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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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9 de noviembre, 2016

La perversión del demócrata

 

Debo reconocer, contra natura general, que el sufragio universal para todos me parece un atraso además de una tomadura de pelo. Claro, que esto debería explicarlo; razonadamente. Con propuestas; mejoras. Pero lo voy a resumir en lo siguiente: es posible que si te ofrecieran tartas de pera, manzana y limón decidieras rechazarlas todas y concentrarte en la siguiente oferta; si es que la hubiera. Y sí, la democracia es el mejor sistema, pero no es ni mucho menos perfecto. Y a los hechos, en general, me remito. Eso sí, déjenme aclararles que desconozco cuál podría ser un nuevo sistema político que mejorara a los anteriores. Yo sólo me dedico a esbozar una realidad muy alejada de cualquier sonrisa: la democracia apesta porque pende de la plebe. Es como si en el paleolítico las gentes comieran cagarrutas dejadas caer por rebaños de ovejas merinas desconociendo que los garbanzos con bacalao son inmensamente mejores que este asunto aún escasamente tratado y que ahora mismo no viene a cuento: la coprofagia.

 

Hoy, Donald Trump, al que la prensa mundial ha hecho famoso por sus bravuconadas en público –en España, además, se le acusa de ser empresario de éxito–, ha ganado las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos en lo que parece haber sido una victoria absolutamente legal; nada de tongo. Por lo que, ¿de qué se quejan los ciudadanos demócratas? Pues de que no han ganado ellos. Simple y llanamente.

 

La democracia es un sistema que se ha convertido en infantil desde que los votantes se creen más listos que los que se postulan para ser votados. Y ahí radica el problema. Es como si el niño le dice al papá cómo tiene que mear, lavarse los dientes y comer; además de follar. En el fondo, y si lo piensan, todos los que hoy demonizan a Trump –nunca lo hacen contra la democracia que ha permitido que saliera elegido por amplia mayoría, ¿se habían fijado?; tampoco los quejosos se atreven a presentarse, siquiera a presidente de la comunidad de vecinos– han querido ser también entrenadores de la selección de fútbol de sus países así como los mejores cocineros cuando sólo por pagar en restaurantes varios se creyeron mejores que el propio chef. Porque la parafilia del demócrata que vota –los hay que no votan aunque lo sean– es pensar que el voto es los más sabio; grande; razonable; perfecto. Una especie de tumor benigno que por mostrarlo tan a menudo acaba convirtiéndose en maligno.

 

He sentido vergüenza ajena –debo reconocerles que en lo que va de día es la segunda vez que vomito– leyendo en las redes sociales a los parias –muchos de ellos amigos– que creen que la victoria de Trump es ilegal porque él lo es. O que aunque el recuento haya sido legal debería la democracia debería ser revisada. ¿No les suena a nazismo?

 

Para mí la democracia es un sistema injusto. Y no sólo porque se presentan tipos como Trump, sino porque bastantes de los que ejercen su derecho al voto se creen mejores que los que dominarán sus vidas. O mejor dicho: porque hay demasiados Trump en los que acuden a votar y a nadie parece molestarle.

 

Ya que la perversión de la democracia es generar a pequeños nazis que en sí, no son más que otros Donald Trump pero en este caso, sin dinero y sin cojones, propongo que el votante se examine antes de ejercer ese absurdo e inútil derecho como el ciudadano que quiere conducir un coche o pilotar un avión de pasajeros.

 

Los mismos que favorecen a nacionalismos enquistados debajo de una boina, o los que se abrazan a la ultraderecha que necesita expulsar a inmigrantes, así como los que piensan, simplemente, que su partido es el único y mejor, por no contar con los que ensalzan la ensalada de patata de su barrio, son las mismas patas de la mesa que aguantan a una democracia que, superando a la banca y al fútbol, es la mayor perversión que ha generado el ser humano y, que además, sigue siendo mantenida con extrema violencia por esos mismos humanos que para su debe afrontan la derrota de sus colores como un auténtico golpe de Estado; sin vítores. Porque si hubiera ganado Hillary, los mismos que a esta hora deliran en las redes sociales –control anti-dopaje cuando pidas la contraseña del wifi, ¡ya!– estarían descorchando cava barato en medio de una trifulca de besos gratuitos, por ello, falsarios.

 

Y bueno, llegados a este punto, mis queridos demócratas según os convenga, tumbaros en vuestros sofás del Ikea, encenderos un porro poco cargado –y cerrad las ventanas, no vayan a olerlo los vecinos–, y poneros una de esas series hollywoodienses que tanto os empalman la mente y el desayuno en compañía del día siguiente, mientras le dais al teclado de vuestro iPhone 7 travestido con una carcasa rosa. Que así es como os quiere Trump y os habría querido Hillary, de la que nadie habla pero que daba, a veces, más miedo que vergüenza.

 

 

Joaquín Campos, 09/11/16, Pekín. 

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