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Chaplin no tenía bigote el blog de Josep Carles Romaguera


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8 de julio, 2014

Saltar el muro

 

Suena I need my girl,

de The National

 

 

Una película como Omar (ídem, 2013), dirigida por Hany Abu-Assad, parece a priori contar con una coartada que le favorece al ser una propuesta que inmediatamente motiva la tolerancia del espectador al suscitar nuestra intolerancia como seres humanos. La que nos produce la existencia de ese infame muro de la separación que, intimidatorio y omnipresente, recorre el territorio palestino. Omar podría ser una película que jugara desde el principio con las cartas marcadas, aquellas que predisponen al espectador, sensibilizado en mayor o menor medida con determinados asuntos políticos, solidario a buen seguro con el drama humano –de un lado y del otro-, a aceptar una propuesta cinematográfica sin plantearse sus valores artísticos. Pero la película de Hany Abu-Assad no tarda en evidenciar que la suya es de nuevo, y casi una década después de haber dirigido, por última vez en territorio palestino, Paradise Now (ídem, 2005), una propuesta que no va a buscar excusas o justificaciones en los aspectos políticos o sociológicos.

 

La localización geográfica, la situación política y el origen de los protagonistas establecen un contexto muy determinado, eso está claro. También lo está que la historia que se nos cuenta podría producirse en otro lugar y con otros protagonistas. Omar salta cada día el mencionado muro y esquiva las balas de la policía militar israelí para visitar a Nadia, con la que mantiene una historia de amor secreta de notitas entregadas con el té. Sin embargo, ese no es el único motivo de Omar, quien trabaja como panadero en el otro lado. No solo se trata de amor, sino también de la lucha de la libertad de su pueblo en la que participa junto a sus amigos de la infancia, Tarek, el hermano mayor de Nadia y líder de una de las organizaciones –terroristas o no-, y Amjda, otro pretendiente de la joven. Las circunstancias no son propicias para el amor, sino más bien para el dolor, las traiciones y el rencor. A pesar de ello, Omar está dispuesto a conseguir el consentimiento para el amor de Nadia y la liberación de su pueblo. Sin embargo puede que ambos sueños sean imposibles y lleven a nuestro protagonista a una encrucijada, en la que tomar decisiones resulte contradictorio y doloroso, en la que tenga que elegir entre el honor y la fidelidad a su pueblo o proteger el amor que siente por Nadia.

 

 

En Paradise Now Hany Abu-Assad afrontaba sin tapujos el complicado tema de las inmolaciones. Ahora, su mirada vuelve a ser directa y honesta aunque el motor principal de la historia podría ser el de cualquier melodrama –aquí con triángulo amoroso incluido. Esa es solo su cobertura. En su interior una película como Omar nos ofrece una historia que a medida que se va desarrollando, a través de una aparente sencillez, va adquiriendo mayor complejidad y ambigüedad –algo a lo que contribuye el calculado sentido de la elipsis que conforma el relato-. De repente, casi sin darnos cuenta, nos hemos introducido en un mundo de tonalidades más sombrías, lleno de sinsentidos, sustentado por un discurso que rehúye el maniqueísmo –consciente de que lo contrario afectaría a su intensidad dramática- y critica el fanatismo y puesto en escena de forma realista, de manera que se transmita el desasosiego, la amargura, la rabia, y toda una serie de sentimientos encontrados en sus protagonistas. Nosotros, como espectadores, saltamos de un lado al otro de ese muro que también se va elevando en torno a unos y a otros.

 

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