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La caja de Pandora el blog de Sofía Cárdenas Cortés


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15 de marzo, 2019

Jurassic World, del mito al logos

 

Los dinosaurios siempre despiertan fascinación; quizá porque ya no están o quizá porque vivieron un mundo que el ser humano no pudo conocer ni dominar. El caso es que nos gusta imaginarles existiendo y, sobre todo, extinguiéndose. La prepotencia siempre viene de la inseguridad; siempre.

 

¿Pero y si no sucedió como aparece en las películas? ¿Y si no fue tan rápido ni tan espectacular? La pregunta es si puede una especie tan dominante extinguirse sin un acto final extraordinario.

 

Los científicos concuerdan en que hace unos 66 millones de años, en el Cretácico, desaparecieron la mayoría de los dinosaurios y el 75% de los seres vivos que existían en ese momento en la Tierra. Restos de iridio y un cráter en Yucatán relataban un impacto de esa época de una roca de 10 kilómetros de diámetro. Sin embargo, hace tiempo que se investiga la teoría de que, en el momento del impacto, el clima y las condiciones atmosféricas estaban previamente deteriorados debido a erupciones volcánicas que se fueron sucediendo en cientos de miles de años…, cientos de miles…

 

Ahora, dos grupos científicos estadounidenses, liderados por Schoene y Sprain respectivamente, han dado con evidencias de esas erupciones. Comenzaron a investigar al darse cuenta de que los datos sobre la fecha de la extinción se contradecían entre sí y trataron de estrechar el margen de error aplicando la técnica de datación conocida como argón-argón; técnica que reemplaza a potasio-argón como método más preciso en la medida en que solo necesita un fragmento de roca y una medición.

 

Analizaron ceniza volcánica de la zona de Hell Creek, en Montana, y situaron la fecha del impacto del meteorito y de la extinción de los dinosaurios con, por primera vez, un nivel de precisión de unos 11.000 años. Una precisión con la que tratan de datar todos los eventos que, lentamente, fueron destruyendo el que era por aquel entonces el orden natural de las cosas.

 

Pero la destrucción no fue rápida ni absoluta. Según el equipo de Berkeley, el plancton marino, que parece que fue el más rápido en desaparecer, tardó unos 10.000 años. Para las especies terrestres pudo ser mucho más tiempo. Largas temporadas de frio o grandes series de erupciones volcánicas en la India, provocaron el borde de la extinción de muchas especies. El ecosistema global se quedó mucho más sensible a disparadores relativamente pequeños, como el meteorito.

 

Cómo cambiamos los acontecimientos al relatarlos y cómo nos gusta imaginar el fin de las cosas… Vemos el meteorito cayendo y el mundo destruyéndose acto seguido, matando a todo ser viviente. Pero por aterrador que resulte este relato, al parecer lo preferimos al real, a las decenas de miles de años en las que tuvo efecto esa gran extinción de diferentes especies.

 

Porque es mucho más aterrador pensar que la realidad está ahí, inmutable, pero tú no; que la destrucción de todo lo que amas no implica el vacío o el final, implica otra cosa. En realidad implica la misma cosa pero con otro aspecto y otra red estructural. Lo que produce la sensación de horror es saber que nuestras raíces y las costuras que tejemos con el mundo son imaginarias. Aunque en el fondo, de esa misma sensación de horror, nace libertad.

 

Hace unos 2.800 millones de años (cuando la Tierra ya tenía 2.000 millones de años), las cianobacterias desarrollaron la capacidad de convertir el agua, el dióxido de carbono y la luz solar en oxígeno y azúcar.  Con ello comenzó el evento conocido como la Gran Oxidación, que dio lugar a los organismos complejos de los que formamos hoy parte. Pero la Tierra ya estaba habitada y los residuos de oxígeno que crearon las cianobacterias, mató a los organismos para los cuales el oxígeno era tóxico. El comienzo de nuestra vida fue el fin de otra.

 

Los actuales niveles de contaminación ya están provocando un cambio climático devastador que irá empeorando gracias a la irresponsabilidad del ser humano. Pero no va a ser el fin de todo, otra cosa se sucederá. No va a haber moraleja, ni castigo. Las cosas son así y no somos tan poderosos.

 

La soberbia viene siempre de la inseguridad.

 

Como explica la química Prigogine, la irreversibilidad es algo común a todo el cosmos. Según su modelo de origen del Universo, la transformación del espacio-tiempo en materia en el momento de la inestabilidad del vacío corresponde a un momento irreversible, una explosión de entropía. 

 

Generar algo, una catástrofe o una vida, implica no poder deshacer el camino andado. Así que, desapareces tú y el hilo de tu vida se convierte en otra cosa. Tú no tienes el control, y perder el control da inseguridad, pero también es una liberación. Deja un espacio para lo inesperado que la mayoría de las mentes se niegan a dejar; rompe el status quo.  Y ahora sabemos que el meteorito no es el final.

 

Quizá Bertrand Russel llevaba razón y la clave para ser feliz es pensar que por muy graves que te parezcan tus problemas, para el universo eres insignificante. 

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