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Contar lo que no puedo contar el blog de Joaquín Campos


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4 de junio, 2016

Tiananmén: 27 años

 

 

No sé cómo escribir este texto sin que les joda a algunos. Y no me refiero a los gerifaltes del Partido Comunista Chino (PCCh), que en su puta vida han puesto el ojo sobre un cocinero que escribe –tampoco es que, sospecho, lean demasiadas obras al año, apercibidos por el sueño del inculto: amasar dinero y posar en lugares públicos–, sino porque las efemérides de la Masacre de Tiananmén sigue pasando inadvertidas no ya para la inmensa mayoría del pueblo chino sino para la práctica totalidad del resto de la población mundial, que gracias a sus gobiernos plebeyos con el PCCh –cambian derechos humanos por un mercado al que acceder que en realidad no existe; o sea, a ciencia cierta permutan silenciar las masacres chinas a cambio de salir en la foto y no molestar a la mayor y más poderosa banda mafiosa de la historia de la humanidad: los maestros del partido Comunista Chino– evitan pronunciarse, ocultan y deprecian un acontecimiento único que ya es más famoso por la nula ola que genera que por lo que fue.

 

Porque cuando usted lea este texto se habrán cumplido veintisiete años exactos desde que el gobierno de Deng Xiaoping ordenara pasarse a cuchillo a centenares –o tal vez a miles– de estudiantes chinos que no exigían democracia, sino algo más de libertad, cultura y todas esos asuntos que necesitan las personas que ponen interés en diferenciarse de las ratas y las cucarachas.

 

Que Occidente, por medio de sus gobiernos –además de con la inestimable ayuda de sus diplomáticos, empresarios y periodistas en suelo chino–, ignore esta matanza año tras año, ha ayudado a que en China y, en algunos otros países de los alrededores además de en buena parte de las naciones africanas –allí donde invierte comprando voluntades–, se haya asentado la cultura de la masacre, la coima y la humillación para poder sacar a China –bajo el paraguas de sus empresas estatales que arrasan buena parte del mundo– de su déficit evidente: no aportan ni pensadores, ni creativos ni, en realidad, trabajadores rentables a este mundo, si es que esos (trabajadores) no están obligados a trabajar. ¿O es que China no es famosa por ser la nación que más explota a su personal, en el acto de despotismo y racismo más emblemático de su ADN que la ONU permite porque, en el fondo, es otra organización seminazi que se aprovecha del asunto pensando en asentarlo en la vetusta Europa? ¿O es que, a estas alturas del partido, piensan que ser nazi, seminazi o pronazi tiene que ver con el apoyo a Hitler y no con el permiso, cuando en teoría tienes la fuerza para evitarlo, para que China haga lo que se le ponga no ya contra los derechos humanos, sino contra sus propios compatriotas, en sí seres humanos, que son tratados como cobayas; cobayas que, además, acaban agitando la banderita de la República Popular en el Síndrome de Estocolmo más violento, ridículo y penoso que he conocido en toda mi vida, real o de ficción?

 

China, a día de hoy, es el primer caso de potencia mundial incapaz de incorporar algo al mundo de la cultura. O dicho de otro modo: nadie, a lo largo y ancho de este planeta, quiere ser chino. No ya pedir su nacionalidad, siquiera parecerse. ¿Han visto cuántas pateras llenas de inmigrantes llegan a diario a las costas de China? Ninguna.

 

Tal vez si aquellos estudiantes chinos, hace veintisiete años, hubieran conseguido modificar el paso –al menos un poquito– de los gerifaltes ex comunistas, hoy habría en el mundo algún ser emocionado con China, su cultura, política exterior y cocina, hoy también famosa por la incorporación de carne de roedores sustituyendo a la de ternera. Sobra decir que la sorpresa en el menú no se realiza como lo habría hecho Adrià, a lomos de la máxima creatividad, sino por la más flagrante estafa. Lo de siempre. ¿Cuánto puedo ganar a costa de mi prójimo, lo antes posible y sin atenerme a las consecuencias?

 

Pero el PCCh prefirió robar propiedad intelectual a Occidente a defender a sus estudiantes; asesinar a los que se quejan –y con razón– a debatir y buscar culpables, o al menos, justicia. Que hasta se han abierto ligas horteras –la de fútbol copia al dedillo a las europeas y la de baloncesto hace lo propio con la NBA– o se han comprado premios literarios internacionales reconocidísimos intentado tapiar el mayor vacío cultural de una civilización, que hasta hace no tantos años, llegó a tenerlo todo: la china.

 

Ayer –esta expresión escrita que está leyendo la escribo un 2 de junio–, la policía china detuvo en Pekín a cuatro ancianos que intentaban rendir tributo, mediante el rezo, a sus familiares perdidos en aquella masacre que hoy chinos y occidentales timoratos intentan ocultar, o como poco, despreciar. Ni se sabe cuántos disidentes han muerto, desaparecido o están encarcelados desde que Mao y sus hijos (de puta) dominan un país al que no le falta demasiado para saltar por los aires. Pero todo esto da igual a los hijos de las supuestas democracias occidentales que hoy –aunque muchísimos menos que antes– campan a sus anchas por las estrecheces vitales chinas que les ofrecen, y solamente, sexo fácil –o amor falso– y dinero. ¿O es que alguien se cree que en el país de cáncer, el gargajo sin compasión, el tráfico indómito, la comida envenenada, las aguas fecales embotelladas y las injusticias constantes y sangrantes iban el número de expatriados residentes a seguir creciendo? ¡Si se van hasta los chinos! Sobre todo los que tiene dinero y saben que lo han conseguido robándolo. Que a este pasó sólo quedarán mandarines –y paupérrimos– en un país que ya se pasó por la piedra a los manchúes, que hace lo propio con los escasos mongoles que quedan, y que se plantea acabar antes de la mitad de siglo con cualquier atisbo de ciudadano uigur y tibetano. Richard Gere, ¿dónde cojones estás? Que ya puestos, y si yo fuera el Dalái Lama, con esa edad que gasta tan avanzada, convocaba a los medios internacionales –él que puede– y me quemaba a lo bonzo delante de todos. Con la gasolina, por supuesto, nipona. Porque tras 143 tibetanos muertos, quemándose vivos, no ha habido gobierno, asociación, medio, periodista, empresario, anacoreta, monseñor o altruista que haya tenido el valor de denunciar lo que nadie es capaz de ver: si España fuera un estado opresor, que no lo es –más bien es un estado retrasado–, ¿cuántos vascos o catalanes se han suicidado en el último siglo por culpa de Madrid y sus políticas centralistas? Pues en Tíbet 143 en seis años, que sepamos. ¿Y han visto a alguien mover un solo dedo? Incluyo al actorcete de chichinabo (Muchachada Nuí dixit) Willy Toledo, que parece que se mete en todos los charcos pero que no tiene huevos a venirse a China a hablar con la oposición, que en realidad no existe, o con algún disidente justo antes de que sea detenido, apaleado o asesinado. Por cierto, que willy, en inglés, tiene estas cuatro acepciones: rabo, nabo, polla, pito. Y a los hechos me remito.

 

Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores chino, y también ayer, se despachaba en los siguientes términos ante un periodista canadiense. Y una pena, la verdad, que esa panda de matones se vea en la obligación, muy de tanto en cuando, de contestar a preguntas de profesionales libres. El periodista preguntó a Wang Yi, con su patético homólogo canadiense sonriente y a su lado, que qué opinaba de los derechos humanos, cuando el gerifalte chino no sólo no le contestó a la pregunta sino que le tachó de “irresponsable”. Como hacen otras etnias, yo le habría lanzado mi par de 46 contra su cabeza, en señal de máximo desprecio. En el fondo, la devolución de lo que él y toda su panda de matones realizan a diario.

 

Pues eso, porque creo que ya me estaba desviando del tema, porque este 4 de junio de 2016 se recuerda lo que aconteció el 4 de junio de 1989. Y aunque creo que ya lo comenté en anteriores ocasiones debo repetirlo: en aquellos años ochenta del pasado siglo que llegaba a su fin nunca soñó el PCCh con que NADIE en el mundo les hubiera puesto en tela de juicio en este 2016, otro año hacia abajo en la escalera constantemente descendente de los derechos humanos y las libertades en general así como en la defensa de un medio ambiente que en China, por ennegrecido, se fotografía a modo de postal macabra.

 

Que hay embajadores que se la juegan –el embajador americano en Libia fue asesinado por linchamiento–; periodistas que se van a Siria y son secuestrados y/o decapitados; naciones como Bután que niegan cualquier relación diplomática con China; y luego está la generalidad: embajadores en Pekín que negaron la Matanza de Tiananmén y otros altos cargos diplomáticos que son más famosos por sus amantes nativas que por sus actos heroicos; corresponsales en China que al paso que van, durarán más en Pekín fusilando teletipos que Jiang Zemin agonizando en vida; y la totalidad de las naciones rindiendo pleitesía a un país que equivale en daño a que un ser humano perdiera tres de sus cuatro extremidades en su plena adolescencia.

 

Eso sí, a la vez de este texto hoy encontrarán en otros medios –nacionales, regionales, locales; televisivos, radiados, en internet– noticias vacuas sobre el asunto, que edulcoradas, intentarán hacer ver al lector que la libertad sigue estando de su lado. Y un recuerdo a todos los asesinados, desaparecidos y perseguidos por esa banda de mafiosos con derecho a veto en la ONU que un día decidieron pasar a la historia de unos pocos: sus compatriotas, jóvenes y estudiantes, que murieron asesinados o casi, y todos aquellos que cada 4 de junio les recordamos.

 

Y por abrir otro párrafo más, ya el último, miren qué poco cuesta generar una alerta, en este caso naranja, en París: lluvias torrenciales –me río yo de ellas ya que vivo en el sudeste asiático entre monzones brutales– por las que cierran el Museo del Louvre; el gobierno francés reunido; la prensa alterando a la población; la población alterada, y por ende, acongojada. Me entero hasta yo, en Camboya, a través de medios españoles del asunto. Alerta naranja. ¿Qué alerta declaró el gobierno de Pekín el pasado 4 de junio de 1989? Probablemente ninguna. Ya que todos aquellos estudiantes habrían preferido al Sena desbordándose sobre sus pechos antes que a sus jefes sacando los tanques a las calles. Descansen en paz.

 

 

Joaquín Campos, 02/06/16, Phnom Penh. 

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