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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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23 de julio, 2016

Echarse una novia

 

Mientras lo políticamente correcto arrolla a una sociedad expoliada yo me permitiré el lujo, antes de que llegue el día del juicio final, de contarles cómo me ha salido una nueva novia, a la que llevé a cenar tras una buena caminata bajo la lluvia, con lo que les jode a las asiáticas caminar más de sesenta metros. Estaba en Bangkok, y aunque ame profundamente la cocina tailandesa, fuimos a un japonés de Hiroshima. Lo importante era molestar o parecerlo. Porque sólo en los albores de una relación puedes salirte con la tuya. O parecerlo. Luego todo es plastilina.

 

Nada más comenzar la cena, y antes de que llegaran los aperitivos, la muchacha me dijo que su hermano había muerto de cirrosis hacia veinte meses con solamente 29 años, demostrándose que en los países en vías de desarrollo sus bebidas también lo están. Por lo que me apresuré a pedir cervezas Asahi, tan niponas como Mishima, que no sólo me dejaron el gaznate orgásmico sino que, bajo mi tendenciosa influencia, consiguieron que Puay, que así se llama la mujer, tampoco se sintiera tan mal engulléndolas. Le rogué que evitara el sacrilegio de mezclarla con hielo, que por estos lares es pecado habitual.

 

Tras el ramen, media docena de gyoza de calabaza y una ensaladilla de patata que le salió al chef bordada, comenté a la muchacha que dejar en punto muerto aquella orgía culinaria-alcohólica sólo nos iba a llevar a un mar de lamentos y contradicciones. Por lo que tras negarme a que abonara la mitad de la factura –a la dignidad en Asia hay que exprimirla; que normalmente nadie, femeninamente hablando, saca la cartera ni al llegar a urgencias y a solas por culpa de un buen infarto– la manipulé para que se hiciera cargo de la segunda consumición: una botella de La Vendimia del ilustre bodeguero y enólogo riojano Álvaro Palacios, que degustamos en plena zona de influencia sexual de Sukhumvit; exactamente en el Soi 11, a las puertas del Climax, una discoteca que hace honor a su nombre.

 

Cuando le vi contar los billetes –uno de 500 bahts, diez de 100 y otros de menor cuantía; un pastizal para una doctora que aún es sólo asistente aunque con ese amasijo de dinero pareciera una camello– caí en la cuenta de que el cielo se me acababa de abrir: una mujer asiática, sin maquillar, con un ojo más abierto que el otro, sin tacones –y eso que no alcanza ni el metro sesenta y sus kilos no llegan ni al medio centenar– se atrevía a endosarse en su cuenta de resultados casi cuarenta euros en vino cuando, como a posteriori me reconoció, “creo que sólo había bebido blanco y champagne alguna que otra vez”. El champagne, aseguro, sería espumoso argentino; o como mucho cava de lineal de supermercado. Por lo que por supuesto, y en vez de besarla, le dije que la noche sólo había acabado de comenzar y que un par de bares ilustrados terminarían por confirmar no ya si deberíamos, más tarde, juguetear con nuestros sexos, sino si, y además, esa noche que comenzó cansina y dudosa podría valer para otras más, planeando un futuro que en esos mismos instantes olía extraño; como a gas abierto antes de que pierdas el conocimiento. Sobre todo porque yo hacía uso de un mondadientes, encaramado en mi dentadura que ya cede, mientras sonreía forzadamente. Lo de sonreír tenía únicamente que ver con el plan que estaba urdiendo.

 

Y en esas, ya en el interior de un taxi dentro de una avenida colapsada –­los países en vías de desarrollo, como Tailandia, no sólo son incapaces de fermentar licores no venenosos de calidad sino que hasta levantan carreteras incapaces de soportar a todo su demencial tráfico–, la cogí la mano, que fue cuando ella tomó, de nuevo, la palabra. “Vas demasiado rápido”, me dijo, cuando justo terminaba de decir rápido le estaba practicando un torniquete gratuito con mi lengua conteniendo a la suya. Aclaro que sin el mondadientes. Por supuesto que ni sangraba. Que lo del torniquete fue sólo por evitar males mayores. Que luego recordé una cena hace meses en Phnom Penh donde una señora extranjera, oenegera y soltera deprimida (of course por lo primero), intentaba explicar su doctrina ante señoritas camboyanas escasamente atentas con la siguiente frase: “El beso siempre tiene que ser de los dos. Si alguno lo hace sin vuestro permiso, denunciad”. En el fondo aquella tutora de los demonios las quería como ella: solteras y deprimidas.

 

Cuando Puay me preguntó a dónde nos dirigíamos –ya cruzábamos a pie el Soi 4, evitando la mesita, cuando cientos de travestis, operados y sin operar, además de putas, se entrecruzaban entre la ingente cantidad de veraneantes erectos, casi todos americanos, europeos, japoneses, chinos y australianos, y en su mayoría, en chanclas y camisetas de tirantes; por cierto, que me topé con dos paisanos ataviados con las camisetas oficiales del Sevilla FC, cuando no les solté una hostia para que no me llamaran ultra– le comenté a la moza una de esas frases categóricas que en la mayoría de mis anteriores ligues, comenzando en los años noventa del siglo pasado y finalizando antes de ayer, me habrían podido costar, además de un importante revuelo por el guantazo que iba a recibir, una negativa con denuncia en la ventanilla más peligrosa del ministerio de igualdad. “Vamos a un bar de travelos. Hay que crecer. Y tú, según sospecho, ni los has catado. Y para colmo, eres nativa”. Puay asintió con la cabeza. Y sin haber sido forzada, siguió mis pasos. En el fondo, volvía a tomar las riendas de una tutoría vital y gratuita. No como las de aquella señora soltera y deprimida que deseaba envolver en su mal a todas sus seguidoras.

 

Ya en el citado bar, sito en la segunda planta del Nana –el primer centro comercial sexual y sin aparcamiento que ha generado nuestra humanidad– pedimos otro par de Asahi para, tras dejarla situarse, incitarla a pedir a un travesti, que siguiendo las pautas oficiales, se habría sentado entre nosotros pidiendo una cerveza para luego contarnos todo aquello que sabe y desea acometer a cambio de unos billetes de cien bahts. Puay prefirió centrarse en mí por lo que tras abonar la consumición bajamos una planta donde nos introducimos en el Spanky’s, un bar donde las muchachas van en pelotas y el graderío está conformado por hombres boquiabiertos con parecidos, al menos en algunos casos, a ballenas varadas. Tras la escena de la espuma, donde dos de esas chiquillas hacían un show lésbico, decidimos que ya había sido bastante.

 

Por lo que entramos en esa dimensión ridícula: aquella en donde tras la clásica actuación teatral, timorata y falsaria –“No, yo me voy a mi casa y tú a la tuya”– llegamos a mi apartamento donde sin mediar palabra me desnudé y me metí en la ducha. “No eres muy vergonzoso”, me dijo; “No sabemos si mañana despertaremos con vida”, le aseguré. Por lo que Puay, arrojando sus menudas ropas sobre las mías, también decidió darse una ducha que se convirtió en diálogo cuando me soltó lo siguiente: “En mi vida había pasado una noche como la de hoy”; “Y sin hacer hecho aún el acto”, concluí.

 

Por la mañana, descubriéndonos todos esos defectos físicos que la pasión oculta de manera desmesurada –mi pene había menguado al menos a la mitad, sus pechos parecían aún más pequeños, mi aliento había apestado todo el apartamento, su gesto me resultaba extraño– nos duchamos de nuevo juntos dándonos cuenta de que el amor se estaba yendo por el desagüe, como los pelos de mi cabellera medio calva. En esas, Puay me hizo la pregunta del millón.

 

¿Qué es lo que más te gusta de mí?

Tu cuerpo… así como de niña. Menudo, fresco, muy delgado. ¡Me encanta!

¿Eres pederasta?

 

Como los que al levantarse se toman un café y dan caladas a un cigarrillo –el auténtico laxante– tomé asiento en el váter que distaba veinte centímetros del plato de ducha. Este tipo de diseños interiores, por cierto, se han gestado gracias al progreso que embauca a millones de personas voraces de idioteces. Pero a lo que iba. Que se me abrió el esfínter por semejante pregunta. Y mientras defecaba ante su presencia, antesala de una larga relación, le reprobé su anterior duda.

 

Pederasta menor, en todo caso.

 

Lo de pederasta menor, sin haberlo querido, se convirtió en otro importante trabalenguas; en una especie de oxímoron al contrario, no precisamente basado en una contradicción. Menos mal que Puay tiene 29 años y yo no antecedentes penales, siquiera como defraudador de Hacienda.

 

Pero déjenme que les cuente algo más; por terminar: no saben el vacío absoluto de este planeta, con tantísimos millones de personas solas como tréboles de cuatro hojas en una cima árida, rocosa y nevada. Si la gente supiera la cantidad de posibilidades que hay en cada instante de nuestras vidas las redes sociales que buscan emparentar a inútiles habrían echado el cierre hace mucho tiempo. Eso sí, la dama me dijo que por qué no, que había que intentarlo. Y yo me encuentro en Phnom Penh, a una hora de vuelo de Bangkok y a veinte por carreteras sinuosas, encantado de saber que la distancia es clave para no caer en agujeros todavía más negros.

 

 

Joaquín Campos, 21/07/17, Phnom Penh. 

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