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El mirador el blog de Alfonso Armada


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12 de octubre, 2017

Cataluña, mon amour

 

 

Hace demasiado tiempo que tengo abandonado este blog. Me cansé de opinar. He preferido quedarme al margen, leyendo, pensando. Pero hoy, esta mañana, lancé un tuit. Entre las respuestas que recibí en Facebook me llegó una de mi amiga Maite Larrauri, una de las personas que más admiro por su libertad de pensamiento, a quien brindamos un blog en fronterad que os recomiendo encarecidamente (Filosofía para profanos) y de quien estamos publicando en nuestra editorial su maravillosa colección de filosofía con reveladores y preciosos dibujos de Max (La educación según John Dewey acaba de salir). He aquí parte de lo que ha dado el día entre nosotros:

 

 

El tuit:

 

“Todo el tiempo, la energía y el dinero dedicados a la identidad catalana es obra de un narcisismo adolescente y de una inmoralidad obscena”.

 

 

La respuesta de Maite:

 

“¿Tu tiempo? ¿Tu energía? ¿Tu dinero? ¿A quién o a qué se los has dado? ¿A comprender lo que ha pasado? Entiendo que es una lata tener que estar pendientes de un conflicto que lo ves como algo ajeno. Pero estoy segura, Alfonso, si en algo te conozco, que si vivieras en Cataluña estarías por el derecho a decidir. ¿Tan difícil es estar a favor de eso cuando se vive fuera de Cataluña? Y por otro lado, ¿no habría que dejar de emplear palabras que pretenden insultar y dedicar más tiempo a comprender, a analizar? Te metes de lleno en el conflicto en el que dices haber perdido dinero, energía y tiempo, cuando hablas de narcisismo, inmoralidad y obscenidad. ¿Quieres ayudar a rebajar el conflicto para que no te tome más tiempo, energía o dinero? Pues no entres con insultos, escucha y si no lo entiendes, analiza, y si no sabes qué decir u opinar, espera tiempos mejores.

 

 

Mi contestación:

 

“Me parece que no he entrado a insultar. Cada vez que regresaba de África y de algunos países centroamericanos y volvía a ver esa constante obsesión por la identidad de una parte considerable de los ciudadanos de una parte de mi país que disfrutan de un grado de bienestar y de libertad política, de garantías jurídicas y democráticas que admiran y envidian no daba crédito. El tiempo, la energía y el dinero de los que se dispone en un país para atender a necesidades básicas. ¿Derecho a decidir, dices? ¿Acaso no lo han ejercido los catalanes en innumerables elecciones con garantías políticas de todo tipo tanto a escala autonómica como nacional? ¿Son eso pantomimas? No veo el conflicto como algo ajeno, al contrario, lo veo como un conflicto que atañe a todos los españoles y que todos los españoles deben de decidir. Veo detrás de esa defensa del derecho a decidir de “los catalanes” (¿quiénes son los catalanes?) una consideración superior al de otros ciudadanos de la nación que ha votado una constitución y una democracia y en la que existen cauces legales y democráticos para intentar cambiar las leyes, no de la forma en que desde hace semanas llevan burlándose de la ley y de la razón bajo el amparo de una incomodidad manifestada. Creo que no hay que esperar a tiempos mejores para opinar, y mucho menos para pensar, hay que pensar, estudiar, analizar y opinar (en realidad opino muy poco, hace tiempo que pienso eso de los nacionalismos, y en especial del catalán, que ahora nos ocupa). Me temo que no tenemos ese lujo. Es más, hasta ahora me he dedicado sobre todo a leer y a estudiar a otros, para intentar comprender y ayudar. Claro que quiero ayudar a rebajar el conflicto, pero como escribía recientemente Félix Ovejero Lucas en un artículo titulado El verdadero problema catalán: “El problema, para decirlo claro, es el nacionalismo, cuyo programa último, el de ahora, es la quintaesencia de la limitación de derechos: la creación de un nuevo Estado mediante la apropiación de una parte de la población y del territorio de un Estado preexistente. En una parte de un territorio que era de todos, y que ahora se reservan para sí, deciden privar a los otros de la ciudadanía. En ese sentido se avecina a otras ideologías y concepciones del mundo que asumen que ciertos ciudadanos, por participar de ciertas características (blancos, varones), pueden limitar los derechos de otros. El problema es de libertades y derechos. El desprecio a la ley, esto es, el miedo”. Y algo más abajo: “El problema catalán es creer que hay un problema catalán, el que nos cuentan los nacionalistas. El problema es una ideología reaccionaria y radicalmente antigualitaria y, si quieren completar el cuadro, el respeto acomplejado de una izquierda incapaz de criticarlo. No es que no se atreva, es que lo defiende”. Creo que son argumentos de alguien que piensa, que sabe de economía y sabe de pensamiento político. Te dejo el artículo completo por si quieres leerlo. Un abrazo, querida Maite. Seguiremos hablando cuando nos veamos.

 


Su réplica: 


“¿No crees que Felix Ovejero omite lo que sucedió con el estatuto de Maragall? ¿No crees que si tienes a dos millones de personas que no aceptan pertenecer a España hay que buscar una solución de consentimiento? ¿O los metemos en las cárceles? No soy catalana y no soy nacionalista. Me gustaría que este problema no existiera. Pero si existe, no sirve decir que no tienen derecho a pensar lo que piensan. Y no puedes ponerte a decir que el derecho a decidir su futuro no es de los catalanes sino de todos . ¿Dónde pones a Noruega, Escocia, Quebec? El partido al que pertenece Ovejero está pidiendo, ahora mismo, la aplicación del 155 en Cataluña. ¿Tú también, Alfonso, crees que la fuerza crea consentimiento o vamos a por ellos para machacarlos?

 

 

Mi contra-réplica:

 

“Félix Ovejero lleva mucho tiempo escribiendo sobre este asunto. También, estoy seguro, que lo ha hecho en más de una ocasión sobre el estatuto de Maragall. Nadie (yo desde luego que no) está proponiendo meter en la cárcel a dos millones de personas. Sino a quienes conculcan las leyes y ponen en peligro la paz social y la convivencia retorciendo el reglamento del Parlamento catalán y haciendo caso omiso del Tribunal Constitucional cuando hacen dictámenes en su contra, pero que siguen recurriendo a él cuando les conviene. Pero del mismo modo que si hay dos millones de personas que no aceptan pertenecer a España hay que tenerlas en cuenta, habría que saber cuántos millones no quieren dejar de ser españoles y catalanes dentro de Cataluña. No soy catalán, no soy nacionalista. Soy gallego (aunque no sé qué carajo significa eso, y la verdad es que no me importa) y no soy nacionalista. A mí también me gustaría que ese problema no existiera, pero existe, y existe sobre todo porque desde las instituciones educativas catalanas y desde determinada prensa se ha estado contando una historia de España y de la identidad catalana que no se compadece con la realidad. Eso se ha inoculado de forma consciente desde hace por lo menos dos generaciones. Desde el gobierno central, y no desde este, se han hecho todo tipo de apaños y concesiones para tener contentos a los nacionalistas catalanes, que se han ido cobrando con creces su fidelidad al Estado. Me pace que hay que ir caso por caso: Noruega, Escocia, Quebec... Y tal vez cambiar las leyes, incluida la Constitución, pero sin atajos, para que se pueda votar todo lo que se decida que se puede votar. Y que si se acepta que un territorio pueda votar salirse del conjunto es algo que se debe de discutir no solo en un territorio, sino en el conjunto de ciudadanos que ahora mismo tienen la soberanía nacional. Pero creo que quien ha ejercido la fuerza de la mentira con mayor contumacia en los últimos tiempos han sido los independentistas catalanes, con un discurso victimista lleno de falsedades que se han repetido hasta la saciedad, y entre ellas una de los que más éxito ha tenido y que quizá es la más mezquina y la más insolidaria de todas con regiones de España que reciben menos que Cataluña: “España nos roba”. Yo no tengo la llave de la solución de un problema que se ha ido enquistando, y en el que ahora juega sobre todo el sentimiento, no la razón, y que sin duda es un problema político de envergadura, y que me temo nos va a acompañar durante el resto de nuestras vidas. Pero desde el independentismo se han roto las reglas de juego y se ha utilizado todo tipo de estratagemas muy poco democráticas. Y vuelvo a mi tuit de esta mañana, al que te pareció insultante: creo que en fondo del nacionalismo hay un culto al yo, a la diferencia, que denota sobre todo un sentimiento de superioridad, de sentirse distinto al resto, y por lo tanto acreedor de más derechos que el resto, y eso me parece muy poco democrático, muy narcisista. Y por eso decía que cada vez que volvía de África y de problemas reales, concretos, perentorios y sangrantes, veía todo el tiempo, el dinero y el esfuerzo que se dedicaba a encontrar un acomodo a ese sentimiento me parecía obsceno e inmoral. Y me lo sigue pareciendo. No es un insulto a nadie en concreto, es una crítica a una forma de estar en el mundo, de nutrir una idea política que no me gusta y que me apena, pero que sin duda está ahí y hay que lidiar con ella de la forma en que nos hagamos el menor daño posible. Un abrazo”.

 

 

Sigue Maite:

 

“Justamente, tú lo dices!!!! Hay que saber cuántos quieren una cosa y cuántos otra. Y tu argumento de lo que cuentan los libros de historia me gusta. Mira a ver lo que cuentan los libros de historia que se dan en este país nuestro, mira cómo se cuenta la república y el franquismo. No me parecen, francamente más mentirosos los libros catalanes que los relatos dominantes en España, ni me parecen más 'engañados' los niños españoles que los catalanes. Y no estoy defendiendo la mentira ni la tergiversación, lo sabes”.

 

 

Ha habido más comentarios después. Y han entrado otros comentaristas y se ha entablado un diálogo rico al que remito a quien quiera seguirlo y contribuir a mi página de Facebook. De momento, lo voy a dejar aquí. Sé que volveré a escribir sobre el asunto, aunque no me guste opinar. Creo que hay demasiado ruido y poco pensamiento. Pero hay que seguir pensando.

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