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Sobre magos y desiertos el blog de Ramón Mayrata


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2 de mayo, 2013

Dalí y el fascinador Onofroff

 

 

 

 

¡Qué suerte poder asistir a una actuación de Onofroff a través de la mirada hechizada y un tanto perversa de Salvador Dalí! No es extraño que Dalí se sintiera fascinado por la hipnosis, actividad espectacular y misteriosa cuando se practica en un escenario y también, a veces, cuando se ejecuta en el ámbito médico. Precisamente Enrique Onofroff fue uno de los responsables de que la hipnosis y la catalepsia se convirtieran en un espectáculo de magia. ¡Qué hábil fascinador! Fue el mentalista más ingenioso, seductor y popular del primer tercio del siglo XX. Realizó varias giras a teatro lleno por España y América Latina. También actuó en el resto de Europa y en Estados Unidos donde practicó la conducción con los ojos cerrados.

 

 

Onofroff en Figueras

 

En noviembre de 1920, Onofroff el fascinador, ofreció dos representaciones en Figueras [1]. En su  dietario adolescente [2] Dalí refiere la enorme expectación que suscitaron en la ciudad y las reacciones de su familia y compañeros de instituto. En cuanto a sus propias reacciones… Bueno, no es disparatado pensar que, a través de la hipnosis, Dalí creyó hallar la grieta por la que espiar los deseos que le obsesionaban. Pero las impresiones que le causaron las dos sesiones de hipnotismo fueron dispares. Antes de volver a referirme a ellas voy a intentar contar lo que sucedió. En definitiva, la influencia que tuvieron en Dalí fue mucho más determinante de lo que a primera vista podemos pensar. Por eso quiero empezar por el principio. Antes incluso de que Onofroff llegara a la ciudad.

 

Desde varios días antes la ciudad apareció empapelada materialmente por los carteles del mentalista. Gracias a Wolff [3] sabemos que Onofroff no dejaba nada al azar y preparaba con antelación sus funciones. Utilizaba Onofroff como médium  a León Salvador, un antiguo campeón de lucha grecorromana [4]. No era su único auxiliar. Tenía a sueldo una docena de jóvenes que le precedían en los viajes. Viajaban en medios de locomoción distintos, nunca paseaban juntos y no debían saludar a Onofroff ni a su secretario. Su misión consistía en reclutar gentes para que se prestaran a los experimentos psíquicos del mago.

 

 

 

El servicio secreto de Onofroff

 

¿Cómo operaban? Como un servicio secreto. Wolff tuvo ocasión de hablar con Serrano de Málaga y con el milanés Giovanni, que fueron integrantes de la troupe. Aseguran que generalmente no pagaban a los incautos. Les seducían. Para ello se dispersaban por bares y cafés y elaboraban fichas de las debilidades, aficiones, vocación y carácter de los posibles candidatos. El secretario, hombre culto y educado, realizaba la misma labor en clubes y casinos, seleccionando sujetos entre las clases altas. En función de la información obtenida formulaban una proposición que en realidad era un señuelo para que se decidieran a participar y colaborar en el espectáculo.

 

Un ejemplo nos ilustra el modo de maniobrar. El perspicaz secretario había entrado en contacto con el hijo de un magistrado cuyos puntos flacos eran los estudios y la mala relación con su padre. Se trataba de una nulidad como estudiante de Derecho y el padre no le soportaba.

 

El secretario intentaba engatusarle con estas palabras: Amigo mío, usted es un joven brillante. Yo he podido apreciarlo desde que le conozco. A usted le conviene intervenir en un acto público para mostrar sus cualidades. Puede subir al escenario y dejarse hipnotizar. O más bien fingir el sueño hipnótico. En ese estado puede pronunciar un discurso técnico jurídico. Usted es capaz de elaborar una pieza maestra que despeje de una vez por todas las dudas sobre su capacidad. Apréndaselo de memoria. En el escenario haga lo que los demás. Onofroff le dará la palabra. De ese modo conquistará la admiración y el aplauso de todos [5].

 

De ese modo los asistentes a la función veían en un supuesto estado hipnótico al hijo de uno de las personas más relevantes de la ciudad.

 

 

De Mesmer a Freud


 


 

 

Mientras la troupe de Onofroff ejecutaba estos preparativos, en casa de Dalí la familia se había apasionado con la hipnosis. El padre había ofrecido su explicación sobre el fenómeno en una de las cenas. No sabemos lo que dijo, pero podemos hacer un pequeño resumen de las principales ideas sobre la hipnosis que circulaban en la época. Por lo general el estado de hipnosis se atribuía erróneamente al sueño. James Braid acuñó la palabra en 1843, mediante la raíz Hipnos, para subrayar la analogía con el sueño. Hoy sabemos que se trata de un estado de concentración, en el que la percepción se focaliza en un punto específico. Encaminado por el hipnotizador el sujeto se concentra en una sola cosa y logra percepciones intensísimas. El hipnotizador consigue provocar una relajación y concentración profunda [6].

 

Las discusiones se centraban sobre si el sujeto pierde o no pierde el control. Hoy sabemos que no alcanza estado de inconsciencia alguno y que no se encuentra a merced del hipnotizador, aunque por supuesto no se encuentra eximido de engaños y manipulaciones.

 

En el terreno médico Braid discrepaba de Mesmer. Rechazaba su tesis de que los fluidos magnéticos desencadenaban los fenómenos de hipnosis. Mesmer practicaba la hipnosis 100 años antes, sin que la hipnosis tuviera entidad propia, englobada en lo que denominaba magnetismo animal. No me cansaré de repetir que en aquellas épocas las fronteras eran sutiles entre muchas prácticas médicas y el ilusionismo, es decir, la magia desacralizada. La forma de trabajar de Mesmer era teatral. En el hotel Bouillon se reveló como un excelente director de escena. En la sala de tratamientos utilizaba escenografía y efectos teatrales: un decorado que apelaba al universo místico, una iluminación en penumbra, música relajante y aromas, fragancias orientales, guión y coreografía para las curaciones colectivas. Mesmer se paseaba entre sus enfermos, vestido con una túnica de seda morada, golpeándoles con una varita mojada en agua sulfurosa. No era raro que los pacientes entraran en trance.

 

Años después el gran médico que fue Charcot no le iba a la zaga en la presentación teatralizada de sus experiencias. Las sesiones públicas en la Salpêtrière eran verdaderos espectáculos que atraían a un público apasionado. Fueron descritas por Maupassant, Zola, Daudet o los Goncourt y algunos de los pacientes (histéricos, epilépticos, atacados por el baile de San Vito o que presentaban algún tipo de desequilibrio) como Blanche Wittmann, conocida como «la reina de los histéricos», alcanzaron una celebridad que competía con los grandes actores y actrices de la época [8].

 

Y, por último –concluye Onofroff en su libro L'hypnotisme à la portée de toutes les intelligences [9]- resumo la historia de la hipnosis en pocas palabras: Es descubierta en 1774 por Mesmer, modificada en 1785 por Puységur y reformada por Braid en 1837. Proclamada por la academia de Medicina de París en 1876, está constituida en nuestros días por un cuerpo de doctrina científica.

 

¿Y el profesor Freud en la intimidad de su consulta? Sin duda cumplirá un papel determinante en las concepciones de Salvador Dalí sobre el psiquismo. Por ahora dejémoslo ahí y volvamos a Figueras.

 

 

El debut

 

El día de la función, la familia Dalí se encamina al cine Jardí que estaba a rebosar. Previamente se proyecta una película que naturalmente Dalí no recuerda porque su impaciencia era máxima. Por fin aparece Onofroff en el escenario. Es un nombre sospechoso y huele a ruso, escribe Dalí. Pero inmediatamente se desdice porque por su simpatía le parece más bien italiano.

 

Onofroff sabía jugar con todos los elementos de su personalidad para potenciar el misterio. Su nacionalidad era uno de ellos. ¿Ruso? ¿Polaco? En realidad era belga. Es probable que hubiera nacido en 1864 [10].

 

En una entrevista El caballero audaz le describe como un hombre altísimo, esbelto, arrogante. De su atildada elegancia no se escapa ningún detalle. El frac, impecable, con los botones de pasta; el cuello de pajarita, los zapatos de charol, la leontina, la camelia prendida del ojal del frac y el pañuelo de hilo, perfumado con tabaco rubio [10]. Casi todos los que le oyeron coinciden en resaltar su facilidad de palabra y su poder de convicción. Wolff habla de maestría, lujo y prosopopeya. Es el sugestionador –dice Wolff– que más predispuso al público en favor suyo mediante la sumisión voluntaria que desencadenan los temperamentos enérgicos [11].


Iniciaba su acto con un breve parlamento sobre las nuevas perspectivas que se abrían a la telepatía y al hipnotismo. Decía de sí que era la única persona a la que la naturaleza había otorgado el fluido de la fuerza hipnótica que irradiaba de sus manos y de sus ojos. Dicho esto descendía a la platea y distribuía entre los espectadores unas hojas de papel donde podían escribir una acción material. Acción que Onofroff  se comprometía a realizar sin que nadie le dijera en qué consistía. Se brindaba a adivinar qué es lo que tenía que hacer mediante la transmisión de la onda psíquica. Es decir la comunicación del pensamiento entre él y el espectador que le sometiese a la prueba.

 

En ocasiones los espectadores ideaban acciones difíciles de llevar a cabo. Onofroff regresaba al escenario e invitaba a subir con él a uno de los espectadores.

 

Usted caballero, irá siempre a distancia de dos o tres metros escasos de mí, pensará con tenacidad y constancia en lo que yo debo hacer y me guiará mentalmente, aprobando o reprobando el camino o el movimiento que ejecute. (Reproduzco el parlamento de Onofroff literalmente porque me parece concebido con una gran habilidad y precisión para lograr sus propósitos). Si, por ejemplo, ve usted, que me dirijo hacía la izquierda para efectuar lo que usted ha escrito en el papel que guarda en su bolsillo, deberá usted pensar en aquel instante fijamente y con energía: “No, no vayas por aquí, ve por la izquierda, por la izquierda, por la izquierda…Repitiendo esto último in menti tantas veces como sea necesario siempre y cuando no obedezca al intangible e invisible mandato de usted. Igualmente si he de coger un objeto cualquiera, y tomo otro distinto por equivocación, vacilación o duda, antes de que me apodere de él, repetirá usted lo mismo de antes. V. Gr.: ¡No, no es la tarjeta: el pañuelo, el pañuelo! Y esto con la misma intensidad de entonces, a fin de que “las ondas psíquicas” de su voluntad, penetren en mi cerebro hasta que yo las perciba claras, como si las recibiera de viva voz. ¿Ha comprendido usted, caballero? Pues bien, tenga la amabilidad ahora de taparme los ojos. Tome usted" [12].

 

 


Lectura con los ojos vendados

 

En ese momento Onofroff le entrega una venda. Podemos imaginar al espectador por una parte desconcertado y, al tiempo,  expectante cuando el mago le pide que apriete con fuerza. Así lo hace. Le anuda la venda a la nuca, cubriendo sus ojos.

 

Todos los detalles son importantes. Onofroff, que se supone ya no ve nada, le pide tanteando las dos manos: Es para excitar mi sistema nervioso –dice. Lleva las manos a la espalda y con ellas al espectador. Mantiene los brazos rígidamente extendidos hacia él, el torso recto, tirante, cargado hacia adelante respecto a la vertical. Su aspecto es de un hombre abstraído, ceñudo, serio. Está rígido. Como si intentara percibir algún tipo de indicio o sensación que para él es de vital importancia, porque se juega su reputación, autoridad, incluso su honor. El climax alcanza su punto más álgido. Hay cosas, dice Wolff, que escapan al buril o al lápiz del artista.

 

Un instante después Onofroff palidecía. La tirantez, la tensión insoportable provocan una sacudida, seguida por una agitación interna que parece expresar un esfuerzo intensísimo de concentración de todas sus facultades.

 

Cabeza, brazos, piernas oscilan como las ramas de árbol impelidas por el viento, escribe Wolff. Entre el sugestionador y el espectador se establece, aparentemente, una corriente magnética durante el par de minutos en que sus manos están en contacto. El espectador experimenta las convulsiones y estremecimientos.

 

Súbitamente, Onofroff suelta las manos del espectador como sacudido por una descarga eléctrica. Su voz suena distinta, ajena, lejana, aunque en ella permanece un resto de energía, vestigio de la  autoridad que la caracteriza.

 

¡Sígame usted de cerca!, ordena al espectador, y desciende en su compañía hasta la platea. Allí ejecuta el mandato escrito en el papel elegido, sin que se interrumpan los estremecimientos convulsiones y calambres hasta que el público estalla en aplausos.

 

Con escasas variaciones, este fue el guión del comienzo del espectáculo de mentalismo al que asistió Dalí aquella noche de 1920. Seguramente no caería en la cuenta de los métodos empleados que expliqué en un artículo precedente al hablar de los fraudes del médium Argamasilla, descubiertos por el doctor Lafora y el ilusionista Harry Houdini [13]. Son similares a lo que sucede en el juego de la Gallina Ciega. Tienen que ver con el apresto y tiesura de la venda, la tensión que adquiere al ser apretada, la contracción y distensión de los músculos de la cara, el uso del algodón en rama bajo la venda y la capacidad de interpretar las reacciones del rostro de los espectadores. Pero sobre todo tiene que ver con el comportamiento del sugestionador que simula temblores y torpezas, finge  vacilaciones, y al final, cuando se despoja de la venda, permanece  uno o dos minutos con los ojos dolorosamente entornados, como si le costara regresar a la luz.

 

A Dalí, estos aspectos no le llamaban la atención. Se fijaba especialmente en las reacciones del público. El espectáculo de Onofroff empezaba a mostrarle un mecanismo que tendrá una importancia decisiva en la creación de su propia obra. Algo que no es fácil de explicar. Los espectáculos de ilusionismo o prestidigitación ponen en evidencia contenidos difíciles de definir que atraen irresistiblemente a los espectadores. Todo un mundo recóndito, oculto, velado que intuyen y no se explican, un mundo subterráneo y reprimido que rebosa las alcantarillas de la razón en esta clase de espectáculos.


¿En qué consiste? Seguramente tampoco Dalí llegó a saberlo con precisión. Pero insuflará en sus obras esos contenidos oscuros, en ocasiones no visibles, siempre inquietantes, perversos o grotescos, generalmente cohibidos y degradados. Apetitos, esperanzas, pulsiones, ilusiones, deseos, ambiciones, sueños que comparte con los espectadores.

 

 

Simulacro de un crimen


 

 

 

Otro de los experimentos predilectos de Onofroff consistía en adivinar el ejecutor de un crimen simulado. Para ello hacía subir a un espectador al escenario. Le vendaba los ojos y decía: Me acompañará usted al Salón de espera y quedará a mi lado. En ese intervalo ruego que otro señor tenga a bien simular un crimen. Al efecto dejará sobre esta silla un puñal que tomará en sus manos y fingirá herir a otro caballero, escondiendo el puñal en cualquier lugar, volviendo a ocupar todos sus sitios. Cuando un tercer caballero nos avise que el crimen se ha cometido, volveremos este señor y yo.


Efectuados los preparativos, regresaba al escenario y pedía a cualquiera de los espectadores, que hubiera visto quién cometió el crimen y dónde el criminal había escondido el arma, que se acercara hasta él y le trasmitiera sus pensamientos. Cogía las manos del espectador y fingía concentrarse. Tras soltarle las manos le pedía: ¡Piense! ¡Piense! Y bajaba a la platea, dando tumbos, poseído de gran excitación –precisa Wolff- para señalar al espectador que realizó el crimen. Mediante el mismo procedimiento, encontraba  a la víctima y el arma homicida.

 

 

Atracción

 

Pero, sin duda, fueron los números que tenían que ver con la hipnosis los que provocaron mayor interés en Dalí. A pesar de que en esta primera sesión el fascinador no llega a convencerle de todo, Dalí comprueba que Onofroff domina, hipnotiza, convence, hace salir todo un universo reprimido del interior de su público. Y se promete así mismo que el hará algo parecido con su obra, algún día.

 

Onofroff aseguraba tener lo que llamaba fuerza fluídica en las manos. Para demostrarlo formaba un círculo de jóvenes, sentados a su alrededor en el escenario. Al primero de la derecha le hacía ponerse en pie y le colocaba las manos sobre los hombros. 

 

A su contacto, como si de un imán se tratara, el joven se sentía atraído por las manos del magnetizador y su cuerpo las seguía, hasta caer de espaldas. Onofroff, habitualmente detenía la caída. Aunque alguna vez no lo hacía, lo que provocaba gran efecto en el público. Solía escoger jóvenes robustos, derribándoles como estatuas de mármol, según Wolff. Les colocaba en una posición tal que se desmoronaban con una ligerísima presión. Se derrumbaban, privados de un punto de apoyo, por más fuertes y resistentes que fueran.

 

La realidad es que Onofroff no necesitaba hipnotizar para hipnotizar. Esa fue la eficaz defensa de los hipnotizadores teatrales cuando se les acusaba en los tribunales de vulnerar la prohibición de practicar la hipnosis como entretenimiento. En su versión más simple, si el espectador elegido no cerraba los ojos ante la mirada fija del fascinador, Onofroff aproximaba los dedos hasta casi tocar sus párpados. El espectador cerraba los ojos y Onofroff presionaba muy suavemente los párpados tres o cuatro veces. Naturalmente al espectador le resultaba molesto y desagradable y cerraba los ojos, aguardando una nueva presión. Entonces Onofroff –dice Wolff- señalaba sus ojos cerrados y hacía un gesto de complicidad con el público como diciendo ¿veis, ya está hipnotizado? Y soplaba, inmediatamente, para despertarlo.

 

A Dalí la experiencia le resulta fascinante para la imaginación, pero no le resulta convincente del todo. Entre el público, también, se enciende la polémica. En estado hipnótico algunos espectadores hacen cosas grotescas. La gente murmura que Onofroff emplea compinches. La sospecha perseguiría siempre al fascinador. Luis Cabañas Guevara, pseudónimo tras el que se ocultaban dos periodistas exiliados al terminar la guerra civil, incluso les pone nombres y apellidos, cuando Onofroff actúa en el Soriano de Barcelona: “Los revendedores se convirtieron en gananciosos empresarios del hipnotizador Onofroff en el Soriano de Barcelona. Después se supo que Onofroff tenía contratada una compañía de hipnotizados voluntarios, entre los que figuraba un zapatero de la calle Riereta y una exsonámbula, Quiteria Roqueta, hija de una comadrona de la “Franca Xica” que se llamaba Clementa Pona Urmaeta[14].

 

En el caso de la representación del Teatro Jardí de Figueras, Dalí constata que los partidarios del magnetizador son más numerosos que sus detractores y la representación concluye con un aplauso cerrado.

 

 

 

Función final en el Círculo Sport Club

 

La mezcla de dudas y fascinación incita a los compañeros de Dalí en el Instituto a proponer a Onofroff que actúe para ellos en un pase privado. Saben que existen precedentes. Onofroff acepta y la sesión se celebra en el Círculo Sport Club. Ahora sí que no puede hacer trampa –anota Dalí en su diario-. Al joven le atrae la blancura de los cabellos del fascinador y su acento extranjero. Los espectadores sometidos a las experiencias de sugestión y trasmisión del pensamiento son conocidos de todos. Aparentemente ofrecen garantías de no estar conchabados. Pero sólo aparentemente. No olvidemos los manejos del avispado secretario de Onofroff.

 

Lo cierto es que en aquella sesión, uno de los compañeros de Dalí, un tal Palet, se ofrece voluntario. Ahora va a dar esa flor a la señorita que más le guste, que más simpatía le inspire... Vaya ... –le ordena Onofroff–. Y diciendo eso le coloca un pañuelo en las manos.


Con el andar incierto de un sonámbulo y el aspecto de un fantasma, Palet se dirige hacia una muchacha llamada Carme. Se detiene, titubea. De repente se hinca de rodillas y le ofrece el pañuelo como si de una flor se tratara. Carme no sabe dónde meterse. Está muerta de vergüenza.

 

¿Por qué he citado hace un momento al secretario? Porque entraba dentro de sus funciones encontrar personas dispuestas a realizar públicamente algo así. En los días previos a la actuación el secretario frecuentaba los cafés, clubes y casinos con la intención de descubrir a algún joven retraído e ingenuo, enamorado de una chica perteneciente a una familia acaudalada. Un joven que no se atreviera a declarar su amor a causa de las diferencias de fortuna. Entonces el astuto secretario se compromete a ayudarle. Se muestra dispuesto a hablar con Onofroff para que, durante su actuación, simule hipnotizarle. Onofroff le ordenará que entregue la flor que luce  en el ojal a la mujer que ama. Y ella no tendrá otra opción que aceptarle.

 

Una vez despierto, Palet aseguró que se dirigió a Carme por voluntad propia, Dalí ironiza al respecto. Le agrada el ambiente elegante del lugar: las copas de champán, los dulces, las trenzas rubias. Alguien toca a Albéniz al piano. Para Dalí es un día distinto. Había descubierto la simetría entre lo que había contemplado en el escenario y los sueños que poblaban su cabeza, sus más transparentes pasiones. Según Javier Pérez Andújar [15] Carme estaba enamorada de Dalí y Dalí ensayó con ella toda la gama de sus sentimientos egotistas, su narcisismo y su paranoia, sin censura ninguna. Carme no logró librarse hasta su marcha a Madrid, cuando Dalí le anunció que no le escribiría jamás.

 

Con el tiempo Dalí se inspiró en las teorías de Freud sobre la interpretación de los sueños, para concebir un método para suscitar experiencias reprimidas. El estado de hipnosis es una de las bases en las que se asienta su método paranoico-crítico. Desarrolló su propia técnica de auto hipnosis mediante imágenes hipnagógicas, es decir, creadas en estados de duermevela. Un universo entrevisto por primera vez a través de la ventana de un escenario y de las sugestiones escénicas de ese gran fascinador que fue Onofroff. Con él, Dalí descubrió la que tal vez es una de las claves de su capacidad de comunicación con el público, que hace que sus exposiciones superen en interés generalizado a las de casi cualquier otro pintor. Ya hemos hablado de ese contenido oscuro, ese magma de atavismos, inclinaciones, afanes, anhelos, quimeras, ensueños, entelequias, y automatismos que el artista comparte con su público. Los seres humanos nos parecemos más los unos a los otros en nuestros sueños –extrañamente parecidos, idénticos, repetidos, como evidencian los trabajos de Freud- que en los momentos de vigilia.

 

 

 

 

 

Notas


 

[1]   Una en el teatro Jardí y otra en el Círculo Sport. 

 

[2]   DALÍ, Salvador (1904-1989):”Un diario. 1919-1920” págs.,  220-222 en Textos  autobiográficos, vol. I edición y prólogo de Félix, Fanés, Barcelona, Destino, 2003 

 

[3]   WOLFF, C.: Hipnotismo teatral (sus farsas): Descubrimiento y descripción de todas las trampas de las que se han valido los principales “hipnotizadores, Casseneuve, Onofroff, Mariscal, etc… para sus experimentos en los teatros de Europa y América. Juan de Gassó, Editor. Barcelona. Sin Fecha. 

 

[4]   Luego León Salvador fue muy conocido como charlatán de feria, apodado el rey de las subastas por su habilidad para vender relojes, cuchillas de afeitar de la marca Pieles rojas, etc… El hombre capaz de vender casi todo, y a todo el mundo durante más de cincuenta años recorrió las ferias de España. [ver GARCÍA, Mariano en León Salvador, el mejor charlatán de España reproduce las declaraciones a J-J. Benítez de Enrique Perna, ’El Perna’, un banderillero aragonés que fue durante muchos años ayudante de León Salvador] http://blogs.heraldo.es/tinta/?p=1208.


[5]   WOLFF, C.  Ibídem

 

[6]   TOUSSAINT, Jeff D: El otro lado del espejo: hipnosis teatral / Edición: 1ª ed. Editorial: [Madrid?]: Abadir Ediciones, 2012.

 

[7]   DURVILLE, Henri;  El hipnotismo teatral: Los fenómenos hipnóticos, magnéticos y sugestivos, pág., 3. Madrid: [s.n.], 1929 (Imp. Vallecas)

 

[8]   ONOFROFF; H: L'hypnotisme à la portée de toutes les intelligences, Québec, Sin Fecha.

 

[9]   FERNÁNDEZ, Mauro A. comenta que los periódicos publicaron que tenía 31 años cuando actuó en Buenos Aires en 1895. Historia de la magia y el ilusionismo en la Argentina: (desde sus orígenes hasta el siglo XIX inclusive) / Mauro A. Fernández, "Fénix”; prólogo histórico de Teodoro Klein; prólogo mágico de Ricardo "Fantasio".  Buenos Aires: [s.n.], 1996 (Buenos Aires: Producciones Gráf.)

 

[10]  EL CABALLERO AUDAZ- Seud. de José María Carretero  (1888-1951): Galería: más de cien vidas extraordinarias contadas por sus protagonistas y comentadas / Madrid: Caballero Audaz, 1943-1948  vol. I.

 

[11]  WOLFF, C.  ibídem,

 

[12]  WOLFF, C.  ibídem,

 

[13]  MAYRATA, Ramón: Ramón Mayrata: Valle-Inclán, Harry Houdini y el hombre que tenía rayos X en los ojos, Frontera D.

 

[14]  CABAÑAS GUEVARA, Luis: Biografía del Paralelo, 1894-1934, Barcelona, Memphis, 1945.] Luis Cabañas Vergara fue el pseudónimo empleado para publicar este libro por los periodistas exiliados tras la guerra civil  Màrius Aguilar i Diana (Huete, Cuenca, 1883;-  Montpellier, 1950?) y Rafael Moragas i Maseras (Barcelona 1883 - Estrasburgo 1966).

 

[15]  Según Javier Pérez Andújar Carme estaba enamorada de Salvador Dalí. Carme Roget era hija del dueño del café Emporium en Figueras. Para imponerla la esclavitud moral recurría al cinismo, a la hipocresía, a la mentira, a las falsas esperanzas y a la indiferencia. Ver PÉREZ ANDUJAR, Javier: Salvador Dalí. A la conquista de lo irracional. Madrid, Algaba, 2003. 

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