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Viajes de papel el blog de Nicanor Gómez Villegas


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3 de noviembre, 2015

La silueta del Monte Ararat

 

 

 

No es lo mismo contemplar la silueta del Monte Ararat desde la ex república soviética de Armenia que hacerlo desde Turquía. Conviene recordar que este monte de resonancias bíblicas, aquel en el que encalló el Arca de Noé al terminar el diluvio universal, está hoy situado en la frontera entre ambos estados. Como suele suceder con las fronteras que trazan los humanos, no siempre fue así. La silueta del Ararat no sólo ha sido el hilo conductor de más de una película de espías de los tiempos de la guerra fría; la silueta del Ararat constituye el símbolo de la dolorosa historia del pueblo armenio.

 

El cineasta canadiense de origen armenio Atom Egoyan escogió este símbolo como título de Ararat, su más polémica película, una suerte de ajuste cuentas con su memoria y la de su pueblo. “¿Quién se acuerda aún de los armenios?”. La leyenda pone esta frase en boca de Adolf Hitler, cuando uno de los responsables de la solución final trazó un paralelismo entre la cuestión armenia y la cuestión judía.

 

La respuesta a esa pregunta, retórica y criminal, es que este año en que se conmemoró (que no significa festejar, sino hacer un ejercicio de memoria compartida) el primer centenario del domingo rojo, la noche del 24 de abril de 1915 en la que con el descabezamiento de la élite armenia de Estambul en un plan trazado minuciosamente se dio el disparo de salida (qué expresión tan siniestramente apropiada) al genocidio de los armenios del Imperio Otomano, Medz Yeghern, el “gran crimen”, como lo conocen los propios armenios, una masacre a la que Winston Churcill, con su proverbial capacidad para acuñar frases y eslogans, definió como un “holocausto administrativo”, toda vez que la palabra genocidio hubiera sido un anacronismo ya que fue incorporada al vocabulario del derecho y de las relaciones internacionales por el jurista polaco de origen judío Raphael Lemkin, años más tarde, en 1944, inspirándose precisamente en los terroríficos testimonios del exterminio de los armenios y con el corazón encogido por lo que el mundo estaba empezando a conocer sobre la masacre de su propio pueblo: el Holocausto, la Shoah.

 

Uno de los protagonistas de Ararat trae precisamente esta frase a colación cuando trata de explicarle a alguien ajeno a su comunidad de qué manera ellos ni han olvidado, ni siquiera pueden plantearse olvidar. Y el perdón, cuando ni siquiera se ha pedido, es imposible concederlo. Y esos ciclos de duelo no terminan con el olvido, sino con el perdón. En España, donde vivimos aún en el bucle de los crímenes (por parte de los dos bandos) de la Guerra Civil y de las víctimas del terrorismo de ETA, sabemos muy bien eso. Una sociedad no puede avanzar y perdonar si no hay reconocimiento del daño hecho.

 

Medz Yeghern, casi un millón de personas asesinadas, dos terceras partes de los súbditos armenios del Imperio otomano y la diáspora de los pocos que sobrevivieron de su tierra de origen, Anatolia, en la que desapareció prácticamente sin dejar huellas una cultura milenaria.

 

El muchacho protagonista de la película —hijo de un terrorista armenio fallecido en un intento de atentado contra un diplomático turco en los años 70 — vive inmerso en un bucle melancólico del que no encuentra manera de salir, en una espiral de duelo irresuelto. Tampoco le ayuda demasiado un viaje a los orígenes, al este de la actual Turquía —la tierra de sus antepasados—, en la que ya no viven armenios y en la que sólo quedan unos pocos, casi ininteligibles, recuerdos de su vínculo ancestral con aquella tierra.

 

Aunque ese viaje tampoco le ayudará a abandonar esa noria en la que los armenios de la diáspora viven desde las masacres de la 1ª Guerra Mundial y el posterior e interminable exilio de los supervivientes. Sin embargo de ese viaje iniciático regresará con un inestimable botín: unas filmaciones totalmente clandestinas de las tierras ancestrales de su pueblo, entre las que sobresale por su peso simbólico, precisamente, las del Monte Ararat. Nadie puede elegir a sus padres ni rescribir la historia de su pueblo. Este muchacho menos que nadie, sobre todo con el drama a cuestas de la muerte de su padre. Su madre tiene otros recursos para enfrentarse al dolor, pues es una profesora de Historia del Arte especializada en la obra del pintor armenio más importante del siglo XX, Arshile Gorki. En la economía de la película es fundamental un cuadro de ese pintor, un autorretrato con su madre que constituye la cifra y el símbolo del dolor de un pueblo y de la necesidad y al mismo tiempo imposibilidad del olvido.

 

En uno de los momentos más prodigiosos de una interpretación memorable, Charles Aznavour cuenta cómo recordaba a su madre, porque no quería ni podía olvidarla (él y su madre podrían ser perfectamente Arshile Gorki y su madre): volviendo a comer uno a uno los granos de una granada, el único alimento que tuvo su familia en una de las terribles “marchas de la muerte” a través de los desiertos del norte de Siria, donde la mayor parte de ellos murieron.

 

Porque los seres humanos tal vez somos incapaces de olvidar y necesitamos recordar, que significa “traer de nuevo al corazón”. El imposible ejercicio del olvido.

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