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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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13 de septiembre, 2017

Desde Biafra hasta Provença 150

 

Desde que supe que la guerra más dura de África se libró en Nigeria, y porque unos señores de ese país se sentían marginados y pensaron separarse, las causas secesionistas no me dan igual. Incluso si no hubiera habido la guerra de Biafra, en la que se metieron todas las potencias mundiales, nunca me daría igual que se siguiera mirando a los secesionistas como la peor cosa que puede ocurrir en un país. Y es que me voy directamente al grano, no quiero que el asunto de Catalunya se siga enredando y que nadie quiera decir claramente lo que está sobre la mesa.

 

Y es que no es un pecado que un grupo organizado de las comunidades de un país se sienta muy fuerte en su identidad y quiera largarse. ¿Y saben por qué no creo que sea ningún pecado la idea de secesión? Porque nunca creí que ningún grupo organizado de personas, constituidas o no en gobierno, tuviera la facultad de impedir que otro grupo o individuo se instale en un territorio.

 

¿Saben por qué? Pues los territorios que forman los Estados o naciones nunca han estado en venta, porque los planetas presentes o futuros nunca lo estuvieron, así que los argumentos que se esgrimen para impedir la entrada de individuos o grupos en un territorio determinado, como ocurre con los refugiados, son falaces. Es decir, que los húngaros, pongamos un ejemplo, se hayan establecido en las tierras en las que están, y desde el siglo que sea, no les permite, para mí, impedir que otros se instalen.

 

Esto lo dije a raíz de los abusos que se cometieron contra los refugiados sirios, y de otros lugares, que hacían tentativas para entrar en suelo europeo. Y aquella vez dije algo que creo que habría que tener en cuenta. Dentro de unos siglos, cuando hayamos hecho imposible la vida en este planeta y urja conquistar otros, ocurrirá que los que lleguen primero se apropiarán de todo, y simplemente por llegar primero, cuando nos consta que ningún planeta está en venta. Y no habrá nadie que les pueda rebatir la tontería. Así que, si no hay argumentos para impedir que nadie entre, díganos que puede haberla para retener a los que quieran irse por su santa voluntad, aparte teorías políticas y reclamaciones históricas que no convencen.

 

Bien, veo que por una amenaza de secesión los hombres que son testigos de esta historia son capaces de permitirlo todo, de aguantarlo todo, de hacer que se haga todo, haciéndolo todo a cara descubierta, mientras que antes todo se disimulada. Pues enhorabuena, que disfruten.

 

Hay dos cosas que debería decir para terminar. Una no lo diré, por si acaso. La otra es que desconozco qué hay en el número 150 de la barcelonesa calle Provença; ojalá vayan a verlo y sea un tugurio de mala muerte o bien un centro de masaje donde las caricias se ofrecen eufemísticamente al mejor postor. No se corten y vayan al grano y sigan disfrutando.

 

Barcelona, 13 de septiembre de 2017

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