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El mundo no se acaba el blog de Lino González Veiguela


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3 de febrero, 2015

Slavoj Žižek, castración y año electoral

 

“El empleado explota”, escribió el filósofo alemán Ernst Bloch en 1932, poco antes de que Adolf Hitler conquistase el poder. Así comienza un artículo del sociólogo italiano Giuio Vitiello sobre dos películas recientes que se ocupan de dos importantes jerarcas nazis considerados personas mediocres a quienes las circunstancias históricas convirtieron en salvajes: Adolf Eichmann (abordado en la película de ficción Hannah Arendt, 2012) y Heinrich Himmler (retratado en el documental L'Uomo per bene, 2014). El empleado como sinónimo del ciudadano corriente. O, en otras palabras, mediocre e intercambiable: podría ser uno o podría ser otro, incluso podría ser o podría no ser y el sistema seguiría funcionando con una precisión o imprecisión (casi) igual.

 

Las circunstancias históricas como generadoras de sistemas socio políticos que son –seamos más o menos conscientes de su función catalizadores de la personalidad tanto de quiénes dirigen como de quienes obedecen. Así de dúctiles somos. Aunque siempre habrá quien afirme que la personalidad (esa especie de yo-yo autorreferencial y asfixiante) es un espacio de libertad, permitiéndonos una existencia en plenitud con independencia de las de las circunstancias en las que naveguemos o nos arrastremos. Tal vez ambas cosas sean ciertas, quién sabe.  

 

Continua Giulio Vitello con una reflexión al hilo de las dos películas citadas que, creo, mantiene su vigencia incluso si la traemos hasta el presente olvidándonos de aquella Alemania en manos de sus verdugos iluminados y sus simpatizantes: “¿Habéis visto en alguna ocasión explotar a un empleado? Tal vez en algún viejo sketch de los Monty Phyton, quién sabe. ¿Y en qué condiciones de temperatura y de presión de produce esa explosión? ¿Qué combinación de sustancias es necesaria para propiciar la reacción? Y, sobre todo, ¿se pueden tomar precauciones para evitar la precaución de un empleado, o al menos para contener la deflagración?”.

 

Son preguntas que para algunos –aduciendo que vivimos en una época en la que muchos ejercemos de Bartlebys silenciosos incapaces de decir siquiera “Prefería no hacerlo, pueden resultar abominables por un exceso de dramatismo. Argumentarán, entre otras cosas, que no pueden oír ese ruido de fondo que otros sí perciben y que sugeriría, para estos últimos, un cambio de ciclo en la sumisa consideración que tienen de sí mismos los “empleados”. ¿Está activa una de esas fallas sociopolíticas y al borde de la inminente inestabilidad? Puede ser. O puede ser que no. Los indicios que parecen anunciar un fenómeno social inminente rara vez nos bastan –por numerosos que sean- para afirmar categóricamente: tal vez por eso nos atraen tanto los oráculos (las proyecciones estadísticas, los indicadores macroeconómicos,  las comparaciones históricas, las fluctuaciones de la Bolsa, etcétera), y tal vez por eso en tiempos de incertidumbre estamos tan dispuestos a asumir con infantil credulidad las certezas que nos ofrecen La Solución (inicial o final).

 

Una sociedad que adora con tanta devoción a los oráculos debe esperar que, tarde o temprano, surjan oráculos que no sólo pongan en cuestión el modelo de sociedad, sino que se atrevan a vaticinar un futuro alternativo y a la contra. Así hemos progresado, y también hemos retrocedido. Que ocurra una cosa u otra suele depender del respeto que se muestre hacia uno de los grandes motores de la Historia: la duda el cuestionamiento de todo discurso, tanto si se ha convertido ya en un dogma como si se ha apenas formulado para satisfacer nuestro nauseabundo deseo insaciable de escuchar en todo momento lo que más nos agrada.

 

¿Por qué cuento todo esto? Pues no lo tengo del todo claro. La idea inicial era enlazar el populoso año electoral que nos espera con un curioso vídeo musical que parodia al filósofo Slavoj Žižek. En el vídeo se llama a la castración (¿figurada?) de nuestros gobernantes. También podrían haberse ocupado, por ejemplo, de la esterilización (legal) de los empleados y de la inutilización (en absoluto figurada) de los millones de desempleados, pero no se abordan estos asuntos: teniendo en cuenta esas omisiones y, salvo por esa referencia a la castración de los amos, se trata pues de un vídeo apto para emitirse en un informativo de la televisión  pública y de la gran mayoría de las televisiones privadas.

 

Resumiendo: esperemos que sea un buen año. Aunque también podría ser todo lo contrario.

 

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