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Los paseos del señor Alpeck el blog de Andrés Ibáñez


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13 de marzo, 2012

Cómo me convertí en fascista

 

Fíjense qué curiosa historia. Yo no soy fascista. De hecho, ni siquiera soy de derechas. No es que la política sea muy importante para mí. De hecho, no es muy importante. Me sentiría raro definiéndome a mí mismo en términos políticos. Pero si tuviera que definirme políticamente diría que soy de izquierdas, no marxista y que estoy claramente a favor de un sistema democrático, laico y que defienda los derechos sociales por encima de los intereses desmedidos del capital. No me gusta la iglesia ni la religión, pero tampoco me gusta el comunismo, ideología peligrosa y antidemocrática. Aborrezco las dictaduras, tanto las de izquierda como las de derecha. Castro me parece tan odioso como Pinochet. Tampoco me gusta el capitalismo, ni la ideología liberal, que considero tan fantástica y peligrosa como la marxista. Sí, tan loco es pensar que puede funcionar un sistema donde no existe la propiedad privada y las personas no tienen libertad para hacer nada, como pensar que puede funcionar un sistema donde el ciudadano está a merced de los caprichos de las empresas.

 

¿Dónde me deja esto? No lo sé. Ciertamente no en la derecha.

 

Sin embargo, las cosas no son como uno quiere, sino como el mundo decide. Y me doy cuenta de que desde el principio, la suerte estaba echada.

 

Primero, siempre me ha gustado la música llamada “clásica”. Incluso estudié música (clásica) en el Conservatorio.

 

También me gusta mucho la ópera.

 

Cuando era niño me gustaban mucho las películas de Walt Disney.

 

También me gustaban los cómics del Pato Donald.

 

Segundo, siempre me ha gustado la literatura fantástica y la ciencia ficción. No es la literatura que más me gusta, porque la literatura que más me gusta es la literatura de vanguardia de todas las épocas, desde la de los trovadores hasta James Joyce, desde Petrarca a Lezama Lima. Pero también me gusta la literatura fantástica y la ciencia ficción, sí, tengo que admitir que sí.

 

Mis autores favoritos: Joyce, Proust, Flaubert, Faulkner, Tolstoi, Broch, Roussel, Cortázar, Borges, Nabokov, Pynchon, Lezama Lima, Rilke, Juan Ramón Jiménez… Pero retengan, sobre todo, dos: Borges y Nabokov.

 

Otros intereses: las llamadas “filosofías orientales”. La meditación. El yoga.

 

Una característica de mis libros: son luminosos. LUMINOSOS. L.U.M.I.N.O.S.O.S.

 

L U M I N O S O S

 

No tratan de crímenes, ni de horribles enfermedades, ni de miseria.

 

Aquí ya tienen ustedes LA RADIOGRAFÍA DE UN FASCISTA.

 

Música clásica: típico gusto de fascista. En realidad, a mí me gusta tanto la música clásica, el ballet y la ópera por la educación soviética que recibí de mi madre. En efecto, en la URSS de Stalin, que es donde ella se educó, el arte era siempre arte romántico.

 

Walt Disney: películas fascistas.

 

Los cómics del pato Donald: cómics fascistas.

 

Literatura fantástica: ignora la Historia (con mayúscula), se sitúa en la atemporalidad y es, por tanto, fascista.

 

Ciencia ficción: lo mismo. Aunque mi temprano gusto por la ciencia ficción también proviene, creo, de mi educación soviética, ya que en la URSS la ciencia ficción siempre estuvo bien vista.

 

Gustos literarios. Nabokov: aristocrático, antirrevolucionario, esteticista y… ¡fascista!

 

Borges: fascista. Como todo el mundo sabe. Ahora las cosas con Borges y Nabokov ya se han normalizado un poco, pero hace unos años, muchas personas consideraban a Borges como un fascista. También El principito era un libro fascista a pesar de que su autor se pasó la vida luchando contra los verdaderos fascistas.

 

Interés por oriente: claro signo de fascismo. Hitler se interesó por el ocultismo, de modo que todos los que se interesen por algo ligeramente distinto del más estricto canon occidental, son tan fascistas como Hitler.

 

Felicidad: fascista. “La felicidad es fascista”, como dice mi buen amigo Manuel Rodríguez Rivero. Dirá que lo dice en broma.

 

Adorno (Minima moralia) equipara la “búsqueda de la felicidad” con los “mataderos humanos”. Se podría argüir que Adorno estaba loco. Pero da igual, porque Adorno es el dios de los “antifascistas”.

 

De modo que por todas esas características, gustos, aficiones e intereses, no cabe duda de que quien esto suscribe ES UN FASCISTA.

 

¿Qué es una persona a la que le gusta la música clásica, la ópera, el ballet, las películas de animación, los cómics, a quien le gustan Borges y Nabokov, a quien le interesa el pensamiento de oriente y la meditación y que escribe libros L.U.M.I.N.O.S.O.S? A mí me parece que una persona muy interesante con la que me gustaría hablar. Pero no, ya ven ustedes, se trata de UN FASCISTA.

 

Podría hablar de intolerancia, de cerrazón mental, de estrechez de miras, de una obcecación casi mitológica, pero no voy a hacerlo. Todo esto resulta agotador. Los que creen en la felicidad y practican la meditación son fascistas. Sí, abuelo, sí, tómese la sopita.

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Hay más cosas que nos distinguen a los fascistas. Una es la búsqueda de la belleza. Hombre, es bueno que haya justicia en el mundo, obviamente, pero si a uno lo que le interesa de verdad es la belleza, entonces es un fascista.

Y ahora viene la prueba fundamental: Que uno piense que no todo está invadido por la ideología política. Que una flor no es de derechas ni de izquierdas. El decir esto lo sitúa a uno directamente en el fascismo.

Dos últimas reflexiones: Las acusaciones de fascismo (que a su vez son bastante fascistas) viene siempre de la Izquierda, que por razones que no se me alcanzan se considera investida de algo así como la Legitimidad Intelectual (las mayúsculas no son casuales).

Y por otro lado, encuentro las mismas razones para sentirse insultado (es decir, ninguna, porque no insulta quien quiere etcétera) si a uno lo llaman fascista que si a uno lo llaman socialista. La gente que ve todo a través de la ideología es pesadísima y, además, se equivoca.

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