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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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22 de junio, 2016

Feminismo

 

Debería entender el feminismo como una manera de intentar equiparar derechos que a ellas no se les dan. Nada más. Y nada menos. Porque yo –ni nosotros– podemos dar a luz o padecer periodos menstruales. Como tampoco es que ellas tengan que afeitarse el 80% de la jeta cada mañana; tema mucho menor en comparación con traer hijos al mundo o sufrir dolores casi mensuales. Por lo que dejemos ciertos asuntos en paz. Como intentar evitar un tsunami. Imposible. Donde la naturaleza manda…

 

Lo que sí que no acepto es el feminismo chusco que apesta a axila caucásica masculina sin pasar por la ducha. Ejemplo: multitud de oenegeras –si tuvieran armas automáticas y una líder, el ISIS sería, en comparación, una broma navideña con reminiscencias infantiles–, que en Camboya se dedican a buscar excusas para enseñar el temario sobre la igualdad a estudiantes de ocho años cuando aquí nadie sabe ni qué significa y a casi todos les cuesta leer y escribir –en realidad lo hacen porque desde países como España se les envía el maletín repleto de fajos de billetes– mientras miran para otro lado cuando decenas de miles de nativas, bien vestidas, relativamente formadas, y sin haber pasado un solo segundo de hambre, no sólo se acercan sino que se montan sobre las entrepiernas orinadas por sus incontinencias de babosos escandinavos, norteamericanos, nipones, y chinos, entre otros muchos, mucho más cercanos a sus muertes que a sus bodas. Pero claro, ¿quién es capaz de reclamar desde la absurda Occidente, y con dinero público, a una dama oriunda del tercer mundo cuando lo más fácil es montarla al revés?

 

¿Al revés? ¿Y qué quiero decir con esto? Pues que ayer, en mis clásicas arremetidas tras importantes ingestas de vino tinto –¿será esta acción machista?; ¡y yo sin saberlo!–, busqué a ciegas editoriales donde colocar parte de mi retahíla literaria –no todo el muerto se lo va a tener que cargar Renacimiento– cuando recibí, ya esta mañana –que es cuando la resaca te va retirando el placer recibido horas antes–, una de esas respuestas que, sinceramente, son entre casposas y nazis. Al menos fue rápida. Como la inyección letal. Porque no pasaron ni doce horas desde mi correo enviado: “Estimado Joaquín Campos, en esta editorial sólo publicamos a mujeres. Suerte con su obra”. ¿Un txoko vasco? ¿Hitler con peluca? ¿Existen editoriales sólo para hombres? ¿Y para homosexuales? ¿Debería volver a enviar el poemario bajo seudónimo (Mari Carmen De Los Santos) y si se diera el caso de interés por su parte enviar una foto trucada con el jeto de Ada Colau? ¿Y por qué el de Ada Colau? Dos párrafos más adelante se lo explicaré al detalle.

 

Porque mientras ninguna de estas señoras nacidas, criadas, educadas y subvencionadas en Occidente son capaces de señalar el desbarajuste asiático atacando a sus nativas –también existe esta misma pandemia en otras partes del mundo–, me tengo que contener escribiendo solamente este texto simulando ser un ataque de tosferina con el que deseo poner punto y final a mi vida. Aunque en realidad haya sido sólo un ataque momentáneo. Basado en una ristra de continuas injusticias.

 

Y es que coincide que hace unas horas la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, –ojo al dato, como diría aquel– ha comentado –denunciado; estamos en elecciones– que hace poco, y siendo ya muy mayor de edad, sufrió acoso sexual por parte de señores del ámbito judicial –gracias a Dios que un equipo de monjas no la metieron monedas de 500 pesetas por la ranura más sensible mientras estudiaba primaria– que, además, le argumentaron en su cara sus deseos sexuales por culpa de la tremebunda atracción, que en pleno 2016, la alcaldesa Colau genera entre la plebe. Porque debemos reconocerlo: menudo físico. Casi como el mío.

 

Que la alcaldesa de Barcelona esté buena es una pura cuestión subjetiva –ella dice que aquellos señores se lo comentaron claramente. Lo que sin embargo no tiene nada que ver con el feminismo es que a una la halaguen en una fiesta, cena o copeo y que ésta tenga que interponer una denuncia. Denuncia que además se realiza a cuatro días de las elecciones cuando aquellos hechos acontecieron hace meses. Y señalando a los culpables: “Hombres con carrera alta y mucha formación”. Lástima que no hubiera de por medio negros indocumentados, sin graduado escolar; traficantes de farlopa muy cortada. Con la minga que esos muchachos suelen gastar. ¡Dios!

 

Lo que sí debería saber la Colau –alcaldesa no de Monforte de Lemos sino de la olímpica Barcelona– es que a mí –un señor calvo con melenas de 42 años, con restaurante propio en la capital de Camboya, y muy descuidado física y psíquicamente– también me acosan todo tipo de nativas, todas ellas féminas: desde progres a inmundas pasando por vecinas, ex menores y muy mayores de edad. ¿Y? ¿Debo entonces interponer una denuncia en el cuartelillo más cercano o felicitarme por mi dicha ya que mi madre anda a miles de kilómetros para recordarme a diario lo guapo que soy? O, señora Colau, ¿es que no se ha dado cuenta de que el poder atrae? Y si algunos –tampoco creo que muchos– desean acostarse con la alcaldesa de Barcelona, que, reconozcámoslo, siendo secretaria en un gimnasio para nadadores mutilados atraería menos, al menos felicítese. Jáctese de ello. ¿O es que no sabe que los divanes están plagados de seres humanos jodidos no ya sólo porque no follan sino porque nadie, absolutamente nadie, se les pega ni para pedirles la hora? Por lo que, señora: un respeto a la plebe que aún cargando con interesantes físicos y psíquicos, las pasan canutas para encontrar el amor. Que no todas, querida Ada, son alcaldesas y déspotas.  

 

Y dejo el último párrafo para comentar que espero que Almodóvar no se saque un guión basado en mi historia previa: la de las monjas que meten monedas en las ranuras naturales de niñas inocentes. Porque España es así: ve la paja en el ojo ajeno y nunca, absolutamente nunca, la viga en medio de sus dientes. Y así nos va, claro está. Con lo sencillo que sería modificar ese refrán introduciéndonos, todos, esa famosa viga que el ojo nunca ve en nuestras zonas inguinales, ya sean ellas, ellos, los que nacieron como ellas y quieren ser ellos, y viceversa. Y para los perros. Que también tienen derecho. Y que por favor, un equipo de investigación periodística busque e interrogue a los machotes que quisieron ligarse, en pleno 2016, a Ada Colau. A la que no querría imaginar como editora de libros de poemas.

 

 

Joaquín Campos, 22/06/16, Phnom Penh. 

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