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Levedad profunda el blog de David Hidalgo V.


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8 de enero, 2015

Que la paz sea con tu fusil

 

 

Si el extremismo religioso convierte las armas en instrumentos de Dios, quiere decir que el hombre hace a Dios a su imagen y semejanza. Algunos pensarán de inmediato en la terrible masacre de París, y tendrán razón, pero yo también pienso en el domingo previo a la última Navidad, cuando el cardenal peruano Juan Luis Cipriani ofició una misa en la Catedral de Lima que parecía resumir su idea de la religiosidad. Cipriani es conocido por su gusto por la pompa y sus gestos carentes de alegría, pero ese día hubo un detalle más: a su lado, al pie del altar, había un grupo de nueve escolares armados con fusiles y atuendo de campaña. Era una escolta del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe, uno de los más tradicionales y respetados entre las escuelas públicas del Perú. La escena no podía ser más contradictoria: una misa por el nacimiento del Mesías católico y la salvación del mundo con armas para la guerra. “Te pondré en paz con todos tus enemigos”, decía una frase de la lectura de ese día. Provocaba preguntar de qué modo.

 

Había que estar allí para notar lo delirante de la situación. A la hora en que se anunció el Evangelio, una voz púber que se esforzaba por sonar ronca ordenó desde un rincón: “Levanten ¡Armas!”. Y a la hora en que terminó la lectura, la misma voz gritó: “Descansen ¡Armas!”. La misma operación se repitió cuando el cardenal invitó a rezar el credo, y lo mismo cuando dijo: “Levantemos el corazón, lo tenemos levantado hacia el Señor”, y lo mismo cuando el coro entonó: “Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”, y lo mismo otra vez cuando el hombre duro de la Iglesia Católica peruana proclamó: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Pero el momento más delirante fue cuando el cardenal Cipriani hizo la consagración de la Eucaristía: en el momento en que iba a usar su poder sacerdotal para convertir las hostias y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, una banda ubicada en la puerta de la catedral soltó un fragmento de marcha militar tan abrupto que parecía una señal de combate. El cardenal –de quien existe un recordado video en que se juega bromas soeces con militares– ni se inmutó. A mí, por el contrario, me pareció un gesto obsceno, la clase de símbolos que te explican cómo funcionan las cosas en este mundo.

 

Cipriani es un ser político y conoce perfectamente el poder del altar para disparar mensajes ideológicos a la feligresía. En el Perú es conocido por ciertas expresiones suyas despectivas contra los derechos humanos y su abierta cercanía con sectores políticos conservadores, algunos de los cuales todavía deben responder por graves casos de corrupción y crímenes de lesa humanidad ocurridos en la historia reciente. Es el máximo representante del sector de la Iglesia que durante años ha combatido ferozmente la Teología de la Liberación, una corriente a la que los católicos más recalcitrantes acusan de ser una ideología violentista promovida por sacerdotes armados con fusiles. “La Iglesia no acepta la lucha de clases marxista”, dijo Cipriani en un programa radial que unas veces le sirve de púlpito y otras de tribuna. Que ahora promueva la presencia de armas en el rito más esencial del catolicismo es una muestra clara de ese espíritu sectario que ha caracterizado su labor como representante de Cristo en esta parte del planeta –esa idea de que sólo él y los suyos tienen la razón, de que un mismo acto es legítimo si proviene de los allegados, pero perverso si viene de los adversarios–. Si en la Edad Media uno de los grandes debates teológicos se centraba en la pobreza de Cristo en contraste con el lujo del clero, ¿podríamos discutir ahora si las misas armadas de un cardenal suponen que Jesús salía a predicar con una daga al cinto? ¿Acaso además del milagro de la multiplicación de los panes, Cristo también multiplicó las espadas? En el Perú hay sacerdotes que no permiten el ingreso al templo de mujeres con escotes pronunciados, por lo que supuestamente sugieren, pero al líder del catolicismo local no parecía importunarle en absoluto la presencia de niños con fusiles para alabar a Dios.

 

No se trata de comparar al cuestionable cardenal limeño con terroristas religiosos. Se trata de tener conciencia crítica sobre los mensajes que vienen en nombre de la fe –de cualquier fe–. “La religión, una forma medieval de insensatez, cuando se combina con armamento moderno se convierte en una amenaza real para nuestras libertades”, ha dicho Salman Rushdie a propósito del atentado de París, cometido por aparentes extremistas musulmanes. Al menos, los niños limeños que fueron llevados a rezar armados portaban fusiles antiguos y parecían no entender el escándalo de meter armas al templo. La culpa es de quienes los llevaron. La culpa es de quienes tienen una idea distorsionada de cómo expresar su amor a Dios. 

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