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Levedad profunda el blog de David Hidalgo V.


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8 de septiembre, 2014

Musicolepsia

 

Hubo una mujer que no podía escuchar canciones napolitanas. Las había apreciado durante toda su infancia italiana y eran parte de su memoria familiar, pero de pronto se convirtieron en una amenaza contra su vida. Tenía treinta años. Un día la encontraron tumbada en el piso, exhausta tras un ataque epiléptico. Al recuperarse, lo último que recordaba era el sonido de su CD preferido, el que solía refrescarle los mejores momentos de su juventud. El detalle no resultó extraño entonces, apenas parecía una anécdota, hasta que tiempo después volvió a tener un ataque similar mientras escuchaba las mismas canciones. Ató cabos. Se sometió a varios análisis. Los médicos le confirmaron la relación: cada vez que escuchara esa música –y solamente esa clase de música– volvería a temblar hasta perder el conocimiento. No importaba que el sonido fuera en vivo o una grabación, estaba condenada. ¿Cómo fue que esas canciones románticas se convirtieron en veneno para sus oídos? En el mundo de la neurología se conoce a ese trastorno como «epilepsia musicogénica». Otros especialistas prefieren llamarlo simplemente «musicolepsia». Podría decirse que es el mal que te incapacita para escuchar ciertas melodías. Bastan unos acordes del género musical «nocivo» –diferente en cada caso– para que los afectados experimenten desde tics nerviosos o incontinencia urinaria hasta los más violentos espasmos. Los anales de la ópera registran que en el siglo XIX el famoso crítico musical Nikonov tuvo su primer ataque al escuchar una obra titulada El Profeta. Ese augurio somático se cumple en la era digital: la revista Scientific American de junio del 2009 ha reportado el caso de una estudiante de 22 años que es incapaz de tolerar el tema Umbrella, de la popular cantante Rihanna, sin terminar en el piso. Escuchar música puede ser una condena al silencio. Nikonov tuvo que cambiar de profesión. La mujer que no podía escuchar canciones napolitanas dejó de asistir a bodas y celebraciones familiares, plagadas de música típica. La estudiante que detestaba el hit de Rihanna no podía entrar a una tienda o restaurante y hasta tuvo que dejar la escuela para encerrarse en casa. Si los registros de la comunidad científica están al día, tenemos suerte: solo hay ciento cincuenta personas afectadas por este mal de que se tenga noticia. «Puede ser mucho más común de lo que se suponeۚ», dice con tono aguafiestas Oliver Sacks, un neurólogo estadounidense famoso por toparse con los casos más raros –como gente que es ciega al color o pacientes que confunden a sus esposas con sombreros–. La advertencia nos pone en un trance parecido al de los chistes malos que incluyen una noticia buena y una mala: la buena es que en los dos últimos casos una delicada cirugía al cerebro permitió que las pacientes volvieran a la normalidad; la mala es que solo se han realizado cuatro operaciones de este tipo. Por eso mi recomendación es disfrutar la música mientras aún sea inofensiva. Póngase unos audífonos. Coloque el CD o el vinilo o el archivo MP3 en su lugar. Y disfrute. 

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