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La aldea digital el blog de Jaime G. Mora


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12 de marzo, 2014

Cómo leer a César González-Ruano

 

¿Qué hizo Ruano en ese París tan “divertido”? ¿Qué cambiaría si lo supiéramos? ¿Leeríamos su obra de otra manera?

 

Al periodista Antonio Bermúdez Cañete lo expulsaron los nazis de Berlín y lo mataron los rojos en Madrid.

 

Nacido en Baena (Córdoba) en 1898, Bermúdez Cañete recibió con entusiasmo la llegada de Hitler al poder. Cuando Hindenburg nombró canciller al dictador de bigote de 'cepillo', el cronista cordobés escribió: “Hoy ha sido un día trascendental en la historia de Alemania”.

 

No se equivocaba.

 

Del nacionalsocialismo –y esto lo recogen Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas en su libro ‘El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado’ (Anagrama), del que fronterad avanza un capítulo Bermúdez Cañete escribió que era un movimiento “que lucha por un ideal enraizado en la patria” contra lo que no podrían triunfar ni “el absurdo del liberalismo” ni el “exotismo de Sión o Moscú”.

 

Bermúdez Cañete llegó a ver “explicable” el cerco a los judíos: “Es evidente que el pueblo alemán tiene una profunda aversión a los judíos, lo que si no es justificable, es explicable. Porque en la vida todo se paga. Y los judíos, que quieren destruir la civilización de un pueblo, caen al fin bajo él”.

 

Y más: “Contra los tanques y los aviones, un pueblo se puede defender. Contra el capitalismo judío y la intelectualidad masónica, no hay protección posible”.

 

Pero en Bermúdez Cañete, que tradujo en España antes que nadie varios capítulos del ‘Mein Kampf’, pesaban más sus convicciones católicas que su fascinación por Hitler. Y el nacionalismo pasó a ser en sus crónicas el “partido racista”.

 

 

Fue una transición lenta. Cuando por vez primera asumió su error, Bermúdez Cañete dijo: “El buen deseo ha engañado al informador. O, por lo menos, le ha hecho ver… con excesivo optimismo, la posibilidad de una solución satisfactoria para el conflicto entre la Iglesia y el racismo”. Aunque todavía insistía, como dice Emilio de Diego García en ‘Antonio Bermúdez Cañete. Periodista, economista y político’ (Actas), en creer en el doble juego de los nazis: “Toda la buena voluntad de Hitler y de muchos de los suyos se estrella contra el fanatismo totalitario de la mayoría de los jefes”.

 

Este cambio de rumbo inquietó al embajador alemán en Madrid. Al conde Von Welczeck no le gustaba que Bermúdez Cañete escribiera que “‘bárbaros hitlerianos’ atropellaron a 1.500 niños católicos que celebraban una fiesta cerca de Berlín con permiso de las autoridades” o que “el católico alemán no puede vivir en paz”. Las fuertes presiones de la embajada no callaron al periodista cordobés. “Con intensidad creciente, jefes y jefecillos del racismo están realizando una ofensiva cultural contra el cristianismo, contra los judíos y contra la Prensa”, detalló en otra crónica.

 

Todo eso lo aguantaron las autoridades alemanas hasta que Bermúdez Cañete apuntó a la salud de Hitler. Estas líneas provocaron su expulsión: “En los medios políticos sorprende la dilatada estancia de Hitler en su finca de Berchtesgaden, donde lleva tres semanas y de donde no ha salido ni por lo del Saar. Como en el discurso por este motivo, radiado, se le notaba la voz muy ronca, la gente anda diciendo que padece un cáncer en la garganta. Doy esta versión sólo a título pintoresco y sin que, naturalmente, pueda responder de su exactitud”.

 

César González-Ruano, cronista en el Berlín de 1933 para el diario ‘ABC’, escribió en sus memorias que Bermúdez Cañete era “un hombre muy joven, con mucha voluntad de hacer cosas y una formación católica con todo lo bueno de ella y una dura intransigencia que le dificultaba la comprensión del mundo en que se movía”.

 

Bajo el seudónimo de César de Alda, en cambio, Ruano criticaba en ‘Informaciones’ a Bermúdez Cañete por ponerse del lado de “la oposición equivocada”. A sueldo de Goebbels, decía que su colega de ‘El Debate’, con un “expediente personal irreprochable”, había decidido combatir “el régimen nacionalsocialista sin querer darse cuenta de que aun para sus propias aspiraciones (monarquismo, política católica) es, en el peor de los casos, un mal menor”.

 

Ese mismo día Bermúdez Cañete firmaba su última crónica como corresponsal en Berlín: “A Goebbels le atrae su público como a una chica bonita el espejo”. En crónicas anteriores no le había importado arremeter contra “la insaciable política que el Ministerio de Propaganda impone, tan vergonzosa para los que dictan, como para los que se dejan dictar (…) El mundo no podrá sentir gran respeto por el actual régimen del Reich. El régimen que por los extremistas culturales, a las órdenes de Goebbels, tanto o más que por los crímenes de los esbirros, amenaza ser escándalo y vergüenza del mundo civilizado”.

 

Ruano, con un expediente algo más reprochable, escribía al dictado de Goebbels, sí. Lo demuestran Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas en ‘El marqués y la esvástica’: algunos de sus artículos antisemitas y propagandísticos del nazismo estaban “inspirados”, otros “parcialmente completados” y otros estaban directamente escritos por Gustav Reder, jefe de prensa de la oficina de los Ferrocarriles Alemanes.

 

Ese César González-Ruano es uno de los periodistas talismán de buena parte de los columnistas de Madrid –esos Caballeros Literatos con un Asiento en la Tribuna, que diría Tom Wolfe–. Como tenía una prosa exquisita y un seductor aire de dandi y buscavidas, sus convicciones fascistas no dejaban de ser una anécdota curiosa. La Fundación Mapfre ha reconocido desde 1975 a firmas como Antonio Gala, Luis María Anson, Federico Jiménez Losantos, Arturo Pérez-Reverte o Raúl del Pozo con el Premio González-Ruano, el mejor dotado del periodismo español. El galardón ha sido eliminado este año.

 

¿Que Ruano era un vividor? Eso es cosa de los periodistas, expertos en “remover fosas y cunetas, una obsesión enfermiza en la izquierda y en el nacionalismo”, estima Pablo Planas. “La suma de progresía y payesía produce sentencias de un rigor inquisitorial que deja en calzas al mismísimo Torquemada. Los moralistas de izquierdas (y nacionalistas) o nacionalistas (y de izquierdas) no tienen piedad. Tampoco tienen en cuenta atenuantes. El muerto está absolutamente desasistido, aunque, eso sí, le cabe el consuelo de estar preventivamente muerto”.

 

¿Que Ruano era un amoral? “Eso no es ningún descubrimiento”, indica Jorge Bustos. “A Ruano hay que juzgarle por su prosa superdotada”, y no por darse a la “gran vida baudelaireana a costa del trapicheo en el mercado negro, el proxenetismo y un lucrativo tráfico de salvoconductos que en no pocas ocasiones terminaba con un judío cazado en Andorra como un conejo”.

 

¿Que Ruano era un facha muy raro? “Del auge del actual Siglo de Oro da fe el hecho de que dos periodistas culturales puedan dedicar tres años a investigar la “leyenda negra” de Ruano con vistas a una limpieza del callejero”, responde Ignacio Ruiz Quintano.

 

Rosa Sala Rose es historiadora y Plàcid Garcia-Planas reportero de guerra.

 

Ambos hacen en ‘El marqués y la esvástica' un extraordinario trabajo de investigación –he leído el libro– sobre los puntos oscuros de César González-Ruano y la leyenda negra de Andorra: el asesinato de judíos que escapaban por el Principado.

 

 

Tres años de pesquisas en más de veinte archivos de ocho países para dar con los artículos más judeófobos de Ruano. Esos mismos artículos que Miguel Pardeza –“ese Ruano no me interesa”– no recoge en una imponente antología periodística. Para el exfutbolista Pardeza el periodo 1936-1943 no existe en la obra periodística de Ruano. No existe el artículo ‘La verdad sobre el Nacional-Socialismo’ –“La prohibición de la unión matrimonial o extramatrimonial de judíos y alemanes intenta simplemente evitar la desaparición de una raza auténtica”– o ‘La raza’ –“El judío es un masoquista y un ventajista de la persecución. Como en una lucha japonesa, el judío empieza a ganar cuando está debajo del adversario”.

 

Tres años de pesquisas que no han servido para documentar la implicación de Ruano en la matanza de judíos en Andorra, pero sí para acotarla y demostrar que el escritor traficó con salvoconductos y que engañó a judíos que acabaron en los campos de concentración o que delató a sus compañeros de celda en Cherche-Midi. Serán las trastadas de un genio de la pluma.

 

El libro cuenta muchas más cosas que quienes ya han dictado sentencia descubrirán con sorpresa, pero se me está empezando a hacer tarde.

 

Piruetas de la vida: González-Ruano pasó de aplaudir la quema de conventos en Madrid a celebrar la quema de novelas de Erich Maria Remarque. Otra pirueta, a modo de “epitafio del siglo XX”: Bermúdez Cañete fue asesinado por los rojos tras ser expulsado por Hitler. Fue el 21 de agosto de 1936. Entonces era diputado por la CEDA en la II República. De nada le sirvió su inmunidad parlamentaria: fue apresado y, minutos después de que lo sacaran de la ‘checa’ del Círculo de Bellas Artes, acribillado a balazos.

 

Juan Velarde, citando una “información fidedigna”, explica: “Bermúdez Cañete, lleno de valeroso ímpetu, se negó a dejarse conducir al matadero y se opuso a sus asesinos luchando desigualmente con ellos con tal decisión y energía que en la misma calle lateral del Círculo hubieron de acribillarle a balazos, única manera de dominar su decidida y varonil resistencia”.

 

Con el capítulo dedicado a Bermúdez Cañete, los autores del libro quieren demostrar que en los años treinta se podía ser de derechas e incluso sentir fascinación por Hitler y ver la realidad. Descubrir el verdadero rostro del nacionalsocialismo. Que el exterminio de los judíos no formaba parte del paisaje habitual. Que la “dosis de antisemitismo” que mostró Ruano quizá no era la que marcaba la época.

 

A Bermúdez Cañete lo mataron a balazos en el Círculo de Bellas Artes por no esquivar la Guerra Civil. González-Ruano, un “escritor en periódicos”, lo esquivó todo: los bombardeos en Berlín, su encarcelamiento por la Gestapo, el seguimiento de la POLPOL en Roma, la Guerra Civil española… incluso su alcoholismo. Camilo José Cela, buen escudero de Ruano para las borracheras, fue durante mucho tiempo un mero aprendiz de quien se autodenominaba marqués de Cagigal. Ruano, incluso en sus horas más bajas, fue una auténtica celebridad nacional. Hoy es un autor de culto, un truhán entrañable.

 

La pregunta que encabeza esta columna la hace Plàcid Garcia-Planas en ‘El marqués y la esvástica’.

 

¿Qué hizo Ruano en ese París tan “divertido”? ¿Qué cambiaría si lo supiéramos? ¿Leeríamos su obra de otra manera?

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