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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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9 de enero, 2018

Globos de Oro

Después de lo del domingo uno tiene la sensación de que cualquier Globo de Oro pasado fue mejor. Da la casualidad de que andan los de Podemos loando el discurso de Oprah Winfrey, lo cual me viene perfectamente para decir que (casi) todo lo que promueven es para mí justamente lo contrario de lo que sería aconsejable para los niños.

 

Unas horas antes de los Globos de Oro estaba viendo un resumen de su historia, y la primera conclusión que saqué es que son pura diversión para sus asistentes. Una cena con ceremonia donde va a pasarlo muy bien la gente del cine y de la televisión, todos juntos, según iban contando diferentes actores y actrices.

 

Pusieron imágenes de otras épocas. Vi a John Wayne bromeando en el estrado. Me gustó también el ambiente íntimo de jolgorio que se percibía de algunas mesas, del ambiente. Me reí, sobre todo, con las cosas de Robin Williams. Cosas disparatadas e ingeniosas. Divertidísimas.

 

Vi otras intervenciones destacadas. A Jack Nicholson, visiblemente achispado, por ejemplo. Yo creo que el achispamiento, el vino y no esas falsas lloreras colectivas actuales, ha hecho mucho por la especialidad de estos premios con la que a juzgar por la cantinela cualquiera diría que ha acabado el todopoderoso Harvey Weinstein, con quien no hace mucho se fotografiaba, abrazados, la mismísima Oprah.

 

A mí me encantan las cosas del cine pero no soporto cuando los del cine se ponen políticos y humanitarios, donde una cosa les lleva a la otra de un modo irremediable. Ahí es cuando subyace toda esa estupidez intrínseca de los actores de la que hablaba Truman Capote a propósito de Sir John Gielgud.

 

Y voy a meter dentro de esa estupidez toda la hipocresía. Imagínese el tamaño de aquella. La estupidez actuando, interpretando la indignación de moda (con toda su hipocresía dentro) es de una sordidez que pone los pelos de punta.

 

A mí me los pusieron todos esos cuerpos ataviados de carísimos y rigurosos negros variados (como lazos amarillos) y todas esas caras visiblemente (algunas lastimosamente) retocadas en los quirófanos y revestidas de carísimos maquillajes.

 

Caras de un compungimiento histriónico tan aterrador como repugnante que, en conjunto, parecían las de los feligreses en la Iglesia de la pastora Winfrey (“Oh, Lord, Oh, Lord”, parecían gritar en trance), o fieles seguidores de quien puede haber llegado a creerse la doctora King con eso de “hay un nuevo día en el horizonte” o la variación insustancial del verdadero “Tengo un sueño”.

 

Pero lo peor es que no parecían divertirse como antaño, a excepción de con el chiste pasmosamente sectario que soltó Natalie Portman, con el que sin embargo no pudieron evitar que su risa pareciera la de unos robots que en realidad eran personas, mujeres y hombres, que no debieron de decir entonces “no” (sólo ahora) al todopoderoso Harvey Weinstein.

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