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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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8 de julio, 2013

Gatos y bibliotecarios

 

Hasta la llegada de los recortes a la Biblioteca Nacional, los gatos y los bibliotecarios han sido fieles aliados. Ya en 1737 el Bibliotecario Mayor, Blas Antonio Nasarre, se queja en un memorial dirigido a la superioridad del deplorable estado en el que se encuentran los libros en su primitiva ubicación del pasadizo de la Encarnación. Además del peligro de incendio, han sufrido “una plaga de ratones que hacían muchísimo daño”, y para fundamentar su denuncia –siempre preciso como buen bibliotecario– Nasarre señala que se han comido, entre otros, el tratado de teología moral de Claude Lacroix, un texto esencial en la materia. El peligro proviene de un pajar y un depósito de cebada contiguos, desde donde los roedores hacen constantemente agujeros, y se combate gracias a la colaboración de los gatos.

 

La defensa decidida del papel de los felinos en la biblioteca llegará unos años después de la pluma de otro Bibliotecario Mayor, Francisco Antonio González. El 9 de febrero de 1828, en oficio dirigido a Juan Salcedo, coronel de la Guardia Real de Infantería, acusa a un granadero de haber puesto “lazos escurridizos” en las gateras “con el siniestro objeto de coger y ahogar a los gatos que son tan necesarios en tan vasto edificio para el aseo y limpieza de las salas en que está colocado este precioso depósito de riquezas literarias propio de S.M.”. Exige que no se repita este comportamiento que se va extendiendo en la tropa para entretener las largas guardias nocturnas, a lo que el coronel le responde que, dado que tiene el parte del día, le facilite la identidad del culpable. Comprensivo con las debilidades humanas, como buen trabajador bibliotecario, González se excusa de dar el nombre aduciendo que no lo permite su carácter, y reitera que se ponga fin cuanto antes a semejante práctica.

 

Los gatos en las bibliotecas del mundo han cobrado una importancia tal que hay una página web consagrada a su registro y memoria. Se conoce la existencia de 809 gatos en bibliotecas de todo el orbe, de los que 302 –incluidos 43 con residencia permanente– están activos en la actualidad. Buena parte de ellos vive en Estados Unidos (236), aunque hay 21 en el Reino Unido, 12 en Canadá y 11 en el resto de Europa, entre otros lugares de Australia a Islandia y Sudáfrica. La Niagara Falls Public Library tuvo a Kitch hasta su fallecimiento en octubre de 1996 y la New York Public Library erigió sendas estatuas a sus dos guardianes felinos de evocador nombre: Patience y Fortitude. Hasta 2003, Sam fue el gato de la Rosemary Murray Library New Hall College de la Universidad de Cambridge, pero Fidel y Tiggy siguen en sus puestos, de la Deal Library de Kent y de la Holbeach Library de Lincolnshire, respectivamente, así como Picasso en la Linden Public Library de Johannesburgo. Hay un debate abierto sobre otros felinos en diversas bibliotecas británicas, pero su presencia no ha sido suficientemente acreditada.

 

En Europa continental, Mäuschen habita en la Luftwaffenmuseum der Bundeswehr Bibliothek de Berlín, Gatiña en la Biblioteca Municipal de Cascais y Gatto Berio en la biblioteca del mismo nombre de la ciudad de Génova. En la Peace Palace Library de La Haya se erige una monumental estatua dedicada a su compañero de fatigas y se registra también la existencia de un felino, cuyo nombre no ha permanecido, en la Bibliotèque Nationale de París a mediados de los años cuarenta.

 

Aunque no hay constancia de ningún gato español en la lista, el de la Biblioteca Nacional, en el Paseo de Recoletos, apareció hace poco enfermo y maltrecho. Las autoridades dijeron que, debido a los recortes, no había presupuesto para atenderlo, pero un grupo de trabajadores se ha hecho cargo de su cura y manutención. Es un macho de color claro, no tiene nombre conocido (de proponer uno, ¿por qué no Marcelino?) y al parecer se ha quedado sordo de un oído. Sigiloso y esquivo, como buen animal bibliotecario, habita en un discreto parterre de la parte del jardín aledaña con la calle Jorge Juan y no se deja ver con facilidad. Teniendo en cuenta que desde la degradación de la BNE en 2010 la institución ha perdido la cuarta parte de su plantilla (hay 149 puestos de trabajo menos que en 2009), parece llegado el momento de preparar a ¿Marcelino? para convertirlo en custodio de nuestro rico acervo bibliográfico.

 

El gato de la Biblioteca Nacional.

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Creo recordar que, en los años cuarenta del siglo pasado, la Biblioteca Nacional (de España, entonces no había otra) tenía una gata en nómina llamada Morita. En los presupuestos de la institución había un partida para la manutención de Morita y de los gatitos que iba teniendo año tras año y que se encargaban de mantener a raya a los ratones que debían pulular por el edificio y los jardines. Aunque su territorio de acción abarcaba toda la biblioteca, su residencia principal estaba en los bajos de un armario gigantesco que había en lo que entonces era la entrada del personal. Era tan mansa que, a los hijos de los trabajadores que íbamos a verla, nos dejaba jugar con sus pequeños y todos los años era una fiesta cuando nos decían que Morita había tenido descendencia. Por desgracia,el director Hipólito Escolar ordenó exterminar los gatos de la Biblioteca, aunque algunos se salvaron refugiándose en el Museo Arqueológico.
Elena

Interesantísima información. Elena. El testimonio de gente como tú con tantos años de experiencia y, sobre todo, tanto amor por el sentido profundo de la institución "veneranda" (como fue calificada hace poco por otra veterana), es insustituible. Sin duda habrá que volver al tema. Si ni lo hacemos no va a quedar ni el gato.

Muy interesante artículo, una pena que no haya registros de los gatos de las bibliotecas de América del Sur. En la Biblioteca Nacional de Argentina hay muchos y muy hermosos. Saludos

Interesante y curioso artículo sobre los abnegados guardianes de las bibliotecas.
No me extrañaría que de seguir los recortes al ritmo que hasta ahora, veamos a Marcelino salir con nocturnidad y alevosía a reclutar algún colega para custodiar la BNE, y preservarla no sólo de los ratones, si no de tanto desaprensivo como pulula por este mundo, especialmente políticos...Total, ¡para qué necesitan libros, si con leer el Marca tienen suficiente!
Jesús GG

Veo que el buen criterio, que subsiste entre algunos admirables trabajadores de la Biblioteca Nacional, entre los incluyo al autor de este artículo, puede aún preservar algunas conquistas como la de conservar la plaza imprescindible de Marcelino. ¡Enhorabuena!

José Suárez-Inclán

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