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El mundo no se acaba el blog de Lino González Veiguela


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25 de julio, 2016

Archivos históricos (españoles) cerrados hasta nuevo aviso

 

Los historiadores que investigan sobre la Guerra Civil llevan denunciando desde hace algunos años que España es uno de los países desarrollados con menos apertura de sus archivos históricos. En un artículo publicado hace unos días  en la revista Contexto, los historiadores David Jorge y Carlos Sanz Díaz explicaban la restringida situación de miles de documentos sobre la contienda española: ¿qué sentido tiene –se preguntan- mantener inaccesibles para los historiadores esos documentos? En muchos casos, son documentos que, según la ley, deberían estar disponibles al haber transcurrido ya 75 años desde que se produjeron los hechos: legalmente, por tanto, tendrían que estar disponibles. Pero las autoridades españolas han decidido precisamente lo contrario: extender el secreto. Los autores comentan, además, que la tendencia en otros países desarrollados es reducir los plazos que se mantienen en secreto documentos. Afirman también que el panorama de algunos archivos españoles es comparable a la que se vive en Rusia: durante los años de Yeltsin los archivos se abrieron casi en su totalidad, para cerrarse años más tarde con la llegada al poder de Vladimir Putin. Hasta hoy. Durante aquellos años de apertura se pudieron investigar y rescatar documentos de cierta relevancia. El investigador ruso Vitali Shentalinski, por ejemplo, tras acceder a los documentos custodiados en el tétrico edificio de la Lubianka, cuartel general de la KGB situado en el centro de Moscú, escribió tres volúmenes sobre la represión que sufrieron algunos de los más notables escritores y artistas de la Edad de Plata de la literatura rusa: Isaak Babel, Andrei Platonov, Mijail Bulgakov, Osip Mandelshtam, Marina Tsvietáieva, Anna Ajmátova, Boris Pasternak…(en España comenzó a publicarlos la editorial Muchnik y completó la tarea Galaxia Gutemberg).

 

Además de las denuncias sobre archivos públicos, conviene recordar que en algunos investigadores no pueden acceder a algunos archivos privados. En su libro sobre César González Ruano, El marqués y la esvástica (Editorial Anagrama) la historiadora Rosa Sala Rose y el periodista Plàcid Garcia-Planas denuncian la negativa del responsable de la Fundación Mapfre para que pudieran consultar los documentos sobre Ruano –colaborador nazi y presunto traficante de personas- en poder de la Fundación. Al parecer, dicho responsable, tras leer las primeras páginas del libro que le enviaron los autores, consideró  que la obra era –cito de memoria- tendenciosa. En esa época aún se entregaba cada año el premio periodístico que llevaba el nombre de Ruano, uno de los más prestigiosos y mejor dotados económicamente de España. Varios de nuestros “intelectuales más notables” lo recibieron. El premio ya no lleva el nombre de Ruano. Le cambiaron el nombre el mismo año en el que se publicó El marqués y la esvástica. Una de esas casualidades, cabe suponer.

 

En varios países, sin embargo, la apertura de los archivos históricos ha formado parte de amplios procesos de justicia transicional. Procesos difíciles, sobre todo si los hechos traumáticos son muy recientes. Un buen ejemplo tiene que ver con la ex República Democrática Alemana (RDA). Los archivos de la Stasi enfrentaron a muchos con su pasado personal más íntimo: algunos descubrieron que amigos, e incluso parientes, habían informado sobre ellos a los servicios secretos.

 

En el otro lado alemán del muro, el problema relacionado con los archivos ha sido otro: la abrumadora cantidad de material que se ha ido desclasificando y la preminencia historiográfica de la época nazi ha marginado, en buena medida, el interés acerca de muchos casos de injusticia e ilegalidad producidos durante la turbia posguerra, cuando biografías de eminentes jerarcas y colaboracionistas nazis se blanquearon una vez que fueron integrados en las altas estructuras del nuevo estado democrático. Uno de estos casos fue rescatado -de un descomunal archivo de más de 800 mil metros de informes- por el abogado y escritor Ferdinand Von Schirach, descendiente a su vez de un criminal de guerra nazi-. En su libro El Caso Collini (editorial Salamandra), Von Schirach refresca la olvidadiza memoria alemana sobre el poco ejemplar proceso de asimilación de antiguos criminales de guerra durante los años “del milagro económico alemán”. La obra generó un gran revuelo en el país cuando se publicó en 2011.

 

Junto a los testimonios directos, los archivos históricos son el principal medio que tenemos para aclarar el pasado, expurgando las falsedades que se han ido integrando en la narrativa oficial de lo sucedido. El trabajo de los historiadores no se limita, sin embargo, a una mera búsqueda y transcripción de los documentos que descansan en los archivos. Son únicamente una de las fuentes disponibles. Quienes elaboraron los documentos históricos también pueden haber mentido. De hecho, suelen mentir.

 

Leyendo el libro de relatos El grito del ave doméstica, del escritor ruso Maksim Ósipov, me encuentro con el diálogo entre un anciano y el hijo de un delator que, con su confesión, sentenció a varios jóvenes poetas compañeros de generación durante los represivos años soviéticos. El hijo, emigrado a Estados Unidos desde su Petersburgo natal, ha llegado a cambiarse el patronímico por la vergüenza. El anciano, que conoció a su padre, intenta matizar el comportamiento del progenitor –con poco poder de convicción- explicándole cómo funcionaban las cosas en los viejos tiempos. “En aquella época”, dice, “todo iba a parar en una sola cosas, los órganos de seguridad y los disidentes. Uno se acuerda. Ahora bien, lo de publicar todos esos archivos secretos puede ser peligroso, echa a perder muchas biografías. Porque el KGB también hacía chapuzas con la información para poder con el plan quinquenal. Imagina que te llaman a un interrogatorio y te preguntan: ¿eres un hombre soviético”.

 

¿Le llamaron a usted? -pregunta Matvéi.


¿Qué más da, si me llamaron o no? Sí, me llamaron. Y respondes que sí, que lo eres. Entonces te proponen colaborar, Rechazas educadamente la invitación: discúlpeme, me encantaría, pero, saben, soy bebedor y patológicamente sincero. Había varios subterfugios por el estilo. Bueno, si usted fuera testigo de acciones dirigidas contra el Gobierno soviético…Les informaré, por supuesto. Ellos toman nota: has accedido a colaborar verbalmente”. Y eso es lo que quedará reflejado en los informes que sobrevivirán a todos los protagonistas.

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