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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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12 de septiembre, 2018

‘Todas las mujeres’, el arte de la fuga

 

Todas las mujeres fue primero una serie de televisión de seis episodios que emitió TNT España en 2010. En ella, un veterinario en crisis interpretado por Eduard Fernández se iba confrontando con las seis mujeres que habían significado o significaban algo en su vida. La dirigió Mariano Barroso, que también firmaba el guión junto a Alejandro Hernández. En 2013 fue remontada para ajustarla a un metraje cinematográfico de hora y media. Daniel Veronese la ha metido ahora en veredas escénicas, interesado “por la posibilidad tan teatral que tenía el material”, según explica en el programa de mano de una función que busca el elixir de la comedia sin descuidar la acidez en el retrato de un personaje casi peterpanesco que se zafa de cualquier compromiso huyendo constantemente hacia delante para evitar que el cielo se derrumbe sobre su cabeza.

 

Nacho, el protagonista, es un cuarentón aquejado de perpetua inmadurez que aúna en su personalidad los perfiles del pringado y el aprovechado en una mezcla sin solución de continuidad, como la vida misma. Tiene un plan para salir del círculo de la rutina conyugal y laboral: hacer desaparecer cinco novillos de la empresa ganadera donde es explotado por su suegro para venderlos en Portugal. Se asoma a escena cuando ya se ha llevado a cabo la primera parte del proyecto, en el que le ayudan un par de compinches que se adivinan más o menos catastróficos y Ona (Lucía Barrado), una joven becaria que se ha convertido en su amante y con la que llega a una cabaña que fue de sus padres (de los de él). Como no es cuestión de espinofear –se me acaba de ocurrir el palabro y lo suelto, aunque podría emplear el verbo reventar, discúlpenme ustedes– el argumento, señalaré únicamente que las cosas se tuercen y para salir del atolladero el veterinario trapisondista va recurriendo sucesivamente a Marga (Nuria González), una antigua novia que es ahora abogada de prestigio; Amparo (Lola Casamayor), la madre que de vez en cuando le suministra dinero para ir trampeando; Carmen (Mónica Regueiro), la cuñada enamoriscada del calavera, y Andrea (Cristina Plazas), una psicóloga a la que intenta convencer de que le firme un certificado de enajenación transitoria que justifique ante la policía su comportamiento.   


 


Fele Martínez posa con todas "sus" mujeres (de izquierda a derecha): Nuria González, Lucía Barrado, Lola Casamayor, Cristina Plazas y Mónica Regueiro

 

Veronese, creador mayúsculo en otras apuestas más arriesgadas (Mujeres soñaron caballos, Un hombre que se ahoga, El desarrollo de la civilización venidera, Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo, Los hijos se han dormido, Espía a una mujer que se mata…), aborda un empeño de magnitud más leve, aunque de interés, y ajusta espacios y tiempos para que todo ocurra en unas horas en esa cabaña bien resuelta escenograficamente por Ana Garay (una silueta de paredes y tejado, un interior convenientemente rural y un gran ventanal que da al campo). Como parece inevitable, tiene que adelgazar perfiles y agilizar conflictos (ha eliminado el personaje de la esposa, que solo tiene presencia telefónica), lo que resta contundencia y hondura al resultado si lo comparamos con las referencias originales, tanto la televisiva como la fílmica. El director, que no se complica a la hora de mover a los personajes, pues la obra es una sucesión de encuentros entre Nacho y “sus” mujeres, una a una, firma un trabajo fluido y eficaz. Cada mujer reina en una escena, en su cara a cara con ese caradura mentiroso que intenta engatusar a todas picando a destajo en la mina de sus afectos y con quien todas tienen cuentas pendientes. Hasta que la realidad atrapa al embustero, que debe asumir su primera decisión madura aceptando la verdad de la que intenta huir. Una comedia menos ligera de lo que parece.

 

Fele Martínez encarna con solvencia a un Nacho que, alejado del de Eduard Fernández, explora los territorios que van de lo patético a lo grotesco, en busca de la empatía cómica con el espectador. Frente a él, las actrices afilan maravillosamente sus respectivos perfiles cuando llegan sus escenas. Lucía Barrado es una Ona cautivadora y Mónica Regueiro sabe explotar la inocencia y la firmeza de su Carmen, estupendas ambas, aunque permítanme que me quede con la abogada a cargo de Nuria González, matizadísima al ajustar la balanza del pasado y el presente; la expresividad de la madre interpretada por Lola Casamayor, que mantiene la distancia con su aprovechado vástago y juega sus bazas de mujer que no renuncia a la pasión, y la bien dibujada psicóloga de Cristina Plazas, segura y profesional, pero dejando adivinar cierto grado de complicidad futura con su paciente/cliente.

 


Título: Todas las mujeres. Autores: Mariano Barroso y Alejandro Hernández. Dirección y adaptación: Daniel Veronese. Escenografía: Ana Garay. Iluminación: Pedro Yagüe. Vestuario: Marco Hernández. Intérpretes: Fele Martínez, Lola Casamayor, Lucía Barrado, Nuria Gonzalez, Mónica Regueiro y Cristina Plazas. Teatro Reina Victoria. Madrid. 6 de septiembre de 2018.

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