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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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15 de septiembre, 2016

Profesiones con fortuna

 

Hacía tiempo que no me prodigaba por esta bitácora a la que tengo abandonada, que no a la escritura. Pero es que esto de llevar diversos proyectos literarios a la vez, además de cocinar y demás asuntos tan necesarios para mi existencia como intentar hacer el acto, me hacen tener preferencias, que superados los 42 años de vida, no es mal asunto por muy tarde que me haya llegado la lucidez de saber centrarme en algunos asuntos despreciando a otros.

 

Contar que estaba pensando en esto de la escritura, a los que algunos llaman profesión. Yo el otro día conocí a una escritora consagrada –o sea, que sale en Wikipedia, acumula dinero en cuentas corrientes así como viviendas no precisamente de protección oficial– y a las primeras de cambio me ofreció la oferta más impertinente, por excesivamente sugerente, que han escuchado mis oídos en estas ya más de cuatro décadas de vida: “Me preñas, nos casamos y yo te mantengo”, me dijo, mientras veíamos en su portátil Pulp Fiction. Creo que fue a la altura de la escena donde John Travolta casi sufre un infarto al ver como la mujer de su jefe casi se le muere de una sobredosis. Señales.

 

Aunque debo reconocer que yo celebré mi dicha descorchando –ya he comentado hace dos párrafos que la lucidez nunca me brota al segundo de haberse gestado el problema– que fue cuando caí en la cuenta de que yo no es que no necesite que alguna persona, asociación o gobierno me mantenga –en realidad, claro que sí lo necesito: estoy en la ruina y ya me han advertido que por Bangkok esté un tiempo sin ir– sino que aún me interesa más vivir en el riesgo de la mendicidad, dando giros bruscos, durmiendo a solas… en resumidas cuentas, viviendo conmigo mismo, con el que ya tengo más que suficiente, haciendo lo que me dé la gana que a veces es realmente mi auténtica felicidad. Iba a decirle aquello de voy a por tábaco, para luego no volver. Pero al no ser fumador prefería esperar al alba para salir corriendo.

 

La escritora no sé cómo se lo ha tomado, porque sigue sin convocar una rueda de prensa al respecto; ella que puede. Pero yo ando encantado de seguir caminando sin pies ni suelo. La escritura, como podrán comprobar, y sin que sea exactamente, al menos en mi caso, una profesión –podría decir, para algarabía de los que me odian (todos españoles y en muchos casos conocidos), que a día de hoy me ha costado más pasta de la que he ingresado; pero bueno, también he invertido más en beber vino que en vendimiarlo y a nadie parece haberle molestado– se parece bastante a un trabajo. Mis horas diarias de escritura y lectura no me las quita nadie. Además de esos momentos delirantes que paso –son los mejores, sin duda– cuando encuentro una musa a la que toquetear y escribirle versos. Curiosamente ahora ando en ese asunto; exprimiendo a una de 23 que ni escribe libros ni los lee ni sale en Wikipedia pero que posee una piernas como columnas jónicas. Tampoco me casaré con ella; ni la preñaré. Pero al menos ya llevo siete poemas nacidos de la auténtica pasión.

 

Y bebiendo vino tinto y escribiendo, llegaba a una conclusión que ensalza esta supuesta profesión de escritor: mientras mis mejores versos y párrafos me brotan cuando el tinto pelea por ser más dominador en mis venas que mi propia sangre, un cardiólogo se ve incapacitado de operar a corazón abierto tomándose siquiera un vermú aguado y el comandante de la compañía aérea que ustedes elijan sufre controles estrictos en donde si le detectaran una sola gota de vino vertida sobre su uniforme vería perder su puesto de trabajo. Que hasta el carnicero que bebe a hurtadillas detrás de su mostrador, allí en el almacén donde apesta a carne muerta por mucho que friegues, tendría altas probabilidades de amputarse una mano, o al menos un dedo. Por lo que, gracias literatura, que tan bien casas con el vino tinto.

 

 

Joaquín Campos, 14/09/16, Pekín. 

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