilas de montaña de esta zona del parque están familiarizados con el olor de los turistas, por lo que no acostumbran a incomodarse por la presencia humana. Pero ahora no es así. Endume ha notado que algo no va bien. Han podido ser los potentes focos que llevan los hombres, o algún otro detalle sutil que le ha hecho pensar que aquellos humanos no vienen con las mismas intenciones que las docenas de personas que los visitan todos los días. Lo cierto es que se ha empezado a poner nervioso. Se golpea el pecho con las manos y se mueve de un lado a otro a gran velocidad.

     

    Viendo que los hombres se acercan más, la excitación del animal va en aumento. Damián está impresionado y cuando el gorila se para a dos metros escasos de él, con la boca abierta, mostrando sus enormes caninos, aprieta el gatillo. Varias balas hacen impacto en Endume, que cae con el pecho reventado.

     

    Laurent levanta su AK-47 y también dispara contra las hembras que, con el ruido de los primeros tiros, ya corren de cara a la espesura.

     

    —¡Maldita sea! –grita Laurent a Damián–. No debiste disparar tan pronto. El gorila no te iba a atacar, sólo pretendía asustarte. Por tu culpa han escapado las hembras con sus crías.

     

    Laurent está bastante contrariado. Las crías de gorila, muy apreciadas por los coleccionistas privados, han desaparecido con las hembras en la noche. Andreas, por su parte, tampoco parece muy contento. No había podido hacer ni un solo disparo. No era precisamente lo que tenía pensado cuando aceptó participar en esta cacería.

     

    Mobutu, uno de los africanos que acompañan a Laurent, saca de la mochila un cuchillo para despellejar el lomo plateado. La carne de estos animales no es muy apreciada en el mercado negro, pero sí lo son la cabeza y las manos, que se venden como adornos. Cuando la hoja de acero va a desgarrar el pescuezo de Endume, se escucha un disparo y una voz les ordena que no se muevan. Seguramente son guardas del parque.

     

    Laurent levanta su arma y abre fuego contra la oscuridad. Desde luego, no está entre sus planes acabar en una putrefacta cárcel congoleña. En un instante, Damián se encuentra en medio del fuego cruzado y, sin pensárselo dos veces, sale huyendo.

     

    Corre y corre sin mirar atrás, esquivando como puede la vegetación. Cuando ya lleva recorridos unos cientos de metros, apaga el foco. No quiere delatar su posición. Se orienta como puede con la tenue luz de la luna que traspasa las copas de los árboles. Siempre monte abajo. Ya no recuerda las veces que se ha caído, pero no puede parar. Llega a un pequeño regato y decide seguirlo. Así, por lo menos, la vegetación no le frena en su avance.

     

     

    A esa hora, la delegación del ICCN en la provincia de Kivu Norte ya ha sido avisada. Docenas de pick-ups cargados de rangers han empezado a bloquear las salidas del volcán Mikeno. Tienen dos órdenes: detener a los furtivos y, en caso de peligro, disparar a matar.

     

    A pocos kilómetros de allí, en una granja protegida por cientos de milicianos, suena el teléfono vía satélite del general tutsi Frederic Gombe, el verdadero amo del lugar, para informarle del ataque a los gorilas. La llamada la hace uno de sus guerrilleros infiltrados en el ICCN. Media hora después, tres camionetas Toyota Hiace cargadas de hombres salen de la propiedad con una única orden: matar a los que han atacado a los gorilas.

     

    Ya hace un rato que Damián ha dejado de escuchar disparos. Se detiene y, como si quisiera destruir las pruebas del crimen, tira el fusil y un cargador que lleva de repuesto. Prosigue la marcha a favor de la corriente. No llega muy lejos. Un sonido, que se hace cada vez más fuerte, le indica que está llegando a una cascada. Se asoma al borde del acantilado. Enciende el foco. Ilumina el salto de agua y observa una caída de unos 20 metros que le impide seguir. Otra vez tendrá que atravesar la selva. La vegetación es muy tupida. Con un machete se va haciendo camino muy poco a poco. Tiene las manos llenas de ampollas. Está tan agotado que apenas tiene fuerzas para levantar los brazos. Después de varias horas, consigue atravesar una maraña de bambús y lianas y llega a un claro.

     

    Exhausto, se sienta en una piedra y se echa a llorar. Es verano en Galicia. Se acuerda de sus amigos y se pregunta cómo ha podido acabar aquí. Intenta alejar los pensamientos que le están martirizando, tanto como la humedad de esta maldita selva. Tiene que ser fuerte, debe huir y llegar a la ciudad de Goma para coger un avión que le lleve de nuevo a Europa. España no tiene convenio de extradición con la República Democrática de Congo, por lo que una vez fuera del país nunca acabará en la cárcel. Él es abogado, conoce muy bien cuáles son sus derechos.

     

    Comienza a amanecer. No puede detenerse por más tiempo y prosigue la marcha. Respira con dificultad, el cansancio y el miedo no son buenos compañeros. Escucha unos ladridos que se acercan. Aprieta el paso, pero de nada le sirve. De pronto, nota un empujón que le derriba y ve cómo de su hombro izquierdo mana mucha sangre. Acaba de recibir un disparo. Podía correr como lo hizo el leopardo que hiriera en Suráfrica, pero ni siquiera lo intenta, el pánico le ha paralizado completamente. Al final, parece que tiene más de cordero que de lobo.

     

    De entre la maleza aparecen varios hombres con trajes militares y armados con Kalashnikovs. Desgraciadamente para Damián, no son guardabosques, sino miembros de la milicia tutsi. Se acercan al furtivo, que de rodillas les implora por su vida:

     

    —Soy europeo, por favor, puedo pagaros. Os daré lo que me pidáis. Por favor, tengo dinero.

     

    Ninguno le responde. Uno de los milicianos saca de su funda una vieja pistola Makarov PM de fabricación soviética. Baja la palanca del seguro. Pone el cañón a un palmo de la cara de Damián y dispara.

     

     

    Los medios de comunicación informan de la muerte de Endume, el enorme macho de lomo plateado y de Kisema, una hembra del clan, que apareció a pocos metros con su cría, en estado de shock, agarrada a ella. Al igual que en la matanza de la familia Rugendo en julio de 2007, no les habían cortado ni las manos ni la cabeza, ni secuestraron a la cría, por lo que se descartaba que se tratase de cazadores furtivos. Las teorías de la prensa europea apuntan en varias direcciones. Unos dicen que los asesinatos fueron perpetrados por agricultores cansados de que los gorilas se comiesen sus cosechas. Otros culpan a los productores ilegales de carbón vegetal que empobrecen los bosques de esa parte del planeta. Pero todo el mundo en Virunga sabe dónde se encuentran los responsables de la matanza de la familia de gorila: enterrados en la ladera norte del volcán Mikeno.

     

     

     

     

    Este cuento se proclamó ganador del XIII Certame de contos ‘Cultura Quente’ de Caldas de Reis, Pontevedra, en 2011. La versión original en gallego ha sido editada por Barbantia.

     

     

     

     

    Manuel Mariño nació en 1971 y estudió Graduado Social (hoy Relaciones Laborales). Es socio y colabora con varias asociaciones ecologistas, animalistas y protectoras de animales y su mayor preocupación es la alteración de los ecosistemas por el ser humano y el maltrato animal. En cuanto a especies animales en concreto, dejando aparte a los perros, los gatos y las gaviotas, a las que más horas ha dedicado en los últimos años ha sido a los lobos del Barbanza, tristemente exterminados, y al chorlitejo patinegro, de los que quedan menos de 100 parejas en el norte de España (todas ellas en Galicia). A estas dos especies ha dedicado, y dedica, muchas horas.

     

     

     

     

    Traducción: Esteban G. R. Luna

     

     

     

    Versión orixinal en galego

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