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Chaplin no tenía bigote el blog de Josep Carles Romaguera


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10 de abril, 2015

Ferrara contra el mito de Pasolini

 

Suena Nocturne No. 8 in D-Flat Major, Op. 27, No.2,

de Frédéric Chopin

-interpretada por Idil Biret-

 

 

 

Con Pasolini (ídem, 2014), la película que ha dirigido Abel Ferrara, corremos el peligro de exigirle ya previamente a su director que sus imágenes traten de reproducir el universo cinematográfico del malogrado cineasta, novelista, poeta y ensayista italiano. Es más, semejante planteamiento no deja de esconder cierta arrogancia por nuestra parte como espectadores, al considerarnos capaces de conocer, y por tanto alcanzar, la visión poética, la profundidad de pensamiento, la actitud combativa de uno de los artistas e intelectuales más relevantes, importante y controvertidos de la Italia de la segunda mitad del siglo XX. Nos creemos, así pues, con la capacidad suficiente para saber qué recriminarle al bueno de Ferrara quien, por su parte, parece precisamente obligarnos a ello, en uno de sus habituales gestos provocadores.

 

A pesar de que con el paso del tiempo Ferrara parece haberse atemperado, a través de sus películas, en muchas ocasiones habitadas por personajes atormentados y turbios, siempre vistos bajo un prisma amoral e insano, no ha dejado de situar al espectador frente a la incomodidad y la turbación. Su mundo, y por lo tanto su cine, recorrido por la neurosis y la angustia, en cuyas entrañas late a veces un católico sentido del pecado, nos han provocado hasta límites cuestionables. Y con Pasolini, sin la contundencia y la crudeza habituales, de manera más subrepticia, el cineasta italoamericano parece incitarnos a la confrontación al atreverse, de forma ciertamente tosca, eso sí, a poner en escena tanto la novela (Petroleo) como el guión (Porno-Teo-Kolosal) que estaba escribiendo Pasolini en los días previos a su trágica muerte.

 

 

En primer lugar, uno puede desconcertarse, incluso indignarse, por el arrojo, y la inconsciencia, de semejante gesto. En segundo lugar, puede tratar de comprender, y así de paso disculpar al bueno de Ferrara, la decisión que toma el cineasta al reconstruir a través de la ficción el último día de la vida del director de Teorema (ídem, 1968). Pasolini es una crónica, a la vez que un laico vía crucis, que se nos ofrece como testimonio de todo lo que hizo, pero también todo lo que presumiblemente pasaba por su cabeza, ese fatídico 2 de noviembre el cineasta italiano. Así pues, sin dejar de cuestionar si es lícito o no, es coherente, y eso nos llevaría al terreno de la paradoja, que dentro de esa estructura caleidoscópica Ferrara ponga en escena la obra de Pasolini. A lo largo del film asistimos a la cotidianeidad de las última horas del artista italiano –sus encuentros con amigos y examantes, su trabajo, sus lecturas, comida familiar,…- hasta ese desenlace ya por todos conocidos en la playa de Ostia, a donde Pasolini había acudido con uno de sus furtivos y jóvenes amantes.

 

 

Es ese un instante que Ferrara reconstruye a sabiendas de contradecir la versión oficial y también de desvelar un misterio del que siempre se han dado numerosas y poco esclarecedoras versiones y que puede suponer el segundo gesto polémico por parte del director de Teniente corrupto (Bad lieutenant, 1992) y del guionista Maurizio Braucci. Quedan al margen las teorías conspiratorias que hablan de crimen político, por ejemplo, y se nos impone una versión que no por cuestionable en su validez o invalidez, resulta molesta. De esta forma, Ferrara no solo se otorga a sí mismo el derecho de plasmar en imágenes la creación artística de Pasolini –más allá de que en la visualización del guión de Porno-Teo-Kolosal haya un interesante juego de espejos- sino también de vulnerar la leyenda trágica que rodea el nacimiento de un mito.

 

 

 

Es posible que sea la consecución lógica de un cineasta que precisamente aquello que pretende es devolver a lo terrenal la figura de Pasolini. De ahí que el film además renuncie a cualquier tono elegíaco. Al fin y al cabo, Pasolini, es una película que resulta más interesante no por lo que pueda decirnos en torno al malogrado artista e intelectual italiano sino por lo que pueda decirnos del propio Ferrara y como su cine, que se ha ido despojando de lo sórdido, lo crispado y lo turbio, sigue habitado por personajes dolidos, siempre complejos y tortuosos, vistos, eso sí, con una cierta serenidad, que resulta diametralmente opuesta al enfrentamiento directo con el horror que nos dejó Pasolini. Uno no sabe que pensar cuando un cineasta, Ferrara, utiliza una personalidad artística tan elevada, la de Pasolini, para convertirse a sí mismo en un misterio. ¿Excentricidad o atentado?

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