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Pan y poesía el blog de Gonzalo Sánchez-Terán


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9 de diciembre, 2010

Distinto, de Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

 

La poesía es la lágrima que trepa las mejillas para encararse con el ojo. La poesía sitia a los porqués. La poesía recurre tras el Juicio Final.

 

Los poemas del exilio de Juan Ramón Jiménez tienen la profundidad del tiempo y emiten la luz entera como Agujeros Blancos. Allí, en América, acabó de someter al idioma a su voluntad y terminó de recoger el universo dentro de sí, de elevarse como suma y pronombre de lo material y lo espiritual. Walt Whitman y Juan Ramón Jiménez han sido los dos grandes poetas del yo: alrededor del estadounidense orbitan naciones, bestias y hombres; en el interior del andaluz caben el Ser y el Existir, y sobra espacio. Cuando un alma envuelve al cosmos no puede elegir como interlocutor ningún fragmento: se dirige a la humanidad, como Whitman, o acomete al Creador, como Juan Ramón. Dios deseado y deseante es un poemario sobrecogedor. En él el hombre, un hombre, obliga a Dios a comparecer, a necesitarlo, a crearnos para crearse. Es un diálogo de Uno frente al Uno, sin jerarquías. Juan Ramón Jiménez se considera, y por ende considera a todo nacido, la otra mitad, el Preciso: él es distinto, y así cada ser humano, por obra y gracia de la poesía que alberga, también lo es. Sus versos son un cántico al individuo, no como isla sino como continente. Su alma desafió a las ofensivas de la prosa. Fue distinto, y de esta manera tituló uno de los poemas que escribió lejos de España,

 

 

DISTINTO

 

Lo querían matar

los iguales

porque era distinto.

  

Si veis un pájaro distinto,

tiradlo;

si veis un monte distinto,

caedlo;

si veis un camino distinto,

cortadlo;

si veis una rosa distinta,

deshojadla;

si veis un río distinto,

cegadlo...

si veis un hombre distinto,

matadlo.

  

¿Y el sol y la luna

dando en lo distinto?

  

Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir

distinto

de lo distinto;

lo que seas, que eres

distinto

(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):

si te descubren los iguales,

huye a mí,

ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

  

  

Tendremos que ser distintos. Habrá que cambiar porque el mundo está cambiando y las normas que usamos antes no serán válidas y las llaves que guardamos en el bolsillo no abren la casa inminente. Hemos de aplicarnos sobre nuevos cuadernos de caligrafía, aprender a sumar con dedos machados. Y reescribir nuestro nombre hasta que rime con la naturaleza. Y ser tan iguales frente al almacén, la escuela y el hospital como diversos bajo el cielo.

 

Es medianoche en Delhi. A mi alrededor duermen catorce millones de seres humanos. En pocos lugares percibes la abundancia de gente como en esta ciudad, en el hacinamiento de sus mercados abiertos, en las calles del centro colmadas de suciedad y humo. Desde que nací, en los setenta, la población mundial crece en mil millones de personas cada doce o trece años. En 2012 alcanzaremos los siete mil millones de habitantes y antes de la mitad de siglo los nueve mil millones. El crecimiento se producirá casi por completo en los países en vías de desarrollo y, especialmente, en las áreas más pobres de esos países. Aunque las tasas de fertilidad parecen estar disminuyendo, el número de africanos se duplicará antes de 2050, y la mayor parte de ellos nacerá en ciudades; para ser exactos en los barrios pobres de las ciudades: hacia 2030 el 60% de los ciudadanos de África será menor de edad. Del otro lado del muro las sociedades ricas envejecerán. El mundo entonces tendrá que ser distinto: o las naciones pobres se convierten pronto en territorios prósperos donde masas de recién llegados encuentren sitio para vivir sus vidas dignamente, la solución soñada, o abrimos las puertas a la inmigración, la solución posible, o la caldera estallará.

 

Porque seremos más y los recursos que malgastamos inconscientemente serán más escasos. Tras la subida de los precios de los alimentos en 2008 el número de personas con hambre superó los mil millones por primera vez. Algunos de los elementos que causaron la escalada no van a mejorar a medio plazo: el clima se volverá más veleidoso y el petróleo será más caro, empujando el coste de los fertilizantes y el transporte, y con ellos el de los cultivos. La demanda de comida aumentará porque habrá más bocas que alimentar pero también porque la dieta del siglo XXI exige toneladas de grasa y azúcar. Según el Banco Mundial la demanda de alimentos crecerá en un 50% en veinte años, mientras que la productividad agrícola parece haberse estancado.

 

Para dar de comer a nueve mil millones de personas habrá que usar más tierra cultivable. Sin embargo nos empieza a faltar la tierra misma: hay que hallar campo para el ganado, que produce leche y carne, ya que el consumo de carne, si nada cambia, crecerá en un 85% para 2030; hay que hallar campo para los cultivos dedicados a producir biocombustibles; hay que hallar campo para reforestar de bosques el planeta. A pesar de que la deforestación ha incorporado nuevas zonas cultivables, la cantidad de tierra arable globalmente ha descendido de 0,39 hectáreas por persona en 1960, a 0,23 hectáreas por persona en 2007. Por supuesto todos confiamos en que, gracias a la ciencia y la tecnología, el crecimiento del rendimiento de los suelos sobrepuje al de la población, mas por el momento las naciones ricas están comprando tierras de cultivo en las más pobres para garantizar su seguridad alimentaria: creen más en la cantidad que en la calidad.

 

Y necesitaremos agua, mucha más agua. El 70% del gasto mundial en agua está dedicado a la agricultura, sobre todo de regadío. A lo largo del siglo pasado la producción de alimentos se multiplicó gracias al espectacular incremento de tierras irrigadas, principalmente en Asia. Más cultivos exigirán más agua, como también la explosión demográfica de las ciudades. La sobreexplotación de ríos y acuíferos es ya un problema gigantesco: mil doscientos millones de seres humanos viven en cuencas donde el uso del agua ha excedido los límites sostenibles, y de acuerdo con el International Water Management Institute la cifra llegará a los mil ochocientos millones en tres lustros. El cambio climático, si el 97% de los climatólogos no se equivocan, y ojalá así sea, empeorará las cosas: el ascenso de los océanos salinizará el agua fresca de las áreas costeras. Llevamos tiempo oyendo hablar de las guerras del agua que se ciernen. No sé si será cierto, pero Egipto está haciendo lo posible por impedir la independencia del sur de Sudán porque no desea que un nuevo actor tenga soberanía sobre el vital curso del Nilo. No es descabellado pensar que el agua del Nilo sea una fuente mayor de conflictos en el futuro. En el mundo 263 ríos atraviesan o marcan la frontera entre varios estados.

 

Aunque nada serpea hacia nosotros con tanta velocidad y tanto veneno como la carestía energética. Las galopantes economías asiáticas reclaman más carbón, más gas natural, más petróleo. África, si el prometido y posible desarrollo florece, con sus cientos de millones de personas sin luz en sus casas, vendrá detrás. Nadie sabe exactamente cuánto petróleo extraíble rumia aún la Tierra, sin embargo hasta los más optimistas estiman que las reservas durarán décadas, no siglos. Cuando cayó el muro de Berlín el barril de petróleo no llegaba a los 20 dólares, cuando cayó el sistema financiero, dos décadas después, costaba 147. Un informe de octubre del pasado año del Deutsche Bank prevé que en 2016 el barril de petróleo costará 175 dólares: buenas noticias para los países productores, o en muchos casos sólo para sus líderes; malas noticias para el resto. Como descubrimos en 2008 la subida del precio del petróleo arrastra a la de la comida, y la subida del precio de la comida insemina a la violencia. La vejez del petróleo traerá consecuencias positivas: los vehículos eléctricos predominarán y nuevas fuentes de energía más limpias se irán imponiendo. Pero a día de hoy lo que sabemos es que el hombre se ha desarrollado industrialmente en la última centuria y media gracias al petróleo, y ese motor, que además de riqueza ha dejado un reguero de polución y gases, se está calando.

 

Todas estas cifras y previsiones no son tinta en los abstrusos papeles de unos científicos miopes. Yo lo he visto: el crecimiento de las barriadas pobres en Santa Cruz a base de inmigrantes de la sierra boliviana ha partido a las familias adensando los grumos de jóvenes con empleos ínfimos; el encarecimiento de la comida en 2008 provocó manifestaciones multitudinarias en Costa de Marfil, Senegal y Camerún en las que docenas de personas murieron, fueron heridas o arrestadas; la reacción popular ante el intento de la compañía coreana Daewoo por hacerse con 1,3 millones de hectáreas de tierra arable en Madagascar el año pasado hizo que cayera el gobierno y la isla se hundiera en una crisis política de la que todavía no ha salido; la escasez de agua fue uno de los factores esenciales que desencadenó las reyertas entre árabes y locales en el este del Chad; y el petróleo, codiciado por Estados Unidos, Europa y China, apuntala en el poder a las peores dictaduras africanas, desde Sudán a Angola.

 

El mundo de mañana será diferente. El hombre tendrá que realizar un salto inmortal para ahormarse a un planeta otro, más viejo pero también más sabio. Salimos con gran ventaja: conocemos mejor las acechanzas de la ruta, sabemos ponernos en contacto desde remotas atalayas, y el horror aún por extinguir nos ha hecho fuertes y furibundos en su condena. Somos más, en todas las acepciones. Está en nuestra mano driblar, como siempre hemos hecho, al apocalipsis. Sencillamente tenemos que ser distintos.

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