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#caraC el blog de las iniciativas ciudadanas


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12 de diciembre, 2013

La conquista de la plaza

 

Eva Garrido-. Al entrar, el ruido del tráfico madrileño se esfuma. Un muro ilustrado con arte urbano como el del italiano Blu delimita la extensión del lugar. Entre suelo y cielo no hay fronteras y los bloques de casas de los vecinos no impiden el paso del sol del mediodía. El  inglés, el alemán y el español se entremezclan en conversaciones adultas armonizadas por los juegos de niños. A pocos metros de la entrada, entre el invernadero, el taller de bicis y el teatro, los tomates, los pimientos, las acelgas y las espinacas de Bangladesh o la col de la Toscana crecen en el huerto. Más adelante, el jardín moldeado cuidadosamente a base de pala y rastrillo. Y si hay hambre, se cocina en un horno de adobe o en los fogones incrustados en un contenedor reutilizado, idea de unos franceses.
  

Entre otras tareas, Alberto trabaja en el huerto de "Ésta es una plaza"/ E. Garrido
   
Si bien este espacio pudiese parecer el resultado de un concurso público de proyectos urbanísticos al más puro estilo del vanguardismo europeo, nada queda más lejos de la realidad. Quienes lo idearon y comenzaron a construirlo en 2008 con sus propias manos son los vecinos del madrileño barrio de Lavapiés en el número 24 de la calle Fourquet. Decidieron dar vida a una de esas parcelas olvidadas que se pueden encontrar por Madrid para contar con una plaza a la vieja y verdadera usanza: un lugar de vida urbana, comunidad, diálogo, intercambio de conocimientos, participación, acción y crecimiento, además de tener verde, mucho verde. Su nombre: “Ésta es una plaza”, tan reivindicativo como ellos mismos.
  
¿Y lo hacen todo de manera voluntaria?”, se pregunta Pilar, una vecina de 80 años sentada en uno de los bancos de madera dispuestos a lo largo de la plaza. Así es. En 2009, el Ayuntamiento de Madrid cedió este espacio durante cinco años a los vecinos para su uso y disfrute. Además, desde las herramientas de trabajo hasta las gradas del teatro son donaciones particulares y cuando han necesitado financiar alguna obra o servicio, han organizado comidas comunitarias al precio de tres, cuatro o cinco euros. Desde que nació, Pilar ha vivido en una calle perpendicular y se acaba de enterar de cómo funciona y se gestiona la plaza. El tiempo de cesión se agota y los vecinos tienen que gestionar ahora con el Ayuntamiento una posible renovación. “Ah, pues me parece muy bien todo… pero, ¿Y qué va a pasar con todas estas mejoras?”, se pregunta Pilar sin comprender por qué algo que funciona podría tocar a su fin.
 

Pepe es uno de los vecinos que iba a los desayunos frente a la plaza para reivindicar su cesión/ E.G
  

"Ésta es una plaza" es autogestionada por los vecinos de Lavapiés/ E.G.
  

El 24 de Fourquet ¿continuará?  

 
“Creemos que sí”, comenta sobre la renovación de la cesión Alberto, químico agrícola afanado en el huerto. “Ya está muy arraigado. Viene mucha gente. Es como un parque”, afirma. Durante 30 años, esta parcela estuvo abandonada. Llegó incluso a convertirse en un espacio de paso de drogodependientes. Hasta que en 2008, los alumnos de un taller sobre intervención en el espacio urbano, tendencia denominada como Urbanacción, comenzaron a trabajar sobre este terreno con el permiso del Ayuntamiento hasta que finalizasen las clases. Para entonces ya habían desarrollado la zona del huerto y la del jardín. Los resultados fueron tan positivos que los vecinos continuaron con el trabajo iniciado a pesar de haber terminado el taller.
 
Todo se vino abajo cuando las grúas del Ayuntamiento entraron en el espacio para despejar la parcela e instalar unas casetas de las obras de renovación que supuestamente se iban a realizar en otras calles del barrio y que nunca fueron instaladas. Lejos de hacerles tirar la toalla, el episodio envalentonó a los vecinos para reivindicar este espacio. Querían devolver la vida a ese lugar y no condenarlo de nuevo al abandono. 
  

El espacio donde se encuentra "Ésta es una plaza" estuvo abandonado 30 años/ E.G.
   
Cada domingo, organizaron desayunos frente a la puerta de la parcela hasta que un día decidieron pedir una cesión del espacio al Ayuntamiento. Para ello crearon la asociación “Ésta es una plaza”, que a día de hoy, abierta y horizontal, cuenta con un núcleo de 40 vecinos que asisten de manera periódica a la asamblea mensual, aunque todo el que guste puede asistir. También disponen de un blog y un foro donde comunican sus decisiones, resultados de las actividades y planes próximos, además de su página de Facebook. Fue la primera vez que el Ayuntamiento de Madrid aceptó ceder un espacio urbano a la gestión vecinal y más tarde, tras ganar un concurso, el cabildo les concedió una subvención de 12.000 euros con la que financiaron una placa solar para generar electricidad y abastecerse de agua, ya que la cesión no incluía estos servicios. 

 
Acción, participación, acción

 
“Ésta es una plaza” no sólo es un espacio lleno de vida urbana, sino también de referencia para otras instituciones. “Somos un ejemplo de práctica instituyente: el Museo Reina Sofía nos ha pedido colaboraciones en conferencias sobre el modelo procomún (acción del ciudadano fuera del Estado y de lo privado), hemos participado en seminarios de arte y sociología, han venido a hacer documentales, tesis, viene a vernos gente de otros países…”, comienza a enumerar Pepe, maestro de educación infantil y uno de los vecinos que se involucró desde el principio en esta iniciativa. Además, entre otros galardones, ha  recibido junto a todo los huertos que forman parte de la Red de Huertos Urbanos de Madrid el premio “Buenas promesas” del Comité Hábitat de la ONU.
  
Sin embargo, lo que más aprecian estos vecinos es la exclamación de aquellos que entran y hacen comentarios del tipo “¡Qué bien que esto pase!”. “Eso es lo que reconforta, más que los premios o cualquier otra cosa”, asegura Pepe. “Este es un lugar inclusivo en el que se fomenta la relación de vecinos y la democracia participativa. Aquí te das cuenta de que es posible cambiar las estructuras, de que se pueden hacer cosas de manera autogestionada. La gente entra a colaborar en lo que quiere. Y tenemos una oferta cultural que no dan otros sitios: danza expresiva, talleres, prácticas de huertos… tenemos colaboraciones interminables. Ver que se hacen cosas con organización y espíritu solidario te motiva. Se viven momentos realmente mágicos”, explica el maestro.
 

El teatro de la plaza/ E.G.
 
El sitio engancha. “Este es un espacio como más de verdad. Se tienen conversaciones que no se tienen en un bar”, comenta Alberto sentado en las gradas del teatro mientras organiza en una pequeña caja las semillas del invernadero. Antes de terminar con sus labores en el jardín, Pepe concluye: “Aquí me siento ciudadano activo en mi propia ciudad. Siento que puedo poner en práctica mis ilusiones”. Ya es la hora de la comida. Huele a sofrito de verduras. Hoy toca paella.

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