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El dueño pálido de la tabaquería el blog de Ernesto Pérez Zúñiga


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22 de mayo, 2012

La bohemia que se quedó sin río

(La Biblioteca de la Tabaquería.)

 

Chulapos mango

Juan Carlos Méndez Guédez

Casa de Cartón, Madrid, 2011.

 

 

Las últimas novelas del venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, afincado en Madrid, se vienen caracterizando por una lúdica atención a nuestro mundo urbano más contemporáneo y, en concreto, a las nuevas formas de convivencia que se ha ido definiendo en España en los últimos lustros de emigración. Una tarde con campanas (2004) inició este camino con maestría, humor y lirismo, continuado después por Tal vez la lluvia (2009), dotada de una ironía mayor, melancólica, que nos lleva, un paso más allá, a este Chulapos mambo, desvergonzado, hilarante, brutal retrato sin piedad de tres personajes que reúnen lo peor de nuestra época. Se publica esta novela un siglo después de que Madrid se poblara de tantos escritores de  provincias peninsulares o de los países de ultramar, que fueron configurando esa bohemia en la que Alejandro Sawa acabó convertido en paradigma, no sólo por sustanciar al Max Estrella de Valle-Inclán, sino por escribir su propio testimonio en una novela como Declaraciones de un vencido, que recoge el gran portazo que la realidad de la capital dio a sus sueños de triunfo literario, como le ocurrió a tantos otros que se fueron convirtiendo en una suerte de pícaros de la literatura. Chulapos mambo, de pie en nuestros días, rescata situaciones que recuerdan las golferías de los modernistas que se pasean por las calles de Madrid en Luces de bohemia, y lo hace con un original homenaje estético a géneros que florecieron en aquel tiempo llevando, principalmente a los escenarios, el revuelto grotesco de aquellas aspiraciones y desesperaciones de ciudad: zarzuelas, sainetes, astracanes durante las primeras décadas del XX hasta el depurado género que fue cosiendo Valle-Inclán en los esperpentos. El  título de la novela de Méndez Guédez  nos da una clave en esta dirección al indicarnos con una paradoja la naturaleza guiñolesca de sus protagonistas: el chulapo, personaje típico de un Madrid de barrio que pasó del teatro a sus fiestas populares con una considerable dosis de artificio y de olor a bambalina. Y, en lugar del chotis y por aposición, el mambo, el ritmo caribeño que traen los nuevos soñadores de un triunfo que, hoy, al principio del siglo XXI, sigue siendo tan difícil como al principio del XX. Ya, desde este audaz título, Juan Carlos Méndez Guédez les otorga una categoría de marionetas del absurdo, que entroncan con las maneras de un Jardiel o un Mihura, rescatando más tradiciones hispanas, y acercándose a un género de novela cómica con valedores actuales como Tom Sharpe, en la literatura inglesa, o, en la española, como Eduardo Mendoza, Ignacio Vidal Folch o Antonio Orejudo. Sin embargo, la propia naturaleza de Juan Carlos Méndez Guédez, como autor hispanoamericano que vive en España y conoce muy bien las dos orillas del Atlántico, otorga a su forma satírica una visión única, entre cuyas fuentes hay que mencionar, desde luego, las narraciones picarescas que nacen del Lazarillo.

 

La trama de la novela se estructura a través de tres voces, correspondientes a la de los tres “chulapos” de nuestro tiempo. Simao, narrador en primera persona, es un inmigrante que ha llegado a España con su familia obligado por la necesidad de trabajo y de huir de un disparatado régimen político que recuerda, sin nombrarla, a la actual Venezuela. Simao es una suerte de pícaro ilustrado, a quien la necesidad obliga a vivir hacinado, a hacer el amor con su mujer delante de sus padres y de un omnipresente perro, y a ganarse la vida haciéndosela  imposible a una anciana a quien debe echar de su casa, para que las fuerzas inmobiliarias puedan actuar impunemente. Es el poder sin escrúpulos del materialismo de nuestro tiempo, encarnado por el segundo chulapo, Alejandro, un español que representa el sueño utilitario de la prosperidad: director de una marca de ropa con fábricas en países con obra de mano barata. Aficionado a los deportivos y obsesionado por el porno, recuerda al protagonista enloquecido de Dinero, de Martin Amis. El tercer chulapo, el chulapo mambo genuino, es Henry Estrada, un escritor hispanoamericano que viene a Madrid en representación de su propio país, a cambio de vasallaje político, y que decide quedarse en España con la misma idea que aquel Alejandro Sawa de la vieja bohemia: triunfar. Solo que, a diferencia de éste, Henry Estrada apenas ha escrito un libro todavía, empeño en el que pasará toda la novela, obsesionado con los autores del Boom, acosando a autores vivos como Bryce Echenique, Vargas Llosa, Muñoz Molina o Tabucchi, convertido en una marioneta cómica, una especie de míster Bean de la literatura, que esconde una afilada sátira contra la vanidad de los escritores y las modas literarias, o contra aquellas ingenuidades vendibles de algunos escritores que creen descubrir novedades, que encubren, más que nada, una falta de lectura. Hay episodios desternillantes en este sentido, como cuando Estrada descubre el Henrygrama, trasunto de los caligramas de Apollinaire, o escribe su novela junto a un crítico secuestrado que debe indicarle, bajo tortura, lo que se debe escribir hoy en día para vender mucho.

 

Los tres chulapos son guiñolescas representaciones de profundas enajenaciones de nuestra sociedad. Lo que en Alejandro es obsesión por el placer, en Simao es necesidad de supervivencia, y en Henry devoción absurda por la fama, a través de un arte que ha perdido su sentido: la escritura ya no es una búsqueda estética del mundo sino una sucesión de peldaños vacíos donde el ser humano sublima su más perfecto ridículo. Con estos personajes, Juan Carlos Méndez Guédez ridiculiza gran parte de los valores huecos  (otra vez los hombres huecos de Elliot) de las ciudades en que vivimos. Además, Simao y Henry concentran una crítica sin piedad  a las contradicciones de un poder político que acaba usando precisamente la falta de ética y la necesidad de supervivencia como poderosos instrumentos para convertir a los ciudadanos en marionetas perfectas.

 

Las tres voces presentan una escritura muy ágil, que incorpora con facilidad diferentes tipos de discurso y un repaso de técnicas narrativas, que sirven a su autor para hacer un homenaje a esos autores del Boom, a los que el personaje Estrada quiere imitar, a la vez que para elaborar una meticulosa ironía sobre diferentes tradiciones narrativas, y una autoironía establecida principalmente en el narrador omnisciente al que corresponde detallar las aventuras y desventuras del aspirante a escritor.

 

El conjunto de los personajes, y las peripecias que los interconectan, configuran un retrato despiadado y cómico de nuestro mundo, y del propio hecho de escribir sobre él. A la pregunta Shekesperiana del material sobre el que se hacen ciertos sueños, Méndez Guédez nos muestra con valentía cómo la gente de nuestro tiempo es capaz de convertirlos en un simple deshecho, en basura, o en todo caso en un simulacro de la realidad, que acaba sustituyendo a la realidad misma.

 

Es lo que ocurre con una de las últimas parodias del libro, situada en el río Manzanares, al que se acerca uno de los personajes con la idea mitificada de un glorioso suicidio, como el de Celan en el Sena. Pero el propio río, por su ínfimo tamaño, por su carácter suburbial, es una broma de sí mismo, una parodia de río mayor, por lo que hasta la dignidad de la muerte es una idea absurda. Aquí uno vuelve a pensar en Mihura o en Ionesco, vestidos en un carnaval con guirnaldas de fiesta terminada. La vieja bohemia vino a Madrid en busca de un triunfo inexistente. Ha regresado en un nuevo principio de siglo, lleno de los atractivos espejismos que hemos elaborado durante cien años, y esta vez, por no conseguir nada, hasta se ha quedado sin río.

 

Como se dice en un momento de la novela, con belleza y desolación macbethianas: “Vivíamos en fragmentos, en pedazos. Cada pedazo tenía sentido por sí mismo y no guardaba continuidad con ningún otro.”

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