Caérsenos la cara (el gato de la verdad)

J. Á. González Sainz

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¿Qué puede decirle un novelista, un narrador de ficciones, es decir, de cosas en principio inventadas o imaginadas, y desde esa posición o tarea del narrador de ficciones, a un periodista o aspirante a periodista?, me he preguntado, no sin escrúpulo, tras aceptar la invitación de clausurar el máster de periodismo que realiza ABC junto a la Universidad Complutense de Madrid. ¿Qué puede decirle de fuste o utilidad, y no por decir, quien orienta por definición la proa de su prosa hacia la ficción, esto es, hacia la simulación y el fingimiento, a quien se entiende que debiera orientarla, en principio, hacia el empeño de describir y referir las cosas y los hechos del mundo sin alterarlos? ¿Y qué puede decirle en estos trances de crisis justamente, de mudanzas y tránsitos a no se sabe dónde?

 

 

Si quien se atarea en levantar mundos de ficción, es decir, mundos alterados, y por ende en principio opuestos a los del periodista, está, además, aquejado de un malestar tan desazonador ante el mundo y de una conciencia tan revuelta de ese malestar que no dudaría un instante en hacerle eco al Lord Chandos de Hofmannsthal, a quien las palabras abstractas se le desmigajaban en la boca igual que hongos podridos, tal vez lo único, o cuando menos lo más inmediato y socorrido que le cabe hacer, es, precisamente, trasmitir esa desazón y hacer partícipe de esa conciencia.

 

Porque la desazón y la conciencia empiezan siempre por ser una desazón y una conciencia del lenguaje, la materia y el cometido comunes de narradores de ficciones y referidores de hechos. Algo, o tal vez mucho –las palabras abstractas, pero también las menos abstractas, los conceptos, los valores o desvalores y el modo en que los enhebramos e instrumentalizamos o bien nos servimos y relacionamos en general con el lenguaje–, se nos desmigaja a algunos en la boca y nos sabe a podrido. Es la crisis, cabe decir; y es además la crisis habitual, la fractura, que eso quiere decir crisis, en que siempre vive el lenguaje. Así puede que sea, pero es también muy posible que, en esta crisis de ahora, se ciernan peligros mucho más inquietantes y graves.

 

El fingidor y el periodista, cada uno desde su oficio, tienen el cometido de atender a lo que está ahí fuera del lenguaje, llámesele realidad o fantasía, de seleccionarlo y recogerlo, de elaborarlo luego a su modo y después de referirlo, es decir, de trasladarlo al lenguaje. Trasladan a lenguaje lo que está fuera del lenguaje, pero, para ello, no pueden por menos de hacerlo con lo que está en el lenguaje, y en el lenguaje ya también está el mundo: en el lenguaje que se desmigaja y sabe a podrido está ya un mundo que se desmigaja y sabe a podrido.

 

Ahora también, trasladar, llevar algo de un sitio a otro, del sitio en principio (pero no sólo) de las cosas y los hechos al sitio del lenguaje, implica, irremediablemente, alterar, hacer otros la cosa y el hecho y convertirlos en una cosa o un hecho de lenguaje. De modo que no hay posibilidad de referir sin alterar más que en las buenas intenciones o en la ingenuidad. Y donde hay buenas intenciones o hay ingenuidad, también las puede haber malas o apicaradas y se puede hacer por supuesto el canelo.

 

Pasar a lenguaje implica pues alterar ya desde el momento en que el lenguaje es en sí alteración, es lo otro de las cosas. Pero alteración no quiere decir falseamiento. Somos fingidores, fingidores de fantasía los unos y fingidores de realidad los otros, pero no farsantes. Y la farsa empieza allí donde acaban la conciencia y la desazón ante el lenguaje del mundo y el mundo del lenguaje. Porque la desazón ante el lenguaje, uno de los dos grandes desasosiegos, junto al de la muerte y el tiempo, que hacen hombre al hombre y no bestia, puede también que sea, en una época en que las cosas no se nos dan ya de una forma inmediata, no tanto una enfermedad cuanto un síntoma de salud, la necesaria salud del centinela.

 

Así que se puede alterar veraz o falazmente al pasar algo a lenguaje. Se puede alterar con engaño, con falsedad o mentira o bien por desidia, por falta de cuidado o por dejarse llevar por lo que se lleva, es decir se puede ser falaz; o bien alterar tratando de corresponder a las cosas y los hechos sin defraudarlos, sin fraude ni burla ni incuria, sin hacer creer una cosa que no es. Fallax y verax. Novelistas y periodistas, manteniendo las distancias o acortándolas, pueden atender a las cosas (a las cosas de realidad o de fantasía), recogerlas, elaborarlas y convertirlas en lenguaje de forma falaz o bien veraz. Pero no sólo eso, sino que además, haciéndolo así, pueden hacer veraz o falaz a la palabra. Contribuyen, mucho más los periodistas en nuestras sociedades de hoy, de forma cada vez mayor, a hacer falaz o veraz el lenguaje que usamos, a que se nos desmigaje o no y nos sepa o no a podrido, a su cuidado o descuido, y en su descuido está ya la burla y el engaño, el fraude. De ahí su inmensa responsabilidad y el nunca excesivo esmero que una sociedad que se precie debiera poner en su formación.

 

La palabra, ha escrito Sánchez Ferlosio, nació para ser ficción, “ilustración imaginaria con la que los hombres podían repetirse en simulacro sus acciones, sentados junto al fuego”. Pero esa palabra, ese lenguaje que es en esencia repetición simulada e imaginaria de las cosas y los hechos, “se hizo madre de engaños” en el momento en que “se la erigió en decidora de verdades”.

 

Hoy ya está en boca de todo quisque afirmar que la pelea es el relato, tras comprobar que no hay mejor forma de llevarse el gato de la verdad al agua del éxito, cualquiera que ése sea, que con la simulación imaginaria de las cosas y los hechos. El relato hace creer, se ha erigido en decidor de verdades y, por lo tanto, es madre de engaños, de burlas y fraude. Y la mentira y el engaño ciegan a las palabras, las hacen inútiles para ver y no sólo inútiles sino inconvenientes, perjudiciales. Con palabras ciegas los hombres damos palos de ciego porque vemos con las palabras, porque vemos lo que vemos con las palabras con las que nos lo hablamos.

 

Aunque todo, desde luego, esto no es de hoy ni de ayer sino de siempre: “veo que entre los mortales es la palabra y no los hechos lo que lo guía todo”, afirma Odiseo, el maestro de la artimaña, el que no le hace el menor asco a la mentira en vistas a conseguir lo que desea, en el Filoctetes, la tragedia de Sófocles. Frente a él, en un diálogo ejemplar, está Neoptólemo, el que considera una vergüenza mentir, aquel para quien mirar de frente al hablar y que no se le caiga a uno la cara de vergüenza es todavía esencial.

 

Mentimos, mentimos con intención o por descuido y no se nos cae la cara de vergüenza. Mentimos, es decir, queremos hacer creer con astucia, somos falaces y desidiosos con el lenguaje, lo cegamos.

 

Las asechanzas del descuido y la falacia son muchas y avanzan en todos los frentes, desde el fonético hasta el sintáctico, pasando por el léxico y el morfológico. Por eso se nos desmigaja nuestro lenguaje y a algunos nos sabe a hongos podridos, como escribió Hofmannsthal al describir a comienzos del siglo XX la crisis de Lord Chandos. Cuando un político, un periodista o un profesor, porque por ahí casi siempre se empieza, habla en cualquier medio o ante cualquier público de la sentencia del Cónstitucional (sic) o de la Cónstitucion (sic), o bien dice que quiere expresar su sólidaridad (sic) a quien sea o pugnar por el désarrollo (sic) de su Cómunidad (sic) porque eso es ló (sic) sustancial, o incluso informa sólo del hecho de que las témperaturas (sic) van a séguir (sic) subiendo, poniéndoles a las palabras el acento donde le dicta su tontería o el prurito de ostentar un estilo propio, lo más probable es que lo que dice le importe más bien un bledo o que sea más falso que falso. Humo de pajas en el mejor caso, falsedad al canto en el fondo.

 

Hacer trampas con el sujeto está también a la orden del día: “la nación dice” en lugar de “yo digo”, “el pueblo cree” en lugar de “yo o el partido dice que el pueblo cree”. Y la máquina de connotar funciona a la perfección: conceptos, palabras o autores que por el solo hecho de mencionarlos ya le ponen a uno del lado de lo “verdadero” (lo “verdadero” no es más que lo que mola en cada momento) y otros, por el contrario, que con sólo nombrarlos ya se nos llevan a las calderas de Pedro Botero de la descalificación. No atendemos, no analizamos, no discernimos: connotamos, hacemos ristras de connotaciones buenas o malas y previas quizá a otras listas más negras. De los archisílabos, el añadido a placer de sílabas en las palabras para que retumben, ya Aurelio Arteta nos ha prevenido, por supuesto sin mucho éxito para nuestra lengua de sabor a hongos podridos, y del efecto engañabobos que surten los vocablos de origen foráneo en quien no los entiende, que son los más, hoy mucho más de moda que nunca, también Klemperer nos avisó analizando su uso en el lenguaje del nazismo. Así podríamos estarnos horas detectando cómo vamos cegando a las palabras, dejándolas tuertas en el mejor de los casos, cómo vamos inutilizándolas, atarugándolas, cómo vamos acogotándonos sus usuarios en un lenguaje inhóspito. Y si la lengua que usamos no nos ofrece su hospitalidad, qué va a acogernos y cómo vamos nosotros a acoger al mundo.  El mundo es nuestro acogimiento y el peligro de quedarnos sin mundo, el peligro de la intemperie, esto es, de la burricie y el arreo, está siempre ahí acechándonos en las asechanzas a nuestro uso del lenguaje.

 

Habitaremos la imponente proliferación de nuestros medios técnicos para producir cualquier cosa, no haremos ascos a nada para conseguir lo que sea que queramos, como Odiseo, somos capaces, podemos, ya no se nos cae la cara de vergüenza ante nada; pero con un uso puramente instrumental de un lenguaje enclenque, agusanado y ruidoso que se nos desmigaja y sabe a podrido, estaremos indefensos ante la posible monstruosidad o aberración de esa cualquier cosa y ese lo que sea. ¿Y cómo no caminar con miedo, o por lo menos con desazón, en el mundo levantado por un uso del lenguaje tan falaz y tramposo?

 

 

 

 

Este texto fue pronunciado como última lección en el acto de clausura y entrega de diplomas de la 25ª promoción del Máster de Periodismo ABC/UCM, que se celebró el pasado 30 de junio.

 

 

 

 

J. Á. González Sainz es escritor. El viento en las hojas es su último libro. En FronteraD mantiene el blog Mal-dic(c)iones

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