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Reportero salvaje el blog de Javier Molina


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3 de noviembre, 2017

Mi casa: España-Cataluña-Europa

 

En 2016, después de siete años de vida mexicana, decidí regresar a Europa. Necesitaba un respiro: demasiada contaminación, demasiados carros, demasiado smog, demasiada muerte a mi alrededor. Pensé en instalarme en una ciudad apacible y cultural, llena de buenos restaurantes, librerías, teatros y cines. Me gustaría, pensé, que esa ciudad conservara su centro histórico, que el clima no fuera demasiado frío y que, a ser posible, tuviera mar. ¿Era mucho pedir? Sí. Lo era. Y sin embargo esa ciudad existe: se llama Barcelona y es mi nueva casa.

 

Ni por un segundo me paré a pensar en términos patrióticos -que yo soy madrileño o español, que debería estar en mi tierra, donde se habla mi lengua, en mi ciudad o en mi barrio-. Sigo amando Madrid por encima de casi todas las ciudades, pero hace demasiados años dejé de ser exclusivamente madrileño o español. Me he sentido tan latinoamericano y mexicano como el que más. Y hoy me siento aún más europeo y mediterráneo. Si el futuro me lleva a Japón y soy bien acogido allá, no tengo duda de que me sentiré tan japonés como cualquiera de los nipones. Quién sabe.

 

La vida y la historia, sin embargo, nos ponen a prueba a todos. Recién instalado en Barcelona comenzó la etapa final del procés independentista. Dos meses de enfrentamientos, manifestaciones banderiles, caceloradas y alaridos chovinistas de uno y otro bando. Todas las mañanas el vecino de la derecha ponía el himno dels Segadors con un altavoz que da a la calle. El de la izquierda respondía con el Cara al Sol. Cuatro gatos se insultaban un poquito desde la calle. Últimamente han parado un poquito, pero todos sabemos que los respectivos altavoces están prestos para volver a sonar.

 

Respiré hondo y me dije a mí mismo que tarde o temprano la pesadilla acabaría, pero reconozco que algunos días pensé en marcharme de Cataluña. Zweig dijo que el nacionalismo es la peor de las pestes, el veneno que pudre las flores de la cultura europea. Y yo estaba viviendo en el ojo del huracán de la mayor oleada nacionalista de la historia de España. Demasiado para mí. Para cualquiera.

 

Tras la declaración de la independencia y la huida del procer Puigdemont las cosas se ven desde otra óptica. El ridículo bochornoso en el que ha caído el independentismo supera cualquier expectativa. Han proclamado una República Catalana para reconocer inmediatamente que no saben cómo gestionarla y que no están preparados para ello. Se han llenado la boca de la palabra “democracia” cuando son ellos, a vista del mundo entero, los que más han violado la democracia imponiendo un cambio de sistema unilateral a una población que mayoritariamente lo rechaza.

 

Están provocando la brecha social, la ruina económica y la fuga de las empresas del país al que supuestamente iban a salvar y a enriquecer. Han sido condenados y contrariados por todas y cada una de las democracias occidentales. En la misma Cataluña, la mayoría de los intelectuales les rechazan. ¿Qué debe pasar para que el independentismo levante cabeza? Lo de siempre: que el peor nacionalismo español reaparezca en escena repartiendo palos o encarcelando a dirigentes. Y así mismo ha sucedido con el reciente arresto de nueve miembros del Govern de la Generalitat. Por este camino el discurso victimista volverá a cuajar en la sociedad catalana. Si se opta por la vía del diálogo, el independentismo desenmascará su propio vacío teórico y seguirá encarnando la metáfora enunciada por Savater; un niño disfrazado de Napoleón con una espada de cartón, declarándose emperador del mundo. Pocos lo tomarán en serio.

 

Si todo llega a buen puerto, ¿podremos entonces seguir disfrutando del mar, de la ciudad y de la vida cultural catalana? Ojalá que sí. Pero para ello debemos aplicar la pedagogía a los trileros de uno y otro bando. A los españoles debemos enseñarles a amar Cataluña: tenemos que conseguir que se sientan orgullosos de su lengua y de su admirable tradición cultural. Alguien debería comenzar inmediatamente a fomentar esto desde la política, los medios y la escuela. Hoy, la televisión pública de ambos lugares apuesta por la confrontación. Y las consecuencias son funestas: la mayoría de los nacionalistas españoles ven la cultura catalana con recelo y aversión. Muchos de mis amigos y familiares de derechas me preguntan qué carajo hago viviendo en Barcelona. ¡Yo, que soy de Madrid! Les respondo lo siguiente: si tanto quieres que Cataluña sea España, quiérela, sedúcela, conócela, compréndela, ¡gánatela! Imagino a un hombre despechado porque su novia se quiere ir de casa. ¿Para qué quieres retenerla? ¿Para aborrecerla? No, estúpido. Ámala, o déjala marchar.

 

En el independentismo ocurre algo parecido, pero las consecuencias a nivel social son mucho más dramáticas. La manipulación televisiva y el adoctrinamiento ideológico al que han sido sometidas las nuevas (y viejas) generaciones de catalanes han desembocado en un chovinismo basado en el rechazo a España y en la creencia de que por el camino de la independencia todo irá mejor. El sentimiento identitario excluyente no es intrínseco al ser humano: se fabrica desde arriba. Y sólo desde arriba se puede frenar.

 

Es necesario que las nuevas generaciones de catalanes y españoles reciban otro tipo de mensajes. Otro tipo de educación, de pedagogía. Dejémonos de banderas baratas cuyo origen ni siquiera conocemos. Ojalá hubiera un examen de acceso para poder proclamarse nacionalista. Un examen que nos exigiera tener unos mínimos conocimientos culturales sobre el país al que tanto decimos amar. ¡El 95% de los banderilleros chovinistas suspenderían!

 

Es imprescindible que todos los españoles reconozcamos nuestro origen multicultural y lo sintamos como un premio, no como una condena. Aceptemos nuestro legado celta, íbero, romano, árabe y medieval. Estudiemos nuestras lenguas (el vasco, el gallego, todas), defendámoslas como algo valioso. No podemos reivindicarnos como una gran empresa imperial homogénea y cultural como fue el mundo romano, el griego, el árabe o incluso la Francia de Napoleón. El imperio español, como reconoce la mayoría de los historiadores, destruyó más de lo que construyó. Podríamos, eso sí, reivindicar nuestra cultura, nuestra lengua, nuestra gastronomía y el incuestionable legado de nuestros artistas: tuvimos entre nosotros a uno de los escritores más grandes de todos los tiempos –Cervantes-; a poetas y dramaturgos de renombre universal –Lope, Tirso, Góngora, Quevedo, Lorca-; a los pintores más celebrados de sus respectivas épocas -Velázquez, Goya, Picasso, Dalí-; y aún hoy conservamos algunas de las urbes más mundanas y admiradas –Granada, Sevilla, Toledo o Madrid-, ciudades que son un crisol de huellas árabes, judías y cristianas. Jamás he escuchado a un nacionalista español mencionar nada de esto. ¿Les basta una banderita bicolor y un equipo de fútbol para sentirse más patriotas?

 

Todo catalán debería sentirse orgulloso del legado cultural español y de la lengua castellana, la segunda más exitosa del mundo entero. De la misma forma todo español debería reconocer que la vanguardia, las nuevas tendencias europeas y la ruptura cultural con el pasado franquista nos llegaron del mediterráneo barcelonés; que no hubo en el siglo XX español un arquitecto como Gaudí, ni un periodista como Vázquez Montalbán y que la literatura española contemporánea más internacional, salvando a Marías y a unos pocos más, viene de la ciudad condal. Ejemplo de ello son Enrique Vila-Matas, Serrat, Cercas, Marsé, Mendoza, Enric González, Monzó, Carrión etc.; por no hablar de los latinoamericanos que se asentaron en Barcelona y la hicieron suya como si fuera un París mediterráneo: García Márquez, Vargas Llosa, Bolaño, Fresán, Roncagliolo etc. Barcelona lleva un siglo siendo nuestra capital literaria y si no fuera por esta corriente independentista ni siquiera Madrid le sacaría ventaja. ¿Estamos dispuestos a perdernos esto? Catalanes y españoles, ¿lo estamos?

 

Hoy la convivencia de ambos pueblos (que sólo son uno) está en peligro. Ningún síntoma nos indica que la solución pueda venir de la política. Sólo la pedagogía puede salvarnos.

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