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8 de febrero, 2015

Teatros para comer I

 

Teatron tinta

 

En las últimas semanas he estado en teatros muy distintos, cada uno con su comunidad de habitantes y sus costumbres propias. No creo que vuelva a decir, en la vida, “el teatro es”, o “el teatro sirve para”, o “habrá teatro siempre que…”. A partir de ahora, es obligatorio el plural: los teatros. Hay tantos teatros como personas ofreciendo comida a cambio de un manojo de billetes. Puestos callejeros, restaurantes, fondas, platos de cuchara y hamburguesas en cajas de poliexpán; pues eso, teatros. Si un teatro cierra o abre, antes de lamentarlo o celebrarlo –respectivamente-, habrá que asomar la cabeza y leer la carta, porque eso no significa que nos apetezca ir a comer allí; otra cosa es que nos parezca que el barrio está amuermado o la ciudad está deprimida y entonces nos alegre la apertura o resistencia de cualquier punto de encuentro, cualquier negocio, porque da vidilla: un teatro, una pizzería... Yo esto ya lo pensaba hace tiempo -hubo una vez en que cerró un teatro cuya manera de programar inquietaba bastante, y amigos míos se echaron ceniza por la cabeza, en Facebook, en nombre del Teatro Sagrado que muere y Siempre que muere un teatro todos debemos llevar luto, y pensé esto-, pero el otro día lo refuté cuando encontré la cita, que veréis a continuación, en Teatro del bueno, de Marc Caellas. Editado por TEATRON Tinta, es una colección de citas en torno al teatro. Hay de todo, desde Pasolini hasta Mourinho diciendo que el Real Madrid sabe lo que es el teatro, “y del bueno”. Allí encontré esta cita, y os juro que antes de leerla ya había pensado lo de los restaurantes:

 

“¿Me interesa el teatro actual? Dicho así, en general, no. Es como si me pregunta si me interesa la comida. La comida abarca todas las cosas, pero me interesa si me dan algo bueno. Es lo mismo con el teatro. Me interesa una buena experiencia. Pero no me interesa el teatro como forma, como profesión. El teatro es comida. Cuando la gente me pregunta cuál será el futuro del teatro yo le contesto que cuál será el futuro de la comida”.

 

Creo que esta cita es de Peter Brook. Digo creo porque Teatro del bueno sólo pone a los autores de las citas en una lista no numerada, al final,  y hay que ir con el dedito contando hasta ubicar al autor en cuestión. Eso es lo que me ha parecido, tampoco se explica; a lo mejor es una lista desordenada y estoy haciendo el primo y la cita de arriba en realidad es de Albert Boadella, que también sale en el libro y es muy amigo de la gastronomía en escena. Pero de momento es de Peter Brook, ese anciano venerable de una montaña llamada París.

 

Una vez dicho esto, lo del teatro y la comida, dejadme que os cuente qué tipos de teatro(s) he visitado estos días.

 

He estado en un teatro que, desde dentro, a veces me parecía un teatro de trinchera y a veces un templo para el culto evangelista, de estos que están en un sótano. El Teatro del Barrio. Me llevaron a ver Confesión de un ex presidente que ha llevado a su país a la crisis, de Davide Carnevali, encarnado por Alberto San Juan. Por eso un teatro de trinchera, nada de metáforas ni de sutilezas: en cartel o en gira tienen ahora mismo Autorretrato de un joven capitalista español, también con San Juan; Ruz-Bárcenas, que recrea el tête à tête del ex tesorero y el juez; Las guerras correctas, sobre la entrevista de Gabilondo a Felipe González en torno a los GAL… y así. Me recuerda a lo que he leído acerca del teatro que se hacía en los años de la Guerra Civil en Madrid; más que teatro de trinchera, lo llaman teatro de urgencia. Da la sensación de que tienen absolutamente en cuenta el calendario y que, pase lo que pase en las elecciones del próximo mayo, saldrá al escenario del Teatro del Barrio.  

 

Teatro del barrio

 

Y ahora, el porqué de lo del templo para culto evangelista: al entrar en la sala, me asombró lo llena que estaba. Se respiraba un entusiasmo poco habitual, al menos para mí. Alberto San Juan salió como un mataor y todo el mundo ya estaba encantado; todos estábamos allí por él y eso era un hecho. Como ir a ver a la Piquer. Era el estreno, y Alberto llevaba el texto en la mano. Lo consultó varias veces porque todavía no se había aprendido el papel, eso quedó claro. Como era el discurso de un presidente, iba colando lo de que recurriera descaradamente al texto impreso, de hecho podíamos ver su mirada saltando de párrafo en párrafo. Pero ojo, lo hacía con tal destreza que por eso digo lo de mataor y lo de la Piquer; esto lo hace cualquier otro y se hunde la función. Aquí, el público seguía entusiasmado. De hecho, clamaba, desde las butacas, “Pues sí”, o “Amén hermano”, por eso lo del culto evangelista. O una misa góspel en un sótano de Harlem; Alberto San Juan lanzaba un “Yo sabía que mis políticas neoliberales no iban a mejorar la vida de los ciudadanos”, y la gente clamaba, desde las butacas –sí, como un ritornello, sí, clamaba, desde las butacas-, “Efectivamente”, “Claro que sí”. Mi madre estuvo hace poco allí también, viendo Autorretrato de un joven capitalista español; esa tarde había dimitido Ana Mato, y en medio de la función, cuando Alberto iba enumerando políticos caídos en desgracia, alguien gritó desde su butaca, “¡Ana Mato!”, y Alberto, “Uy, pues no lo sabía”. ¿Es o no es teatro de urgencia, es o no es una misa góspel?

 

Iba a seguir explicando más tipos de teatro que he visitado últimamente, pero mejor lo guardo para otro día. Así capitalizo, que no monetizo, mis experiencias, y tengo contento a mi jefe de El Gallinero. Son palabras que he aprendido hace poco en unas jornadas de gestión cultural, y quiero llegar a manejarlas con soltura.

 

Folguera

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